Somos la Cuarta Ola; feminismo de la liberación

La ofensiva del sistema patriarcal y del capital a través de todos sus órganos contra las mujeres no cesa. Continúan los maltratos, abusos, violaciones y feminicidios; mujeres de clase trabajadora se suicidan cuando van a ser desahuciadas; las sentencias injustas del poder judicial contra las mujeres y niñas son una auténtica provocación, un ataque a nuestra dignidad como ciudadanas y seres humanos; los medios continúan culpando a la víctima y dando voz a los acusados de crímenes machistas a través de sus abogados; periodistas, tertulianos, escritores, intelectuales, académicos y hasta algún arzobispo muestran su misoginia de un modo descarnado, ultrajante y ofensivo. Mientras tanto, sus fanáticos seguidores en las redes sociales multiplican los mensajes machistas, repugnantes, insensibles contra las mujeres; los varones misóginos organizados contra las mujeres ni siquiera respetan los días de duelo cuando una de nuestras hermanas es asesinada.

En realidad, si nos detenemos a pensarlo, nada nuevo bajo el sol: los varones siempre nos han maltratado, violado y asesinado. Y al mismo tiempo, nace algo nuevo en el mundo, algo radicalmente nuevo. Hay señales de libertad a las que todas hemos de estar atentas: la extraordinaria reacción de millones de mujeres simultáneamente en todo el planeta ante el sexismo, los abusos, las violaciones o los feminicidios es algo que jamás había sucedido en la historia. El aumento de la conciencia feminista es palpable en meses, en semanas, en días. Las mujeres estamos descubriendo que somos muchas las que nos negamos a vivir con miedo, a aceptar lo inaceptable, a ver normal lo que es absolutamente aberrante. Cada vez somos más las mujeres que nos negamos a reconocer como civilizada a una sociedad donde más de la mitad de sus ciudadanas viven en un continuo estado de excepción, sin nuestros derechos más fundamentales respetados, mientras varones, hijos sanos del patriarcado, nos maltratan, nos esclavizan, nos violan y nos asesinan cotidianamente. Somos millones de mujeres las que nos estamos negando, de una vez y para siempre, a acostumbrarnos a vivir sin libertad.

La Revolución Feminista no va a llegar, ha llegado; la hemos iniciado millones de mujeres y está ya en marcha. Se ha iniciado como un proceso planetario de toma de conciencia y de toma de la palabra que se nos había negado hasta ahora. La gran feminista Audre Lorde, una de las muchas autoras olvidadas por recuperar, decía que la revolución no es un acontecimiento de una sola vez. La Revolución Feminista no consiste en tomar ningún Palacio de Invierno, sino en ir destruyendo los cimientos del sistema patriarcal con la paciencia y la constancia de batalladoras incansables. Si afirmo que la Revolución está ya en marcha es porque no estoy ciega, ni sorda. Las mujeres no estamos mudas ni sordas ni ciegas; hablamos, nos escuchamos y nos vemos. Al menos cuatro generaciones de mujeres de todo el mundo, incluidos países en que una mujer se juega la vida por protestar, participamos en la nueva ola feminista. Existen alianzas entre mujeres desconocidas hasta ahora, porque las corrientes subterráneas del movimiento nos han permitido llegar hasta aquí.

Muchos varones se niegan a aceptarlo. Esta es una ola imparable porque ha nacido desde las raíces, porque ha desbordado a quienes hubieran querido un movimiento controlado y controlable, porque no tiene una élite a la que destruir, porque no responde a la lógica política tradicional. Muchos varones no comprenden lo que está pasando, solo saben que no les gusta, que sienten miedo ante las mujeres libres, y transmiten el pánico de quienes en el fondo saben la verdad: que nuestra furia, nuestra rabia y nuestra ira están justificadas. Hace tiempo que me niego a escuchar más palabras que huelen a viejo, palabras falsas de varones falsos, sus palabras cansinas, sus frases agotadas, sus discursos en los que en el fondo solo se oye su miedo a perder el poder, su odio a las mujeres, su cobardía infinita. Hace tiempo que a quienes escucho es a las mujeres olvidadas, a las grandes autoras y creadoras que los varones con poder no han querido que las mujeres conociésemos. Hace tiempo que escucho a las mujeres que quisieron muertas y que hoy sus hijas y sus nietas hacemos resucitar al leerlas, al difundirlas, al tratar de encarnar toda su fuerza, todo su coraje, toda su valentía, toda su sabiduría. Hace tiempo que a quien escucho es a las hermanas, a las compañeras, a las mujeres admirables que desean con pasión nuestra liberación, mujeres formidables y anónimas que se han puesto en pie. Hace tiempo que a quien escucho es a las mujeres antifeministas, tratando de conocer sus ideas y poder hablar con ellas. Hace tiempo que pregunto por qué hay tantos varones que callan ante la barbarie cotidiana, o pretenden dirigir nuestra lucha, y pregunto por qué no se enfrentan a los varones maltratadores, puteros, porneros, proxenetas, acosadores, abusadores, violadores, con los que dicen no tener nada que ver.

Los varones han monopolizado la palabra durante milenios, y a las mujeres que se han salido del redil patriarcal han sido desprestigiadas, tergiversadas y castigadas. Esto es una constante. Los varones poderosos han asesinado y siguen asesinando a las mujeres rebeldes. El sistema patriarcal continúa asesinando a feministas, y cuando no les compensa el asesinato físico, como en países que aparentan ser una democracia, acuden al asesinato civil de las mujeres feministas disidentes; no hay mujer que alce su voz feminista que no sea sometida a una brutal campaña de difamación, acoso y amenazas. Una razón por la que tantos varones están molestos e irritados con el auge del feminismo es por haber perdido el monopolio de la palabra. Les resulta insoportable escuchar a tantas mujeres libres, en todos los lugares del mundo, que contradicen con sus palabras y acciones el monolítico discurso misógino.

Los varones han monopolizado la palabra durante milenios, y a las mujeres que se han salido del redil patriarcal han sido desprestigiadas, tergiversadas y castigadas

Es necesario dejar de escuchar a los varones misóginos porque han mamado machismo desde que eran unos críos. Es increíble el tiempo que recuperas una vez que no te dejas enredar en las discusiones interminables con varones escocidos y coléricos, en esas pesadillescas y agotadoras discusiones con los que se han atrincherado en sus grandes o pequeños espacios de poder. Hace un tiempo que prefiero escuchar y dedicar toda mi atención a las mujeres, a quienes desde que éramos niñas nos enseñaron a no escuchar, es más, nos enseñaron a juzgar, examinar y considerarlas como una competencia desleal. Nos enseñaron y nos incitaron a chismorrear, a competir, a sentir envidia o celos de las demás, para que no nos reuniéramos en torno a algo que nos une a todas: un dolor abierto y reprimido por todos los daños sufridos, un sufrimiento que es aún más profundo en las mujeres racializadas, en las mujeres lesbianas, en las mujeres esclavizadas, prostituidas, precarias, desempleadas, sobreexplotadas...

Cuando hablo con mujeres antifeministas siempre hay una diferencia perceptible respecto a hablar con hombres machistas. Si nos saltamos la parte en la que hacen una crítica a la caricatura del feminismo fabricada por varones gurús de la misoginia, si continuamos hablando, compartiendo vivencias y experiencias, siempre hay ese lugar de encuentro vital entre nosotras, un espacio imposible de encontrar en los campeones del machismo disimulado. Adviertes que son varones encanallados que han renunciado a su capacidad de empatía o a su humanidad, varones que simplemente persisten y persisten en odiarnos a las mujeres solo por nuestro sexo. Y nos odian por razones obvias, en un sistema patriarcal que les favorece, o por razones ocultas e inconfesables que muy pocas veces, por no decir nunca, están dispuestos a mostrar.

