El cuento de la Arrimadas

Había una vez un poema, escrito por Rubén Darío, que yo adoraba cuando era pequeña, y que hacía a mi madre leerme una y otra vez. Quizá algunas lo recordaréis, se titulaba ‘A Margarita Debayle’:

Margarita está linda la mar, y el viento
lleva esencia sutil de azahar,
yo siento en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar un cuento:

El cuento se trataba de un rey que no permitía a su hija, la princesita, hacerse un prendedor con una estrella del cielo. Cuando descubre que lo ha hecho se enfurece, pero entonces entra en escena Jesús y le da permiso. Todo termina en final feliz, con un desfile a cargo de cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar. Dos cosas me llamaban la atención de este argumento: Primera, la ausencia total de otros personajes femeninos además de la princesa. Segunda, su libertad supeditada a dos figuras masculinas que eran, precisamente, Dios y el rey.

Estas princesas primorosas se parecen mucho a nosotras porque ¿qué mujer no desea su libertad, incluso aunque sea para confeccionarse un prendedor? Y ante este deseo y su obstáculo en forma de los hombres que sostienen esta sociedad aún no igualitaria, emergen dos conceptos: el ya conocido Feminismo y el menos conocido Sororidad. Las feministas estamos familiarizadas con esta solidaridad entre mujeres, pero el término ha sido muy escondido por el sistema, con el grave resultado de que buena parte de las mujeres no saben lo que es y/o no lo usan, y entonces la sororidad pierde reciprocidad.

En el libro distópico y su adaptación a serie ‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood, algunos de sus personajes femeninos carecen de sororidad hacia las criadas protagonistas (mujeres obligadas a engendrar a los bebés de las parejas ricas estériles) Es el caso de dos de las señoras de la novela, Tía Lydia y Serena Waterford. La primera es la sádica gobernanta que prepara a las muchachas para someterse a sus amos, y la segunda es la cruel y egoísta esposa del comandante, que necesita un vientre de alquiler esclavizada a ella. Ambos personajes coinciden ya no solo en su falta de sororidad, sino también en el apego a sus privilegios y a su dominación de las criadas. Son tan patriarcales como los hombres salvo por un detalle: No son hombres.

“Una rata que está dentro de un laberinto es libre de ir a cualquier sitio, siempre que permanezca dentro del laberinto”

Esta cita del libro llama la atención por la metáfora que encierra: ¿Estamos atrapadas en un laberinto? Parece que algunas sí. Son las que dan alas al patriarcado como hacen Tía Lydia y Serena Waterford. No son hombres, no utilizan la sororidad y tiran piedras contra sus propias cabezas defendiendo mercantilizar el cuerpo de la mujer a través de la gestación subrogada o de la legalización de la prostitución. Alguien que pertenece a un partido que hace todo esto y que parece haberse puesto muy de moda es una de las líderes políticas más famosas del momento: Inés Arrimadas, de Ciudadanos.

Ella misma nos demostró que no siente solidaridad hacia las mujeres cuando, el pasado Septiembre, contestó con un “¿Qué esperan?” a Anna Gabriel, de las CUP, después de que esta recibiera amenazas de muerte. Arrimadas deseó que aparecieran los responsables de las amenazas, pero no perdió tiempo para atacar a Gabriel solo porque las CUP organizaron una acción callejera para señalar a empresas e instituciones que promovían la violencia machista, justificando que por ello Anna Gabriel tuviera que soportar que quisieran darle “un tiro en la nuca”.

Anteriormente, en Twitter, pocos días antes de su “¿Qué esperan?”, Arrimadas difundió en su cuenta el mensaje de una usuaria de Facebook que le deseaba “una violación en grupo”. Ante tal ataque, muchas mujeres de izquierdas, tanto tuiteras como políticas, salieron públicamente en defensa de Arrimadas. Entonces, ¿por qué ella no hizo lo mismo con Gabriel? La respuesta es porque ella está cómoda dentro del laberinto, porque le beneficia y le hace sentir una rata libre de ir a cualquier sitio dentro de él, cantando sus alabanzas. Le beneficia tanto que incluso la usuaria que le deseó mal fue despedida de su empleo, mientras que no sabemos nada de quienes amenazaron a la líder de las CUP. Le beneficia tanto que seguramente habréis visto circular esa imagen en la que se compara precisamente a ambas políticas según su ‘belleza’, saliendo la de Ciudadanos mejor parada.

