Argentina, entre la precariedad y la pobreza

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"A un hombre se le cayó la comida sin querer y se tiró al piso a comerla. Le dije que no lo hiciera, que nosotros le íbamos a dar otro platito, y entonces me dijo: 'No, señorita, la comida no se tira, porque hoy tengo un plato caliente, ¿pero mañana?'". Nancy es una de las cocineras voluntarias que cada día preparan más de 200 raciones para las personas necesitadas de Buenos Aires. "Empezamos con unas 70, pero se ha doblado en muy poco tiempo". Como ella, decenas de personas, mujeres en su mayoría, dedican unas horas de su tiempo libre para tratar de suplir una obligación que debería ser del estado, pero que hace mucho tiempo abandonó a la suerte de la solidaridad popular.

Cuando hablamos de pobreza, de hambre, de las necesidades más básicas del ser humano, sucede a menudo que el dolor y la desesperanza se pierden en la frialdad de unos cuantos números volcados sobre el papel. Pero los estómagos vacíos tienen cara, nombre y apellidos. Tuvieron un pasado, en muchas ocasiones feliz, incluso ostentoso en otras tantas. Algunos llevan conviviendo con la ruina desde su nacimiento, como si fuera un pecado primigenio que su linaje no ha conseguido purgar. Y la mayoría nunca se imaginó el futuro entre cajas de cartón.

"Yo nunca acabaré así", se decía convencido José Luis. “Yo laburaba, estaba bien”, hasta que la penúltima crisis económica, ese mal endémico de la idiosincrasia argentina, le golpeó de lleno en la cartera y en el estómago.

Silvana sobrevive en una esquina de la Avenida Corrientes, en pleno corazón de Buenos Aires. A los males propios del sinhogarismo hay que añadirle la diana que supone su condición de género, porque también aquí, entre los adoquines donde se quiebra los huesos cada noche, la violencia contra las mujeres puede estar escondida detrás de cualquier sombra. Entre el deambular de la multitud, el murmullo de los restaurantes y la belleza purpurea de los teatros, batalla cada día por salir adelante junto a sus cuatros hijos, todos menores de edad.

A los males propios del sinhogarismo hay que añadirle, en el caso de las mujeres, las violencias machistas que sufren en las calles

Su caso es el paradigma del fracaso de un estado que ni siquiera es capaz de emplear los recursos suficientes para garantizar el bienestar de los infantes. Hace tiempo que los engranajes del servicio público solo se ponen a funcionar para rellenar el pecunio de la burguesía y sus títeres en las administraciones, desde la municipalidad más pequeña hasta la pomposidad de la Casa Rosada, electos por eso método tan argentino del sufragio universal del mal menor. Para el resto, para los que no tuvieron padrino en el bautizo ni consorte adinerado, solo queda el triste porvenir de amanecer cada mañana más allá de los márgenes del relato.

José es uno de ellos; un "subproducto del sistema", como dicen los expertos. Abandonado por sus padres, fue de acogida en acogida hasta que cayó en las garras del tutelaje burocrático. "Quedé en las manos del juez y ahí comenzó una vida que nunca elegí". Como tantos otros, acude cada día al mercado de Buenos Aires, para rebuscar entre los contenedores algo con lo que acallar el ruido lastimoso de las tripas. A su lado, allá donde vaya, le acompaña su perro, "el único que nunca me ha abandonado". José describe la indiferencia del que pasa y le observa como si fuera una pieza más del mobiliario. "Los pibes de la calle", dice "no valemos nada".

Sin embargo, esos que miran pero no ven, los que agachan la cabeza y se tapan la nariz, no son la principal amenaza. Existen tantas formas de desprecio como prejuicios caben en la distancia entre parietales, pero cuando en la punta de la pirámide están los cruces de los asesinados, un vistazo de reojo con la soberbia del que apunta por encima del hombro resulta un mal trago fácil de digerir.