Cuesta salir de la lógica patriarcal, de una lógica que lleva a prestar atención solo a los adultos, a olvidar a los seres humanos más indefensos. Incomprensiblemente vivimos en una sociedad que finge ser feminista, pero que sigue sin hacer hincapié en erradicar el incesto y el abuso infantil. El abuso sexual a menores es una de las herramientas más tempranas para someternos a las mujeres, genera una cantidad inmensa de dolor a niñas y niños, que no desaparecerá cuando sean personas adultas. Las niñas son abusadas o violadas el triple que los niños. El 75% de los abusos sexuales son realizados por familiares (sobre todo el padre o padrastro), un 12% por conocidos, y solo un 3% por desconocidos. Mientras tanto la hipocresía de la sociedad patriarcal simula que el abuso infantil no sucede, que solo es obra de unos locos desconocidos, que no tiene graves consecuencias personales y sociales, o que no tiene la importancia como para ser una prioridad política. Como dice la superviviente del abuso infantil y de la prostitución Ambar IL: “El incesto es en muchas familias un eslabón de la cadena que hay que esconder. De una cadena con frecuencia intergeneracional que también tapa las consecuencias que deja este. Cuando la prostitución es una de esas consecuencias tampoco nadie quiere saber nada de eslabones escondidos”.

También pertenece a la lógica patriarcal que en una sociedad que se cree tan moderna y alejada del medievo no se insista en abolir definitivamente la forma más brutal de sometimiento de la mujer: la esclavitud sexual. ¿Sería una cuestión olvidada si el 98% de esclavos sexuales fueran varones y no mujeres y niñas, como ocurre en realidad? La gran mayoría de varones permanece insensible por más que todos los que he preguntado si podrían soportar 24 horas viviendo como un esclavo sexual me han respondido que no. A pesar de esa negativa, miles de esclavas sexuales siguen secuestradas en nuestras ciudades y pueblos accesibles para varones sin escrúpulos que van a violar prostitutas como a tomar un café.

Una muestra de cómo se informa en los medios sin que haya más que una pequeña reacción política o social, procedente tan solo de organizaciones contra la trata o del feminismo abolicionista: “La trata de personas con fines de explotación sexual, es un delito de lesa humanidad que arrasa con la vida de millones de mujeres y niñas. Un infierno con rostro de mujer. 21 millones de mujeres y niñas son mantenidas bajo servidumbre sexual, según estimaciones de las Naciones Unidas. La esclavitud sexual es la causa principal del comercio ilegal de seres humanos y, dado que la demanda de este tipo de servicios es casi siempre masculina, las mujeres y las niñas se convierten en las principales víctimas de la trata constituyendo un abrumador 98%. La trata de mujeres, es decir: el comercio de seres humanos con propósitos de esclavitud reproductiva, explotación sexual, trabajos forzados, extracción de órganos, mendicidad, utilización en guerras, etcétera; constituye una de las más aberrantes realidades del siglo XXI”. Sigma Huda, relatora especial sobre los derechos humanos de las víctimas de la trata de personas, escribió: “Las condiciones socioeconómicas, políticas y culturales imperantes en muchos lugares del mundo exponen de manera particular a las mujeres y las niñas al riesgo de ser víctimas de la trata. Los usuarios de la prostitución, los propietarios de esclavos, son responsables de generar la demanda que propicia la trata de personas y destaca que no es necesario que una persona esté directamente involucrada en el mercado de la explotación para considerar que forma parte de la demanda de la trata”.

Los usuarios de la prostitución, los propietarios de esclavos, son responsables de generar la demanda que propicia la trata de personas

Todavía nos cuesta a las mujeres salir del marco mental que nos impone la dictadura patriarcal, y comprender que en 2019 no somos consideradas por muchos varones como seres humanos.

La respuesta del feminismo institucional contra las opresiones más graves de la mujer son el silencio, la ocultación, o una reacción siempre a la defensiva que finalmente culpa a las propias mujeres. Y daré solo un ejemplo de los muchos posibles, no abordando un ejemplo fácil, sino una cuestión incómoda para muchas mujeres: su propio odio. El feminismo institucional repite una y otra vez: “Las mujeres no odiamos a los hombres”. Es cierto que las feministas luchamos por nuestra liberación, no contra el varón que no se oponga a ella, pero al decir eso, solo así, te callas unas cuantas verdades que no se pueden silenciar. La guerra contra la mujer la empezaron hace milenios varones poderosos para sobreexplotarnos, para usarnos y tratarnos como una especie subhumana con todo tipo de fines: económicos, sexuales, culturales, hemos sido utilizadas hasta en la política internacional mediante una institución patriarcal como el matrimonio. El varón poderoso enseñó a todo varón que éramos inferiores, y enseñó el odio a la mujer, especialmente a la que se rebela y no es sumisa. Algo que vino muy bien a los empresarios cuando aparece el capitalismo, aprovechando nuestro trabajo gratuito doméstico y de cuidados, un trabajo esperado y dado por supuesto por todos los burgueses, y por la gran mayoría de trabajadores. Mujeres explotadas hasta la extenuación, esclavas o trabajadoras, muchísimas de ellas olvidadas por la historia, y que fueron las primeras revolucionarias contra el capital, la esclavitud o el sistema patriarcal. Los varones nos han agredido, violado y asesinado por ser mujeres, antes y después de la aparición del capitalismo. Los varones nos han odiado y lastimado de todas las maneras que han sido capaces de imaginar, y continúan haciéndolo, por mucho que queráis taparos los ojos. ¿Estás culpando a las mujeres que tienen muy buenas razones para odiar a su maltratador, su violador o violadores, al asesino de su hermana, de su pareja, de su hija, de su madre, de su vecina? ¿Qué quieres lograr al repetir esa frase? ¿Contentar a los varones, hacer que te acepten en su mundo, darles alas para que sigan haciendo lo que les dé la gana a las mujeres, porque somos tan inferiores, sumisas y estúpidas que ni les odiamos por todo lo que nos han hecho y nos siguen haciendo? ¿Estás reconfirmando la visión patriarcal de la mujer como un extraño ser subhumano, incapaz de sentir emociones como el odio? ¿Pretendes que esas mujeres se sientan culpables porque no son buenas mujeres, o buenas feministas, por odiar a quienes les han destrozado la vida? Hay muchas autoras feministas que no niegan el odio legítimo de las mujeres profundamente heridas, sino que han escrito y enseñado cómo transformar el odio o la rabia en fuerza y coraje para luchar por nuestra liberación. Como ejemplos tenemos a las supervivientes de la prostitución, la trata, el secuestro o la esclavitud sexual, que están en la primera línea de la lucha feminista, tras haber odiado con toda la razón del mundo a sus esclavistas. Coleen Kearon escribió: “Las mujeres que odian a los hombres no son una respuesta aberrante o inesperada, sino una respuesta natural a ser controladas y ser vistas como menos que humanos por un opresor. Los esclavos afroamericanos odiaban a sus dueños. Las mujeres odian a los suyos. El odio al varón no es una práctica particularmente feminista. Es una respuesta humana a tener tu autonomía restringida, y en algunos casos, destruida”, y añade: “Todo lo que hice fue decir que los hombres eran crueles con las mujeres, y que tenía sentido que a las mujeres no les gustaran los hombres por eso. Que era normal, nada loco, que las mujeres se sintieran así". Una mujer libre como Audre Lorde escribe la verdad sin miedo: “Si no aprendes a odiar, nunca estarás lo suficientemente solitaria como para amar fácilmente, ni siempre serás valiente. No finjas creencias convenientes, incluso cuando son justas”.

Las mujeres vivimos en un estado de excepción, con nuestros derechos más básicos limitados, algunos tan elementales como poder caminar por la calle a ciertas horas o por ciertos lugares. Las mujeres tenemos la libertad de expresión de hecho restringida, sobre todo en los espacios públicos; la mujer que habla libremente sigue siendo sutil o severamente castigada. El derecho a la soberanía sobre nuestros cuerpos tampoco es respetado. Los debates sobre la cuestión de la mujer no pueden eternizarse, como quieren los líderes políticos dominantes. No puede tolerarse que se nieguen a tomar partido por la mujer de una vez y a conectar con el sentir y el pensar de las mujeres en lucha. No puede tolerarse más que la minoría masculina nos imponga su inacción a la mayoría femenina. Hay que ser conscientes de que muchos de esos debates han sido introducidos artificialmente en el feminismo nacido de la clase trabajadora. Hay que ser conscientes de que el feminismo de las que trabajamos, muchas veces en precario, de las que estamos desempleadas, de las que vivimos de una pensión ridícula que además compartimos, de las migrantes, no ha generado ni fabricado esos debates, procedentes de laboratorios de ideas liberales, académicos y elitistas. Porque la lucha de clases también se da dentro del feminismo. “¿Cómo dices, que ya el feminismo ha logrado la igualdad de derechos y solo queda romper el techo de cristal?” “¿Cómo dices, que a la mujer burguesa hay que apoyarla por sororiqué?” “¿Cómo dices, que podemos trabajar en el porno, que no destruye nuestra persona y nuestra vida sexual?” “¿Cómo dices, que tenemos una salida laboral también siendo prostituidas o alquilando nuestros vientres, que ser puta te empodera y te hace libre, o que debemos parir para los ricos?” Hay que forzar mucho a una mujer trabajadora para que piense que esas afirmaciones misóginas y clasistas son ciertas.

