Johan Velandia, dramaturgo: “La historia de Camargo era el pretexto perfecto para escribir sobre el odio en Colombia”

Una ola de terror estremeció a buena parte de América Latina durante casi 20 años, un cataclismo con forma de hombre que desde 1968 a 1986, violó y asesinó sistemáticamente a 157 mujeres, todas jóvenes y muchas de ellas menores.

Daniel Camargo cumplió una pena de 5 años por su primer reguero de violaciones, todo un regalo de la judicatura que le permitió continuar con su escalada de crímenes hasta convertirse en uno de los mayores feminicidas del mundo.  

El dramaturgo colombiano Johan Velandia ha llevado a la escena Camargo, una impactante obra que nos cuenta la abominable historia de un monstruo que se desenvolvió a sus anchas auspiciado por el sistema tal como lo conocemos ahora, pues este sigue siendo cómplice de las atrocidades que los hombres perpetran sobre las mujeres en cualquier parte del mundo.

¿Cómo se planteó llevar al teatro la vida de Daniel Camargo?

Pues todo empezó porque me convocaron un grupo de dramaturgos colombianos para hacer una microserie que debía consistir en una historia dividida en tres capítulos, que había que presentar cada dos semanas a los espectadores. Se me ocurrió el tema ‘asesinos en serie’ y tras investigar un poco descubrí que del ranking de los cinco asesinos en serie más peligrosos que habían existido, dos de ellos eran colombianos. Uno era el “Monstruo de los Andes”, y luego estaba Daniel Camargo, violador y asesino en serie igual que el otro. Me leí su biografía y en el capítulo de su niñez me percaté de que había estudiado en el mismo colegio que yo, en los Salesianos, él en los años 50 y yo en los 90. Entonces me dije, este va a ser, porque ya tenía todos los enlaces para comenzar a montarlo. Tenía muy clara la información de la escuela, la educación religiosa que se imparte, toda esa cultura judeocristiana del castigo... Así que, por ahí empecé a indagar en su vida con profundidad y me encontré con una historia absolutamente fantástica.

"Somos como la doble moral, porque el narcotráfico y la mafia conviven de forma natural con la adoración y fiestas a los santos, la religiosidad, las nuevas iglesias, o los pastores evangélicos"

¿Qué te encontraste?

Me detuve en los climax y parajes donde había estado, las situaciones que le habían pasado, y todo lo que había provocado no solo en la sociedad colombiana, sino también en Ecuador, y Brasil. Abarcó demasiado durante mucho tiempo y tuve que delimitar lo que quería contar porque había miles de historias que superan la ficción y que no están en la obra, como por ejemplo, que lo internaron en la cárcel de la isla de la Gorgona, que fue una de las prisiones más seguras del mundo, pues era imposible escaparse de allí al estar rodeada de tiburones y muy alejada. Camargo se convierte en el bibliotecario y mecanógrafo de ese centro, pues escribía muy bien y leía mucho. Escribió las cartas a los familiares de los presos. Al final, no se sabe cómo, pero consiguió fugarse. Esta, por ejemplo, era una historia en sí misma para quedármela y haber creado una obra.

Escena de 'Camargo'
Escena de 'Camargo'

¿Cuánto tiempo te tomó montar la obra?

La verdad es que fue en un tiempo super récord, debido a las microseries. Me pedían que entregara todos los capítulos en un plazo muy estrecho y me pasé dos semanas escribiendo y leyendo todo el tiempo. Le tuve que robar muchas horas al sueño.

¿Cuál es el contexto sociopolítico en el que se enmarca y desarrolla ‘Camargo’?

La historia abarca desde que él tenía 8 años, en 1938, hasta su muerte en el año 1996. Fue uno de los períodos de violencia más agudos de Colombia, con el inicio de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional contra el Estado, la muerte de Gaitán, que es uno de los líderes políticos más importantes que ha tenido Colombia, y que desató una fractura en el país entre liberales y conservadores. Me interesó mucho que la historia se desarrollara en este marco, porque yo también quería hacer una obra sobre el odio en Colombia, puesto que hemos pasado más de 50 años de guerra y ha habido unos ciclos de violencia que duelen mucho, y que finalmente acaban permeando en la sociedad generando sentimientos de odio, rencor, venganza... Yo quería escribir una historia donde el tema fuese los guerrilleros paramilitares, pero me espantaba el hecho de caer tan directamente en el panfleto político, entonces Camargo era el pretexto perfecto, un ejercicio de escritura sobre un hombre que atravesó toda esa etapa histórica.

