50 años después de 'Las venas abiertas de América Latina', entre sangrar o cicatrizar

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Era abril de 1978, frente a la hermosura de un primaveral Mar Mediterráneo, pero con la contradicción de estar allí tristemente como exiliado político lejos de su América Latina querida, Eduardo Galeano escribía la reflexión de 'Siete Años Después' sobre su obra 'Las Venas Abiertas de América Latina'. La misma obra publicada en 1971, cumpliendo este 2021 sus bodas de oro, que las dictaduras militares del Cono Sur, reconocidas y asesoradas por la anticomunista Operación Cóndor diseñada por Estados Unidos, prohibieron su lectura. Una sensación que para Galeano, como ya señaló, no era de derrota sino de victoria. Así era Galeano, el escritor del uso de las contradicciones que nos hizo y hace desenmascarar la realidad política e histórica de los opresores pero con el lenguaje de los oprimidos. El libro que se bautizó popularmente como la "Biblia de América Latina", pero que a la vez describía todas las barbaridades de la colonización de las Américas justificadas por la Biblia. La obra que, en definitiva, explica cómo en las tierras de la "América Latina opulenta en recursos se respira pobreza y desigualdad", dado que según el Mundo al Revés de Galeano, la justicia finalmente castiga no al ladrón sino a quién se pregunta quién roba. 

'Las Venas Abiertas de América Latina' es esa obra recíproca que no solo es una sistematización de experiencias, narraciones, y entrevistas a pueblos de América Latina que Galeano hizo durante años para quedarse en una estantería de alguna biblioteca o en espacios de intelectuales, sino para que sus letras volvieran a caer en esas mismas escuelas rurales, centros sociales, organizaciones campesinas, o fábricas industriales, donde apuntaba sus mismas crónicas.    

Era la época de la Guerra Fría cuando el libro salió a la luz, y América Latina vivía justamente una dura neocolonización e injerencia de Estados Unidos donde cualquier movimiento popular o proyecto político soberano, como el liderado por el presidente Guatemalteco Gustavo Árbenz (1951-1954) a favor de una reforma agraria nacional, era reprimido por intereses económicos de Washington y justificados como salvación del "terror" comunista. Una política que seguía la Doctrina Monroe de 1823, "América para los (norte)americanos" y el Corolario de Roosevelt de 1904 donde se aprobaba la intervención de Estados Unidos en América Latina si sus intereses eran perjudicados, en definitiva, el imperialismo con toda legalidad. América Latina se convertía en el patio trasero del Tío Sam, porque "para desarrollarse el Norte era necesario subdesarrollar al sur", y Galeano nos hacía entender este principio de la Teoría marxista de la Dependencia (dedicando su libro a teóricos como André Gunder Frank) con sus crónicas en las Antillas, la Sierra Maya, el Caribe, los Andes, el Altiplano, el Amazonas, los Llanos, el Cono Sur o la Patagonia. 

Las Venas Abiertas de América Latina nos explica los diferentes momentos históricos hacía dónde iba la sangre de la región, haciendo "que unos países se especializan en ganar y otros en perder" (1). La primera fase, “la fiebre del oro, fiebre de la plata”, es el inicio del “imperio español, el imperio en el que nunca se pone el sol”. La fase de la conquista de las américas. Con la llegada de La Niña, La Pinta y la Santa María a desconocidas tierras indias, financiado el proyecto por la Reina Isabel La Católica de Castilla, y capitaneado por el navegante Cristóbal Colón, la península ibérica iniciada un proceso de expolio de las Américas en el nombre de Dios como justificación. Mientras España llevaba virus, expolio, y esclavitud a las Américas, con la aprobación del Vaticano, las Américas llevaba productos agrícolas, oro y plata, para llenar platos de la nobleza y el clero y hacer grandes palacios y catedrales en España. A la mina de Potosí, el Cerro Rico, en el Altiplano boliviano actual, en 1545 se le inició su proceso de explotación. Mientras la montaña quedaba hueca en el interior, los barcos de vuelta a España se llenaban de plata, y la Casa de la Moneda de Potosí de esclavitud indígena. Indígenas que morían por el yugo del imperio español y que más tarde serían en muchos sitios reencarnados por esclavos de la África desconocida. Potosí se hacía la joya del imperio español, haciendo de “América un negocio europeo” (2). Mientras Francisco Pizarro conquistaba con sangre el imperio inca, Hernán Cortés lo hacía con el imperio azteca. Sangre que ha sido diluida en los libros de Historia de las escuelas españolas, tanto en católicas como laicas, haciendo de la colonización un “descubrimiento” o una “intercambio entreculturas”, y el 12 de Octubre una Fiesta Nacional con su desfile militar. Las torturas y asesinatos del imperio español, como contra los líderes indígenas como Julián Apaza (conocido como Tupac Katari), Bartolina Sisa o Tupac Amarú, fueron borrados de nuestra historia. 

Mientras el católico imperio español se centraba en evangelizar y consumir por su conquista, construyendo “los que hacían las Américas” sus preciosas casas indianas en las costas ibéricas o los palacios monárquicos, el imperio anglicano-protestante se centró en comercializar controlando los mares con lo que podemos llamar La fase de la colonización. Galeano en su obra nos da la clase que nos saltamos en Historia Europea Contemporánea; la Revolución Industrial en el Reino Unido fue posible por el expolio de las Américas y la acumulación de capital.  Galeano fue un autor más de la Teoría de la Dependencia, sin ser dependiente de esa teoría. Aparte de su agradecimiento a Gunder Frank, uno de los padres de este paradigma, en su obra refleja varias veces que “se desarrollaban los países desarrollados de nuestros días; se subdesarrollaban los subdesarrollados” (3). Una dialéctica hoy en disputa con la neoliberal y etnocentrista Teoría de la Modernidad. “España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche” (4) escribió Galeano para referenciar que los metales extraídos de las colonias españolas iban finalmente a los acreedores del reino, en su mayoría extranjeros, para pagar las deudas de una corona hipotecada creando sus palacios y su proyecto evangelizador. Haciendo que España solo dominará el 5% del comercio de sus colonias, yendo gran parte de esa riqueza a los países protestantes del Norte de Europa. Un impacto que hizo impulsar la Contrarreforma feudalista como una fuerza contra el capitalismo ascendente en Europa. José Carlos Mariategui, en su obra maestra indomarxista, “7 ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana”, destaca que mientras los españoles conquistaban imponiendo sus valores, los protestantes británicos colonizaban imponiendo sus negocios. Y por ello, como destaca Max Weber en su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, los países protestantes con su visión del trabajo y el desarrollo iniciaron la Revolución Industrial expoliando las materias primas de América Latina y el tráfico de esclavos africanos. 