Hay debates legítimos que surgieron en los 80 del siglo XX desde, por ejemplo, el feminismo negro. Estamos a punto de llegar a la tercera década del siglo XXI, y “el feminismo” ya tendría que tener tener muy clara su posición sobre cuestiones por las que fue reprobado hace décadas por las mujeres a las que había olvidado. Una espléndida autora feminista y negra, bell hooks, escribió: “Bajo el capitalismo, el patriarcado está estructurado de modo que el sexismo restringe el comportamiento de las mujeres en algunos campos, mientras en otras esferas se permite una liberación de estas limitaciones. La ausencia de restricciones extremas lleva a muchas mujeres a ignorar las esferas en las que son explotadas o sufren discriminación; puede incluso llevar a imaginar que las mujeres no están siendo oprimidas. Hay muchas pruebas que demuestran que la raza y la clase crean diferencias en la calidad, en el estilo de vida y en el estatus social que están por encima de las experiencias comunes que las mujeres comparten; y se trata de diferencias que rara vez se trascienden.” ¿Y en 2019 seguimos discutiendo y haciendo competiciones entre nosotras por decidir qué mujer sufre más, qué grupo de mujeres sufren una mayor opresión o tienen menos privilegios? ¿Qué sentido tienen esas competiciones desde el punto de vista de la feminista que lucha por la liberación de las mujeres? Esos debates surgieron legítimamente cuando el feminismo blanco, heterosexual y burgués había olvidado a las mujeres de la clase trabajadora, a las lesbianas, a las mujeres de otras razas. Tienen sentido que se reabran cuando “el feminismo” vuelve a olvidarse de nosotras: las lesbianas, las gitanas, las negras, las mayores, las discapacitadas, todas las mujeres olvidadas. No tienen sentido cuando siguen una lógica patriarcal que desde su origen ha querido a las mujeres divididas y compitiendo entre sí. ¿En serio en 2019 hay que preguntarse si el feminismo considera a todas las mujeres igualmente oprimidas, sea cual sea su clase social, su raza o sus preferencias sexuales? No, ni mucho menos. ¿Quién podría hacer una afirmación así, sin ninguna base material o relación con la realidad que vivimos las mujeres? ¿Alguna mujer puede convertirse en oprimida y opresora a la vez? Por supuesto. ¿Cómo resuelve estas contradicciones el feminismo que se ha acrisolado con la práctica de la lucha durante décadas contra la supremacía masculina y el capital? Apoyando y defendiendo a todas las mujeres cuando son agredidas de cualquier modo por su sexo, y denunciando a la mujer que sirve al patriarcado, al capital, al racismo, a cualquier opresión. Una mujer burguesa violada será defendida desde el feminismo, una mujer burguesa que despide a trabajadoras de su empresa, o se niega a contratar trabajadoras racializadas o lesbianas o… , será duramente criticada desde el feminismo y se luchará contra ella.

Hay muchos debates en el feminismo actual que son resueltos en la práctica, no en enfrentamientos circulares y abstractos entre compañeras. Cuándo recibimos la noticia desgarradora de que una mujer ha sido agredida, violada o ha sido víctima de un feminicidio, si alguna mujer no se solidariza con ella o sus seres queridos por su “baja” clase social, por sus preferencias sexuales, por su raza, o por ser esclava sexual o prostituta, ¿puede llamarse a sí misma feminista? ¿Puede llamarse a sí misma feminista la mujer que apelando a una mal entendida sororidad, apoya a una mujer explotadora, a una mujer racista, a una mujer que rechaza a otra mujer por ser lesbiana, bisexual o transexual, a una mujer que habla y actúa como una lacaya del patriarcado? Dentro del feminismo no vale todo. No vale tergiversar los términos creados con otro fin, completamente opuesto al que tú le das. Sororidad es la experiencia de las mujeres que lleva al apoyo mutuo para lograr la emancipación total de las mujeres. Sororidad es la búsqueda de relaciones positivas y creativas con otras mujeres, no para legitimar la explotación o la marginación de las mujeres, sino para contribuir con acciones específicas a la eliminación en la sociedad de todas las formas de opresión. Ni más, ni menos.

Sororidad es la búsqueda de relaciones positivas y creativas con otras mujeres para contribuir, con acciones específicas, a la eliminación en la sociedad de todas las formas de opresión

Toda esta clase de debates traídos como con una máquina del tiempo desde los años 70, o desde los posmodernos años 90 del siglo XX a la segunda década del siglo XXI, van quedando obsoletos, superados y caducos cuando el levantamiento de las mujeres va más allá de “las feministas”; cuando hasta en el mundo de la cultura que ha sido y es tan machista, las poetas, las compositoras, las raperas, las cineastas, las creadoras, tienen bastante más claras las cosas que unas cuantas feministas que quieren continuar debatiendo eternamente el sexo de los ángeles desde sus puestos de poder. Los debates huelen a formol cuando no responden a nuestra realidad actual, cuando no surgen de las mujeres reales que tomamos conciencia hoy, sino de párrafos de buenos libros mal leídos o de libros contra el feminismo vendidos como feministas; cuando no surgen de las mujeres que hoy tomamos la palabra que incomoda en espacios privados o públicos; cuando paralizan y estancan a compañeras inteligentes, creativas y luchadoras. En los espacios de lucha real las mujeres van desconectando sus vidas, su conciencia, sus palabras, su actuar, su afectividad, su sexualidad y sus emociones del clasismo, el racismo, la heterosexualidad obligatoria y el mundo supremacista del varón. Al irnos conociendo entre nosotras nuestras diferencias pasan a ser un tesoro y no un obstáculo, fuerza y no debilidad.

La ofensiva patriarcal, su insensibilidad descarada ante nuestro dolor, su crueldad despojada de rasgos de humanidad, paradójicamente está provocando que miles y miles de mujeres tomen conciencia de su opresión y de las opresiones de otras mujeres, a un ritmo tan veloz como aumenta la agresividad del ataque de los lacayos más beligerantes del patriarcado. Así en unos meses vemos a mujeres convertirse en feministas, vemos radicalizarse a las feministas y vemos a las feministas radicalizadas pasar a ser separatistas, una opción política que hace solo un año no conocían o no se habían ni siquiera planteado: el separatismo feminista.

La Cuarta Ola del feminismo somos millones de mujeres que vamos tomando conciencia, tomando la palabra, hablando entre nosotras, y al hacerlo, vamos reuniéndonos, dejando de competir o de exigirnos ser perfectas, como nos enseñó el patriarcado. Somos los millones de mujeres haciéndonos más fuertes, bravas y profundas, empezando a reconstruirnos como mujeres libres. Y esta Cuarta Ola acaba solo de comenzar. No conviene olvidar que cada ola del feminismo ha durado 25 ó 30 años. Si esta ola dura menos será porque el feminismo ha dejado de ser necesario antes.

¿Qué es el separatismo feminista?

La separación feminista es la separación en grados diversos de los varones y de sus instituciones, de relaciones, roles y actividades que están definidos por varones, dominados por varones, y que actúan en beneficio de los varones. El separatismo feminista en negarte a mantener de algún modo los privilegios y el poder masculino. El separatismo puede tomar muchas formas: romper o evitar relaciones cercanas o íntimas con varones; no ver ni colaborar con medios machistas; ser ruda con varones misóginos; no tolerar ninguna muestra de machismo ante ti; negarte a debatir cuestiones sobre la mujer que no son debatibles; formar grupos artísticos integrados solo por mujeres; incluir solo a mujeres en alguna actividad o reunión; organizarte solo en colectivos o grupos de mujeres, negándote a participar en cualquier grupo mixto.

