Las brujas de Zugarramurdi, condenadas por su sabiduría

Kamchatka es un espacio colectivo para una forma de hacer periodismo: feminista, de clase, contestatario e independiente. No tenemos grandes inversores que interfieran en nuestra ética profesional y para que esto pueda seguir así necesitamos más que nunca vuestra colaboración. Ayúdanos a seguir siendo libres. Ayúdanos a resistir.

Zugarramurdi es una pequeña población de apenas 200 habitantes, situada en la comarca navarra de Baztán, a unos pocos kilómetros de la frontera con Francia. A principios del siglo XVII, los vecinos desarrollaban sus vidas en torno a la naturaleza, favorecidos por un enclave idílico de pinos, castaños, olmos y verdes prados. La 'Amalurra' (madre tierra en euskera) es uno de pilares fundacionales de la cultura ancestral de los territorios vascos y fue la sopa primitiva de unas prácticas tradicionales, transmitidas de generación en generación, relacionadas con los rituales paganos (religiones anteriores al cristianismo) y el uso de hierbas, plantas y hongos con propiedades medicinales.

Las mal llamadas brujas, que eran en realidad curanderas, tenían conocimientos sobre la menstruación, la reproducción y el parto, así como una serie de males que trataban con ungüentos elaborados con plantas y vegetales, como la belladona o el acótino, cuyos efectos secundarios provocan la dilatación de las pupilas, aceleración del ritmo cardíaco o alucinaciones. Debido a esto, muchos de los pacientes creían haber sido poseídos por el demonio. Tanto es así que el término akelarre, que se utiliza para denominar a las reuniones nocturnas de invocación al diablo, tienen su origen aquí, en Zugarramurdi, porque junto a las cuevas donde las curanderas trataban a los enfermos se encuentra el padro del akelarre, o prado del macho cabrío, un lugar en el que se celebra cada 18 de agosto el 'Zikiro Jatea', una fiesta gastronómica que es también una carcajada para la historia, donde el cordero asado es el plato principal.

Las mal llamadas brujas, que eran en realidad curanderas, tenían conocimientos sobre la menstruación, la reproducción y el parto

Así las cosas, con el fundamentalismo cristiano en plena efervescencia y decenas de personas que aseguraban haber oído el susurro del mismísimo Lucifer, María de Ximildegui, una joven de 20 años que había llegado al pueblo desde la vecina localidad de Ciboure (País Vasco francés), aseguró haber sido partícipe de un ritual de brujería en el que, tras ser untada con una extraña pócima, había realizado una serie de danzas de invocación al diablo. La denuncia provocó que el abad del colindante monasterio de Urdax solicitara el auxilio de la Inquisición.

En enero de 1609 llegaron a Zugarramurdi los inquisidores Juan Valle Alvarado y Alonso de Becerra. “Pasaron varios meses en Zugarramurdi y recogieron muchas denuncias, según las cuales quedaban inculpadas hasta cerca de trescientas personas por delitos de brujería”, relata Julio Caro Baroja, historiador, antropólogo y folklorista madrileño fallecido en 1995.

La situación ocasionó un estado de paranoia en la comarca, en una etapa donde eran habituales el hambre, la sequía y las grandes tempestades, la delación entre vecinos se convirtió en una práctica habitual y el argumento de la brujería en el consuelo idóneo para aliviar el temor ante cualquier amenaza. “La manipulación de los niños y adolescentes por parte de los párrocos fue infame; los chavales contaban a los padres sus ensueños nocturnos, poniendo a sus progenitores en el disparadero más terrorífico”, asegura el profesor Mikel Azurmendi, autor del ensayo 'Las brujas de Zugarramurdi', en declaraciones a El Confidencial. “Si hacían confesar a su hijo que era brujo pero que había sido captado por un vecino, el chaval era perdonado y su familia no tenía nada que temer”.

Antes de la llegada de la Inquisición, las autoridades civiles ya habían realizado varias detenciones, e incluso ejecuciones, en el extremo noreste de Navarra, motivo que había despertado las suspicacias de los inquisidores al considerar que estaban haciendo una usurpación ilegítima de su trabajo.

Quizá fue este recelo hacia la justicia secular lo que provocó que Juan Valle Alvarado y Alonso de Becerra ordenaran el traslado de 40 detenidos, la mayoría mujeres, a la ciudad de Logroño para ser encausados. Entre ellas estaban Graciana de Yriart y sus dos hijas, Estevanía y María, que unos días antes viajaron por voluntad propia a la capital riojana para ofrecer su versión al Tribunal. Declararon su inocencia y aseguraron haber confesado lo contrario porque “nos apretaron y amenazaron mucho”, pero el guía que las acompañó testificó que eran brujas y las autoridades ordenaron su encarcelamiento.