Al estar basado, entonces, en hecho reales, ¿se usa la figura de Daniel Camargo como vehículo para esgrimir algún tipo de crítica?

Creo que más que una crítica, se arrojan muchas preguntas alrededor de la familia, y sobre cómo podemos romper con los círculos de odio y de la venganza, porque te pueden pasar mil cosas. Si tú decides seguir en este sistema de cobrar venganza o parar, que es lo que está ocurriendo en el proceso de paz ahora mismo en Colombia. La mitad del país estamos con el ‘sí, vamos a perdonar’, porque es el único remedio que tenemos en estos momentos. Una de dos, o perdonamos, o seguimos en guerra. Perdonemos, ya está. Es cierto que mataron, violaron, expropiaron, y desplazaron, pero vamos a hacer un alto. Así pues, en la misma dinámica que propone la obra se encuentra el país: o perdonamos o seguimos matando. La mitad del país queremos perdonar y hay otro sector muy fascista, que quiere aniquilar. Y en esto consiste el proceso de paz, básicamente.

“Son nuestras madres las que llevan todo el peso de familia, pero son machistas, entonces surge una oposición muy grande, pues le dan al hombre un lugar privilegiado por no hacer nada”

¿Cómo se plantea esa puesta en escena para que la violencia resulte lo menos explícita posible?

Esa era la pregunta que me hacía cuando comencé a escribir la obra, cómo voy a contar esta cadena de crímenes creando un contrapunto, una oposición. Por ello, la idea era trabajar muy bien la puesta en escena, que fuera todo alrededor de una mesa, en la que estuviese todo muy blanco y pulcro; porque el alma de la obra tiene una luz tan oscura que había que gestionar una relación con el público más directa, con trazos de humor que suavizaran ese fondo tan violento. Por ejemplo, la primera escena basada en la madrastra, es el centro de todo el conflicto de Camargo. Buscábamos que fuera cordial y, por eso, sentamos al público en la escena alrededor de la mesa tomando el té. Se trataba de invitarlo como cuando tienes una visita en tu casa, donde nada malo está pasando y el ambiente es amistoso. Entonces con este punto de partida se introduce a un niño (Camargo), que dice las verdades sin tapujos y después toda violencia ocurre debajo de la mesa. En Colombia decimos que toda la basura se guarda debajo de la mesa, se oculta bajo el tapete, para que la gente que viene a casa piense que todo está perfecto cuando realmente todo lo que está podrido está escondido en la oscuridad, debajo del mantel. Y en la obra es precisamente debajo de la mesa donde ocurre la primera paliza que le propinan al niño, así como algunas vejaciones y violaciones que tienen lugar a lo largo de toda la pieza.

Diana Belmonte y Johan Velandia en 'Camargo'
Diana Belmonte y Johan Velandia en 'Camargo'

¿El trauma infantil de Camargo es verídico?

Sí, me cuidé mucho de que ciertos detalles que parecen inverosímeles tomaran el pulso de la realidad. La madrastra quería tener una niña, pero al ser infértil tenía esa frustración unida a que su esposo ya tenía tres hijos, incluyendo a Daniel, aparte de dos mujeres por otro lado. Entonces, ella lo pagó con él maltratándolo muy duro. Siempre lo castigaba vistiéndolo de niña y llamaba a los niños del barrio a que entraran a casa para que lo vieran vestido de niña. También lo llevaba al colegio así vestido. Yo estuve en ese colegio y conozco el bullyng tan fuerte que se da cuando hay un niño amanerado o con algún comportamiento homosexual. Esto ya fue una venganza que que la madre se tomó por no poder tener hijos.

¿Qué papel juega la mujer socialmente en Colombia?

Es muy raro, porque Colombia tiene una cultura matriarcal. Son nuestras madres las que llevan todo el peso de familia, pero son machistas, entonces surge una oposición muy grande, pues le dan al hombre un lugar privilegiado por no hacer nada.

¿Y qué me cuentas del movimiento feminista?

Las mujeres en Colombia son muy aguerridas, súper empoderadas y muy valientes, capaces de sacar adelante estudios, familia, trabajo...Su fuerza y espíritu está muy por encima del hombre colombiano, que se ahoga en un vaso de agua. Aunque sigue habiendo importantes desigualdades de género, ahora mismo la mujer tiene una posición bien importante en Colombia. Yo recién acabo de hacer un espectáculo con cinco actrices para el Teatro Nacional de Colombia y solo puedo destacar cosas buenas de mis compañeras, porque son grandísimas actrices, muy trabajadoras y super inteligentes… una gozada. En Colombia las mujeres son la bomba. Ahora bien, el tema de los feminicidios es una realidad mundial, no afecta solo a nuestro país.

