Diversión para turistas, tortura para elefantes

Se llama Phajaan y significa "ruptura del espíritu". Es la técnica que se utiliza en los países asiáticos durante las primeras fases de dominación de un elefante. Tras ser arrebatadas de sus familias, las crías son atadas por cuerdas y cadenas que le impiden tumbarse. Es entonces cuando el torturador, llamado Mahout, sube sobre su cuello y comienza un proceso de maltrato sistemático que se alargará durante toda la vida del animal. La herramienta más utiliza es el Ankus, un palo rematado por un afilado gancho de metal que se clava repetidamente en las zonas más sensibles de estos grandes mamíferos: patas, orejas y nuca. Se consigue así acelerar el proceso de control hasta convertir a un animal salvaje de 5.000 kilos en un peluche sumiso para el divertimento del populacho.

Los elefantes son seres inteligentes con estructuras sociales tan complejas que incluso tienen conciencia de su propia mortalidad. Viven en manadas de unos 20 miembros y en condiciones de libertad su esperanza de vida oscila entre los 50 y los 70 años. En cautividad, la media se reduce hasta los 15 años. Existen tres especies; dos africanas, el elefante de la sabana (el mamífero terrestre más grande) y el elefante del bosque, y una asiática, el Elephas maximus, que a su vez están divididas en 31 subespecies de las cuales 24 están extinguidas.

El comercio de marfil, a pesar de estar prohibido por Naciones Unidas desde 1989, continúa siendo un lucrativo negocio que genera en el mercado negro unos beneficios superiores a los 20.000 millones de dólares. El tráfico ilegal ha sido tradicionalmente el mayor enemigo de los paquidermos, que han visto severamente mermada su población desde que a principios del siglo XX se disparase la demanda de un producto al que algunos han atribuido falsamente propiedades afrodisiacas.

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Elefante durante el Phajaan

En los países del sudeste asiático los elefantes son utilizados como herramientas de trabajo. En épocas donde las vías de comunicación para el transporte de mercancías eran prácticamente inexistentes, sus patas robustas actuaban como cuchillos en mantequilla que se abrían paso sin demasiada oposición en la espesura de la selva. Con la llegada del ferrocarril y la mejora de las carreteras, los propietarios se afanaron en encontrar nuevas alternativas de explotación comercial y hallaron en el boom del turismo un filón que ha transformado a los animales en un suvenir más para extranjeros adinerados.

La situación es especialmente alarmante en Tailandia, un país que el año pasado recibió un total de 35 millones de visitantes (180.000 españoles) que gastaron 34.000 millones de euros. El turismo representa dos cosas: el 20% del PIB y una bota sobre el cuello de la fauna salvaje. Según un estudio realizado por el periódico británico The Guardian, el 40% de los turistas que visitan Tailandia, o lo que es lo mismo, más de 12 millones de personas, tienen previsto realizar un paseo en elefante, y las consecuencias están siendo devastadoras. A principio del siglo XX existían un total de 50.000 elefantes asiáticos viviendo en libertad, pero el turismo, la caza furtiva y la destrucción de su hábitat natural ha reducido su población a un número que oscila entre los 2.500 y los 3.200, cifra de riesgo que ha provocado que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza haya incluido al elefante asiático entre las especies en peligro de extinción. Esto, sin embargo, no impide que en Tailandia el total de los que viven en cautividad haya superado a los que todavía disfrutan de la libertad de la selva.

Como en cualquier otro negocio no existiría oferta sin demanda. La tortura y el maltrato son rentables porque hay mucha gente que está dispuesta a pagar por darse un paseo sobre el lomo de estos animales, actividad que les provoca severas lesiones en la espina dorsal, además de heridas y yagas en la piel, o reírse a carcajadas mientras pintan un cuadro o juegan al fútbol. Algunos lo desconocen y a otros no les importa que detrás de un entretenimiento aparentemente inocuo se esconda un sistema que perpetúa la esclavitud de los animales hasta que mueren, exhaustos, a muy corta edad.

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Paseos en elefante

Cuando no están trabajando "los elefantes están encadenados día y noche, y no se relacionan con otros de su especie. Su dieta es pobre, no reciben atención veterinaria y a menudo viven en lugares estresantes, junto a carreteras o núcleos turísticos urbanos", denuncia Jan Schimdt-Burbach, veterinario de la World Animal Protection, una oenegé de protección animal. Junto con biólogos y expertos conservacionistas llevan años reclamando la restauración de los espacios naturales y limitar la explotación turística de la fauna a la observación controlada en su hábitat natural o en los santuarios, aunque sobre estos últimos advierten que en la mayoría de los casos se tratan de negocios que atraen a los visitantes con el reclamo del bienestar animal pero que en realidad esconden malos hábitos.

Para evitar contribuir a la perpetuación del maltrato basta con echar un vistazo a la web de la Wildlife Friends Foundation, donde se pueden consultar los refugios que cumplen con su función y sobre todo hacer uso del sentido común; ningún santuario real ofrecerá espectáculos con animales, trucos circenses o hacerte una fotografía subido a un elefante. Los paquidermos no reaccionan bien a la interacción con los humanos, a no ser que hayan sido domados previamente hasta convertirlos en seres sumisos que han perdido incluso la concepción de sí mismos. 

  • Circos, la otra cara del negocio

¿Qué hace un grupo elefantes asiáticos en una carretera de Albacete? Esa fue la pregunta que muchos se hicieron cuando un camión que transportaba a cinco de ellos sufrió un accidente en mitad de Castilla-La Mancha. El circo es esa otra parte del negocio que los propietarios de animales salvajes han encontrado en los países donde este tipo de fauna no es autóctona.

Los espectáculos circenses que deambulan por todo el mundo fueron en gran parte los causantes del aumento de la demanda de elefantes, sobre todo de los más jóvenes. Para separar a una cría de su manada, los captores tienen que matar a su familia. Los elefantes tienen vínculos de comunidad y protegerán a sus miembros hasta las últimas consecuencias. En palabras de Edwin Wiek, secretario general de Wildlife Friends Foundation Thailand, "las madres y los machos jóvenes son asesinados tratando de proteger a las crías. Es común matar a tres elefantes para sacar a un solo bebé de la selva".

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Elefantes en el circo

Lo sucedido en Albacete no es una excepción. De media, 30 animales de circo mueren cada año en las carreteras de la Unión Europa. Parte de la vida itinerante de este sector implica transportar a los animales durante largas distancias, en remolques sin un acondicionamiento adecuado donde permanecen encadenados sin posibilidad de tumbarse para descansar.

La presión de los colectivos animalistas y la concienciación social ha provocado que cada vez sean más los países y ciudades que prohíben este tipo de espectáculos. En la Unión Europea; Austria, Bélgica, Holanda, Bulgaria, Suecia, Eslovenia, Finlandia, Chipre, Portugal, Malta, República Checa, Hungría, Grecia, Dinamarca, Polonia y Malta han aprobado el veto.

En España, aunque no hay ninguna iniciativa estatal en este sentido, son centenares las ciudades donde no están permitidos los circos. La Generalitat de Cataluña fue pionera en prohibirlos, allá en 2015 y le siguieron la Región de Murcia, Galicia y Baleares, además de más de 300 localidades entre las que figuran Cádiz, Huelva, Toledo y Albacete. En Madrid, los grupos municipales aprobaron en enero de 2017 una ordenanza con tal fin, pero aún no ha sido puesta en marcha. Más de un año después, la iniciativa sigue esperando a la cola de la burocracia mientras que en la capital del país los circos siguen levantando las carpas con su espectáculo de dolor, tortura y muerte. 

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