Icíar Bollaín: "La ultraderecha es la caverna"

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“Una película muy universal, que habla de gente, de superación, de quién es uno, de la relación padre-hijo.” Así es Yuli en palabras de su directora, Icíar Bollaín, que estrena su nueva película, el biopic del bailarín Carlos Acosta. Basada en No Way Home, el libro autobiográfico de este referente cubano del ballet, Yuli se adentra en un barrio marginal de La Habana para narrar la vida de un chico (a quien dan vida Keyvin Martínez, el niño Edlison Manuel Olbera Núñez y el propio Acosta) que no quería bailar, un 'Billy Elliot' a la inversa que terminó convirtiéndose en una leyenda del ballet, el primer bailarín negro en protagonizar obras hasta entonces reservadas a intérpretes blancos. 

Acosta debe a su estricto padre, un personaje muy particular y tremendamente orgulloso de sus raíces indias, el haberse convertido en una enorme estrella de la danza, Primer Bailarín de compañías como el Ballet Nacional de Cuba, el English National Ballet, The Royal Ballet o el Houston Ballet. Hoy su trayectoria es llevada a la gran pantalla de la mano de Bollaín, autora de 'Te doy mis ojos', 'El Olivo', 'También la lluvia' o 'Flores de otro mundo', cintas que son grandes relatos sociales y multiculturales del cine español. En Kamchatka hemos podido hablar con ella sobre esa multiculturalidad, sobre su nueva historia y sobre el estado actual del cine y la política.

¿Cómo ha sido la experiencia de dirigir escenas de baile? Estas en concreto tenían una carga emocional muy fuerte al provenir de unos hechos reales.

Rodar danza es muy complicado. Es muy bonito, ha sido una gran experiencia, pero es complicado porque hay que encontrar el punto entre el cine, que es 'cerca', y la danza, que hay que alejarse un poco porque si no no ves el movimiento. Para esa mezcla, hablando mucho con Álex Catalán (director de fotografía)  encontramos ese punto intermedio que es el escenario: estar en el escenario y que la cámara baile con los actores, para así poder percibir de cerca esa cosa que tienen los bailarines y que normalmente en un teatro no puedes ver, que es cómo sudan, cómo respiran, cómo pisan el suelo, el roce de los cuerpos... Sentir todo eso, que eso es el cine, pero al mismo tiempo tener la distancia para ver el dibujo completo del movimiento del cuerpo. Luego, en el montaje, hay que reflejarlo. Ha sido toda una aventura muy bonita.

Cuba es un país que respira arte, y los cubanos y cubanas están muy comprometidas con la cultura que viene desde abajo, desde los barrios. ¿Por qué aquí en España sucede un poco lo contrario, con la cultura asociada a las élites?

En Cuba se hacen captaciones con las profesoras de ballet yendo a los barrios, a los pueblos, a buscar niños con potencial, y digo niños porque con las niñas seguramente es más fácil, ellas se acercan más al ballet y con los niños suele ser más difícil. Con el propio Carlos fue así. Es alucinante porque, ¿qué ocurre? Pues que el propio Carlos Acosta, que es de un barrio marginal de La Habana, que en otro país del mundo jamás habría podido hacer ballet, de repente no solamente puede hacerlo sino que además se puede llegar a convertir en la estrella que fue. Esto es algo que pasa en Cuba, que se potencian las artes. En cambio, que aquí en España se vea como una cosa elitista en parte también tiene que ver con los medios de comunicación. 

Por ejemplo, el cine es un oficio, y detrás de cada película hay 50, 60, 70 personas que están haciendo un oficio artesano, pero al final en los medios o en los Goya aparecemos el director, los actores... y se recoge un poquito más el oficio, pero no se reconoce como un trabajo de oficio, y lo es. Ahora mismo hay unos premios preciosos de la Academia, los premios al oficio, a aquellos trabajos que no tienen candidatura en los Goya, y es muy bonito porque, de verdad, el cine está hecho de trabajadores. De trabajadores de pico y pala, aunque luego solo se nos ve a algunos. Pero al final es un trabajo, a diferencia de otros, colectivo. El cine no lo hacen solo los directores y el trabajo está desde el chófer hasta el eléctrico, es un trabajo de todos.

