La Bella Escondida

Las torres vigías son uno de los elementos más característicos de la arquitectura gaditana. Llegaron a erigirse hasta 160 entre mediados del siglo XVII y el primer tercio del XVIII, cuando Cádiz era una tierra de bonanza y buenaventura gracias a un puerto donde llegaban el grueso de las mercancías procedentes de las indias occidentales.

Por aquella época no había comerciante digno de llamarse así que al construir su casa no añadiera una de estas torres, con la que podía obtener una gran ventaja con respecto a sus competidores. Los veederores, aquellos que se encargaban de otear a los navíos en lontananza, utilizaban un sistema de señales con banderas para saber de antemano qué tipo de carga dormitaba en las bodegas. El tránsito marítimo que llegaba desde el nuevo continente era tan abundante que solían transcurrir más de 24 horas hasta que lograban desembarcar, tiempo que los avispados comerciantes empleaban para especular con los precios y rascar una mayor tajada.

Tenían por tanto una utilidad mercantil, pero en un período donde Cádiz presumía de ser una las urbes más importantes del planeta, las clases más pudientes convirtieron estos edificios en un símbolo de preciosismo y esplendor. 

 

Esta pequeña ciudad del sur de Europa rivalizaba de tú a tú con otras de mayor parangón y renombre histórico, como Londres, Amsterdam o París. Por sus calles se respiraba un ambiente cosmopolita, y los comerciantes extranjeros llegados para hacer fortuna compartían las mesas de sus 14 cafés con intelectuales y familias de rancio abolengo, que discutían sobre política en los años luminosos donde se fermentaban los nuevos tiempos de la constitución de 1812.

Como suele suceder cuando se trata de bolsillos potentados, de nada sirve tener los armarios llenos de seda si no se puede alardear, para las miradas a hurtadillas de la plebe, de la buena singladura del porvenir. Tan baladíes como hedonistas fueron los motivos que empujaron la transformación de algunas de estas torres en refinados edificios de fachada ornamental, sin más función que la de presumir de pecho finchado frente al musitar de los huesos escuálidos.

De todas ellas hay una que destaca por la particularidad de su planta octogonal y porque, a diferencia de las que se construyeron para sacarle brillo a la plata, ésta únicamente quería ser observada por los ojos de una sola mujer. En el número 13 de la calle José del Toro, en lo que hoy es un barrio de comercios y tránsito acelerado, se levantó en 1730 uno de las mayores tesoros que se esconden entre las murallas de Cádiz.

la bella escondida
La Bella Escondida / Luis Miguel Bulpe

La torre no tuvo jamás ningún propósito relacionado con el comercio marítimo. Su propietario ordenó la edificación para que su hija, que había decidido vestir los hábitos de monja, pudiera otearla desde el balcón de su convento cuando sintiera añoranza por la familia. En su interior, un patio de entrada con suelos de mármol y una cruz de Caravaca sirve como descanso para una imponente escalera de caracol que recorre sus cuatros pisos de estilo isabelino. El techo, de caoba labrada, parece mirar sonrojante las voluptuosas curvas de una venus que se tapa pudorosa bajo el resguardo de una lámpara de cristal de murano.


El edificio goza de una mala salud estructural, que sin embargo, puede considerarse de adolescente vigoroso en comparación con el estado en el que estaba cuando su actual propietario decidió adquirirla. Manuel Morales es un escenógrafo y decorador sevillano que se enamoró de la torre incluso cuando supo que lo primero que tendría que hacer sería apuntalarla para evitar que se viniera abajo. "Las escaleras y el segundo piso estaban en la ruina. Tuvimos que levantar la escalera entera y meter una forja de hierro y hormigón".

La restauración ha corrido a cargo de su peculio, aunque asegura no estar para dispendios de semejante relumbrón, a pesar de las constantes promesas de las administraciones públicas de arrimar el hombro para devolver sus entrañas a unas condiciones de seguridad que permitan abrirlas al gran público.

Manuel lleva más de una década oyendo a los políticos susurrarle los cantos de sirena que nunca van más allá del papel mojado, mientras espera, con la promesa de no desesperar, una catalogación de Bien de Interés Público que le sirva para aliviar el peso de cargar con la Bella Escondida. Sí, así la llaman los gaditanos a esta torre; la Bella Escondida. Porque no se deja de ver desde ningún punto de la calle. Hay que subir a una terraza para contemplar su belleza, como otrora hiciera aquella beata melancólica desde la ventana de su convento.

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