Caballé, la última prima donna absoluta

Con Montserrat Caballé se nos ha ido la generación de los grandes divos. Divos en todas sus acepciones. Como estrellas superlativas de la lírica y como deidades con las que arrobar nuestros sentidos, de cuando la voz en la ópera era cosa de los cielos, algo cuasi milagroso y no tan terrenal como lo de hoy en día. La naturalidad de Caruso, el drama de Callas, el sol de Pavarotti… y el legato infinito de Caballé. Ese timbre inmaculado con el que dio el campanazo en el Carnegie Hall de Nueva York en 1965, cuando sustituyó a una gestante Marilyn Horne como Lucrezia Borgia. Al salir a escena tropezó con la alfombra y asustada, cantó sus líneas sin apenas pisar el escenario. Que las primeras palabras que el público oyese de su boca fuesen Com’è bello, quale incanto… no podía ser sino una declaración de todo lo que estaba por venir. “Callas + Tebaldi = Caballé” publicarían al día siguiente los periódicos. Si Callas fue La Divina y Sutherland La Stupendan; a partir de entonces Montserrat pasaría a ser La Superba. Fue la última en recibir un sobrenombre. La última de las grandes divas.

Esta Lucrezia se enmarca dentro del afán de la American Opera Society por recuperar un repertorio olvidado en las últimas décadas: el bel canto. De hecho, Callas cantó con ellos Il Pirata en 1959 y Sutherland, Beatrice di Tenda en 1961. La llegada de Caballé a Nueva York cuatro años después vendría a afianzar y catapultar unas obras que, desde entonces, no han abandonado los escenarios. Es uno de los grandes legados de Montserrat: la recuperación no sólo de esta época musical, sino su cuidado e interpretación fidedigna, abriendo puertas y ventanas a unas partituras que se volvieron disfrutables para todos los oídos tras muchos años de post-verismo. “Allí donde más polvo hay, es donde podrás encontrarme”, no se cansaba de repetir. Caterina Cornaro, Gemma di Vergy, Parisina d’Este o Sancia di Castiglia son títulos de Donizetti que sólo encontraron la luz de los teatros al subir ella a los escenarios. A ellos podríamos sumar Ermione y Elisabetta Regina d’Inghilterra de Rossini o La Straniera de Bellini. Y no sólo bel canto: Agnes von Hohenstaufen y La Vestale de Spontini; Les Danaïdes de Salieri o Démophon de Cherubini son óperas que hemos escuchado gracias a su compromiso. Es algo que prácticamente compartió a solas con las ya mencionadas Callas y Sutherland: personalidades de la lírica que no se acomodaron en su papel de grandes divas sino que se comprometieron con su público y con aquello que más amaban: la música, en una búsqueda continua por servirla en la mayor de las perfecciones y por situarla en el lugar se merece.

Por supuesto, además, los papeles que la consagraron. Nadie ha alcanzado las cotas de éxtasis canoro que ella logró encarnando a la Reina Isabel I de Inglaterra en Roberto Devereux; su Norma es la madre que nos enternece y emociona, por encima de cualquier sacerdotisa y apartada de toda guerra entre druidas y romanos. Es la mujer a la que más fácil nos resulta comprender. E Imogene, protagonista de Il Pirata que impecablemente cantó, es el papel de mayor dificultad al que se ha enfrentado, ella misma lo decía. Esos han sido los tres papeles belcantistas que la ascendieron al olimpo y a los que deberíamos sumar Anna Bolena (de tan infaustos recuerdos para ella en la siempre incómoda Scala) y Maria Stuarda. Tal vez Caballé no tenía el sobreagudo descollante de alguna de sus colegas, pero contaba con un fiato inigualable que le permitía sobrecogedores pianissimi y un legato de ensueño. Vaporosas notas se unían así a un abandono lírico estremecedor, creando una voz verdaderamente única, como cada uno de los personajes que ha cantado. Sus interpretaciones belcantistas de los años sesenta y setenta no son sino el canto más puro y canónico del que tenemos constancia. Siendo además una música inteligente, asistíamos a un festín de mezza di voce, filados y filigranas belcantistas que terminaban por servirnos lo que podríamos calificar como uno de los mayores cantos hedonísticos ante los que hemos asistido en toda la historia de la música.

Caballé, no obstante, ofreció mucha más música además de bel canto. Brilló sobremanera en roles de la primera época verdiana como Giovanna d’Arco (ella siempre en la búsqueda de lo casi-desconocido), además de regalarnos auténticas creaciones como Luisa Miller, Aida, Leonora de Il Trovatore o Violetta en La Traviata… amén de esa otra joya suya que es la Elisabetta de Don Carlo. En Puccini encontró un férreo aliado para dar rienda suelta a sus frases etéreas. Con Liú y Turandot, con Manon Lescaut, con Mimì, con Tosca o con Madama Butterfly… y no renunció ni a Wagner ni a Mozart, ni a Gounod ni a Haendel. Su voz terminó por abarcarlo todo. Inconmensurable su Strauss. Un regalo cada una de sus incursiones en zarzuela. “Ahora estoy redescubriendo a Massenet. Creo que deberíamos prestarle más atención a toda su obra, es muy bonita”; y dicho esto, salió al escenario del Liceu para cantar una página de la inusitada Le Roi de Lahore… con ochenta años. El teatro se venía abajo. Puede sonar un tanto, digamos, arqueológico, pero no hay más verdad que Caballé fue la última prima donna assoluta que ha visto la ópera. Su voz lo podía todo. Su musicalidad terminaba por seducir a todos.