Las separaciones feministas rara vez se buscan o se mantienen en los confines personales o políticos. Lo más frecuente es el rechazo instintivo y el autocuidado de la mujer ante la misoginia sistemática que nos rodea. Vivimos en una sociedad donde no se reconoce la dignidad de la mujer como ser humano. Sobre la mujer es admisible debatir cualquier cosa, mientras por ejemplo sobre el racismo no: ¿admitirías un debate constante sobre si hay una raza superior a otra? En general las separaciones feministas se realizan y se mantienen por algo valioso: la independencia, la libertad, el crecimiento, la creatividad, la hermandad, la seguridad, la salud o la práctica de relaciones novedosas o heréticas como las relaciones lésbicas. Una mujer harta llega un momento en el que se separa de instituciones patriarcales o de relaciones inútiles, paralizantes o tóxicas, y las deja atrás. A veces las separaciones son improvisadas, guiadas por un instinto de supervivencia, a veces se planifican conscientemente, como condiciones necesarias para continuar con tu vida propia, para iniciar una vida más independiente y más libre, para vivir como siempre has deseado vivir.

Toda feminista, y muchas mujeres, son ya separatistas en un grado mayor o menor. Es irracional el temor o rechazo que causa en algunas feministas el separatismo, mientras es abrazado y explorado por muchas de las teóricas y luchadoras feministas más inspiradoras y profundas. El separatismo ya está presente de un modo u otro en nuestra sociedad. Por dar unos cuantos ejemplos: el divorcio; los refugios para mujeres maltratadas; los lugares de ocio para mujeres; viajes organizados por y para mujeres; los colectivos no-mixtos políticos, culturales, sociales; las comunidades o pueblos solo de mujeres; la exigencia de medios para las mujeres; los estudios de la mujer y su historia oculta.

Las feministas separatistas no son marcianas ni tienen rabo, cuernos y ojos llameantes; solo se diferencian del resto de feminists en que practican esas separaciones como una práctica política, con una táctica y una estrategia. En palabras de otra feminista olvidada, Marilyn Frye: “La inmensa mayoría de las feministas practican cierta separación de los hombres y las instituciones que dominan. Una separatista practica la separación de manera consciente, sistemática, y aboga por una separación profunda y "de amplio espectro" como parte de una estrategia liberadora. La razón por la que esta táctica es la clave para nuestra liberación es porque el sistema patriarcal sabe que el separatismo es una amenaza legítima para la supremacía masculina. Dinamita sus cimientos, es una bomba de relojería que cuando explote derribará el orden patriarcal”.

Nuestras diferencias nos hacen fuertes

El feminismo moderno ha tenido y tiene muchos apellidos, sin embargo las autoras que he encontrado más sugestivas, vigentes, actuales y que más nos pueden aportar hoy han sido mujeres muy creativas, difíciles de encasillar. Feministas no claramente adscritas a una de las corrientes del feminismo, mujeres poco dogmáticas y sectarias, que además de teóricas feministas han sido también creadoras en otros campos, como la poesía, la novela o la autobiografía. Grandes ejemplos serían Andrea Dworkin, Adrienne Rich o Audre Lorde, negra, lesbiana, feminista, poeta, quien antes de morir en 1992 de cáncer de mama (“Diarios del cáncer”), resumió los que para ella eran principios básicos que el feminismo debería tener en cuenta:

1. Todas las formas de opresión están interrelacionadas, y no se puede hablar de feminismo sin reconocer la raza, la clase, la sexualidad, la preferencia sexual y cualquier otro indicador de las diferencias en la opresión de las mujeres.

2. Lograr un cambio real en la sociedad requiere tomar una posición clara y hacer que tu voz sea escuchada. ("Tu silencio no te protegerá".)

3. Nuestras diferencias no nos dividen. Son inevitables, e invitaciones para que nos aceptemos y celebremos unas a otras.

4. La revolución es un proceso. (La revolución no es "un evento de una sola vez".)

5. Los sentimientos, el amor, el odio, la ira, el placer, el dolor, el sufrimiento... son una forma de conocimiento, y pueden y deben informar y servir de base para un proyecto político que analice y dispute la noción de hegemonía.

Audre Lorde, también conocida como Gambda Adisa, que significa “la guerrera que sabe lo que es una batalla”, es uno de los rostros clave para entender el feminismo hoy en día. La obra de Audre Lorde está repleta de enseñanzas que bien entrado el siglo XXI tienen un valor para el feminismo de la Cuarta Ola; igual sucede con la obra de feministas sin par como Andrea Dworkin, bell hooks, Adrienne Rich, Margarita Pisano, Lidia Falcón, Marilyn Frye, Chimamanda Ngozi Adichie y tantas otras feministas apenas re/conocidas tal y como se merecen.

La Cuarta Ola no puede acabar como la Segunda Ola, por discusiones sectarias y divisiones internas dentro de un feminismo endogámico y cada vez más dividido y subdividido. Lorde a menudo escribía sobre la importancia de enfrentar el miedo y sumergirse en ideas que son diferentes a las nuestras como una forma práctica de reconocer los innumerables problemas que afectan a las mujeres y que se cruzan con “nuestro” feminismo en todo momento.

Como luchadora feminista Lorde era una defensora no solo de que se escuchara la voz de las mujeres, sino que enfatizaba el peligro silencioso de la complacencia y la inacción. Remarcaba: “No es suficiente reconocer una injusticia, hay que denunciarla y luchar contra ella hasta que desaparezca”. Sin embargo, en la lucha feminista también hay que saber descansar y no autoexigirse más de la cuenta. Autocuidarse evitaría que mujeres feministas terminemos cometiendo errores por agotamiento, falta de horas de sueño, estrés, o ansiedad. Lorde escribió: “Nuestros sentimientos son nuestros caminos más genuinos para el conocimiento. El autocuidado no es autocomplacencia, sino más bien autoconservación. Es un acto de guerra política”.

Como luchadora feminista y escritora por igual, Lorde subrayó constantemente la importancia de reconocerse como un todo, a pesar de tener muchas partes, por paradójicas y contradictorias que puedan parecer. Lorde se expresó en discursos, poemas, prosa y entrevistas, y no dejó de recordar con su propia vida que es esencial recordar que “lo personal es político”.

Audre Lorde incentivaba la escritura no solo para escritoras profesionales, sino para todas las mujeres. Ya que no podemos compartimentar nuestras identidades y experiencias, sostenía que escribir es una herramienta extraordinaria para integrar la reflexión emocional en nuestra lucha política. Incluso para aquellas mujeres que no les agrade la poesía, la voz de Lorde es clara, directa y refrescante. Tiene un modo singular de reunir lo personal y lo político, lo poético y lo banal, lo emocional y lo intelectual. Al igual que hace la novelista negra y feminista, Alice Walker, y tantas otras mujeres que se expresan en la literatura y el arte.

Audre Lorde no responsabiliza o se dedica a medir privilegios entre las oprimidas. Más bien, Lorde expresa que estamos condicionadas a ver las diferencias que tenemos con otras como sitios de alienación, en lugar de invitaciones para una mayor inclusión y tolerancia. Lorde dijo, insisto, que “la revolución no es un evento de una sola vez”, y de una manera similar, no fustigó a las mujeres, dijo que es imposible convertirse en una feminista totalmente consciente de sí misma en un abrir y cerrar de ojos. Actúa honestamente para darte cuenta de cuándo tu clase social, tu raza o tus preferencias afectivas o sexuales pueden estar afectando tu comprensión sobre el feminismo. Intenta tanto como puedas enfrentar situaciones, conversaciones, relaciones, personas, libros y videos que te hagan sentir incómoda, y si te produce temor el miedo a lo desconocido, lo extraño o lo diferente, explora de dónde nace ese miedo. “Se nos enseña a respetar el miedo más que a nosotras mismas”, escribió Lorde. “¿Qué pasa si respetamos nuestro miedo como una señal de que queremos aprender más?” “¿Por qué hay autoras feministas a las que no lees, de las que no quieres aprender?” “¿Por ser lesbianas, negras, separatistas, de otra corriente, diferentes a ti?” Ésas bien podrían ser preguntas a considerar por las feministas de la Cuarta Ola, inspiradas en el punto de vista de Audre Lorde.

