Columbine, 20 años después

Kamchatka es un espacio colectivo para una forma de hacer periodismo: feminista, de clase, contestatario e independiente. No tenemos grandes inversores que interfieran en nuestra ética profesional y para que esto pueda seguir así necesitamos más que nunca vuestra colaboración. Ayúdanos a seguir siendo libres. Ayúdanos a resistir.

El 20 de abril de 1999, Bill Clinton comparecía ante los medios de comunicación para anunciar la mayor ofensiva militar sobre Kosovo dentro del escenario de la guerra nunca declarada contra la República Federal de Yugoslavia. Aquel día, la operación de la OTAN, liderada por los EE.UU., lanzó una veintena de misiles crucero que causaron la muerte de decenas de civiles inocentes. "Estamos atacando la maquinaria de represión serbia, al tiempo que intentamos minimizar los daños a la población civil", aseguraba el presidente. Apenas había transcurrido poco más de una hora cuando el mandatario se vio obligado a ponerse de nuevo frente a las cámaras para ofrecer sus condolencias a las víctimas y familiares de la masacre del instituto Columbine.

El 20 de abril de 1999, Eric Harris y Dylan Klebold irrumpieron en el centro donde cursaban estudios, armados con una carabina, dos escopetas, una pistola semiautomática, un centenar de explosivos y cuatro cuchillos, además de munición y dos bombas caseras de propano. Los dos jóvenes, de 18 y 17 años, provocaron la muerte de 12 estudiantes y un profesor, lesionaron a 27 personas y se suicidaron transcurridos 50 minutos desde el inicio del tiroteo. Aquel suceso cambió para siempre la cotidianidad de una pequeña localidad que todavía hoy continúa supurando las heridas.

Eric Harris y Dylan Klebold irrumpieron en el centro donde cursaban estudios, armados con una carabina, dos escopetas, una pistola semiautomática, un centenar de explosivos y cuatro cuchillos, además de munición y dos bombas caseras de propano

Columbine es un suburbio de clase media de unos 2.000 habitantes ubicado en el estado de Colorado, cuya actividad gira en torno a la Lockheed Martin, una de las mayores empresas militares del planeta que tiene en la zona tres plantas de producción con más de 5.000 trabajadores. La vida transcurría tranquila en una población que veía como las bombas que fabricaban a unos pocos metros de sus hogares causaban la devastación a miles de kilómetros de distancia, mientras se sentían a salvo de la violencia entre las medianías de una comunidad típicamente americana. Han pasado 20 años y todavía hoy nadie es capaz de explicar con certeza los motivos de aquella masacre que trastocó la plácida singladura de sus ciudadanos.

En aquellos días fueron tantos los señalados como vacíos los argumentos en que se fundamentaban las acusaciones. La televisión, las películas de acción, los videojuegos, las drogas, el diablo y, sobre todo, la música de Marilyn Manson. El rockero de Ohio canceló el resto de su gira como señal de duelo, un gesto insuficiente para la derecha cristiana que había encontrado en su estilo provocativo al culpable idóneo sobre el que cargar las tintas. La organización ultraconservadora American Family Association comenzó a difundir el bulo de que los asesinos escuchaban continuamente sus discos y de que en sus conciertos se practicaba el bestialismo, se ofrecía drogas a los asistentes y se realizaban rituales satánicos. "Recibía amenazas de muerte diarias, por centenares, y eso me llevó a una espiral de violencia. Me subía al escenario, rompía botellas de cerveza, me cortaba, me metía en la multitud y golpeaba a la gente", confesó Manson en una entrevista concedida al rotativo británico The Guardian.

Al tiempo que la opinión pública se mantenía distraída con el chivo expiatorio, la industria armamentística consiguió salir indemne de una tragedia en la que a buen seguro tenían mayor responsabilidad que unos cuantos gorgoritos metaleros. La Lockheed Martin se unió al pesar de sus vecinos y destinó 100.000 dólares a un fondo para que los colegios de la zona enseñaran a sus alumnos a canalizar la ira. A su vez, la Asociación Nacional del Rifle organizó un acto en la vecina ciudad de Denver, tan solo 7 días después del tiroteo, y en contra de la voluntad de los familiares de las víctimas ante un gesto que consideraban provocativo. "Solo me lo arrebataréis muerto", clamaba Charlton Heston, presidente de la organización hasta 2003, mientras empuñaba un rifle.

columbine
Supervivientes de la masacre de Columbine

Durante un breve periodo de tiempo, lo sucedido en Columbine parecía que iba a suponer un punto de inflexión en el modelo de comercialización de las armas en los Estados Unidos. Una parte de la sociedad norteamericana temía que sus hijos fueran las próximas víctimas en ocupar las cabeceras de los informativos, circunstancia que los partidarios de una mayor regulación intentaron aprovechar para abrir una espita en las estrecheces de la sacrosanta segunda enmienda, pero todo fue en vano.