En las clases de Historia de secundaria nos hablan de como en el Reino Unido se inició la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII y su extensión a otros países del norte de Europa y Estados Unidos. Desde la primera hiladora mecánica por el inglés James Hargreaves en 1764 o la máquina de vapor el escocés James Watt en 1768 para la industria textil. Pero de lo que no nos hablan fue de que esos inventos solo fueron posibles al conseguir la materia prima del textil con la mano de obra de esclavos en las colonias. Lo que hoy pasa en muchos lugares del mundo donde el dominio del Norte sobre el Sur reproduce una riqueza con la mano de obra de un trabajo semiesclavizado en el Sur para exportar productos de consumo al Norte. Las crónicas de Galeano siguen vigentes hoy tras las relaciones Norte-Sur.

A todo esto, a inicios del siglo XIX con una España invadida por Napoleón, y una América Latina cansada de los crímenes de la metrópoli, las luchas por la independencia de América Latina tuvieron apoyo del Reino Unido. La Revolución Industrial necesitaba mayor control de las materias primas de una rica América Latina.  No hay que olvidar, sin desmerecer la lucha de los libertadores como Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, José de San Martín, o José Gervasio Artigas, entre otros más, que el interés del Reino Unido fue esencial en la independencia de América Latina apoyando con sus mercenarios de la legión británica, una independencia en política pero una nueva dependencia en economía del capitalismo internacional y su “libre comercio”. De una América conquistada a una América colonizada. El Reino Unido apoyó la independencia de América Latina, pero su injerencia estaba enfocada para evitar el proyecto bolivariano de una Gran Colombia. La monarquía británica y otras potencias europeas hicieron uso del dicho romano “dívide et ímpera” (divide y domina).  

Tras las independencias entre 1810 y 1825 de la mayoría de países latinoamericanos conquistados por España, a excepción de Cuba y Puerto Rico en 1898, se habló de un temprano fracaso con una Gran Colombia dividida, y con los libertadores Bolívar, San Martín, u O’Higgins muriendo en el exilio, Sucre asesinado, o Miranda preso. Un temprano fracaso que llevó a hablar a pensadores románticos del siglo XIX, como Esteban Echeverría, José Victorino Lastarria, y Francisco Bilbao, de la “segunda independencia”. Un concepto que más tarde utilizaría José Martí, junto a la nueva etiqueta de Nuestramérica, Salvador Allende o Hugo Chávez. ¿Pero a que se dio a hablar de un proyecto emancipador fracasado? Pasando de conquista a colonia, las relaciones de dominio del Norte al Sur continuaban, solo cambiaron de sujeto, de Madrid a Londres. 

Las relaciones entre el Norte y Sur, entre Europa y América, cambiaban de forma pero no de fondo. Como dice Galeano, “la economía británica pagaba con tejidos de algodón los cueros del río de la Plata, el guano y el nitrato de Perú, el cobre de Chile, el café de Brasil” (4). América Latina iniciaba su modelo primario exportador, la nueva dependencia con el Norte industrial, centrarse en la monoexportación de alguna de sus materias primas para ser producidas en el Norte. Materias primas tan necesarias para el Norte que cualquier política contraria a ese modelo productivo y el librecambismo sería intervenida mediante injerencia directa o indirecta. América Latina pasaba de un control político a un control económico, una nueva colonización apoyada por una parte de la oligarquía latinoamericana. Una colonización que Francia, el Reino Unido y el joven Estados Unidos disputaban su hegemonía. Mientras Estados Unidos le quitaba a México más de la mitad de su territorio con el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848 poniendo en práctica el inicio de su política imperialista definida por la Doctrina Monroe en 1823 “América para los (norte)americanos”, el Reino Unido hacia sus estrategias para no perder su dominio económico y comercial. En 1864 se inició la Guerra de la Triple Alianza, Brasil, Argentina y Uruguay, contra Paraguay. Tres países que no respetaron el proyecto soberano, desarrollista y autónomo de Paraguay, e hicieron sangre con las armas de los británicos. Como relató Galeano, “aunque Inglaterra no participó directamente en la horrorosa hazaña, fueron sus mercaderes, sus banqueros y sus industriales quienes resultaron beneficiados con el crimen a Paraguay” (6), una invasión financiada por el Banco Londres que hipotecaron la suerte de los países vencedores para finalmente establecerse el dominio industrial y comercial del imperio británico y la supuesta mano invisible. Otro suceso a destacar de la injerencia británica, que definió el destino de América Latina, fue la Guerra del Pacífico (1879-1883). Una guerra entre Chile y el tándem Perú y Bolivia donde se disputaron el territorio minero de Antofagasta. El apoyo británico a Chile decantó la balanza en una guerra que dejó a Bolivia sin salida al mar, y al Reino Unido con la posibilidad de explotar las minas chilenas de salitre y cobre. América dejaba la sangre y el Reino Unido se llevaba el oro. 

Aunque la injerencia del Reino Unido en América Latina era evidente, el crecimiento del imperio norteamericano le quitaba hegemonía a la Corona británica. El Reino Unido tenía colonias por todo el mundo y tenía muchos frentes abiertos en Asía y África. Mientras Estados Unidos, como país naciente y creciente salido de una Guerra Civil (1861-1865), iniciaba su plan imperialista con el fin de apoderarse de los recursos de su “patio trasero”, América Latina. Tras la Doctrina Monroe, y el robo a México, llegó la Guerra de Estados Unidos contra España en 1898 para apoderarse de Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Una guerra que creó la semilla de la expansión del imperio norteamericano bajo dos estrategias que se repetirán en la Historia hasta nuestros días. En primer lugar los autoatentados de Estados Unidos para justificar el inicio de una guerra o represión como política de seguridad bajo lo llamada Bandera Falsa (en 1997, el Estado Mayor de Estados Unidos desclasificó archivos reconociendo la voladura de El Maine como un autoatentado) y en segundo lugar, la aprobación en 1904 del Corolario Roosevelt, enmienda de la Doctrina Monroe, que da vía libre a Estados Unidos a intervenir en cualquier país de América Latina y el Caribe violando sus soberanías nacionales si sus intereses económicos y propiedades estaban en peligro. 

