El último techo que vio Raúl fue el cielo

Raúl tenía 31 años cuando falleció. Según dicen los que lo trataron en sus últimos meses de vida, era un chaval sociable, educado y buena gente. La vida era cruel con él, pero a pesar de esto trataba de salir adelante con los recursos que tenía a su alcance, demasiado joven para reducir su existencia a la búsqueda de alimento y cobijo en los centros sociales de esta y aquella ciudad. Su éxodo callejero partió de Chiclana, su pueblo natal, y estuvo errando entre este, Sevilla, y Cádiz, ciudad que fue testigo de su hálito final.

En su batalla cotidiana, tenía además que bregar con serios problemas de salud física y mental, un pesado dique con el que convivir a diario. Ningún ser humano está entrenado para malvivir, y por ello la mayoría de las personas sin hogar terminan por contraer enfermedades si su nefasta situación se dilata en el tiempo. El caso de Raúl era especial, pues estaba sometido a más de un tratamiento médico por patologías congénitas que debía cumplir a rajatabla para poder tener una cierta estabilidad psíquica. No lo hacía y a veces abusaba de su propia medicación. La calle es una lacra que no te da la mínima tregua para retomar las riendas de tu vida, mucho menos para seguir cualquier tipo de disciplina, por simple que sea.

Pero aún así, él lo intentaba, porque quería estar bien, y por esta razón viajaba asiduamente a Sevilla para trabajar uno de sus trastornos con la Fundación de Enfermos Mentales ‘Asaenes’. Era una persona errante “que luchaba para lograr al fin su ser”, como escribiera Jesús de la Rosa en ‘Señor Troncoso’, esa bella y melancólica canción de Triana, que tan idóneamente podría ilustrar el peregrinaje de Raúl para encontrar su paz interior.

Acudía a los servicios sociales. Era agradecido con las prestaciones que recibía de los distintos centros y amable con los voluntarios que le atendían. Todos coinciden en que presentaba un aspecto físico muy desmejorado, no reflectante de su edad, sus enfermedades tenían algo que ver en eso.

A lo largo de este mes, Raúl estuvo desayunando y probándose ropa en el local que el colectivo solidario ‘Calor en la noche’ pone a disposición de los sin techo. Su presidente, Manolo Mení, enfatiza la conformidad y buena disposición con la que siempre encajaba el hecho de que no hubiera ropa de su talla. Y cuando esto ocurría, Manolo siempre le espetaba: “Raúl, qué buena gente eres”, a lo que él contestaba, “eso me lo decía mucho mi madre”.

Para poder dormir bajo un techo, Raúl solía demandar cama en el albergue municipal de Cádiz. Irene, la trabajadora social del centro, recuerda que la primera vez que lo atendieron fue en agosto. Tenía el habla pastosa, propia de estar anegado por las pastillas,“había que tener mucha paciencia para hablar con él, pero una vez superada esa barrera era un persona educada y muy agradable”. Relata que cuando llegó estaba muy nervioso y no se trataba bien, pero empezó a medicarse correctamente y llegó a rebajar su nivel de ansiedad, llegando a tener un trato correctísimo con ellos: “A partir de septiembre tuvo contacto con nosotros casi a diario. Él quería revisar su grado de discapacidad y para ello tenía que rescatar todos los informes médicos sobre sus patologías, en eso le estábamos ayudando nosotros”. Es más, agrega que él siempre frecuentaba los albergues y le sorprende mucho que se fuera a compartir una furgoneta. “Con nosotros al menos se cercioraba de estar cubierto todas las noches que pudiera”.

Según cuentan en los servicios sociales del Ayuntamiento, siempre buscó la protección de un centro y daban por hecho que también se alojaría en el otro albergue que hay en Cádiz para los sin techo, la Casa de Socorro, perteneciente a la orden religiosa de los Caballeros Hospitalarios. Pero nunca estuvo allí, tal vez por aplicar unas normas mucho más rígidas.

Durante los días del Puente de la Constitución le adjudicaron plaza en el albergue municipal, pero su estancia fue mínima. Se buscó una furgoneta compartida unos días y regresó al albergue de nuevo. Irene cuenta que él mismo, voluntariamente, quiso dar la cara y exponerle personalmente el motivo por el que había causado baja sin dar explicaciones. “Tuvo un conflicto con otra persona y se fue sin decir nada para no generar mayores problemas. Volvió a nosotros al cabo de los pocos días porque se había cerciorado de que esa persona ya no estaba”. Ella valoró el gesto y por esto y por su actitud, que fue siempre correcta durante todo el tiempo que lo trataron, guarda tan buen recuerdo de él.

