Can I go to the toilet, Mr System?

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- "Es que a mí me gustan los inconvenientes. 

- A nosotros, no -dijo el Interventor-. Preferimos hacer las cosas con comodidad. 

- Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado. 

- En suma -dijo Mustafá Mond-, usted reclama el derecho a ser desgraciado. 

- Muy bien, de acuerdo -dijo el Salvaje, en tono de reto-. Reclamo el derecho a ser desgraciado. 

- Esto, sin hablar del derecho a envejecer, a volverse feo e impotente, el derecho a tener sífilis y  cáncer, el derecho a pasar hambre, el derecho a ser piojoso, el derecho a vivir en el temor constante de lo que pueda ocurrir mañana; el derecho a pillar un tifus; el derecho a ser atormentado. Siguió un largo silencio. 

- Reclamo todos estos derechos -concluyó el Salvaje. 

Mustafá Mond se encogió de hombros. -Están a su disposición -dijo".

Para quien no haya leído ‘Un mundo feliz’, esto será difícil de entender, aunque no ajeno a una 
realidad palpitante. Aldous Huxley escribió una distopía que, quizás motivada por el desplome de la economía con el ‘crac’ del 29, ya hablaba en 1932 de una sociedad basada en la hipnopedia, en el control de la reproducción (en manos de una tecnología futurista) y en la cual el Estado decide a su antojo qué pertenece al porvenir del humano y qué debe ser eliminado o suplantado por innecesario o -y este ‘o’ es de suma importancia- peligroso. Porque en los felices años 20 nada podía parar al hombre, hasta que se descubrió que, precisamente, era el hombre el que acababa consigo mismo. 

Ford es una eminencia del universo Huxley y, su idea del trabajo en cadena, el modelo ideal para el sistema de producción del Estado. Cada persona tiene asignada una acción y, desde que ‘nace’ hasta que muere, su vida laboral se reduce a esa simple acción. El tiempo libre se puede dedicar al placer o, en caso de sentirse ligeramente deprimido, uno puede consumir la droga que el Estado dispensa a sus ciudadanos: el soma. Cuando la zozobra alcance límites insospechados serán necesarias unas bienaventuradas ‘vacaciones de soma’, las cuales presumiblemente pudren el cerebro hasta hacer del  mismo un encefalograma plano. Así son los días en un mundo feliz: rutinarios y, por tanto, sin posibilidad de errar el tiro. 

El ser humano ha prescindido de todo atisbo de individualidad. No elige porque no hay opciones para elegir. Es el Estado quien elige, ergo el hombre no piensa. Simplemente recorre el camino que le viene dado. A cambio, no sufre. No hay enfermedades, ya que la tecnología inmuniza los embriones y decreta la misma esperanza de vida para todos ellos: el punto justo, la virtud aristotélica: nunca más, pero tampoco menos. Destacar es imposible, pero tampoco es que tenga mucho sentido en un sistema así, ya que no existe la consciencia del individuo. Los logros pertenecen a toda la humanidad, una maquinaria gigante que requiere de la perfecta sincronización de todas sus piezas. A cada pieza su función, y a bailar. 

Y es en este punto donde toma importancia la figura del antihéroe trillado. Bernard ocupa la parte alta del escalafón. Bernard es un Alfa, y por debajo de los Alfa, muchas otras castas. Algo así como el estamento feudal, pero modernizado, porque el mundo no cambia tanto como queremos creer. El problema de Bernard es simple: no está acondicionado para la vida. Es más inteligente que la media (¡Oh, sorpresa!), pero físicamente inferior que sus iguales. Inadaptado. Burlado por el ojo crítico. Bernard se niega a tomar soma y prefiere soportar con lucidez los momentos de hastío. Un BDSM mental, vamos. Incluso los muy inferiores Épsilon (relegados a las tareas más mundanas) se ríen de su complexión. La épica del hijo pródigo que se revela contra su padre es literatura eterna y hasta bíblica. El padre responde con furia, haciendo lo mismo que el sistema hace con aquellos que se escapan de los márgenes establecidos: no los reconoce como suyos. Y Bernard es la pieza que hace que el sistema, a priori perfecto, deje de funcionar. 

 ¿Suena extraño? Pues bien: 

Lo que vivimos desde hace unos días es un mundo feliz. Nuestras libertades han sido coartadas y restringidas por orden del Estado. Nuestro individualismo se traduce en la necesidad de decretar 
órdenes que nos obliguen a obedecer (redundante pero cierto) ante una situación excepcional, ante un Estado de alarma. Ojo, que las tiranías comienzan en épocas de agitación social y en este caso nosotros mismos le hemos brindado al poder su mejor baza. El control se ejerce ¿por nuestro bien?, porque seríamos incapaces de contenernos de forma natural. Aquí la paradoja: somos aquellos que nunca entendieron cómo el pueblo permitió los imperios y el abuso del poder. La guillotina, la leyenda negra. ¡Que no pasen! y a galopar, galopar, hasta enterrar-los en el mar. Hasta que nos ruge el estómago, y ahí se pierden los modales, porque la llamada de la selva dicta que la moralidad, en tiempos de guerra, es una desventaja. Así que nosotros, los revolucionarios, nos quedamos en casa siendo héroes. La historia moderna de Ícaro, que en vez de volar hacia el Sol duerme una siesta de tres horas con una serie de Netflix como BSO. Pero no nos equivoquemos: no estamos siendo solidarios. Estamos obedeciendo. Estamos intentando no estorbar y ejercemos el Estado Policial con nuestros vecinos. 

Así que, más que criticar a aquellos que desoyen, deberíamos pensar por qué nosotros estamos 
cumpliendo, y quién se lucra con el beneficio de nuestro beneplácito. El miedo cotiza a la alza. 
Toca repensar la vida. O ejercer la solidaridad siendo dueños de esta y soportar el duelo cuando deba llegar, o dejar que sea el sistema quien decida cuándo y cómo, pero no más este perpetuum mobile que carga con las culpas de algo que no elige. 

O Bernard o aquellos que triunfan. O el sentido o la palabra. 

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