¿Igualdad o liberación?

La ofensiva patriarcal que vivimos como reacción al auge del feminismo, se encarna en nuestra época en presidentes misóginos o en partidos políticos que usan las últimas tácticas de los defensores de la supremacía masculina: la tergiversación y la usurpación. Así, aunque propongan políticas claramente antifeministas como derogar leyes que al menos parcialmente protegen a las mujeres, se presentan en sociedad como feministas, defendiendo el que llaman “verdadero feminismo”. Tergiversan el feminismo al mismo tiempo que hablan ilegítimamente en su nombre. La misoginia organizada ha terminado usurpando y asimilando finalmente el llamado “feminismo de la igualdad”. Introduce a los varones en el “feminismo”, porque “el feminismo busca la igualdad” y ellos también pueden buscarla.

Si el feminismo de la igualdad ha podido ser asimilado con tanta facilidad hasta por los sectores más reaccionarios, está claro que hay algo que falla en su discurso. Un feminismo que solo pide igualdad es completamente asimilable hasta por el hombre más antifeminista, y tenemos ejemplos de los varones más misóginos y repugnantes declarándose feministas, apelando a la igualdad. Hay que impedir que se implante la idea de que el feminismo consiste en lograr la "igualdad para todos los géneros", porque esa idea tiene un componente misógino. Como si fuera tabú la existencia de un movimiento político solo de las mujeres, de hecho estuviera prohibido, y hubiera que hacerlo digerible para los varones.

¿Por qué las feministas no hemos de autolimitarnos al decir que queremos la igualdad? Porque sería deshonesto. Porque sería negar el problema específico de la mujer como sexo oprimido. Porque dentro del sistema patriarcal y capitalista es imposible que seamos libres. Porque queremos liberarnos de toda opresión: por nuestro sexo, por nuestra clase, por nuestra raza, por nuestras preferencias sexuales. Si el feminismo se limitase a pedir la igualdad con el varón, estaríamos aceptando la visión patriarcal de tomar al “hombre” como modelo al que las mujeres hemos de igualarnos gracias a un feminismo “bueno y aceptable”. Las mujeres para ser libres hemos de tener nuestra propia visión y basar nuestra política en ella.

Si el feminismo se limitase a pedir la igualdad con el varón, estaríamos aceptando la visión patriarcal de tomar al “hombre” como modelo al que las mujeres hemos de igualarnos gracias a un feminismo “bueno y aceptable”

El feminismo que no lucha por la igualdad, sino que lucha por nuestra liberación de toda opresión tiene una larga tradición, de al menos cinco décadas. Tiene grandes ejemplos de autoras, teóricas y luchadoras, como veremos. El debate dentro del feminismo, entre igualdad o liberación, ha durado décadas. En 1971, Jo Freeman, historiadora de la liberación de la mujer, publicó un folleto titulado “Familia, matrimonio y lucha de los sexos”. Freeman argumentaba que la clave del éxito del movimiento feminista era su potencial para combinar dos formas de abordar los problemas de la mujer en una sociedad patriarcal: la ética igualitaria y la ética de la liberación. La primera exigiendo el fin de la discriminación por ser mujeres, y la segunda buscado un cambio más profundo y radical. “Buscar solo la igualdad, dada la actual tendencia masculina de los valores sociales dominantes, es asumir que las mujeres quieren ser como los hombres o que vale la pena imitar a los hombres”, escribió. “Limitarse a pedir la igualdad es pedir simplemente que se permita a las mujeres participar en la sociedad tal como la conocemos ... sin cuestionar en qué medida vale la pena participar en esa sociedad”.

Muchas otras feministas se han manifestado a favor de la liberación de las mujeres, frente a las simples peticiones de igualdad como objetivo del feminismo. Audre Lorde dijo en 1979: “Las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. Quizá nos permitan obtener una victoria pasajera siguiendo sus reglas del juego, pero nunca nos valdrán para efectuar un auténtico cambio. Y esto sólo resulta amenazador para aquellas mujeres que siguen considerando que la casa del amo es su única fuente de apoyo”. Lorde no confiaba en reformar la casa de amo, donde las mujeres seguiríamos teniendo un papel subordinado. Ella decía que “las mujeres somos poderosas y peligrosas”, y que hemos de confiar en nuestra propia fuerza como mujeres.

Décadas después, es fácil ver hasta qué punto hemos llegado con la ética igualitaria del feminismo. Para la mayoría de los varones de hoy, las mujeres tenemos los mismos derechos que ellos, ¡incluso más!; creen que ha desaparecido la noción de lesbianas o mujeres racializadas como marginadas sociales; piensan que el tabú contra las mujeres que viven y se expresan de manera independiente es algo que ya no existe hace mucho tiempo, aunque ninguna de esas afirmaciones sean ciertas, algo que ya sabrás, sobre todo… si eres mujer. Las mujeres tenemos reconocidos muchos derechos que no tenemos en la práctica, derechos que a la hora de la verdad no podemos ejercer. Las mujeres estamos seriamente subrepresentadas en posiciones de poder y excesivamente representadas en los sectores más pobres de la sociedad. Las trabajadoras a tiempo completo son muchas menos que sus homólogos masculinos, aunque las mujeres somos mayoría en la sociedad. Los varones todavía hacen muchas menos tareas domésticas o de cuidado que las mujeres, y los padres son mucho menos propensos que las madres a ser padres solteros o a pedir permisos de paternidad.

La forma en que normalmente hablamos sobre esos déficits contrarios a las mujeres se basa en una postura igualitaria burguesa. ¿Hemos de priorizar que haya más guarderías y horarios más flexibles que ayuden a las mujeres trabajadoras, o solicitar medidas que ayuden a otras mujeres a tener éxito en sus carreras profesionales con las élites? ¿Deberíamos enseñar a las niñas a codificar, crear programas especiales de capacitación profesional solo para mujeres, o alentar a las mujeres gerentes a negociar un salario más alto? El feminismo de la igualdad es un extraño feminismo que parece decirnos que la persistencia de distintos roles de género es una cuestión de elección personal, ocultando que tiene su razón de ser en un sistema patriarcal; y por desgracia no hemos salido todavía de ese sistema, por mucho que algunas mujeres se empeñen en decirnos que todo el dolor que sienten por ser mujeres es el que sienten al apretarle sus bragas de diseño.

Mientras tanto, la ética de la liberación, que se había desvanecido con la usurpación posmoderna del feminismo, renace de sus cenizas. Andrea Dworkin lo anunció hace décadas: “El movimiento feminista es un movimiento revolucionario, no reformista; tenemos una resistencia organizada, a veces por encima del suelo, a veces bajo tierra, a la dominación masculina. Creo que duraremos mucho tiempo, a un gran costo”.

El feminismo de la liberación bien podría ser el mejor lugar para abordar la falta de libertad real, de soberanía, de independencia, que seguimos soportando las mujeres de hoy. No para copiarlo y exportarlo sin más al siglo XXI, sino para reconectar con sus objetivos básicos y desarrollarlo en nuestro tiempo afinado para nuestras sociedades. El feminismo no puede reanimar a las muertas; podemos, debemos, aprender de ellas, tomar lo mejor de las feministas que nos precedieron, repudiar posturas que el tiempo ha demostrado que eran erróneas, y ser un movimiento vivo nacido de la realidad de las mujeres de hoy.

Sin embargo, precisamente por ser un movimiento vivo hemos de conocer nuestro pasado, saber de dónde venimos. No podemos ni debemos ignorar la historia, nuestra historia como mujeres y como feministas. El objetivo de la liberación de la mujer no es nuevo, no es un invento de algunas chifladas en las redes sociales, desconectado de la tradición feminista, como empiezan a predicar los gurús que se benefician económicamente del machismo, continuando con sus campañas de desprestigio de feministas. El feminismo de la liberación tiene sus orígenes a fines de los años 60 y principios de los 70 dentro de los movimientos contra la guerra y los derechos civiles. En esos movimientos las mujeres aprendieron a organizarse en torno a la injusticia y la búsqueda de la libertad. Las militantes de la liberación negra comenzaron la lucha en las comunidades negras. Las feministas partidarias de la liberación de la mujer se unieron y actuaron en sus comunidades. Se enfrentaron al feminismo de la igualdad, representado por un movimiento llamado NOW, formado en 1965 por mujeres blancas, de clase acomodada, con estudios superiores, de ideología liberal, basado en el libro “La mística femenina” de Betty Friedan de 1963. Lucharon por el avance de las mujeres profesionales blancas. En pocos años lograron desbordarlo, siendo hegemónico un programa radical, revolucionario, especialmente entre las mujeres más jóvenes, incluidas las que habían salido insatisfechas de NOW.

