La belleza trágica de La Sauceda

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El parque de Los Alcornocales es uno de los enclaves naturales más importantes del occidente andaluz. Casi toda su extensión se localiza en la provincia de Cádiz, aunque como si se tratase de un intento por hacer patria andalucista, sus tierras también hacen raíces en los condominios de la fronteriza circunscripción de Málaga.

Cada año, miles de visitantes, locales y foráneos, se dejan seducir por el atractivo de sus caminos serranos y boscosos, pero son muy pocos los que conocen la trágica historia de dolor y sangre que esconde la belleza del paisaje.

Allí, donde hoy solo queda el paso inexorable de los años, convivían en tiempos de la Segunda República una comunidad de unos 2.000 habitantes que tuvieron el privilegio de despertar cada mañana con el entorno del valle de La Sauceda como decorado para el telón de fondo de su existencia.

Territorio fructífero para la ganadería, los vecinos también desempeñaban laborales en el carbón, la saca del corcho o el contrabando de productos llegados desde Gibraltar, que hacían de La Sauceda, por lo recóndito de su ubicación, lugar idóneo para el estraperlo de materiales de primera necesidad en tiempos de escasez. Se llegaron a establecer hasta doce núcleos urbanos conectados por fuertes lazos familiares, agrupados bajo el nombre de Sección Cuarta de La Sauceda, que se extendía junto al arroyo que servía como fuente de vida para los cultivos y el ganado.

Todo transcurría tranquilo, hasta que en octubre de 1936, las tropas golpistas desembarcaron en el litoral gaditano

Todo transcurría tranquilo, aislados incluso del ambiente de crispación social que ensombrecieron los últimos meses de la Segunda República, hasta que, en octubre de 1936, las tropas golpistas desembarcaron en el litoral gaditano; la idílica singladura de los vecinos de La Sauceda estaba a punto de romperse en mil pedazos.

La provincia de Cádiz presentó batalla, pero la escasez de hombres, y sobre todo, de medios materiales para la guerra, acabó pronto con la resistencia de los que decidieron permanecer leales al gobierno democrático. Los golpistas se hicieron rápidamente con el control de los enclaves militares más importantes, desde la capital, hasta las ciudades costeras de Vejer, Algeciras y Tarifa, que para finales del mes de junio ya habían visto quebradas sus líneas de defensa.

Los que tuvieron la fortuna de escapar con vida emprendieron la huida para reorganizarse y volver a combatir en un intento desesperado por frenar el avance de las milicias fascistas. Algunos marcharon hacia Málaga, otros optaron por encontrar refugio en la frondosidad del parque de Los Alcornocales y fue en el Valle de la Sauceda donde fortificaron el ultimo enclave de resistencia frente a la barbarie de los nacionales.

Anarquistas, republicanos, sindicalistas, socialistas y todos aquellos temerosos de ser fusilados, blandieron armas frente a los enemigos, pero fue una lucha desigual donde la conciencia democrática de la resistencia no tuvo oportunidad alguna frente a la maquinaria belicista de los sublevados.

El valle fue bombardeado por cuatro aviones y hostigado desde tierra por las columnas del ejército franquista que avanzaban a golpe de pólvora desde Ubrique, Alcalá, Jerez y Jimena

El último día de octubre de 1936 está marcado a fuego en las entrañas de la tierra que hoy transitan senderistas y domingueros. Aquella mañana, en el ocaso del antepenúltimo mes del año, el valle fue bombardeado por cuatro aviones y hostigado desde tierra por las columnas del ejército franquista que avanzaban a golpe de pólvora desde Ubrique, Alcalá, Jerez y Jimena. El poblado fue aniquilado en cuestión de horas y las victimas; hombres, mujeres y niños, se contaban por centenares. El entorno natural que sirvió de hogar para familias enteras se había transformado en un paisaje de muerte y destrucción cuyas heridas todavía hoy perduran en la memoria colectiva del valle. 

  • El campo de exterminio

El Marrufo es un cortijo de unas 800 hectáreas de explotación agraria ubicado en el extremo oriental de La Sauceda, en el término municipal de Jerez. Durante años fue propiedad de los Guerrero, una familia de adinerados terratenientes que llegaron a abarcar más de 6.000 hectáreas de terreno repartidas por toda la provincia de Cádiz.

Los Guerrero hicieron fortuna con los alcornoques, los robles de quejigo, las bellotas y los pastos, hasta que en 1933, el gobierno republicano incluyó el Marrufo entre las propiedades susceptibles de expropiación de acuerdo a lo convenido en la Ley de Reforma Agraria, uno de los grandes anhelos de los jornaleros andaluces, que llevaban siglos soportando las condiciones de esclavitud impuestas por el linaje de caciques.