“Estamos atravesando un momento muy dulce en el teatro. Hay muchos artistas nuevos que están escribiendo y dirigiendo, así como una proliferación de grupos teatrales que ofrecen historias muy colombianas”

¿Tienes una idea del índice de asesinatos por violencia de género en Colombia?

En concreto no lo sé, pero te puedo decir que es altísimo, sobre todo de menores de edad, y esto es muy fuerte.

Hay mucha presencia de símbolos y elementos religiosos en la obra, ¿qué sentido cobra esto en la obra?

En la obra todo está inundado de esto. En Colombia estamos totalmente imbuidos por el judeocristianismo. Somos como la doble moral, porque el narcotráfico y la mafia convive de forma natural con la adoración y fiestas a los santos, la religiosidad, las nuevas iglesias, o los pastores evangélicos...El Papa estuvo allí hace un mes y se paralizó todo el país… la influencia religiosa pesa muchísimo y en esta historia también, porque Daniel Camargo antes de proponerle a su mujer que le trajera niñas para violarlas le daba una advertencia mediante un pasaje de la Biblia: si la mujer que le llevaba no le servía, se la llevaría a casa de su padre para apedrearla junto a otros hombres hasta su muerte, porque habría cometido una infamia contra el pueblo de Israel. Y acto seguido le decía, “consígueme una niña virgen y te lo perdono”. Por otro lado, hay mucha simbología, como el color de los manteles, el pan y el agua sobre la mesa; hasta en la publicidad de la obra yo aparecía portando una corona de espinas y manchado de sangre. De hecho, los capítulos de Camargo inicialmente eran los misterios gozosos, que  corresponderían con la infancia de Camargo; los dolorosos, que era el período de las violaciones; y los gloriosos, que equivaldrían a su muerte. Luego se ofrece otro juego que muy poca gente nota, y es que sobre la mesa está lo religioso y el mal. Hay un texto al final donde se expresa que la misma mesa es compartida por Dios y el Diablo.

Interpretar el papel del violador supongo que habrá sido un trabajo arduo e intenso y habrá requerido mucho trabajo de fondo

Fue un proceso de personaje que pocas veces uno tiene la oportunidad de hacer, pues había que interpretar desde su infancia hasta su muerte, en las distintas etapas de su vida. Se trata de una montaña que avanza día tras día en el tiempo cronológico de Camargo. Por otro lado, hay detalles que se plasman en el personaje que vienen precedidos de un largo trabajo de documentación, tales como las zapatillas sin puntera con los dedos por fuera que usa. Esta una historia muy lamentable en Colombia, y es que a los niños muy pobres solo les compran unas zapatillas una vez, en el primer curso de primaria. Estas son huellas que luego le quedan, heridas de la infancia, como las de los alfileres que pincha en las fotos de sus víctimas pegadas a la pared, que significan sus propios dedos llenos de pinchazos de alfileres por las torturas que le infligía su madre cuando era niño. Todo esto son heridas que le quedan de la infancia, huellas indelebles al paso del tiempo.

Johan Velandia en 'Camargo'
Johan Velandia y Diana Belmonte en una escena de 'Camargo'

¿La intervención del agente de seguridad que alerta a las mujeres menores de que no salgan a la calle de forma provocativa, porque un violador anda suelto, se corresponde con la realidad?

Es real. De hecho, el texto lo saqué literal de Internet. La noticia decía, “atención Guayaquil, las autoridades informan: se prohíbe que las mujeres utilicen faldas, deberán usar pantalón, y no salgan después de las seis de la tarde. Se cierran todos los colegios de la Nocturna”. Eran unas medidas completamente absurdas, pero lo peor es que, aunque esto está sacado de los años 80, los gobiernos allá aún hacen este tipo de cosas.

¿Qué guiño se lanza con el papel del psiquiatra-gato?

El psiquiatra fue la única persona a la que Camargo le confesó lo que había hecho con todo lujo de detalles. Y una vez en la cárcel, los presos salían a una hora al patio, y él se quedaba encerrado. Cuando los presos entraban, lo sacaban al patio sólo, y había un gato al cual le hablaba todo el tiempo, era el único interlocutor que tenía en prisión, al que le contaba todo. Por eso se hace este paralelismo. Hasta lo del gato, que parece tan surreal, son hechos reales.