El contacto cercano con los líderes y militantes masculinos también les mostró a estas mujeres que recién adquirían conciencia feminista, la enorme cantidad de machismo que había en las organizaciones políticas, también dentro de la izquierda. Tuvieron los primeros enfrentamientos serios con los militantes varones, defensores de relegar la cuestión de la mujer, que no consideraban prioritaria; varones que evitaban cuestionar y detener sus propias conductas y actitudes machistas. En la mayoría de los casos estas disputas se saldaron con la salida de las militantes de las organizaciones machistas, decidieron separarse y formar el Movimiento de Liberación de la Mujer. Por primera vez tomaban la palabra y formaban parte del movimiento mujeres negras y mujeres abiertamente lesbianas, que reprocharon al feminismo liberal estar formado por blancas, heterosexuales, profesionales, con autonomía económica, de pocos hijos, que solo representaban sus intereses como burguesas y pretendían silenciar las diferencias de clase, raza, preferencias sexuales, bajo la hermandad entre todas las mujeres (sisterhood).

La mayoría tenían una influencia teórica del marxismo, del anarquismo, o del pacifismo, y no llegaron a forman un cuerpo teórico unitario, tampoco lo pretendieron. Las obras principales de la feminista socialista inglesa Sheila Rowbotham fueron muy influyentes esos años: “Mujer, Resistencia y Revolución” (1972), “La Conciencia de la Mujer en el Mundo de los Hombres” (1973) y “Mundo de hombre, conciencia de mujer” (1973). Rowbotham, historiadora, realizó un pormenorizada investigación de las antecesoras del feminismo, especialmente de la gran revolucionaria del siglo XIX, Flora Tristán. Algunas de estas mujeres comenzaron a crear el cuerpo teórico feminista sobre el patriarcado, la opresión de la mujer y las vías para su liberación. Empiezan los debates teóricos y hay feministas que consideran que la opresión de las mujeres es anterior al capitalismo y no termina con él. Son las autoras que hoy llamamos feministas radicales, su mayor mérito es haber revolucionado la teoría feminista al analizar las relaciones de poder que se crean en la familia y en la sexualidad: “lo personal es político”. Kate Millett con “Política sexual” (1970) es en ese momento la autora más influyente de la corriente radical. Otras corrientes feministas que surgen durante esta época son el feminismo de la diferencia, autónomo, o el llamado feminismo negro. Carol Hanisch escribió en 2006: “Los grupos de liberación de la mujer habían ido surgiendo por todo el país y en el mundo: los movimientos radicales de los derechos civiles, anti-guerra de Vietnam, viejos y nuevos grupos de izquierda donde muchos estaban dominados por hombres, por cierto, muy nerviosos por la liberación de las mujeres en general, pero, especialmente, del espectro independiente del movimiento de liberación de la mujer que estaba creciendo, y del que yo era simpatizante y defensora. En el reconocimiento de la necesidad de luchar contra la supremacía masculina, como movimiento, en lugar de culpar individualmente a la mujer por su opresión, es donde entra la línea a favor de la mujer”.

Las mujeres organizadas como el Movimiento de Liberación de la Mujer decidieron actuar y sacudieron el mundo como una tormenta eléctrica. En muchos países las mujeres se unieron a grupos de autoconciencia y descubrieron que sus problemas personales de inseguridad, carreras estancadas o insatisfacción sexual encajaban en un sistema identificable de opresión: el patriarcado. Descubrieron que los varones estaban socializados para tratar de dominar a los demás, mientras que el estatus de oprimido de las mujeres las hacía más críticas de todo tipo de estructuras de poder. Las mujeres abrieron sus hogares a las víctimas de violencia doméstica. Las “amas de casa” y las estudiantes construyeron una red para proporcionar abortos ilegales. Grupos locales de feministas radicales se organizaron sin líderes, horizontalmente, rechazando los modelos jerárquicos masculinos.

Los manifiestos y boletines de los 60/70 son claros, directos, salvajes, a veces inquietantes, y siempre transmiten la sensación de que sus autoras eran conscientes de que formaban parte de un momento revolucionario mundial. Algunas en el nuevo movimiento de mujeres buscaron inspiración en las mujeres revolucionarias de Cuba y China, y esperaban que las mujeres participaran, e incluso lideraran, una revolución socialista armada para construir una sociedad libre de jerarquías de sexo, clase o raza. Algunas lesbianas, como The Furies, formaron comunas o colectivos e imaginaron un mundo en el que las mujeres se separarían de los hombres y dirigirían sus propias sociedades feministas. Promovió una identidad alternativa que combinaba la orientación sexual, la identidad de sexo y la filosofía radical. Para la miembro Charlotte Bunch, ser lesbiana “es amarse a una misma, mujer, en una cultura que denigra y desprecia a las mujeres”. El colectivo Furies trabajó para llevar a la práctica sus ideas políticas y sociales y convertirlas en una realidad cotidiana. Muchas militantes feministas se inspiraron en otros movimientos revolucionarios como el Black Panther Party. Promovieron una revolución global a través de la creación de pequeños grupos radicales en todo el mundo. Su objetivo era abolir el patriarcado, la supremacía blanca y el imperialismo. Incluso las feministas más moderadas buscaban un mundo muy diferente al de su época. Gloria Steinem escribió que, si bien las mujeres no eran más morales que los hombres, no estaban "corrompidas por el poder hasta el momento", y utilizarían “el poder político para transformar la idea de masculinidad en algo menos agresivo y mejor adaptado a una sociedad sin sexismo”.

Los manifiestos y boletines de los 60/70 son claros, directos, salvajes, a veces inquietantes, y siempre transmiten la sensación de que sus autoras eran conscientes de que formaban parte de un momento revolucionario mundial

En América Latina durante los 70 surgieron también grupos y colectivos feministas, en unas circunstancias muy difíciles, con dictaduras militares fascistas en numerosos países latinoamericanos. A pesar de esas dificultades se crearon colectivos feministas en casi toda América Latina, destacando México, Chile y Brasil. El feminismo chileno, con mujeres de la talla de Julieta Kirkwood y Margarita Pisano, trató de compaginar el trabajo y la lucha feminista con la lucha contra la dictadura. Las "casas Sofía" organizaron a las mujeres explotadas de las poblaciones. Las feministas participaron activamente en los procesos que llevaron a que finalizaran las dictaduras militares.

María Salas en “Una mirada sobre los sucesivos feminismos” nos narra: “Algunos grupos de feministas radicales fueron evolucionando hacia el feminismo de la diferencia, que aboga por identificar y defender la identidad propia de la mujer y marcar bien sus señas diferenciales. [...] Las teóricas de cada una de las tendencias señaladas debaten entre ellas y en ocasiones se niegan mutuamente el título de feministas. Mientras tanto, los grupos feministas de base siguen su trabajo a menudo utilizando los diferentes lenguajes de forma alternativa y a veces hasta simultánea”.

El agotamiento de los movimientos revolucionarios y los enfrentamientos dentro del movimiento feminista hicieron que a lo largo de los 80 un movimiento de masas como fue el feminismo radical y el Movimiento de Liberación de la Mujer, la ola más potente del feminismo, la Segunda Ola, se convirtiera en numerosos colectivos diminutos antagónicos y enfrentados, allanando el terreno al feminismo posmoderno y liberal que hemos sufrido hasta hace muy poco.

