Antonio Mercero, la extraordinaria cotidianidad

Ha muerto Antonio Mercero tras pelear durante más de 10 años contra el Alzheimer. Es triste pensar que un hombre que hizo tanto y tan bueno se haya marchado sin reconocer su propia figura frente al espejo.

El año 1992 corría tan rápido como los residuos por las cloacas del Estado. España albergó los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, dos acontecimientos de gran proyección internacional que el Gobierno quiso aprovechar para presentar ante el mundo las credenciales democráticas de un país que todavía arrastraba la larga sombra de la dictadura.

En la capital hispalense, un grupo de policías se encargó de "limpiar" las calles de cualquier elemento que pudiera perturbar la visita de los turistas. Mendigos, prostitutas y toxicómanos arrancados del centro de la ciudad, operaciones contra el narcotráfico amparadas más allá de los márgenes de la legalidad, confidentes que recibían una dosis de heroína a cambio de información, detenciones ilegales, palizas y torturas. Mientras el Gobierno se entregaba a la guerra sucia para esconder sus miserias bajo la alfombra, Antonio Mercero prefirió hacer de la cotidianidad, con las luces y las sombras propias de la época, un fenómeno televisivo que escondía una simiente pedagógica.

Cuenta José Luis Garci que un día recibió una llamada. Al otro lado de la línea, Mercero había encontrado el desenlace de un gag que durante años fue una broma recurrente para animar las sobremesas que ambos cineastas compartían; un hombre entraba en una cabina de teléfono de la que no podía salir. Aquella idea, pergeñada entre copas y cigarros, se transformó en un guión de 35 minutos que despertó los miedo más atávicos de millones de españoles, y que consiguió para RTVE el único Emmy que ha recibido hasta la fecha una producción española.

"Cualquier persona de aquella España de principios de los años 90 se sentía reflejada en los paseos en bicicleta del Piraña, en el tonteo adolescente entre Bea y Javi, en el cariño de unos niños por un anciano, en los veranos de la infancia que podían haber sido los suyos"

Un grupo de niños en bicicleta, un abuelo y un pueblo costero. 'Verano Azul' era una historia sencilla, minimalista, y ahí radicaba precisamente el secreto de su éxito. Antonio Mercero sabía mejor que nadie convertir lo ordinario en extraordinario, con una fórmula que repitió a lo largo de su carrera sin que nunca pareciera estar caduca. Cualquier persona de aquella España de principios de los años 90 se sentía reflejada en los paseos en bicicleta del Piraña, en el tonteo adolescente entre Bea y Javi, en el cariño de unos niños por un anciano, en los veranos de la infancia que podían haber sido los suyos. Si Mariano José de Larra fue uno de los grandes maestros del costumbrismo literario, Mercero lo era en el terreno del audiovisual.  

Si quieren recordar cómo era la España de Cobi y Curro, en lugar de bucear por la hemeroteca de los periódicos, le recomiendo revisar los capítulos de 'Farmacia de guardia'. Aquella serie que se mantuvo en el prime time de Antena 3 durante cuatro años fue un reflejo de las incertidumbres y los anhelos, individuales y colectivos, de una sociedad que vio en el crisol de sus personajes los problemas y los deseos que le acompañaban en su día a día. De nuevo la cotidianidad como hilo conductor de los sentimientos más primarios; la familia, la amistad y el amor, pero también  la problemática social y el debate público.

farmacia guardia
Farmacia de guardia / antena3.com

Antonio Mercero era un hombre comprometido con su tiempo, y en los años 90, el tiempo estaba marcado por el estigma del SIDA y la enfermedad de la homofobia. En 1975, España se sacudió el mayor lastre de su historia reciente. Con la muerte del dictador, un país que durante 40 años había estado aislado del mundo, asistió de repente al derrumbe de las sacrosantas compuertas del franquismo. De repente, todo lo que estaba prohibido pasó a ser tolerado, un alcalde de Madrid animaba a los jóvenes a colocarse y estos quisieron recuperar en unas cuantas noches todo lo que les habían robado durante cuatro décadas.

Las drogas pasaron a ser un convencionalismo social y nadie atisbaba peligro alguno en las relaciones sexuales sin protección. La falta de información marcó el escaso porvenir de toda una generación que encontró la muerte en el último pico de una noche de juerga, mientras que el número de enfermos de SIDA aumentaba exponencialmente.

En aquellos años, la homofobia formaba parte del discurso ganador. Existía la creencia popular de que el SIDA era una enfermedad exclusiva de los homosexuales, a pesar que en 1992, el 85% de los infectados eran heterosexuales, y los líderes políticos más reaccionarios sabían que en el discurso del odio había un importante caladero de votos. Muchos enfermos fueron objeto del rechazo social, hasta el punto de tener que abandonar sus pueblos, pero hubo un caso especialmente sangrante que despertó la atención de Mercero.

"Gracias a 'Farmacia de guardia', los españoles supieron que el SIDA no se contagiaba por la saliva"

Se llamaba Montse, solo tenía 5 años y era portadora del VIH. Los padres de sus compañeros de colegio exigieron que fuera expulsada, por miedo a que sus hijos pudieran ser contagiados. La familia se presentó ante las cámaras de Canal Sur para explicar que la niña no suponía ningún riesgo, pero una sociedad embrutecida e ignorante respondió con vileza. Se organizaron concentraciones en las inmediaciones del centro escolar para abuchear e insultar a la pequeña, cuando los profesores la colaban por la puerta de atrás, en un intento por evitar altercados mayores.

Mercero, sabedor del impacto que en aquellos días tenía 'Farmacia de guardia', escribió una secuencia donde Montse tuvo el papel protagonista. La niña entra en la farmacia y una de sus compañeras de colegio le pregunta a su madre: "Mamá, ¿a que si le doy un beso a Montse  me puedo morir?". Reyes, la manceba, papel que interpretaba la actriz África Gozalbes, y Lourdes, la boticaria, encarnada por Concha Cuetos, cogieron a Montse en brazos, la sentaron sobre el mostrador y la besaron. Fue así como muchos españoles supieron que la saliva no contagiaba el SIDA.

Antonio Mercero ha muerto y probamente el Alzheimer le ha privado de marcharse con el recuerdo de su legado, pero el cine no entiende de memoria y su trabajo quedará para siempre como la prueba tangible de un creador que hizo de la mundana cotidianidad un espectáculo de masas. Descanse en paz. 

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