El pasado mes de mayo, un coche se detuvo bajo un puente en la avenida General Paz, en el extrarradio de Buenos Aires. Un hombre bajó con un bidón en la mano, roció con gasolina a dos indigentes y les prendió fuego con un mechero. El segundo ocupante del vehículo, entre mofas e insultos, grabó todo lo sucedido y lo subió a las redes sociales. La muerte de un nadie, debió pensar, bien merecen un puñado de likes.

Dos hombres prendieron fuego con gasolina a unos indigentes. Después subieron el vídeo a las redes sociales

Los ataques de aporofobia son habituales en países donde la desigualdad de clases es cada vez más pronunciada. En Argentina, la brecha entre ricos y pobres no ha dejado de aumentar, desde que en 2017 experimentó un pequeño retroceso cuando el gobierno macrista incentivó la economía con el objetivo de mejorar sus resultados en las llamadas elecciones de medio término. El problema es que las medidas de maquillaje electoralista son de corto recorrido y una vez retiradas las urnas, las políticas neoliberales de la desregularización volvieron a regir en la Casa Rosada.

Los argentinos ricos son cada vez más ricos y los argentinos pobres son cada vez más pobres. Según datos del Instituto de Estadística y Censo (Indec), el 10% de la población más acaudalada tuvo ingresos 25 veces superiores a los de los estratos más humildes. Las minorías oligarcas continúan haciendo acopio de riqueza, mientras que la gran masa poblacional ha visto mermada sus ingresos en paralelo al crecimiento de una inflación disparada hasta el 25%.

Con una deuda del 100% del PIB y la recesión haciendo estragos desde 2018, todos estos datos estadísticos de la fangosa macroeconomía se hacen visibles en los rostros demacrados de gente como José Luis, Silvana y José.  

Según los últimos datos oficiales hechos públicos en 2018, el 32% de los argentinos son pobres. Más de 14 millones de personas subsisten en la miseria, 6 puntos más que en el año anterior. El 65% son niños y adultos menores de 30 años y en las grandes urbes como Buenos Aires hay casi 200.000 personas en estas condiciones de penuria.

El informe del Indec señala que una familia debe tener ingresos superiores a los 29.493 pesos mensuales para no ser considerada pobre y estar por encima de los 11.844 para no entrar en el umbral de la indigencia. El salario mínimo mensual es de 12.500 pesos.

En 2018, más de 11 millones de personas subsisten en la miseria, 6 puntos más que en el año anterior

Las cifras son alarmantes, pero es aún peor el panorama que se vislumbra en el horizonte si Mauricio Macri no abandona las recetas austericidas que llevaron al país a la quiebra en 2001. El presidente de la nación sigue empeñado en seguir a rajatabla las medidas impuestas por organismos internacionales como el FMI, a pesar de que los mercados vaticinan un 75% de posibilidades de quiebra en la economía del país latinoamericano.

Macri culpa a la “herencia del kirchnerismo” mientras repite como un mantra una de las frases que se han hecho célebres durante su mandato: "Tienen que aguantar, yo estoy convencido de lo que hago". Resulta sorprendente que uno de los hombres más ricos de Argentina se exprese en términos de resistencia obrera, como si alguna vez hubiera sentido en su piel el sudor frío de la incertidumbre.

El miedo a qué pasará mañana ensombrece cada noche la duermevela de millones de ciudadanos que caminan por la delgada línea que separa la precariedad y los sueldos basura del hambre y la miseria. En este lado del mundo, como en tantos otros, donde las clases populares han sido abandonadas a su mala suerte, ya no basta con tener un trabajo para no ser pobre.

Argentina se acerca de nuevo al colapso porque los gurús de las economías neoliberales que durante siglos han subyugado América Latina han vuelto a hacerse con el bastón de ordena y mando, para regocijo de la pequeña oligarquía. Mientras tanto, los pobres, esas figuras invisibles y deshumanizadas en las cifras volcadas sobre un papel, observan desde el fondo del precipicio como su país camina peligrosamente por el desfiladero. Saben bien que en caso de caída, serán sus pocas migajas las primeras en ser aplastadas. 

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