A su voz, hay que decirlo, se le sumaba un temperamento peculiar. Montserrat era una abnegada de la ópera, la amaba como pocos cantantes la han amado. Tenía su forma de entenderla y una fe firme en poder servirla de dicha manera. En sus inicios, fue rechazada por figuras como Josef Krips o Georg Solti, con el que apenas coincidiría después, espetándole en cierta ocasión un “Maestro, usted no quiere cantantes, quiere gente que solfee”; e incluso alguien hubo que le espetó, bajo ese manto machista con el que aún peleamos, que mejor era que se volviese a su casa y se dedicase a tener hijos. Caballé siguió a adelante, buscando siempre batutas que pudieran amoldarse a sus modos. Fue la de Carlo Felice Cillario quien le recomendó dedicarse al bel canto cuando se disponía a grabar uno de sus primeros discos con manidas arias para soprano. “En los próximos años recordarás lo que te digo ahora: tu voz ha nacido para el bel canto. Estudia la Anna Bolena”. Menos mal que le hizo caso.

Gianfranco Masini fue otro de sus preferidos, junto a Julius Rudel, Colin Davis o Jesús López-Cobos (mágica su insuperable Semiramide de Aix-En-Provece junto a Marilyn Horne, Samuel Ramey y Francisco Araiza). Por Claudio Abbado sentía auténtica devoción. De hecho acudió en su ayuda como “cover” cuando en París se quedó sin protagonista en el último momento para un Viaggio a Reims. Con Bernstein, siempre tan difícil como genial, logró algunas de sus mejores tomas discográficas, del mismo modo que con Riccardo Muti, con quien plasmó una antológica Aida con Plácido Domingo, además de unos bellísimos Puritani bellinianos junto a Alfredo Kraus.

No hubo una sola casa de ópera en el mundo que no se rindiese a su arte. El mundo a sus pies y, sin embargo, en su agenda siempre marcada Barcelona, la ciudad que le vio nacer y que nunca olvidó, visitándola cada navidad para estar más cerca de los suyos. El invierno operístico pasaba pues, año tras año, por el Gran Teatre del Liceu. Aquel donde aprendió a cantar mientras se ganaba la vida como costurera cerca de la Rambla. Aquel donde, aún estudiante, se asomaba por algún rincón de la última planta para ver cantar a quienes eran sus ídolos: Renata Tebaldi, Boris Christoff, Jussi Bjorling… Caballé no sólo era una cantante entregada a la ópera; era, además, una mujer entregada a Barcelona, de tal forma que sus nombres han quedado entrelazados de forma indisoluble. No puede llegar a comprenderse en su totalidad la una sin la otra. Tanto, que el próximo 17 de noviembre la ciudad se paralizará para rendirle homenaje a través de un Réquiem de Verdi en la Catedral de Barcelona, retransmitido en directo por pantalla gigante en el Liceu y a nivel internacional a través de La2 de Televisión Española.

No parece que haya nadie ajeno a su electrizante Barcelona junto a Freddie Mercury (grabado en 1989 ya que el cantante falleció en 1991, antes de las olimpiadas), quizá su declaración de amor más conocida hacia la Ciudad Condal. La no tan conocida, pero seguramente mayor, se dio cuando el Liceu fue reducido a cenizas en 1994, víctima de un fatídico incendio. Ella estuvo en primera línea entregada a la recaudación de fondos para su reconstrucción, que se realizó, gracias a ella, en tiempo récord.

A Caballé, además, hemos de agradecer el descubrimiento de otras grandes voces internacionales, algunas de ellas muy ligadas al teatro catalán. Josep Carreras debe sus inicios a la diva, el comienzo de su carrera estuvo siempre supeditado a los designios de la soprano, debutando en muchas tablas internacionales de su mano. Cuando La Scala se quedó sin un Falstaff protagonista con el que abrir temporada, ahí estaba ella: “Ah, ¡pues yo tengo uno!” y una de esas pícaras sonrisas ladeadas suyas: Juan Pons, salido del coro del teatro y quien terminó siendo un habitual de la Royal Opera House de Londres o el Metropolitan de Nueva York. La lista se extiende hasta hoy mismo. En las fechas en que ella nos decía adiós, una de sus pupilas, la sudafricana Pretty Yende, debutaba con I Puritani en el escenario barcelonés. De modo similar la estadounidense Nadine Sierra, quien acaba de lanzar su álbum debut, o la madrileña Saioa Hernández, quien abrirá en diciembre la temporada de La Scala con Attila de Verdi. Será la primera soprano española en realizar tal hito, algo que ni siquiera su maestra consiguió… pero en eso consiste la vida, en que los alumnos superen al maestro y aprender también de ellos.

En realidad, todas las cantantes actuales son de algún modo discípulas de Caballé. Ahí queda su legado y su voz como referente. Con su hasta siempre se cierra un capítulo mágico de la ópera que no parece vaya a volver; la era dorada de las grandes personalidades marcadas por un distanciamiento áulico y de voces que llevaban el teatro dentro de sí, sin necesidad de puestas en escena, sin vueltas de tuerca o giros de guion. Voces que podían hundirte en lo más hondo o elevarte a lo más alto con sólo escucharlas. “No es una crítica, pero es así”, diría ella. El presente es bonito y el futuro ha de serlo aún más, sí, pero qué duda cabe que ahora todos los que amamos la música estamos un poco más huérfanos.

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