Finalmente, en junio de 1610, veintinueve de los acusados fueron declarados culpables y el 7 de noviembre se procedió a leer el auto de fe que se prolongó hasta el día siguiente, ante una multitud cercana a las 3.000 personas, algunas de ellas llegadas desde Francia: “El día 7 fueron sacadas en dos grupos que marchaban casi unidos, se dirigieron al cadalso, revestidos todos ellos con las insignias de los penitentes, las cabezas descubiertas y con una vola de cera en la mano. Algunos de ellos llevaban sogas rodeadas en la garganta, lo cual significaba que éstos serían azotados. Otros llevaban sus sambenitos y grandes corozas con aspas de reconciliados. Figuraban detrás cinco estatuitas de personas difuntas con sambenitos de relajados y otros cinco ataúdes con los huesos de las personas que se significaban por aquellas estatuas. Cada uno de los penitentes iba custodiado por dos alguaciles de la Inquisición, con tan buen orden y lucidos trajes”.

Dieciocho de los encausados fueron absueltos tras confesar y apelar a la misericordia del Tribunal, a excepción de María de Zozaya, que a pesar de haber admitido su culpa fue igualmente sentenciada al ser identificada como la “maestra de la hechicería”.

Las once personas restantes fueron quemadas. Seis de ellas vivas: María de Arburu (de 70 años), Graciana Xarra (76), María Baztán de Borda (68), María de Echatufe (54), Domingo de Xubildegui (50) y Petri de Juangorena (36), y las otros cinco en efigie (una escultura con sus huesos), ya que habían muerto durante las terribles torturas a las que fueron sometidas: la mencionada Maria de Zozaya (80), María de Echalecu (40), Estevanía de Petrisancena (37), Juanes de Echegui (68) y Juanes de Odia (60).

  • El arrepentimiento

En los meses posteriores, la paranoia de la brujería se había extendido hasta tal extremo que el obispo de Pamplona escribió una carta al inquisidor general para alertarle del deterioro social que estaban provocando los predicadores enviados a la zona y los continuos episodios de torturas y asesinatos.

El Santo Oficio decidió entonces tomar cartas en el asunto, ante las dudas de Alonso de Salazar y Frías, uno de los inquisidores de las brujas de Zugarramurdi que se había incorporado al juicio con retraso, y por tanto, no pudo participar en los interrogatorios. El Consejo de la Suprema Inquisición optó por enviarle a las comarcas navarras para que realizara una investigación sobre lo que realmente había sucedido.

En marzo de 1612 remitió el primer informe, al que le siguió un segundo fechado el 3 de octubre de 1613. El inquisidor asegura que las acusaciones contra las supuestas brujas estaban basadas en falsos testimonios obtenidos bajo coacción, y relata el caso de una mujer que se suicidó arrepentida tras haber delatado falsamente a una de las condenadas, o el de otra, en el pueblo de Elizondo, que confesó ser bruja para librarse del cepo al que los vecinos la habían atado durante 15 días. “He tenido y tengo por muy más que cierto que no ha pasado nada real de todos los actos deducidos aquí”, y añade: “No he hallado certidumbre ni indicios de los que se puede colegir que haya sucedido algún acto de brujería”.

Las conclusiones de la investigación de Salazar fueron asumidas por el Consejo de la Suprema Inquisición, el cual, en un intento por reparar el honor de las víctimas, ordenó que sus sambenitos (una tela en forma de poncho que se colocaba sobre los condenados) no colgaran de ninguna iglesia para que así sus familiares quedaran a salvo del estigma.

El caso de las brujas de Zugarramurdi es el episodio de brujería más conocido de Europa, cuya popularidad ha llegado hasta nuestros días, también al otro lado del mundo. Como curiosidad, en el año 2011, la serie estadounidense True Blood tuvo como protagonista a un personaje llamado Antonia Gavilán, una bruja de Logroño que ardió en la hoguera de la Inquisición en el siglo XVII, interpretada por la actriz Fiona Shaw. 

Los hechos luctuosos de Zugarramurdi pusieron punto y final a la superchería de la brujería satánica en España, un siglo antes que en el resto de Europa, pero no así a la Inquisición, que estuvo vigente 200 años más. No fue hasta julio de 1834, en los inicios del reinado de María Cristina de Borbón y durante el gobierno liberal de Francisco Martínez de la Rosa, cuando el Tribunal de la Inquisición fue definitivamente abolido, dejando tras de sí una de las prácticas más oscuras y sangrientas de la historia de España.

Suscríbete a nuestra newsletter