¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?

Miles de personas se concentran frente al Palacio Municipal de Iguala, una localidad ubicada en la región norte del estado mexicano de Guerrero. Entre la rabia y el llanto, asoma la pancarta de una joven donde se puede leer: "¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?".

Ocurrió en 2014, unos días después de que la policía, al dictado del alcalde de la ciudad, José Luis Abarca y de su esposa, María de los Ángeles Pineda, y con la ayuda de un grupo de asesinos del cartel Guerreros Unidos perpetrasen una masacre contra un grupo de estudiantes que protestaban contra las políticas del regidor. Como resultado, nueve personas resultaron asesinadas, 17 fueron heridas y otros 43 permanecen oficialmente desaparecidas, aunque todo apunta a que también acabaron muertas y sus cuerpos quemados y arrojados a un río.

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¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?

Dice el director Guillermo del Toro que los mexicanos conviven con la muerte durante toda su vida. El país es uno de los más violentos de América Latina, hasta el punto de que la sangre derramada parece haberse impregnado como un elemento más de la cultura popular. Allí donde la muerte es una deidad venerada con fe de monaguillo, un nuevo episodio de violencia extrema ha vuelto a sacudir las conciencias de los ciudadanos.

El pasado 19 de marzo, tres estudiantes de cine de la Universidad de Medios Audiovisuales desaparecieron tras pasar dos días filmando en una cabaña de Tonalá, una población cercana a la ciudad de Guadalajara. Los peores presagios se hicieron cruda realidad hace tan solo unos días, cuando las fuerzas del orden hallaron los cuerpos sin vida de Javier Salomón, de 25 años; Jesús Daniel Díaz y Marco Ávalos, ambos de 20 años. Según la Fiscalía, los jóvenes fueron detenidos por seis sicarios del cartel Jalisco Nueva Generación, que iban disfrazados de policías, cuando regresaban en coche de otra larga jornada de rodaje. Los falsos agentes les trasladaron a una casa donde fueron interrogados, torturados, asesinados y disueltos en ácido para intentar borrar cualquier evidencia. ¿Por qué? La cabaña donde los estudiantes habían estado trabajando perteneció en algún momento a una banda rival de Jalisco Nueva Generación. Sus asesinos creyeron que eran miembros de la antagonista organización criminal y en el mundo del hampa mexicano, la más mínima sospecha es suficiente para firmar una sentencia de muerte.

Con el lema "No son tres somos todos", millones de compatriotas han mostrado su repulsa contra un crimen que por desgracia no es ninguna excepción. A la hora en la que se escriben estas líneas leo en la prensa digital que cinco estudiantes de bachillerato han sido tiroteados en un instituto del estado de Tamaulipas, uno de ellos permanece en estado grave.

Salomón, Jesús Daniel y Marco son los últimos tres nombres que se han sumado a la larga lista de 104.000 homicidios cometidos en el país desde que el actual presidente, el neoliberal Enrique Peña Nieto, se hiciera con el poder en diciembre de 2012. "La tierra no puede tragar tanta sangre", decía el malogrado Carlos Fuentes.

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De izquierda a derecha: Javier Salomón, Marco Ávalos y Jesús Daniel Díaz

Mientras las autoridades se afanan en redactar emotivos discursos escritos sobre papel mojado, el Estado sigue mostrándose incapaz de atajar la simiente que ha convertido al país en un territorio controlado por las bandas criminales. Según el Índice de Percepción de la Corrupción, realizado por la organización Transparencia Internacional, México ocupa la posición 135 de 180 en materia de lucha anticorrupción. Es el que peor nota obtiene tanto del G20 como de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), y es que la putrefacción ha calado en todos los estratos de la administración. Desde el policía de tráfico que exige unos cuantos pesos a un ingenuo conductor, hasta el alcalde que acepta de buen grado su trozo del pastel a cambio de mirar para otro lado. Desde el juez que dicta sentencias favorables para los gerifaltes del crimen, hasta el Presidente del Gobierno, que en 2014 recibió una "donación" millonaria del Chapo Guzmán para sufragar los gastos de la campaña electoral.

La corrupción ha quebrado la confianza de la gente en los políticos, en las instituciones y en el propio estado de derecho, una peligrosa mezcla que ha llevado a muchos ciudadanos a tomarse la justicia por su cuenta.

  • Los Grupos de Autodefensa

La Ruana es una pequeña población del estado de Michoacán que un día dijo basta. Hartos de los asesinatos, los secuestros y las violaciones decidieron organizarse para suplir las funciones que la administración pública había abandonado. El 24 de febrero de 2013, un campesino llamado Hipólito Mora reunió a sus vecinos para formar los llamados Grupos de Autodefensa Comunitaria, una suerte de ejército popular que decidió presentar batalla contra el cartel de los Caballeros Templarios. La banda de narcotraficantes llevaba años sometiéndoles a un régimen de esclavitud, que incluía, entre otras cosas, el derecho de pernada contra las mujeres del pueblo, especialmente las más jóvenes. A La Ruana le siguieron otras localidades vecinas como Buenavista y Tepalcatepec, y algunas poblaciones de los estados de Guerrero y Jalisco.  

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Grupos de Autodefensa Comunitaria

Las Autodefensas resultaron ser más efectivas que las fuerzas policiales y durante un tiempo consiguieron librarse del yugo de la opresión, hasta que una guerra fratricida entre líderes de diferentes sectores produjo una brecha que el Estado aprovechó para interferir. En 2014, el Gobierno creó la Fuerza Rural Estatal, donde incorporó a los soldados vecinales, otorgándoles un carácter de oficialidad. Aquel experimento, que no fue más que un cebo electoralista, apenas duró un par de años y en 2016 resultó disuelto con la promesa de reforzar la presencia policial en los pueblos. Como suele ocurrir en México, y en cualquier otra parte del planeta, la palabra de los políticos se esfuma el día después del recuento de votos. El cacareado aumento del número de agentes nunca llegó, a diferencia de las organizaciones mafiosas, que sí regresaron para apoderarse, de nuevo, de la vida cotidiana.

México vuelve a sangrar por otro crimen atroz que ha despertado a los fantasmas que de vez en cuando, cada vez con más frecuencia, aparecen para recordarles que en esta tierra, tan lejos de Dios y tan cerca de EE.UU., la muerte baila agarrada con la vida.

¿Cuál es la solución? Algunos apuestan por dejar paso al ejército, pero la historia ha demostrado que militarizar conflictos civiles es un remedio cortoplacista que no consigue erradicar el problema. Otros ponen la lupa sobre los elevados niveles de pobreza, que afectan a 50 millones de personas, y cocinan el caldo de cultivo idóneo para que una juventud sin demasiado porvenir caiga en las redes de la delincuencia.

Mientras Hollywood se empeña en idealizar la vida de los narcos con seriales de consumo rápido, vida de lujo, mujeres guapas, éxito y respeto, en el mundo real, las vidas de Javier, Jesús Daniel y Marco no van a tener una toma dos.

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