Entramos en la tercera fase, la fase del imperialismo. Mientras en Europa crecían las disputas por el reparto del pastel africano en la Conferencia de Berlín de 1885, la antesala de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Estados Unidos monopolizaba su pastel americano para crear sus “repúblicas bananeras”, expansión de sus intereses económicos con ayuda de dictadores latinoamericanos reprimiendo a los pueblos. Algo reflejado en la famosa frase del secretario de Estado del expresidente Franklin D. Roosevelt del 1933 a 1945 y Premio Nobel de la Paz en 1945, Cordell Hull, “puede ser que Anastasio Somoza (dictador de Nicaragua) sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Frase que se convertiría en un dogma de la política exterior de los Estados Unidos hasta nuestros días. Y como nos recordó Galeano, “El equipo de dictadores llegó sin demora para aplastar las tapas de las marmitas; se abría la época de la política de la Buena Vecindad en Washington, pero era preciso contener a sangre y fuego la agitación social que por todas partes hervía. Alrededor de veinte años –unos más, otros menos– permanecieron en el poder Jorge Ubico en Guatemala, Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador, Tiburcio Carías en Honduras y Anastasio Somoza en Nicaragua” (7) o Trujillo en República Dominicana (1930-1961) o Gerardo Machado en Cuba (1925-1933). Un equipo de dictadores que permanecían en el poder según los intereses de la United Fruit Company ya que “en 1930, América Central exportaba 38 millones anuales de racimos y la United Fruit pagaba a Honduras un centavo de impuesto por cada racimo” (8). El negocio del imperialismo estaba hecho, y la dependencia del Sur con el Norte se reproducía. Ello se reflejó en el Crack Bursátil de 1929, un suceso que como Galeano destacó “una típica crisis de una economía colonial: vino de fuera” (9). Aquel “Viernes Negro” hizo que “una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis” (10) o “que echó abajo los precios y contrajo el consumo, (que) Brasil quemó 78 millones de bolsas de café: así ardió en llamas el esfuerzo de doscientas mil personas durante cinco zafras” (11). El modelo primario exportador construido desde las independencias de España fue la condena de América Latina para depender ahora del hijo de la corona británica, el nuevo imperio norteamericano.

El último capítulo de la investigación científica vestida de obra literaria de Galeano, “La estructura contemporánea del despojo” es la que hace referencia a la etapa del fin de la II Guerra Mundial, 1945, hasta el presente de la publicación de Las Venas Abiertas de América Latina, 1971. 26 años de injerencias de Estados Unidos en América Latina en la partida de la Guerra Fría contra el bloque comunista. Cualquier país que llevase a cabo una reforma a favor de una política soberana era etiquetada de comunista, y los recién nacidos cachorros de Washington salían a morder; desde la Organización de Estados Americanos (OEA) fundada en 1948, el servicio de inteligencia norteamericano de la CIA en 1947, la Alianza del Progreso o la USAID en 1961, la expansión de más bases militares norteamericanas en América Latina y el Caribe, o la hegemonía del dólar con sus bancos y las deudas por los Acuerdos de Bretton Woods en 1944 naciendo así el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Mientras se decía que el mundo se liberaba del nazismo, América Latina era condenada al imperialismo. El primer claro ejemplo, ya citado, fue el Golpe de Estado contra el demócrata progresista Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954. Cuando su proyecto era realizar una reforma agraria contra el monopolio de la United Fruit Company para hacer de Guatemala un país más soberano, equitativo, y desarrollado, Washington inició la operación encubierta llamada PBSUCCESS para como dijo el director de la CIA, Allen Dulles, Guatemala no se convirtiera “en una cabeza de playa soviética en las Américas” pero lo que en el fondo se buscaba, como escribió Galeano, era que el “intercambio desigual funcione como siempre: los salarios de hambre de América Latina contribuyen a financiar los altos salarios de Estados Unidos y de Europa” (12). 

Lo de Guatemala fue un aviso de Estados Unidos sobre que el destino de América Latina, como desde 1492, era para seguir siendo expoliada, no reformada ni industrializada. Cambiar su destino, como decía la misma propaganda norteamericana que reprimía a la misma industria de Hollywood con su “Caza de Brujas”, era “caer bajo el yugo comunista” y era necesario liberar al mundo. Y por eso tampoco fueron bien vistos por el imperio los proyectos populistas a favor del desarrollo y la industrialización nacional, llamados Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), de Getulio Vargas en Brasil (1930-45 y 1951-54), o Juan Domingo Perón en Argentina (1946-1955). Pero llegaron los “barbudos de Cuba” en 1959, bajo el mando del estratega Fidel Castro, y las anteriores experiencias de Guatemala, Brasil o Argentina, dejaron claro que los cambios no vendrían desde adentro sino desde afuera. A Cuba no la hizo socialista, declarada oficialmente en 1961, el pueblo cubano sino el imperio norteamericano. Si querían hacer su reforma agraria venía una “Bahía Cochinos”, si querían establecer relaciones con los países que quisieran en el mundo, como la URSS, venía la “Crisis de los Mísiles de Cuba”, o si querían recuperar Guantánamo venía el bloqueo económico y comercial. Galeano lo dejó claro: “Los cubanos se fueron radicalizando junto con su revolución, a medida que se sucedían los desafíos y las respuestas, los golpes y los contragolpes entre La Habana y Washington, y a medida que se iban convirtiendo en hechos concretos las promesas de justicia social. Se construyeron ciento setenta hospitales nuevos y otros tantos policlínicos y se hizo gratuita la asistencia médica; se multiplicó por tres la cantidad de estudiantes matriculados a todos los niveles y también la educación se hizo gratuita; las becas benefician hoy a más de trescientos mil niños y jóvenes y se han multiplicado los internados y los círculos infantiles” (13). 

Estados Unidos no podía soportar que la Revolución cubana se extendiera por su patio trasero, era la amenaza de la existencia del imperio. Y no solo no fue a Bolivia a asesinar al Che Guevara en 1967, sino a miles de comunistas y progresistas de diferentes países de América Latina. Sus inversiones, sus propiedades, sus bancos, los dumpings, sus competencias desleales, las materias primas para su industria, sus tratados de “libre” comercio, sus importaciones y exportaciones, sus patentes, su monopolio, su moneda, su mercado, eran las palabras de su libertad, y lo defendían a cualquier precio.  

Era 1978, y después de 7 años de editarse la obra, Galeano se animó a escribir un breve capítulo extra. Galeno escribió en esas 24 páginas “que los comentarios más favorables que este libro recibió no provienen de ningún crítico de prestigio sino de las dictaduras militares que lo elogiaron prohibiéndolo” (14). En la Chile de Pinochet, en la Uruguay de Bordaberry, o en la Argentina de Videla, dictaduras formadas y apoyadas por el secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, bajo el nombre de Operación Condor. Una operación que dio continuidad a la Doctrina Truman bajo la dirección de la CIA con el fin de exterminar cualquier proyecto socialista, como Allende en Chile, o movimientos populares que pusieron en duda la dominación de Estados Unidos en el patio trasero. La década de los 70 fueron años de sangre y dolor con el fin de reproducir el subdesarrollo de América Latina para el desarrollo del imperio norteamericano, un dolor que Galeano expresaba desde su exilio en costas catalanas.   