Todo ello coincide, además, con Inés Arrimadas negándose a apoyar la huelga feminista de este 8 de Marzo por considerar que las reivindicaciones de las mujeres que han organizado esta protesta van “contra el capitalismo”. Y aquí es donde entran otra vez Margarita, el rey que viste pompas brillantes, y el buen Jesús que sonríe porque las niñas piensan en él. Y es que, Inés, te voy a contar un cuento:

Esto era un sistema patriarcal que tenía
Un Capitalismo de desigualdades,
    
- las cuales son más sufridas aún por las mujeres –
Un libre mercado de noche y de día
    - con su brecha salarial, su techo de cristal, su abuso de poder –
Y un rebaño de señores,
    - o mejor dicho: señoros –
un kiosko de prensa machista,
    - que, curiosamente, parece adorar a Ciudadanos –
un gran manto de problemas que hasta ahora han sido tabú,
    - violaciones en instituciones como el ejército o en grandes industrias como el cine -
y una gentil princesita,
tan hija del patriarcado como tú.

Y es que las gentiles princesas llevan siendo fabricadas por este sistema décadas y más décadas. Desde los manuales para ser una perfecta esposa publicados por Falange (esa Falange que tanto gustaba en las filas naranjas) hasta todas las barbaridades, a veces hasta disfrazadas de ‘broma’ o ‘humor’, que ponen siempre a la mujer en una situación de inferioridad respecto al hombre: la prostitución, que es el mayor negocio por encima incluso de las drogas y que tantas ganas tiene Ciudadanos de legalizar, los cánones de belleza completamente irreales, los piropos callejeros y la inseguridad que siente una mujer caminando sola por la calle, los micromachismos, los celos, los clichés que cada una de nosotras, siendo niñas, hemos oído: “Los que se pelean se desean; Quien bien te quiere te hará llorar; Para presumir hay que sufrir...”

Infinidad de afirmaciones surgidas de un sistema que presume de su culto al dinero, al poder y al cuerpo. Que se llama Capitalismo y que mujeres como Inés Arrimadas y sus acólitas veneran mientras desprecian la lucha feminista y su causa, que es la necesidad de abolir el sistema patriarcal y, por tanto, los privilegios de los reyes y dioses que lo cimientan. Los mismos reyes y dioses, aquí más conocidos como señoros, que crearon una sociedad capitalista porque les beneficiaba. Y, lo que es más duro, que convencieron a buena parte de las mujeres de esa sociedad de que ellas también tenían que cultivar ese sistema, si no querían caer en las manos ‘bolcheviques’ que, por cierto, fueron las que trajeron el voto femenino y nuestra inclusión en cargos públicos, antes de que otro señoro llamado Franco nos los volviera a arrancar de cuajo.

Que una mujer se ponga de parte de su opresor no es culpa de ella. El síndrome de Estocolmo es muy común dentro del sistema capitalista. Tus jefes, los mismos que te explotan o no te tratan bien, organizan alguna cena o evento al año para que sientas su corporativismo y te olvides de lo que te hacen. Así operan en ‘El cuento de la criada’ las señoras que te convencen de que están cuidando de ti, cuando en realidad están perpetuando tu sumisión. Y así es como Margarita es feliz con su prendedor tras haber sido su travesura perdonada por Dios, sin preguntarse por qué el rey le dicta prohibiciones. Las mujeres no podemos ni debemos ser criadas o princesas, pues eso lleva implícito ser subordinadas del sistema que nos perjudica mientras de vez en cuando nos da una porción de chocolate o un prendedor con forma de estrella. Y por eso, las mujeres no debemos tampoco ser Inés Arrimadas, si queremos escribir nuestro cuento nosotras y fuera del laberinto.

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