Los campesinos decidieron ocupar la finca para convertirla en una propiedad comunal donde además se estableció el Comité de Defensa del Marrufo

El alzamiento de los golpistas dio al traste con los planes del ejecutivo, pero lejos de amilanarse, los campesinos decidieron ocupar la finca para convertirla en una propiedad comunal donde además se estableció el Comité de Defensa del Marrufo contra el avance de los fascistas.

De allí salieron, armados con mas voluntad que medios, los hombres y mujeres que combatieron contra las tropas del mal llamado bando nacional, y aunque la determinación era férrea, su conciencia de clase y la convicción democrática tan solo sirvió, que no es poco, para morir con la cabeza alta.  

Finalizada la batalla, los golpistas trasladaron a los vecinos a las dependencias del Marrufo. Lo que un día fue el paradigma de una propiedad comunitaria sin diferencias de clase, transmutó en uno de los primeros centros de torturas del franquismo. Tres años después de que los nazis inauguraran el primer campo de exterminio del Tercer Reich, a casi 3.000 kilómetros de Berlín, los batallones franquistas replicaron las tácticas del nacionalsocialismo.

El grueso de los prisioneros fue confinado en la ermita de la finca, reconvertido en un espacio de hacinamiento donde sufrieron todo tipo de torturas. Existen testimonios de agresiones sexuales y de cómo a las mujeres les rapaban las cabezas, todo ello bajo la dirección del teniente José Robles Ales, arquitecto del plan de exterminio que se llevó a cabo durante los cuatro meses posteriores.

El historiador Fernando Sígler Silvera, asegura que “los represores procedieron a una eliminación secuencial en grupos a una media de 3,6 asesinatos diarios. Si, por deducción proporcional, a éstos se añadieran los restantes refugiados de distinta procedencia y a los residentes que también fueron víctimas, la cifra de asesinados podría elevarse a varios centenares”.

La mayoría de investigadores coinciden en que el número de víctimas oscila entre las 300 y 600, enterradas en fosas comunes que permanecen horadadas bajo la tierra

Resulta difícil establecer un número exacto, aunque la mayoría de investigadores coinciden en que oscila entre las 300 y 600, enterradas en fosas comunes que permanecen horadadas bajo la tierra.

Durante 75 años, las atrocidades de La Sauceda fueron un silencio incómodo entre los vecinos de la zona. Como tantas otras escabechinas cometidas durante el golpe de estado y la dictadura, los que fueron testigos de la barbarie aprendieron a vivir tragando saliva y dolor, por miedo a convertirse en otro número más en la lista de desaparecidos.

La transición a la democracia impuso el olvido en el relato oficialista, pero poca a poco, lo que eran susurros a escondidas en las esquinas de una calle, fueron alzando el tono hasta gritar sin descanso por la justicia y la reparación del daño causado.

Tras cuatro décadas sumidos en una forzada duermevela, los familiares de aquellos a los que les arrebataron la vida comenzaron a organizarse para arrojar un poco de luz entre tantas sombras.

Arqueólogos, antropólogos e historiadores coordinados por el Foro por la Memoria Histórica del Campo de Gibraltar lograron recuperar 28 cuerpos enterrados en 7 fosas comunes

En el año 2011, un grupo de arqueólogos, antropólogos e historiadores coordinados por el Foro por la Memoria Histórica del Campo de Gibraltar realizó una serie de sondeos en el cortijo, hallando restos óseos de cuatro personas y evidencias balísticas de las armas utilizadas para los fusilamientos.

Once meses después reanudaron los trabajos que fructificaron en la recuperación de 28 cuerpos enterrados en 7 fosas comunes; 23 hombres y 5 mujeres de entre 20 y 70 años que suponen una pequeña parte de los centenares de vidas que siguen esperando la devolución de la dignidad que les fue arrebatada.

La Casa de la Memoria de La Sauceda, un espacio público “para la investigación, la divulgación y la reflexión de la memoria histórica”, continúa trabajando para dar a conocer el relato de aquellos hombres y mujeres que entregaron sus vidas en defensa de la democracia y la libertad.

La belleza trágica de La Sauceda esconde todavía hoy una de las mayores fosas comunes de la guerra civil, pero poco a poco, gracias a le esfuerzo de organizaciones y asociaciones de familiares, la tierra comienza a resquebrajare para dejar salir el dolor que cierre definitivamente las heridas. Porque recuperar la memoria de los muertos es la mejor receta contra el olvido. 

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