El segundo volumen de Las Venas Abiertas de América Latina 

De 1971, la primera edición de obra, a 2021 han pasado 50 años. Medio siglo donde se han llenado millones de páginas de diarios que algunos han informado, y otros desinformado según los intereses de las editoriales, sobre variopintos acontecimientos sociales y políticos desde México a Tierra del Fuego (Argentina).  50 años sobre los que Galeano posiblemente no se atrevió a escribir o bien porque dicen que “nunca segundas partes fueron buenas” o porque prefirió centrar su pluma en microrrelatos, novelas, y cuentos breves en su retorno del exilio al Uruguay. Justamente en una entrevista en Brasil, en su participación en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia en abril de 2014, Galeano dijo de Las Venas Abiertas de América Latina que “No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”, confesando que cuando escribió el libro "no tenía la formación necesaria, sin conocer debidamente de economía y política", “y que, si bien no está arrepentido de haberlo escrito, es una etapa que está superada". 

Unas palabras de humildad y autocrítica de unos de los mejores escritores latinoamericanos del siglo XX que se apoderó la derecha latinoamericana, dando incluso eco de ello algunos medios españoles con conocida estrategia de injerencia en América Latina como El País, con el fin de desprestigiar la misma obra que sirvió como arma diplomática antimperialista a Hugo Chávez en la V Cumbre de las Américas. Chávez le regaló una copia original al presidente de los Estados Unidos Barack Obama pese a no saber leer en castellano, pero el mensaje político de fondo era claro, para Chávez el libro de Galeano no acabó en 1971, era de máxima actualidad en la V Cumbre en 2009, y el efecto social no se hizo esperar. El libro editado 38 años antes pasó en la web de Amazon del puesto 60.280 a entre los 10 más vendidos en un solo día. Un dato que deja claro que Las Venas Abiertas de América Latina no “era una prosa de la izquierda tradicional aburridísima” sino justamente un libro referente de la izquierda internacional también en el siglo XXI, en especial la latinoamericana, donde la principal crítica era la falta de escribir los últimos 50 años (1971-2021) del expolio y la injerencia de Estados Unidos, y sus socios europeos como antiguas metrópolis, en América Latina. Las letras escritas pararon hace 50 años, pero la hemorragia ha continuado 50 después.

Era el inicio de los años 80, y con una América Latina atemorizada por el genocidio político contra una generación de militantes y activistas de izquierdas la década anterior, los conocidos como Chicago Boys liderados por el PremioNobel de Economía Milton Friedman utilizaron la Chile de Pinochet como prueba piloto para implementar sus tesis económicas neoliberales. Contradictoriamente hablando de la “libertad” de mercado en un régimen dictatorial de toque neofascista sin libertades políticas y sociales, para que finalmente la riqueza del cobre fuera a parar a las grandes corporaciones mineras del Norte contra la nacionalización que llevó a cabo Allende en 1971. El pueblo no decidía las reformas antipopulares de privatizaciones y pérdida de políticas públicas, sino unos tecnócratas las imponían llegados de la academia del imperio bajo el gobierno republicano de Ronald Reagan y apoyados por el gobierno británico de la ultraconservadora Margaret Thatcher. La prueba de Chile se exportó a casi toda América Latina para finalmente acabar con el fallido modelo de Industrialización por Substitución de Importaciones (ISI) de una América endeuda desde la crisis del petróleo de 1973, y consolidar así el modelo ultraneoliberal como un frente continental extremista en los últimos años de la Guerra Fría. No se decidían estas reformas económicas desde la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) fundada en 1960, y posteriormente en 1980 llamada Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) con sede en Montevideo (Desde el Sur y para el Sur), sino se dictaban desde Estados Unidos bajo la mal etiqueta de “Consenso de Washington”, cuando sería mejor decir “la Coacción desde Washington” (Desde el Norte y para el Norte).  Galeano dijo que “La utilización de la deuda como un instrumento de chantaje no es, como se ve, una invención norteamericana reciente” (15), pero si aprendieron de su antigua metrópoli de Londres que en el siglo XIX endeudó a América Latina con proyectos de modernización para la exportación de materias primas. 

Los 80, la “década pérdida” para unos, la década ganada para otro

Con América Latina con una grandísima deuda por su continúa dependencia con el Norte, principalmente con el dólar y los bancos norteamericanos, pero a la vez multiplicada por los aumentos de los tipos de interés de la Reserva Federal norteamericana y la crisis del petróleo de 1973, se llegó a lo que se llamaría la “crisis de la deuda” de 1982 o también la “década pérdida” de los años 80. El secretario de Hacienda de México, Jesús Silva Herzog Flores, viajó a New York para informar al gobierno de Ronald Reagan y al FMI que México declaraba “la suspensión de pagos”. La Historia se repetía en México, con sus matices. Mientras en 1861 cuando el presidente mexicano Benito Juárez declaró la suspensión de pagos por la creciente deuda externa, el Norte (en este caso Francia, con ayuda de España y el Reino Unido) con sus armas y tropas llevó a cabo la llamada “Segunda intervención (1861-1867)”, en 1982 cuando México declaró la suspensión de pagos, el Norte (ahora Estados Unidos) llevó a cabo el Consenso de Washington” (1989) acuñado por el economista británico John Williamson. Muchas de las injerencias militares en América Latina que antes eran con bombas de ejércitos del norte son ahora las injerencias económicas con planes de ajustes estructural del FMI (organismo que se llama multilateral pero que Estados Unidos es el único país con derecho a veto), el Banco Mundial, o bancos del norte.  Como nos afirmó Galeano en su obra, “So Pretexto de la mágica estabilización monetaria, el Fondo Monetario Internacional, que interesadamente confunde la fiebre con la enfermedad y la inflación con la crisis de las estructuras en vigencia, impone en América Latina una política que agudiza los desequilibrios en lugar de aliviarlos” (16). Unos desequilibrios en aumento que para el ultraneoliberal Francis Fukuyama no eran trascendentales en su “Fin de la Historia”. Con el inicio de la caída del Bloque del Este en 1989, Estados Unidos se veía con la hegemonía mundial de exportar sus recetas neoliberales en todo el mundo, y en especial en América Latina, “por su fuerza o por su razón”.