Lo que pasó en la citada furgoneta, donde convivió con más gente, nadie lo sabe ciertamente, aunque se rumorea que andaba muy nervioso esos días y que no tuvo buena relación con el resto de compañeros. Salió algo descontrolado de allí.

En cualquier caso, el lunes 11 de diciembre, volvía a tener una cama asignada en su albergue habitual. Esa noche tendría un techo para dormir a buen seguro, se exiliaría del agonizante frío exterior y podría soñar con un futuro mejor entre sábanas y mantas, caliente. Pero el destino es incierto, y lo que una mañana se tiñe de color esperanza, puede cambiar al más oscuro de los tonos al caer la noche. Porque la vida es así, cruda con unos y  benevolente con otros.

Esa misma tarde, se encontraba merodeando por la Plaza de Macías Rete, descubrió que le habían robado el móvil, pudo ser en la furgoneta, aunque ya eso iba a importar poco, muy poco. Salió muy alterado del bar y casualmente se cruzó con el equipo de atención integral a las personas sin hogar de Cruz Roja, que iban haciendo la ronda de entrega de bocadillos y zumos para los sin techo. Raúl pidió un zumo, no se encontraba muy bien, y como cuando el obturador de una cámara se cierra a la mayor velocidad, así cayó en redondo al suelo. Tuvo suerte de que pudieron asistirlo al momento, la ambulancia no tardó ni 4 minutos, pero no serviría de nada. Tras una hora tratando de reanimarlo, Raúl transitó hacia una morada mejor, voló hasta el techo infinito del cielo.

Quienes conocen de cerca la realidad de los sin techo, afirman que es durísima, aunque no hace falta trabajar en una ONG para adivinar que dormir en la calle sea del gusto de nadie. El capitalismo y este neoliberalismo económico salvaje de hoy ha llegado a tal punto de sadismo que no le basta con aniquilar al 10% de la población mundial, necesita manejar a los gobernantes y medios para que construyan falsos mitos con el objeto de confundir a la sociedad. Muy lejos del bulo difamado por algunos partidos políticos y determinada prensa que propaga que muchos sin techo están en la calle porque prefieren ese modo de vida, la realidad es bien distinta. Todas las organizaciones sociales y voluntarios que trabajan con las personas sin hogar coinciden en que nadie, ni siquiera estando en su insano juicio, quiere dormir en la calle. Quien duerme en la calle es por obligación, pero es más fácil para quienes gobiernan calumniar con lo otro.

Finlandia es el único país del mundo que ha resuelto el problema de las personas sin hogar, y lo ha erradicado con una solución permanente: sustituyendo los albergues, que únicamente sirven para parchear el problema, por apartamentos estables e independientes, tutelados por las visitas de trabajadores sociales que ayudan a estas personas a recuperar su vida. Es de sentido común pensar que para que una persona recobre su autoestima y seguridad, necesita gozar de autonomía y ser tratado con dignidad. Un albergue donde tienes que compartir una habitación con tres o cuatro personas y dos duchas con veinte más que están en la misma situación que tú, no es digno. El Estado finlandés ha demostrado además que este modelo, llamado Housing First, no solo acaba con el problema de raíz, sino que a largo plazo es más rentable económicamente para los gobiernos, pues disfrutar de una estabilidad permite eliminar considerables costes, tales como atención médica o alimentaria.

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Comentarios

Anónimo (no verificado) , Lun, 01/01/2018 - 20:45
No quieren integrarnos en la sociedad porque los y varitas no quieren perder los fondos europeos, subvenciones millonarios de estado, ayuntamiento, etcétera, por eso no quieren que salgas de la calle, no quieren verte bien, todo esta calculado, esta echó para que no salgas de la calle, para destrozarte mas, por ej yo he visto en muchos muchos comedores sociales que daba alcohol, por ej botellas enteras de vino, no era una ocasión especial, daban a los sin techo botellas grandes de donsimon. Quien dona todo esto, me hubiera gustado saber quien dono esa tonelada de botellas a un comedor y para que? Obvio que yo no bebo alcohol y te miran mal. O en otro en Madrid, vasos de vino. Porque dan bebida sabiendo que muchos de allí son borrachos, drogadictos, etcétera? Quieren mantener esos vicios quieren destrozarle mas.
Lagarder (no verificado) , Mar, 02/01/2018 - 04:12
Genial relato pero no se incide en la privatización de los servicios sociales como factor que conduce a la muerte de muchas personas sin hogar. Ni una crítica al albergue que gestiona una empresa privada ( Grupo 5) o tampoco ninguna crítica a la pésima gestión de los servicios sociales del alcalde del cambio que desalojo de la caleta a las personas sin hogar con la policía.