La autoridad en tiempos de coronavirus

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Primera semana de la cuarentena en el Estado español. La solidaridad y apoyo mutuo entre vecinxs sale a relucir y se produce un cambio repentino en la forma de socializarse al que nos hemos acostumbrado en cuestión de días. Balcones y ventanas en los que puede palparse la complicidad de lxs vecinxs haciendo música y haciendo vida. 

Esto pasará. Y lxs que aquí sigamos recordaremos toda esa solidaridad que nos caracteriza cuando las cosas se ponen feas. Pero desgraciadamente no todo se reduce a este teatro de esperanza y luz, y de eso también guardaremos memoria. 

La cara B con la que esta epidemia nos ha hecho enfrentarnos no es tan esperanzadora como los aplausos de todos los días a las ocho de la tarde. Y es que parece que, de donde salen todos esos aplausos, también salen juicios de moral que incluso llegan a convertirse en amenazas de muerte.

De donde salen todos esos aplausos, también salen juicios de moral que incluso llegan a convertirse en amenazas de muerte

Orgullosas, las voces que acusan desde sus ventanas a lxs viandantes de saltarse el confinamiento (cuyo contexto desconocen) se hacen eco en las redes y los medios de televisión. Así, como ejemplo, podemos ver en uno de los vídeos que han circulado a una mujer que, tras salir a correr, es detenida por dos agentes de la policía nacional mientras esta escena es grabada por una vecina desde su ventana que comenta la situación, a modo de burla hacia la detenida. 

 

La detenida grita ‘¡ayuda!’ en varias ocasiones mientras le ponen las esposas ya en el suelo, totalmente inmovilizada por los dos agentes que parece que están utilizando una fuerza desmedida para retenerla. Mientras, la vecina continúa comentando la escena desde su ventana: ‘¡Una hora para meterla en el coche! Como baje yo entras de una vez’. ¿Qué lleva a las personas a jalear estas actitudes por parte de la policía? 

Resulta curioso ver como aquellxs jefxs que han mantenido abiertas sus empresas, obligando a sus trabajadorxs a asistir a sus puestos de trabajo y poniendo en riesgo a su plantilla al completo, no han recibido el mismo castigo por parte de aquellxs ciudadanxs que vigilan desde sus ventanas y animan a la policía cuando detienen a unx viandante. Tampoco las redes se han llenado de la misma indignación por este hecho. ¿Será porque no pueden verles abrir sus negocios como si nada ocurriera? ¿O más bien es una cuestión de imitación hacia lo que los cuerpos de seguridad del estado, que representan la autoridad, consideran que hay que castigar y lo que no (tanto)? 

Decía Stanley Milgram que ”todos llevamos muy dentro instintos agresivos que pugnan por expresarse”

Decía Stanley Milgram que ”todos llevamos muy dentro instintos agresivos que pugnan por expresarse”. ¿Será por eso que algunxs vecinxs están canalizando su agresividad con lxs viandantes cuyas situaciones personales desconocen?

Desde un punto de vista psicosocial, puede que estos actos tengan algo que ver con lo que en su momento Milgram se planteó. El psicólogo llevó a cabo sus experimentos por primera vez en 1961, tres meses después de que Adolf Eichmann, un criminal de guerra del régimen nazi, fuera sentenciado a muerte por sus crímenes contra la humanidad. Lo que Milgram se preguntaba era si Eichmann y sus cómplices en el Holocausto solo estuvieran siguiendo órdenes en su momento, y si por ello cometieron tales crímenes. De alguna manera, lo mismo podemos preguntarnos con lxs justicierxs de balcón. ¿Actúan así debido a su gran sumisión a la autoridad?

Los experimentos de Milgram tenían la finalidad de determinar lo obediente que podría ser una persona corriente a las órdenes de una autoridad, aun cuando estas órdenes tuvieran consecuencias fatales sobre otra persona y ocasionaran un conflicto en su conciencia. Con el objetivo de conseguir voluntarixs, el experimento fue anunciado como un estudio sobre la memoria y el aprendizaje. Para llevarlo a cabo, Milgram necesitó a un investigador, a unx voluntarix que actuaría como maestrx y a un actor o actriz que harían el papel de “alumnx”.

Al principio del experimento, maestrx y “alumnx” se conocen y eligen sus roles. “Alumnx” es conducido a una habitación donde le sientan en una silla eléctrica. Se le explica que tendrá que leer una lista de palabras para recordarla posteriormente, probando así su memoria. Por cada error que cometa, recibirá una descarga eléctrica cuya intensidad irá aumentando. 

 

El papel central es el del “maestrx”. Esta persona presencia como atan al alumno en la silla, y después es conducidx a la sala contigua separada de la del “alumnx” a través de la cual le proporcionará a estx las descargas. Para ello, dispone de un “generador de descargas” en las que puede diferenciarse el voltaje de cada interruptor. El conflicto llega cuando la persona que recibe la descarga empieza a molestarse: a los 120 voltios se queja en voz alta, a los 150 pide que paren. A los 285 lanza un grito de agonía y poco después no emite ningún ruido.

Aunque el o la alumnx se queje y el/la maestrx pregunte al investigador si debe parar, este, vestido con bata blanca (lo que le otorga autoridad), le ordena que continúe con el experimento. Lo que Milgram y sus colegas esperaban es que la mayoría de gente desobedeciera ante las quejas de lxs supuestxs alumnxs, pero para su sorpresa no fue así.

En el primer experimento, de 40 sujetos, 25 obedecieron hasta el final de las órdenes del investigador, castigando a la víctima con la máxima descarga posible del generador. Tras tres choques de 450 voltios, el director del experimento ordenaba suspender la sesión. 

Al poner a una persona en situación de dominio sobre otra a quien puede castigar, saldrán a relucir todas las inclinaciones agresivas que llevan dentro

Milgram interpretó que el experimento servía para justificar el hecho de que las personas dieran rienda suelta a sus impulsos agresivos. Al poner a una persona en situación de dominio sobre otra a quien puede castigar, saldrán a relucir todas las inclinaciones agresivas que llevan dentro. Y lo más importante: como el experimento da legitimidad social a esos instintos, les abre la puerta a que estos se manifiesten. 

¿Pudiera ser que aquellxs que increpan a otrxs desde sus balcones y ventanas se sientan socialmente legitimadxs por la autoridad y, así, totalmente predispuestxs a tomar un carácter autoritario sobre los viandantes? Como si, de alguna manera, tomaran la actitud mal dirigida de las autoridades.

Cabe plantearse si la actuación de los cuerpos de seguridad ha de ser aceptada aun estando mal dirigida. Y cabe plantearnos también hasta qué punto repetimos esas actitudes y banalizamos la violencia, tanto la institucional como la que nosotrxs mismxs somos capaces de ejercer desde nuestros balcones. Nuestra responsabilidad como ciudadanxs debería impedirnos creernos legitimados para insultar, escupir, tirar cosas e incluso desear la muerte a otras personas cuyo contexto se desconoce.

Desde luego, esto pasará. Y quizá sea, dentro de lo malo, una oportunidad para hacernos conscientes de la figura autoritaria que llevamos dentro y que conviene siempre rechazar para hacernos libres y empatizar con lxs demás, especialmente en los momentos de crisis.  

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