Lo que hoy no está escrito en “Las Venas Abiertas de América Latina”, como retahíla de sucesos que solo dan continuidad a la tesis central de Galeano sobre la Teoría de la Dependencia, puede iniciarse en Centroamérica. En los años 80 el terrorismo de la “Contra” nicaragüense para derribar la Revolución Sandinista fue financiado por el gobierno de Ronald Reagan mediante el escándalo Iran-Gate. La administración de Reagan facilitó la venta de armas a Irán, en la Guerra contra Irak, pese al embargo armamentístico que existía, y apoyó operaciones de narcotráfico, con el fin de financiar a los terroristas contra el gobierno de Daniel Ortega. Mientras se fabricaba el proyecto ultraneoliberal del Consenso de Washington para exportar a toda América Latina no podían existir ni resistencias socialistas ni nacional populares. Por ello Estados Unidos actuó también en El Salvador, para evitar el triunfo de la guerrilla de izquierdas del Frente Farabundo Martí para la Liberación nacional (FMLN), mediante unidades de Patrulla de Reconocimiento de Alcance Largo (PRAL) y los Batallones de Infantería de Reacción Inmediata (BIRI), donde surgió el Batallón Atlacatl que llevó a cabo masacres como la de Mozote en 1981 o el asesinato de 6 jesuitas en 1989, 5 de ellos españoles, además de la cocinera y su hija. La sangre por el negocio y la geopolítica del imperio. No dejemos de lado Guatemala, el genocidio indígena que llevó a cabo el dictador Efraín Ríos Montt, entre 1982 y 1983, y al que el presidente estadounidense Ronald Reagan se refirió como “un hombre de gran compromiso e integridad personal”.  Ni tampoco olvidemos la invasión militar de Estados Unidos en Granada mediante la Operation Urgent Fury en 1983. Una invasión no solo contra un país caribeño que inició unas políticas socialistas y de acercamiento a Cuba con el líder Maurice Bishop, sino contra un país de la Commonwealth que dejaban al Reino Unido en un segundo plano en la geopolítica internacional. Estados Unidos apoyó un año antes al Reino Unido en la Guerra de las Malvinas (1982) contra Argentina, dando prioridad a la OTAN que al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) de la OEA, pero dejaba claro que en Occidente el líder era el imperio norteamericano. 

Tras las injerencias y violaciones de los Derechos Humanos y las reglas internacionales por parte de Estados Unidos en América Latina, una que llenaría páginas de escritura en “Las Venas Abiertas de América Latina” sería la invasión de Panamá. Unas Navidades recordadas por el pueblo panameño, no por regalos de Papa Noel o los Reyes Magos, sino por bombas del Tío Sam. Solo un mes y medio después de la caída del Muro de Berlín, el gobierno de George H.W. Bush llevó a cabo desde el 20 de diciembre de 1989 al 4 de enero de 1990 bombardeos continuos en barrios de la Ciudad de Panamá, entre ellos el popular El Chorrillo, para derrocar al dictador, y su antiguo aliado como miembro de la CIA, Manuel Noriega. Estados Unidos justificó su intervención militar, con el resultado de 314 militares panameños muertos y 341 civiles según datos de la Iglesia Católica, sobre lo que sería su nuevo plan de injerencia en la posguerra fría y bajo su proyecto de expansión ultraneoliberal, “la lucha contra el narcotráfico” liderada por la DEA (Administración para el Control de Drogas). Una nueva fase de la Doctrina Monroe. 

Aunque fue unos meses antes de la invasión de Panamá, un suceso a finales de los 80 marcaría la agenda de las siguientes décadas en América Latina, sobre la dicotomía de seguir con las venas abiertas o iniciar un proceso de cura pese a disponer de maquinaria médica obsoleta exportada por la industria del Norte. El 27 de febrero en Venezuela estalló lo que se llamó el “Caracazo”. El presidente venezolano y vicepresidente de la Internacional Socialista, Carlos Andrés Pérez, aceptó seguir las directrices del Consenso de Washington apostando por el ultraneoliberalismo como medida macroestructural contra la deuda. Las protestas populares espontaneas contra estos planes de ajuste estructural gestionados por el FMI que provocaban un aumento de precios en la gasolina, y en general una inflación nacional, tuvo la respuesta represiva del gobierno que llevó finalmente al resultado de 300 a 3000 muertos por policía y militares, según el tipo de fuentes. Estados Unidos no condenó la masacre porque era en defensa de sus intereses. El Caracazo conmovió a uno de los países más estables políticamente en América Latina.  

Los 90, España vuelve a coger trozo de su pastel

Galeano ya dijo que “El capitalismo central puede darse el lujo de crear y creer sus propios mitos de opulencia, pero los mitos no se comen, y bien lo saben los países pobres que constituyen el vasto capitalismo periférico” (17). En la entrada de los 90, con una América Latina subyugada a los planes neoliberales tanto por sus deudas como las injerencias de Estados Unidos y las represiones de los gobiernos títeres, Europa tras el fin de la Guerra Fría daba un salto cualitativo en su proyecto político y económico en la nueva era de la Globalización neoliberal aprobando el Tratado de Maastricht en 1992. Europa en un nuevo reparto del mundo poscomunista debería sacar su tajada, y que mejor estrategia que reactivar sus antiguas metrópolis. Paris, Bruselas, o Londres mirando a África y Asia, Berlín mirando a Europa del Este, o Madrid volviendo a América Latina. A lo que dijo Galeano; “América debería volver a ser un negocio europeo”.

En 1991 se fundó, bajo el gobierno español de Felipe González y con la imagen del expansionismo histórico de la monarquía española con el papel central de Juan Carlos I, la Cumbre Iberoamericana. Un evento multilateral que tenía como función reproducir los mecanismos neocoloniales, apoyados por la política europeísta. En 1992 se creó el IBEX35, el índice bursátil español de las 35 principales empresas de la economía nacional, tras un proceso de privatización de empresas estatales bajo el gobierno “socialista”, como Telefónica, Repsol, Endesa, entre otras, con el fin de expandirse a mercados internacionales como el caso de América Latina. Con este plan económico de expansión era importante generar una estructura política como la Cumbre Iberoamericana.  Las empresas españolas en pocos años se convirtieron en el segundo mayor inversor de América Latina, tras las de Estados Unidos, aprovechando la venta de capitales públicos y las privatizaciones de los países de América Latina con el Consenso de Washington. Repsol en los 90 volvía a Bolivia, la tierra del Cerro Rico de Potosí donde salía la plata para el imperio español, “la ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene” (18), como le diría una vieja señora potosina a Galeano. Y mientras el IBEX35 saqueaba América Latina, España no se olvidada de reactivar sus antiguos dominicos y jesuitas mediante la Agencia Española de Cooperación internacional y Desarrollo (AECID) y sus Organizaciones No Gubernamentales como instrumentos del Soft Power, al estilo USAID.  