El feminismo de la igualdad estadounidense y el feminismo igualitarista francés, nacido tras la tardía difusión de “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir, por el contrario, dejaron de ser movimientos sociales y fueron convirtiéndose en lo que hoy se llama feminismo institucional, entrando a formar parte de gobiernos, en la ONU, el FMI, el Banco Mundial y muchos organismos multilaterales como asesoras de la perspectiva de género. También se crearon numerosas ONGs, a menudo de dudosa financiación y objetivos. El feminismo entró en las universidades, naciendo lo que se llamó feminismo académico, que sería protagonista en la Tercera Ola, y que se concentró en los llamados estudios de género. Hubo una parte positiva: trabajos importantes para el feminismo, ampliando el análisis de la mujer como sujeto social, sobre los orígenes del patriarcado, sobre la historia de la mujer y sus identidades. Como parte negativa, sus estudios estaban limitados, al olvidar casi siempre una de las identidades fundamentales de la mujer: la de clase. También crearon las obras que tanta confusión trajeron el feminismo, confusión que todavía hoy no he terminado del todo, además de llenar el feminismo de un vocabulario posmoderno elitista que alejó a muchas mujeres del feminismo. El feminismo nunca ha sido una corriente feminista coherente, aunque se hable a veces como si lo fuera, ni ha formado parte de un movimiento social, ni movilizó ni moviliza a las mujeres. Su incidencia ha sido y es mayor en sectores reducidos de mujeres, que finalmente tienen influencia política o cultural. Hay que destacar a las autoras feministas que, dentro de una Academia dominada por el posmodernismo, han logrado mantener un discurso emancipador de la mujer.

Hoy asistimos al fin de una Tercera Ola agotada, que trató de acabar con el feminismo como movimiento de mujeres que luchan por su liberación, cuestionando el concepto “mujer” y eliminándola como sujeto del feminismo. ¿Feministas borrando la palabra mujer y sustituyéndola por el omnipresente género? ¿Feministas usurpando el lesbianismo y tachando a las lesbianas? No, gracias. Por dar solo uno de los numerosos ejemplos de esas tachaduras, los Estudios de la Mujer pasaron a ser convenientemente los Estudios de Género. El objetivo es, una vez más en la historia, tapar a la mujer. Por mucho apoyo del poder que haya tenido ese feminismo, por mucho que hagan ruido los restos de un naufragio que chocan dentro de su burbuja, no podía durar una ideología que niega e invisibiliza al propio sujeto del movimiento feminista: la mujer. La Tercera Ola ha muerto. ¡Viva la Cuarta Ola!

La Hora de las Mujeres

Con la Cuarta Ola feminista nace la política de las mujeres. Sería más preciso decir que renace, solo que esta vez lo hace con un alcance global, porque ha habido muchos momentos de la historia en los que las mujeres han hecho política, de un modo tradicional y de un modo no tan tradicional. La autora italiana Ida Dominijanni escribe sobre la concepción de la política hecha desde el punto de vista de las mujeres: “Lo que nosotras entendemos por política son las acciones y las relaciones capaces de desarrollar en la realidad una posibilidad impredecible, la libertad femenina, desautorizada por el orden social y simbólico del sistema patriarcal”. Las mujeres no hemos de esperar la destrucción del patriarcado para crear espacios de confianza y seguros para mujeres, para vivir como no nos está autorizado, para mostrar con nuestras palabras y acciones cómo queremos vivir. Por supuesto, hacer esto no significa que las mujeres renunciemos a un cambio radical de nuestra sociedad, significa que las mujeres ya podemos enviar señales de libertad a todas las demás mujeres que participan en esta revolución.

Porque si una idea está abriéndose paso en la Cuarta Ola es que la revolución que las mujeres necesitamos hemos de hacerla nosotras, juntas, siendo compañeras con una práctica de lealtad, compromiso, confianza y cuidado entre mujeres y siendo buenas luchadoras. Nadie va a hacer la revolución que las mujeres necesitamos por nosotras. Los varones ya nos han demostrado que no van a colaborar en hacerla posible. Los varones abiertamente misóginos y los varones supuestamente progresistas, que ya sería un logro que se limitasen a no estorbarnos. A muchos de ellos sabemos que los vamos a tener enfrente, por mucho que ahora nos llamen compañeras o camaradas. La experiencia del día a día va enseñando a muchas mujeres que no podemos esperar nada bueno para nosotras de la inmensa mayoría de varones, a menudo ni de los que creíamos que estaban más próximos. Esas traiciones, en muchos casos personales, ese convencimiento profundo de que solo nos tenemos a nosotras, van haciendo que muchas mujeres proclamen: “Feminismo o Barbarie”. Cada vez más mujeres van descubriendo cuál es su lugar en la lucha feminista, porque ya saben sobradamente que el feminismo no una fiesta. Cada vez más ven que todas las mujeres que quieran luchar tienen capacidades y habilidades para ocupar algún lugar donde participar, y que están dispuestas a aprender lo que haga falta. Cada vez más ven que las mujeres en pie amplían nuestra libertad, que hay muchas mujeres que tienen menos miedo a la lucha que a continuar viviendo de rodillas, asustadas y rendidas.

Tu percepción de la sociedad y de tu vida como mujer cambia una vez que vemos al patriarcado desnudo a nuestro alrededor, no como un ente abstracto, sino en todos los varones que suponen una amenaza para nosotras; en todos los varones que ni conocemos, pero que al violar o asesinar a otras mujeres, contribuyen a intimidarnos a todas; en todos los varones que bromean o hacen “humor” con la violencia que sufrimos; en todos los varones que callan mientras nos están maltratando, violando y asesinando; en todas las instituciones que respaldan nuestra subordinación como mujeres; en todo los silencios y complicidades; en todos los mandatos del sistema patriarcal asociado al capital; en todos los mecanismos y engranajes de nuestra opresión y explotación.

Una vez que las mujeres vemos el rostro sádico y criminal del patriarcado somos conscientes del dolor que nos ha causado a lo largo de nuestras vidas y hasta qué niveles tan profundos nos ha afectado y nos afecta, lo repudiamos, lo arrancamos de nuestras mentes, de nuestros cuerpos, de nuestros corazones. Muchas mujeres vamos comprendiendo que el sistema sadomasoquista de control, castigo y explotación al que llamamos patriarcado se ha extendido y ramificado desde el principio de nuestras vidas al presente, y que en mayor o menor medida nos ha afectado a todas.

Muchas mujeres vamos comprendiendo que el sistema sadomasoquista de control, castigo y explotación al que llamamos patriarcado se ha extendido y ramificado desde el principio de nuestras vidas al presente

Sonia Johnson dijo en “Dejando de mirar a los hombres”: “Decidí dejar de pensar en ellos. Son tan aburridos, ¡tan aburridos! Podemos predecir todo lo que harán. Nos sabemos todo de memoria, no necesitamos verlo otra vez. Lo he visto todo demasiadas veces. Me parece que lo que tengo que hacer es lo que mi interior adoctrinado me dice que no haga, tengo que hacer las cosas que más me aterran, tengo que hacer lo que me dijeron que nunca haga o podría acabar muerta. Dejar de ver a los hombres, verme a mí misma y tomarme en serio. Dejar de permitir la existencia del patriarcado. Dejar de creer que los hombres van a cambiar el mundo. Dejar de creer que tengo que intentar que ellos hagan algo que los redima, porque no lo harán, ni pueden, ni quieren hacerlo. Si quiero que el mundo cambie, debo cambiarlo yo”.

Comprender que el mundo evolucionará gracias a ti, a mí, a ellas, a vosotras, a nosotras, contradice lo que nos han enseñado a las mujeres. No importa la forma que tome el adoctrinamiento patriarcal, siempre ha tenido el mismo objetivo, hacernos sentir inútiles, inservibles y dependientes, y hacer a los varones los protagonistas de la historia. Ese es el objetivo del proceso de domesticación que sufrimos las mujeres desde que nacemos: hacernos creer que seremos felices si seguimos todos y cada uno de los mandatos patriarcales, y que si algún día descubrimos que vivimos sometidas, creamos que hace falta acudir a pedirles algo por favor a los varones. Nunca nos enseñan que recurramos a mujeres que tengan el mismo fin: nuestra libertad. La amistad femenina, si se fomenta, es para que en el caso nada infrecuente de que alguna sentimos deseo y amor por otra chica, lo llamemos amistad o admiración, nunca lesbianismo; o para que empecemos a practicar la competitividad entre nosotras, que ya han alentado anteriormente. Sonia Johnson escribió: “No nos enseñan que los tiranos nunca liberaron a las esclavas, que las oprimidas han de liberarse a ellas mismas, que los cambios radicales, los cambios desde la raíz, los tenemos que hacer nosotras. Si las mujeres logramos de algún modo encontramos y reunirnos fuera del sistema de los varones, nos daremos cuenta de que ahí es donde radica nuestro auténtico poder”.

