Agnès Varda y la grandeza de estar viva

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A veces enfrentarse a la tremenda levedad de una página en blanco es más asfixiante que nunca. Sucede en ocasiones que los sentimientos se agolpan y quieren salir a través del teclado para poblar ese lienzo improvisado que se compone de pequeñas piezas y las nutre. Intentar dar vida a las palabras. Ha muerto Agnès Varda y poco importó más ayer que eso. 

La vida me hizo un tremendo regalo al poder ver a Agnès Varda el mes pasado en Berlín, en vivo y en directo. Más viva que siempre, más directa que nunca. Su despedida del cine era, sin que nosotros lo supiésemos en aquel momento, también su despedida del mundo. Reservé entrada para el documental que presentó en Berlinale, 'Varda par Agnès', el día después de su estreno, habiendo visto a Agnès hablar de él con profundo amor en la rueda de prensa. Quería verlo en el teatro Friedrichstadt Palast, ese del que los alemanes cuentan que tiene el escenario más grande del mundo. Era el día de los enamorados, pero yo ya venía enamorada de Agnès. 

Siempre recordaré que llegué una hora antes y ya había una gran fila para entrar a verlo. Son 1.895 butacas sin palcos que forman una semiesfera azul maravillosa y colosal que invita a la emoción. Le pregunté a una señora alemana que estaba delante de mi en la cola si tenía ganas de verlo. Me dijo que no había oído más que palabras bonitas y que lo estaba deseando. Me comí una manzana y traspasé la puerta del teatro, abandonándome al disfrute. Como siempre que entro en uno. En dos horas Agnès Varda me había hecho una cura profunda en el alma a través de la narración propia de su carrera cinematográfica. 

En dos horas Agnès Varda me había hecho una cura profunda en el alma a través de la narración propia de su carrera cinematográfica

Los seres humanos nos pasamos la vida buscando el sentido de la misma, olvidándonos en ocasiones de lo importante que es vivirla y valorar los instantes. Cada vez que oigo "estoy en la crisis de los 30", recuerdo a Varda diciendo que una amiga le dijo que se sentía mal porque iba a cumplir 40 años. Ella le respondió: "Te voy a hacer una película. Voy a filmarte esos 40, para que veas la maravillosa edad que vas a cumplir". 

Que Agnès Varda salga y narre la mayoría de sus trabajos audiovisuales no es una expresión de ego, sino una muestra de empoderamiento feminista a tener muy en cuenta. Para que las niñas de hoy sepan que el cine es un espacio para crear si ellas quieren. No hay ninguna película suya que no me haya gustado o con la que no haya pensado: "vaya derroche de genialidad". Gracias a Agnès conocemos parte de la lucha feminista de los 70, que tan bien reflejó en la película 'Una canta, la otra no' (1977). De éste trabajo comentó que en aquella época era feminista. "Bueno -matizó-, yo era feminista, soy feminista y seré feminista". 

Que Agnès Varda salga y narre la mayoría de sus trabajos audiovisuales no es una expresión de ego, sino una muestra de empoderamiento feminista a tener muy en cuenta

El paso del tiempo también estaba muy presente en su día a día. "Aquí están mis manos, con sus arrugas. Han pasado un largo viaje y ya les queda poco tiempo", contaba en 'Los espigadores y la espigadora' (2000). Hace casi 20 años no se hablaba de la recogida de alimentos de la basura o de la ocupación de casas vacías por parte de gente con problemas de acceso a la vivienda. Ella, en ese documental, ya lo hizo. Le pregunta a una jueza por qué no se pueden destinar las viviendas vacías para la gente que vive en la calle y la magistrada responde que si ella no llevase una toga, lucharía por eso. La respuesta de Agnès es simplemente sublime. "Está muy bien su toga", le dice de forma tranquila, como si fuese casual esa apreciación. También sabía en qué lado situarse. "Me dicen que hago películas políticas, pero es que siempre me posicioné del lado de las mujeres y los trabajadores". Documentales como el de las Panteras Negras atestiguan su fuerte compromiso social. 

"Cuando rodaba 'Las playa de Agnès', hace diez años, sentía que un tren venía muy deprisa hacia mí. Pensaba que, como tenía 80 años, ya me quedaría poco tiempo de vida. Entonces me quería dar prisa en rodar y montar para que la película saliese lo antes posible. Ahora tengo 90 años", contaba, con la tranquilidad y el sentido del humor que le caracterizaban. Su alegría hace que la gente quiera a esta directora al ver sus películas. 

Una de las mejores cosas que alguien puede aprender de Agnès Varda es que la edad no es el impedimento de casi nada, salvo lo meramente físico

Una de las mejores cosas que alguien puede aprender de Agnès Varda es que la edad no es el impedimento de casi nada, salvo lo meramente físico. Su sensibilidad y portentosa imaginación hicieron que esta integrante de la corriente creativa Nouvelle Vague fuese una de las precursoras de la utilización de lo digital en el cine. No había nada que Agnès rechazase debido a su edad y eso la convierte en un modelo a seguir. "Qué bonito este reloj que alguien ha dejado abandonado en la calle. No tiene agujas. Así no ves pasar el tiempo". El tiempo fue pasando y ella se fue adaptando a él siendo más joven que muchos de los que de jóvenes no tienen más que los cuerpos. 

Hay quienes ven su vida como una cuenta atrás hacia la muerte. Estoy casi segura de que Agnès la veía como una suma de experiencias y momentos, no una resta. Cuando muere alguien a quien admiro, aparte de sentir tristeza, a veces me brotan, casi involuntariamente, algunas lágrimas. A pesar de mi evidente fascinación por Agnès, no he llorado al saber que ha muerto. Porque alguien que te ha insuflado tanta vida vivirá en tus recuerdos hasta que la tuya se acabe. No puedo llamar a esto obituario, apreciada Agnès, así que mejor lo llamaré, como a ti te gustaría, fundido en blanco. 

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