A pesar de la vuelta de España a las américas, quien seguía decidiendo todo en “su patio trasero” era Estados Unidos. De aquí la contradicción constante en España. Europa le daba el apoyo a España como enviado de la nueva neocolonización de las américas, pero Estados Unidos decía lo que España se podía llevar. Y a pesar de la Unión Europea y Estados Unidos ser socios en el bloque occidental, sus pugnas han sido evidentes en sucesos como la Guerra de Irak en 2003. En España la contradicción ha sido clara entre la naciente nueva burguesía de los 80 mirando a la UE, los socialistas, y la burguesía aristócrata mirando a Estados Unidos desde el Pacto Franco Eisenhower, los populares.   

La política de bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, en un momento crítico en la isla tras la caída el bloque del Este al que llamaron “Período Especial”, se endureció con la Ley Torricelli en 1992 y la Ley Helms Burton en 1996 para asfixiar más a la isla y provocar un colapso de su modelo socialista que resistía ya 4 décadas a 300 kilómetros de distancia del imperio. Con la llegada del gobierno español del ultraderechista Aznar en 1996, España miró más tener buena relación con Washington que Bruselas para obtener mayor mercado en América Latina y resurgir su época dorada del imperio español. Y de ahí que Aznar, dado su vínculo con un pez gordo de la mafia cubana de Miami, Jorge Mas Canosa, una vez llegado a la Presidencia Española en 1996 buscase el boicot de la Unión Europea contra Cuba con la aprobación de la Posición Común.  En definitiva, que la UE se adaptase a las políticas exteriores de Estados Unidos, gracias a la mediación de España. 

No solo Cuba, en coordinación con Washington, fue una de las políticas injerencistas de Aznar en América Latina para romper cualquier resistencia a la globalización neoliberal, o mejor dicho de las relaciones Norte-Sur. Aznar mantuvo unas excelentes relaciones con el golpista neoliberal Alberto Fujimori en Perú, convirtiendo a España en el principal inversor del país inca, mientras España no denunció, al igual que Estados Unidos, sus crímenes de Lesa Humanidad en su política de represión sin límites contra movimientos de izquierda acusándoles de Sendero Luminoso o el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), o la esterilización forzosa a 200.000 mujeres indígenas como aquellas “Diversas misiones norteamericanas (que) han esterilizado a millares de mujeres en la Amazonia…” (19), como ya contó Galeano. 

En 1999 Estados Unidos, bajo la Presidencia de Bill Clinton, firmó con el gobierno colombiano de Pastrana el conocido como “Plan Colombia”. Una ayuda militar de 10.000 millones de dólares bajo la política de la “Lucha contra las Drogas” cuando la finalidad era la lucha contra las guerrillas de las FARC y el ELN que habían ganado terreno en un conflicto de más de 30 años de historia. Un plan militar, con la creación de nuevas bases militares, y la vista gorda del apoyo a grupos paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que atacaban a la población civil que mostrase simpatías con las guerrillas marxistas, en definitiva, legitimar el genocidio política contra la Unión Patriótica. En todo este entramado de injerencia no se quedó fuera el gobierno español. Según documentos desclasificados del Departamento de Estado norteamericano, con aprobación del Rey Juan Carlos I, Aznar aportó 100 millones de dólares al Plan Colombia. Si en 1781, “Túpac fue sometido a suplicio, junto con su esposa, sus hijos y sus principales partidarios, en la plaza del Wacaypata, en el Cuzco. Le cortaron la lengua. Ataron sus brazos y sus piernas a cuatro caballos, para descuartizarlo, pero el cuerpo no se partió. Lo decapitaron al pie de la horca” (20), argumentó Galeano, por rebelarse contra la corona española, en el siglo XXI España y Estados Unidos permitían que militares y paramilitares descuartizasen a campesinos colombianos por defender sus tierras. 

El siglo XXI, ¡Alerta que camina, la espada de Bolívar por América Latina!

Las palabras de Galeano de ayer son de máxima actualidad hoy. Como bien dijo el escritor uruguayo, “Más de la mitad de los préstamos que recibe América Latina proviene, previa luz verde del FMI, de los organismos privados y oficiales de los Estados Unidos; los bancos internacionales suman también un porcentaje importante. El FMI y el Banco Mundial ejercen presiones cada vez más intensas para que los países latinoamericanos remodelen su economía y sus finanzas en función del pago de la deuda externa” (21), pero ni en Ecuador ni en Argentina, las autoridades leyeron a Galeano. Corría el año 2000, y con una crisis inflacionaria y de deuda de Ecuador tras la implementación de las políticas neoliberales dirigidas desde Washington, que provocó la migración de millones de ecuatorianos a Estados Unidos, Italia y España, el presidente Jamil Mahuad vendió la soberanía monetaria del país. La moneda nacional del Sucre desde 1884 desaparecía de las calles de Quito o Guayaquil, y el dólar sería la moneda de uso corriente. Ya no solo en Ecuador comían hamburguesas y veían partidos de la NBA o películas de Hollywood, sino que el Banco Central de Ecuador dejaría de tener su soberanía monetaria. Entre 1996 y 2007, antes de la llegada del izquierdista Rafael Correa, Ecuador tuvo 7 presidentes diferentes. Paralelamente, en Argentina, tras los “felices años 90” del ultraneoliberal Carlos Menem con su Ley de Convertibilidad del Austral (un dólar un peso convertible) llegó la crisis económica de “El Corralito” en diciembre de 2001. Para evitar la salida en masa de depósitos bancarios en una economía cada vez más endeudada y dependiente del FMI, se prohibió la retirada en efectivo de entidades bancarias. Las “clases medias” argentinas vieron que entre ellos y los barrios populares de Buenos Aires no había tanta diferencia, el “Efecto Iguazú” llegaba a todos. Miles y miles de argentinos vieron como única solución emigrar a las tierras que en su momento dejaron sus abuelos, España o Italia. La Globalización no solo comercializa con mercancías sino también con mano de obra. Entre 1999 y 2003, Argentina tuvo 4 presidentes, hasta la llegada del progresista peronista Néstor Kirchner.