Integrar al público en la escena parece diseñado para suavizar la parte más violenta buscando la interacción con el mismo. ¿Se consigue el mismo resultado en teatros de mayor dimensión?

Lo hicimos dos veces en teatros grandes de la misma forma, ubicando mesa y sillas en el  escenario y a la gente sentada. En el Teatro Victoria Eugenia, de San Sebastián, fue muy hermoso, porque al ser tan grande, se metió a todos dentro del escenario con el telón bajado, y a medida que Camargo moría se iba subiendo el telón, de forma que cuando el público se volteaba a mirar hacia la platea, veía las sillas vacías y se daban cuenta que habían sido parte de la historia, consiguiendo un efecto muy bonito y simbólico. Fue una idea genial del programador Norka Chiapuso, al que se le ocurrió hacerle un recorrido al público por el teatro, con el objeto de confundirles y llevarles hasta un salón situado en el escenario sin que aquél pudiese distinguir nada. En Colombia lo hicimos sentando a los espectadores tanto en la platea como en el escenario, y también funcionó bien, desde el enfoque de voyeur del público, que lo disfrutó mucho porque veían dos espectáculos a la vez: la obra en sí, y a los espectadores que estaban dentro de la obra, que reaccionaban con gestos incluso más tétricos que los de los propios actores.

“Cada vez hay menos ayudas para la cultura, porque nos lo quitan del presupuesto para destinar el dinero al proceso de paz, cuando aquella debería ser el centro de este”

Llama la atención la inclusión de esas dosis cómicas geniales, que relajan la tensión y consiguen contrarrestar la virulencia general de la obra.

Eso es muy colombiano e incurre en el sentido de la dramaturgia. Se trata de un “tira y afloja” durante todo el tiempo, es decir, “te vas a reír ahorita porque en breve vas a recibir un impacto”. También ocurre que en Colombia nos hemos acostumbrado tanto a la guerra y a la tragedia, que ha llegado un momento en el que nos reímos de todo, pues es lo que nos queda a los colombianos. Debido a esto nuestro humor es muy negro; siempre buscamos la risa y el chiste. Esto lo tenía que reflejar en la obra igualmente, y creo que se transmite bien, así como el tratamiento familiar que se da. Los colombianos somos muy afectuosos y siempre intentamos involucrar a todo el mundo y hacer partícipe al otro para que este se sienta en familia, esto es parte de nuestra idiosincrasia.

¿Cómo está el panorama teatral en Colombia?

Estamos atravesando un momento muy dulce en el teatro colombiano. Hay muchos artistas nuevos que están escribiendo y dirigiendo, así como una proliferación de grupos teatrales que ofrecen historias muy colombianas. Pero lo que más me llama la atención es la escritura, estamos escribiendo nuestro teatro. Tenemos grandes maestros como Fabio Rubiano, Santiago García, y Carolina Vivas; estos son tres grandes dramaturgos que nos han dado mucha luz a los nuevos escritores.

¿Se fomenta el Teatro desde el Estado?

No, en absoluto. Cada vez nos quitan más convocatorias y hay menos ayudas, recortan los presupuestos y destinan más dinero al proceso de paz y se lo quitan a la cultura, cuando esta debería ser el centro de aquel. Imagínate que los artistas trabajáramos para un proceso de paz, con dinero público obviamente. Camargo es una producción independiente, que no ha recibido ninguna ayuda y requiere mucho esfuerzo para montarla, pero la parte positiva de esto es que la creatividad aflora y en vez de utilizar una gran escenografía, nos dedicamos a trabajar mejor la puesta en escena, el texto y la interpretación. Nos preocupamos más por la dramaturgia en sí, que por los elementos de producción.

¿Existe algún tipo de censura?

No, por parte del Gobierno al menos. Tal vez habrá críticas desde ciertos sectores, pero nosotros podemos hacer nuestro teatro tranquilamente sin temor a que nuestra libertad de expresión sea coartada.

¿Qué diferencias aprecias entre el teatro que se está haciendo en Colombia con el de España en la actualidad?

A mí lo que más me impresiona es que hay una similitud en los nuevos creadores. Tuve la oportunidad de hacer un Máster acá en España y conocí a varios directores de teatro jóvenes. Creo que existe un ánimo que es común por hacer cosas, y esto es lo que más me gusta. No encuentro diferencias, porque cada uno busca su lenguaje y sus propias historias, pero lo que sí veo es, que tanto los autores españoles como los latinoamericanos comparten cierto interés en producir y crear con un sello propio, un ánimo por experimentar, arriesgar, proponer, y salir de la comodidad del teatro o texto corporal.