La industria de las armas, con un volumen de mercado de 41.000 millones de dólares anules, no tuvo demasiados problemas para imponer su relato en la batalla por el discurso. Esto se debe, en gran parte, a la influencia que ostenten sus lobistas en las esferas del poder de Washington, donde utilizan el dinero para moldear la legislación y socavar las aspiraciones de los partidarios de un mayor intervencionismo. Un informe del Centro para la Política Responsable desveló que la Asociación Nacional del Rifle invirtió 50 millones de dólares en las elecciones presidenciales de 2016. Únicamente 4 congresistas republicanos rechazaron el dinero; 202 recibieron más de 20.000 dólares, 128 más de 25.000, 38 más de 1.000 y 8 más de un millón. Entre los demócratas, un total de 24, sumando senadores y congresistas, llenaron el fondo para sus campañas con el pecunio de las armas, aunque ninguno superó la cantidad de 50.000 dólares.

El otro ariete con el que hacen valer su influencia son los medios de comunicación, y en la punta de lanza está situado el afilado imperio mediático de Fox Corporation, fundado por el multimillonario Rupert Murdoch. Tras los asesinatos de Columbine, la prensa centro su línea informativa en un constante bombardeo de mensajes apocalípticos para infundir el miedo en una sociedad que buscaba soluciones inmediatas para una tragedia que no lograban digerir. El documentalista Michael Moore recogió en el documental 'Bowling for Columbine' algunas de las noticias más esperpénticas que se difundieron durante aquellos meses; como las abejas asesinadas africanas que iban a invadir Texas, o las escaleras mecánicas mutiladoras de pies, o el bulo del niño que fue asesinado porque alguien introdujo una cuchilla de afeitar en una golosina de Halloween. Fue tal el nivel de pánico que los sociólogos acuñaron el término "generación Columbine” para clasificar a una camada de jóvenes que acudían a clase con el temor de ser asesinados.

Fue tal el nivel de pánico que los sociólogos acuñaron el término "generación Columbine" para clasificar a una camada de jóvenes que acudían a clase con el temor de ser asesinados

El miedo es un gran potenciador del consumo, y es ahí, en el espacio de las pesadillas más atávicas, donde el negocio de las armas ha encontrado un nicho extraordinario para las ventas. Lejos de lo que se pudiera pensar, los tiroteos y las matanzas son buenos para el negocio.

En 2010, dos días después de que Jared Lee Loughner acabara con las vidas de seis personas en un centro comercial de Arizona, las ventas del arma que utilizó se inflaron un 60%.  En los cinco meses posteriores a la masacre de la escuela de Sandy Hook, donde murieron 20 niños y seis adultos en diciembre de 2012, se vendieron hasta 3 millones de armas adiciones que en el mismo periodo del año anterior. Estos repuntes son debidos al miedo a que prosperen controles más exhaustivos, un temor en muchas ocasiones infundado por la propia industria para azuzar los instintos de los consumidores.

La sangre se limpia con dólares y ese es el mayor impedimento para modificar la legislación actual, a pesar de que solo el 30% de los estadounidenses es propietario de un arma y que el 44% cree que organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle tienen demasiada influencia en la política nacional, según un informe del centro de estudios Pew.

Los aires de transformación que soplaron tras los asesinatos de Columbine se diluyeron en el tiempo, y desde entonces lo único que ha cambiado es que lo que parecía una excepción perpetrada por dos jóvenes perturbados se ha convertido en una macabra realidad. Sucesos parecidos se han multiplicado por decenas, como el de la Universidad Estatal de Virginia (32 muertos), la escuela primaria de Sandy Hook (26), la escuela secundaria Stoneman Douglas de Parkland (17) o el Instituto de Santa Fe (10).

En el momento de los hechos que ahora lloran su veinte aniversario, los acontecimientos de Columbine eran la quinta mayor matanza perpetrada en los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día, ni siquiera está entre las 10 más sanguinarios. En las dos décadas siguientes, a tenor de un estudio del The New Yorker y la organización The Trade, se han producido 165 masacres en suelo estadounidense (los autores del informe consideran masacre a cualquier incidente sin relación con ninguna otra actividad criminal donde tres o más personas han sido asesinadas) con el resultado de 959 muertes.

Los expertos coinciden en señalar la existencia de una epidemia de violencia armada, y a pesar de ello, acabar con las 300 millones de armas que circulan en el país es a día de hoy un objetivo imposible. 

Suscríbete a nuestra newsletter