Las protestas en Ecuador o Argentina contra las estructuras del modelo neoliberal se extendían por América Latina como un fantasma. Bolivia ya el año 2000 fue portada en los medios de comunicación por la Guerra del Agua. Grandes movilizaciones sociales de indígenas y campesinos durante 3 meses en protesta a la privatización del servicio de suministro de agua en Cochabamba, impulsada por el Banco Mundial con la firma de la multinacional norteamericana Bechtel y el gobierno del exdictador Hugo Banzer, consiguieron parar el contrato con las consecuencias de un joven asesinado por la policía, 121 heridos y 172 encarcelados tras declararse la Ley Marcial. Una victoria que potenciaría la estructura y la motivación de movimientos populares indígenas y campesinos en Bolivia, los excluidos del neoliberalismo. 3 años después, llegó la Guerra del Gas. Tras la decisión del gobierno neoliberal de Sánchez Losada de exportar gas natural a Estados Unidos mediante Chile por encima de abastecer el mercado interno, miles de bolivianos salieron a las calles a protestar no solo contra esta acción, sino contra el fondo de la cuestión, el saqueo en su totalidad y el neoliberalismo del Consenso de Washington pidiendo una Asamblea Constituyente. La Guerra del Gas, tras la represión del gobierno boliviano contra las movilizaciones lideradas por el sindicato de la COB o el Movimiento al Socialismo (MAS), dejó un saldo 67 muertos y 417 heridos tras la conocida Masacre de Octubre. Sánchez Losada se exilió a Estados Unidos, país que hasta hoy no ha aceptado su extradición. Bolivia vio ayer como saqueó España el Cerro Potosí, como nos explica bien Galeano, Bolivia no iba a permitir hoy que Estados Unidos saqueara su gas de Tarija. Con el proyecto de una Nueva Asamblea Constituyente y un Proceso de Cambio en Bolivia, Evo Morales se convirtió en el primer presidente indígena de Bolivia tras ganar en la primera vuelta las elecciones de diciembre de 2005. 

Ecuador, Argentina o Bolivia, tenían sus miradas puestas en algo que un breve tiempo antes había sucedido en otro país de América Latina, Venezuela. El comandante Hugo Chávez arrasó en las elecciones presidenciales de 1998 tras su indulto en 1994. Un militar conocido por su intento de Golpe en 1992, contra las políticas neoliberales del bipartismo (AD y COPEI) y la represión popular en el Caracazo, pero que inició su mandato con desconcierto en la comunidad internacional, por su papel de militar, y entre ellas la izquierda eurocentrista. La nueva Asamblea Constituyente de inspiración bolivariana y popular en 1999, la Ley Orgánica de Hidrocarburos de 2001, que ponía fin al proceso de privatización petrolera para darle al Estado venezolano la soberanía de la gestión de la principal riqueza del país, la cercanía de Venezuela con Cuba para llevar a cabo políticas públicas de cooperación sanitarias y educativas en barrios populares (que más adelante se llamaría Misiones) o el enfoque hacia una nueva Integración Regional Latinoamericana que Chávez planteó en la I Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de la Unión Europea, América Latina y el Caribe, celebrada en Río de Janeiro, Brasil, entre el 28 y 29 de junio de 1999, no era de buen gusto ni para Estados Unidos ni para la España neocolonialista. Así, en 2002, la patronal venezolana Fedecamaras, con apoyo de Bush, Aznar y el colombiano Uribe, apoyaron el intento de Golpe de Estado contra Chávez. Un Golpe fracasado por la movilización popular, que no solo puso en alerta a Venezuela sino a toda América Latina, recordando que no iban a permitir los poderes fácticos internacionales y las oligarquías nacionales que democráticamente se cerrasen las venas de América latina. El Golpe contra Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 se repetía en Venezuela en 2002. 

Un evento dejó claro que el proyecto neoliberal de Estados Unidos en América Latina iniciado con el Consenso de Washington no tendría camino fácil, América cansada de saqueo se resistiría. En noviembre de 2005, en la IV Cumbre de las Américas celebradas en el Mar de la Plata, la Argentina de Kirchner, Brasil de Lula, Uruguay de Tabaré Vázquez, Paraguay de Nicanor Duarte (todos miembros del MERCOSUR), más la Venezuela de Chávez, y la ya aclamada victoria de Evo morales en Bolivia, rechazaron el proyecto del ALCA. América Latina no iba a permitir el “libre” mercado en la asimetría de economías, reproduciendo como escribió Galeano citando a Gunder Frank, “las regiones hoy día más signadas por el subdesarrollo y la pobreza son aquellas que en el pasado han tenido lazos más estrechos con la metrópoli y han disfrutado de períodos de auge. Son las regiones que fueron las mayores productoras de bienes exportados hacia Europa o, posteriormente, hacia Estados Unidos” (22). Una nueva América Latina no quería exportar más sus riquezas sino tener derecho a disfrutarlas. Pero el camino no sería fácil, el Golpe en Venezuela era solo un primer aviso en el siglo XXI. 

Cualquier país que lleve una política, siendo incluso democrática, contra los intereses del imperio, sus aliados, y las oligarquías nacionales, es un país en el punto de mira. El intento del Golpe en Venezuela condujo a una retahíla de intentos de golpes, algunos fracasados otros acertados, contra cualquier gobierno favorable a la integración regional latinoamericana mediante mecanismos como MERCOSUR, ALBA, UNASUR o CELAC, y a favor del desarrollo endógeno y la integración regional latinoamericana. Bolivia y el intento de desestabilización fracasado contra la Asamblea Constituyente mediante la Masacre de Porvenir en 2008, donde el gobierno de Evo Morales acusó al embajador norteamericano Philip Golberg de ser colaborador. El Golpe en Honduras, apoyado por Hillary Clinton, contra el inicio de un proyecto de Asamblea Constituyente propuesto por el Presidente Manuel Zelaya en 2009. El intento de Golpe en Ecuador contra Correa en septiembre de 2010 tras sus posiciones críticas hacia la histórica injerencia de Estados Unidos en Ecuador y en América Latina, puestas en práctica al no renovar Correa la presencia de la base militar de Estados Unidos en la ciudad ecuatoriana de Manta. El Golpe parlamentario en Paraguay contra el progresista Fernando Lugo en 2012, o el Impeachment en Brasil en 2016 contra Dilma Rousseff junto el encarcelamiento de Lula en 2018. Sin olvidar la persecución judicial a Cristina Fernández en Argentina. En definitiva, golpes militares y golpes judiciales (lawfare) contra cualquier proyecto soberano y latinoamericanista. Sin olvidar los intentos de desestabilización en Nicaragua en 2018, o en Venezuela en 2015 tras el inicio oficial del boicot económico y político por Estados Unidos al declarar Obama en marzo de 2015 a “Venezuela como una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos”, y en definitiva para el FMI y el BM. Al igual que Galeano escribió que “Cuando Fidel Castro se dirigió al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, en los primeros tiempos de la revolución cubana, para reconstruir las reservas de divisas extranjeras agotadas por la dictadura de Batista, ambos organismos le respondieron que primero debía aceptar un programa de estabilización que implicaba, como en todas partes, el desmantelamiento del Estado y la parálisis de las reformas de estructura” (23), lo mismo le sucede hoy a Venezuela que no solo se niega el FMI o el BM a hacer cualquier préstamo a Maduro por no aceptar políticos neoliberales y privatizar el petróleo sino que el Banco de Inglaterra se niega a darle a Venezuela sus 1000 millones de dólares en reservas de oro. 