Y en esos espacios es donde podemos conocer la historia oculta y secreta de las mujeres. Escribía Adrienne Rich: “¿Qué necesita saber una mujer para convertirse en un ser humano consciente de sí mismo y con capacidad para definirse? ¿No necesita conocer su propia historia, su cuerpo de mujer usado tantas veces con fines políticos, conocer el genio creativo de mujeres del pasado, Ia habilidad, las destrezas, las técnicas y las visiones que poseían las mujeres en otros tiempos y culturas, y cómo se las ha sumido en el anonimato y se las ha censurado, interrumpido, devaluado?” El sistema patriarcal no nos ha ocultado nuestra historia a las mujeres sin un fin. No ha querido que conozcamos a los “malos ejemplos”, a todas nuestras antepasadas que lucharon por nuestra libertad. Eso no pueden permitirlo, nos daría confianza y autoestima a las mujeres. Toda nuestra educación está diseñada para que perdamos nuestra confianza en nosotras mismas; está diseñada para hacernos sentir débiles, impotentes, para destruir el corazón de nuestra confianza, y como consecuencia, hacernos sentir completamente dependientes de los varones. Nos hace creer que necesitamos un salvador desesperadamente, que los hombres nos tienen que salvar, y que debemos recurrir a ellos para ser salvadas.

Nos ha ocultado a todas las mujeres que se apoyaron en otras mujeres y se rebelaron. Adrienne Rich nos preguntó: “Como miembro de esa mayoría a la que todavía se le niegan los derechos de todo ciudadano, a la que se esclaviza como presa sexual, a la que se paga menos por su trabajo, o no se paga en absoluto, y que está alejada a la fuerza de su propio poder ¿no necesita una mujer un análisis de su condición, conocer a las pensadoras que en el pasado han reflexionado sobre todo ello, conocer, también, las rebeliones individuales y los movimientos que las mujeres han organizado en todo el mundo contra la injusticia social y económica, y cómo estos se han visto fragmentados y silenciados?” Las mujeres conoceremos así que hemos tenido y tenemos la habilidad para actuar y cambiar la sociedad, fuera del sistema y la cultura patriarcal, y que es ahí donde podemos vivir creativamente. Es ahí donde las mujeres podemos ser auténticas y podemos ser libres, temporalmente, y donde aprendemos la lucha sigue porque hemos de expandir esa libertad en el espacio y el tiempo. Las mujeres no solo podemos ser pasivas, tenemos la capacidad de ser activas, podemos organizarnos nosotras, somos capaces de aprender y de luchar, no necesitamos el permiso ni la aprobación de ningún varón, tenemos la habilidad de ayudarnos y apoyarnos entre nosotras. Debido a la domesticación en la que fuimos criadas, estas son las ideas más difíciles de asimilar por la mayoría de mujeres, porque se nos adiestró para todo lo contrario: se nos enseñó a considerarnos incapaces, inútiles y dependientes. Audre Lorde nos recuerda: “Para las mujeres la necesidad y el deseo de apoyarse mutuamente no son patológicos sino libertadores, y hay que partir de este conocimiento para redescubrir nuestro auténtico poder. Esta conexión real es la que despierta miedos en el mundo patriarcal”.

Seguir a partir de ahora la lógica y la acción de la mujer libre supone para nosotras toda una revolución vital, del pensamiento y del sentimiento. De algún modo intuimos y sabemos que salir del modo de pensar y sentir patriarcal es el modo de romper las cadenas que impiden nuestra liberación. Al mismo tiempo, sentimos culpa y miedo porque se nos ha condicionado para sentir esas emociones que nos paralizan. “¿Pensar en nosotras antes que en el varón? ¡Qué barbaridad!”. “¿Vivir independiente, sin la aprobación y el apoyo de ningún varón? Te vas a estrellar. Luego no vengas llorando”. “¿Organizaros vosotras solas? Eso es dividir la lucha”. Por eso es tan importante organizarse con otras mujeres en espacios por fuera de la mirada y la omnipresencia masculina, saber por experiencia propia que no estamos solas, que existen compañeras luchando también por una vida libre, la vida que no nos dejaron vivir.

Autoras actuales como la chilena Andrea Franulic beben de todos esos conocimientos y rebeliones de las mujeres que vivieron antes de nosotras, recuperando la genealogía oculta de las mujeres: ”¿Por qué seguimos esperando y creyendo que los hombres tienen la llave para nuestra emancipación? Es necesario salir de esa lógica patriarcal y cambiar el foco de los hombres hacia nosotras. La clave para liberarnos somos nosotras. Creemos espacios de autoconciencia, reconozcámonos entre nosotras, amémonos, forjemos lazos y redes, salgamos de la lógica del varón. El feminismo está destinado a morir si seguimos luchando dentro de la lógica patriarcal. Solo saliendo de ella podremos emanciparnos”. Franulic nos advierte sobre el peligro de reproducir dentro de los colectivos de mujeres los patrones del varón: "El feminismo también se homologa con los hombres bastante en sus ideologías y en sus pensamientos, al no hacer de nuestros espacios, espacios de confianza, de compresión, de empatía". Ha llegado el momento de desprogramarse masivamente y dejar de concentrarnos en los varones, dejar de hacer todo lo que hacemos en relación a ellos, en referencia a ellos, reaccionando ante ellos; dejar de permitir que los sentimientos relacionados con nuestro bienestar dependan de ellos. La creación de más espacios de confianza, comprensión y empatía son uno de los retos más importantes que tenemos delante las mujeres. Hemos de aprender a no competir, a que todas nos demos razones para que haya confianza mutua, a tener entre nosotras la empatía que sin éxito hemos pedido a los varones, a vernos, a hablar entre nosotras sobre las alternativas que tenemos realmente a nuestro alcance, y a comprometernos ante nosotras mismas, y antes las compañeras, a luchar por ellas.

Las mujeres no somos incapaces, como nos han hecho creer. Cuando las mujeres confiamos nuestro bienestar al comportamiento de los hombres estamos renunciando a toda posibilidad de independencia y libertad. Nuestra liberación depende exclusivamente de nosotras. Somos nosotras juntas las que podemos cambiar sin depender de la intervención salvadora de un Otro. Hemos de entender con todo nuestro ser, hemos de interiorizar y hacer nuestra la idea de que tenemos que dejar de mirar a los varones para mirarnos a nosotras mismas, que tenemos que dejar de buscar la aprobación, la aceptación y el reconocimiento del varón y crear nuestros propios espacios de mujeres donde “puede generarse el poder de buscar nuevas formas de ser en el mundo, y el valor y el apoyo necesarios para actuar en un territorio todavía por habitar”. (Audre Lorde) No hay Revolución sin liberación de la mujer, ni hay liberación de la mujer sin Revolución. La lucha y análisis feministas ya no deben esperar más, no deben quedar aparcados por fines que los varones consideran prioritarios y más elevados, ni deben atacarse, ni ocultarse; han de ser parte de la formación de cualquier persona que se considere progresista, no digamos revolucionaria. El feminismo ha de ser conocido, respetado y desarrollado. “La Revolución será Feminista o no será” no es un simple eslogan. Si somos muchas mujeres unidas las que comprendemos que el destino del mundo depende de nosotras; si principalmente la mayoría, las mujeres de la clase trabajadora, nos organizamos y luchamos juntas con este mismo objetivo, podremos ser libres por primera vez en la historia. Ahora que las mujeres estamos poniéndonos en pie, si no retrocedemos, y no retrocederemos, la Revolución Feminista continuará hasta nuestra liberación. Si no lo conseguimos nosotras, al menos habremos sembrado semillas violetas, habremos mostrado señales de libertad, y lo lograrán nuestras hijas, o nuestras nietas, pero a fin de cuentas, la mujer será libre, o no será.

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