Bernardo Bertolucci, el cine y sus relaciones de poder

Nos deja Bernardo Bertolucci, uno de los realizadores más grandes de la historia del cine. Su trayectoria es irreprochable y su nombre se puede estampar con letras de oro junto a una lista ya innumerable de colosos del celuloide que, al igual que él, hicieron y deshicieron a capricho con muchas mujeres del gremio profesional, en su mayoría actrices. Aún así, este genio del cine nos lega indudables obras maestras como ‘El último emperador’, ‘Novecentto’, y ‘El último tango en París’.

Influido por corrientes como el neorrealismo italiano, heredó el discurso marxista de su padre; el poeta Attilio, coetáneo de Pasolini, y lo trasladó al cine, que le servirá de vehículo para confrontar la lucha de clases con la pseudo revolución burguesa, en tanto en cuanto concibió cintas como ‘El conformista’, ‘La estrategia de la araña’, ‘La commare secca’ y ‘Soñadores’, su penúltima obra. Con la película 'Novecento' consigue perfilar un retrato acertado de la lucha antifascista en la Italia de las primeras décadas del siglo XX.

‘El último tango en París’ (1972) le consagra como director al crear una obra considerada mayor en lo artístico, pero no exenta de discusión, pues dividió al movimiento feminista de la época y hoy en día continúa siendo objeto de alabanzas, pero también de duras críticas por la famosa escena de la violación interpretada por María Schneider y Marlon Brando, para la que se usó mantequilla como lubricante para su simulación, una idea integral del actor, que Bertolucci secundó sin titubear. En 2016, con la protagonista del filme ya fallecida, se reavivó el debate por la viralización en las redes de un video de un programa de televisión al que Bertolucci asistió y donde reconoció que Brando y él conspiraron para no informar a Schneider del uso de la mantequilla con el abyecto objetivo de que no fingiese la humillación, sino que la sintiese de verdad. El cineasta admitió haberse sentido culpable, pero no arrepentido por lo que hizo, excusándose con los argumentos "son cosas graves, pero las películas se hacen así, las provocaciones a veces son más importantes que las explicaciones", y "quizá era demasiado joven para entender lo que estaba ocurriendo". Vittorio Storaro, el director de fotografía, respaldó las declaraciones de Bertolucci aduciendo que la violación non fue real y que se trataba tan solo de una película. Varias celebridades de Hollywood reaccionarían públicamente mostrando su repugnancia e indignación, entre ellas los actores Jessica Chastain y Chris Evans.

Escena de la violación en 'El último tango en París'
Escena de la violación en 'El último tango en París'

Más allá del objeto artístico en sí, el debate no se sostiene en cuanto a que María Schneider fue utilizada por el director, que se aprovechó de su posición de poder para conseguir su propósito, que no era ni más ni menos que materializar su humillación real. No solo lo logró, sino que esa experiencia nefasta la estigmatizaría de por vida tal como manifestó la actriz en unas declaraciones en 2006, a través de las cuales refrendaba que nunca podría perdonar el daño infligido al haberse sentido violada por el actor y el director de la película. El incidente que hay que juzgar es la acción acometida por Brando y Bertolucci y no el tema de si la escena era apropiada en un contexto artístico, porque como en otros casos, la polémica se acaba filtrando interesadamente hacia el ámbito de la censura con el predominante argumento de que la libertad de los creadores se ve cada vez más coartada por la "dictadura de la moral", con la finalidad de ahuyentar el debate del machismo en el cine y de cómo se perpetúan los privilegios de productores y directores, que continúan haciendo uso de su poder en muchos casos para manipular a las actrices como meros objetos y cometer actos de todo punto reprobables.

No se discutirá la obra artística de un cineasta excepcional que rompió moldes en la narrativa cinematográfica aportando títulos inolvidables que conforman ya un ingente legado filmográfico, pero sí hay que cuestionar su responsabilidad humana y profesional, pues no le importó vulnerar la dignidad de una compañera de profesión y asestarle un violento golpe que ya sería irreparable, pues María Schneider confesó que esa marca le acompañó durante toda su vida y no es un asunto baladí, pues la actriz ingresaría en una clínica psiquiátrica pocos años después. En cambio para el director supuso el hito de su carrera, dado que el fulgurante éxito de la película se debió en gran parte a esa escena, que fue prohibida en Italia y en países como España, donde la sociedad de entonces comenzaba a desempolvarse de los tabúes sexuales a los que había estado sometida.

La tan admirada figura de Bernardo Bertolucci es vituperable por su depravada actuación con Schneider, al margen de su propuesta artística, y debe servir para poner sobre la mesa el debate acerca de si es posible separar la vida de la obra de un autor cuando se ejercen relaciones de poder y si la primera influye en la segunda. Por otro lado, tampoco debemos obviar que el relato en la historia del arte se ha estructurado, como en el resto de parcelas, respondiendo a un monopolio patriarcal, siendo el discurso masculino el que ha penetrado en la sociedad; un discurso que hemos acatado sin apenas objeción. Pero como decía el tabernero de ‘Irma la Dulce’, esto es otra historia.

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