España que también tiene su trozo de pastel en las américas con el IBEX35 no se quedó de brazos cruzados. El famoso “Por qué no te callas” del monarca Juan Carlos I a Hugo Chávez en la Cumbre Iberoamericana de 2007, tras las críticas del líder venezolano al exmandatario español Aznar por su participación en el Golpe de Estado de Venezuela en 2002, representó un gesto simbólico del imperio español por encima de los pueblos latinoamericanos. Posiblemente Chávez también le debería haber regalado “Las Venas Abiertas de América Latina” a Juan Carlos I como hizo con Obama. 

Hacia dónde va América

Galeano en el cierre de su obra maestra, totalmente vigente en el siglo XXI, como creemos haber argumentado, escribió que “la causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión de cambio” (24). No hablamos de la Historia como un proceso lineal. Lo de “un paso adelante, dos pasos atrás” es ya un lema en los procesos revolucionarios internacionales por las complejidades de los mismos y los ataques políticos y económicos del imperio norteamericano y sus aliados, entre ellas las oligarquías latinoamericanas, pero los avances de los últimos años en América Latina en estructuras políticas y sociales por la soberanía y la integración regional ha calado en la cultura popular. 

En 2015 se empezó a hablar en los Think Tank conservadores de América Latina, con su voz en medios de comunicación, del “fin del ciclo progresista”, copiando el “fin de la Historia” de Fukuyama. Demostrado ya lo segunda como falacia, pronto se demostró la primera como engaño. La victoria del neoliberal Macri en Argentina en 2015, el impeachment en Brasil contra Dilma Rousseff en 2016 y la victoria del ultraderechista Bolsonaro en 2018, el agresivo bloqueo contra Venezuela creándose el Grupo de Lima en 2017, la persecución política y exilio de Correa en Ecuador el mismo año por la derechización de Lenin Moreno, las injerencias en Nicaragua tras protestas en 2018, el Golpe de Estado en Bolivia en 2019 contra Evo Morales con la complicidad de la OEA, o la derrota del Frente Amplio en Uruguay tras 15 años en 2020, acompañado del discurso y políticas ultraderechista de Trump, parecían hacer de la frase de cierre del libro Galeano una lejana utopía. Pero de repente se vio que el ciclo progresista no había muerto. No solo se derrotó rápidamente la nueva hegemonía política del conservadurismo oligárquico latinoamericano, con el retorno del kirchnerismo en Argentina en 2019, la liberación de Lula ese mismo año y con pronósticos de ganar las próximas elecciones  presidenciales en 2022, la casi victoria del correísmo liderado por Andrés Arauz en 2021 pese a los ataques mediáticos contra Correa, la relección de los sandinistas en noviembre de 2021 con el 75% de los votos, o la recuperación de la democracia en Bolivia con la victoria de Luis Arce, exministro de economía de Evo Morales, en octubre de 2020, sino que se levantaron los pueblos de los gobiernos más neoliberales de América Latina, los miembros de la Alianza del Pacífico. En México en 2018 ganó las elecciones el izquierdista Andrés Manuel López Obrador rompiendo con el bipartidismo derechista y corrupto del PRI y el PAN. En Chile en 2019 se iniciaron movilizaciones por un nuevo Proceso Constituyente para derogar la Constitución neoliberal y pinochetista de 1980. En 2021 en Colombia se llevaron a cabo Paros Nacionales contra las políticas de Ajuste estructural y las represiones contra el Proceso de Paz del presidente Ivan Duque, y en Perú, tras meses de inestabilidad, ganó las elecciones Perú Libre, un partido con un programa marxista-leninista-mariateguista. 

El 13 de abril de 2015 se le apagó la luz a Eduardo Galeano en Montevideo, en el mismo lugar donde nació 65 años antes. Murió cuando el “fin del ciclo progresista” tenía su efímero eco. 6 años después, el pasado mes de septiembre, López Obrador resucitó en México a la Comunidad de Estados latinoamericanos y Caribeños (CELAC) afirmando que “no debe descartarse la sustitución de la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie”. América Latina ha padecido cruentas historias recientes de genocidios y saqueos, pero tampoco ha olvidado sus resistencias y glorias. La “segunda independencia” de Nuestramérica flota hoy más que nunca, pero no hay proyecto de liberación sin Historia, y no hay Historia de las Américas sin “Las Venas Abiertas de América Latina”.  Galeano recordó alguna vez que en una asamblea de mineros obreros en Cochabamba (Bolivia) había una única mujer llamada Domitila Barrios. La mujer se levantó y dijo: “¿Cuál es nuestro enemigo principal, compañeros? La burocracia, respondían. ¡El imperialismo!, gritaban. “No compañeros, se equivocan. Nuestro principal enemigo es el miedo, y lo tenemos dentro”. 

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. Galeano. E (1971) Las venas Abiertas de América Latina. Ed: Siglo XXI. México. (Pag. 15)
  2. Ibidem. (Pag. 42) 
  3. Ibidem (Pag. 111) 
  4. Ibidem (Pag. 15)
  5. Ibidem (Pag. 15)
  6. Ibidem (Pag. 254)
  7. Ibidem (Pag. 146)
  8. Ibidem (Pag. 145)
  9. Ibidem (Pag. 135)
  10. Ibidem (Pag. 96)
  11. Ibidem (Pag. 135)
  12. Ibidem (Pag. 269)
  13. Ibidem (Pag. 104)
  14. Ibidem (Pag. 339)
  15. Ibidem (Pag. 257)
  16. Ibidem (Pag. 286)
  17. Ibidem (Pag. 17)
  18. Ibidem (Pag. 51)
  19. Ibidem (Pag. 21)
  20. Ibidem (Pag. 66)
  21. Ibidem (Pag. 305)
  22. Ibidem (Pag. 51)
  23. Ibidem (Pag. 303)
  24. Ibidem (Pag. 337)

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