En Yuli todo el equipo hace una labor magnífica. Queremos destacar a Santiago Alfonso, que interpreta al padre del protagonista, y que no es un actor profesional sino que fue director del Cabaret Tropicana.

Este personaje se inspira en el padre de Carlos, que seguramente era más duro, pero sí que recoge su espíritu. Era un hombre extraordinario por muchas razones: un hombre negro, con esa edad y esa educación, en ese barrio, lo último que habría querido era que su hijo fuera bailarín. Culturalmente no podía estar más lejos del mundo del ballet pero tenía la intuición de que este iba a darle una disciplina a su hijo y sacarle de la calle. También tenía la sensibilidad de ver que, a través del baile, su hijo podía llegar muy lejos. Es un personaje muy peculiar y especial, con una sabiduría popular, una rudeza y una sensibilidad que vivió a través de Carlos. El guion de Paul Laverty se inspira en esa figura y además estuvimos hablando con gente que lo conoció. El actor que lo interpreta hace un trabajo alucinante y es igual que el personaje: un hombre con un orgullo de raza muy hondo. El actor, que es coreógrafo, puso mucho de sí mismo y comunica muchas cosas.

Hablando de raza, en varias de tus películas está presente la multiculturalidad y nos gustaría que nos dijeras cómo de importante es esta en nuestras vidas ahora que en España, desgraciadamente, estamos sufriendo un auge de la ultraderecha y sus ideas racistas. 

Yo creo que la xenofobia y el racismo se alimentan del miedo: del miedo al otro, miedo a lo desconocido... un miedo que también está interesado. Ahora mismo la ultraderecha está cogiendo fuerza en todas partes porque hay un mensaje muy fácil de 'primero los de dentro' que no tiene ningún sentido, porque el mundo está hecho de multiculturalidad. Nosotros somos un cruce de muchas cosas y si hay algo que aporta la multiculturalidad es riqueza. El discurso xenófobo es un discurso completamente falseado, alarmista. Acaban de decir que somos un país con una demografía prácticamente inexistente. Los países necesitan de sangre nueva que venga de fuera. Nuestros propios jóvenes están emigrando porque, desgraciadamente, no tienen futuro aquí y se han ido. Yo he hecho un documental sobre eso y hay 20.000 chavalas y chavales españoles en Edimburgo, que es una ciudad de medio millón de habitantes. Cuando uno no tiene un futuro en su tierra se va, y esto es parte de la humanidad. Entonces, tratarlo como un problema es absurdo, es interesado, es peligroso. 

Sé que es una pregunta difícil pero ¿qué podemos hacer desde la cultura para frenarles?

La cultura puede cambiar mucho, por supuesto, pero también creo que aquí hay una labor de nuestros políticos de resolver los problemas de la gente, porque cuando la gente no tiene resueltos sus problemas básicos de trabajo o de vivienda, es muy fácil que el discurso populista cale. Frente a ellos tenemos a una izquierda que no está sabiendo unirse ni dar respuestas claras. Ya sabemos cuáles son las respuestas de la derecha, pero yo confío más en las respuestas de la izquierda. Ahora no están dando respuestas a los problemas de la gente, y por eso la gente recibe mejor el discurso populista de la derecha que te promete que te va a resolver todo. Así que la izquierda debe ponerse las pilas, porque vienen curvas.

La izquierda no está dando respuestas a los problemas de la gente, y por eso la gente recibe mejor el discurso populista de la derecha

Esto es muy interesante porque precisamente en 'Tierra y Libertad', (Ken Loach, 1995) donde tú interpretabas a una miliciana, está la famosa secuencia de la asamblea donde se reúnen distintas corrientes de la izquierda española y brigadistas internacionales debatiendo entre sí, cada uno con una postura. ¿Piensas que la izquierda actual se encuentra ahora mismo en una situación metafórica de esa secuencia? ¿Podría ayudar la autocrítica a establecer un frente común contra una derecha que arrasa con tantos de nuestros derechos?

Sí, creo que tienen que hacer autocrítica y encontrar un discurso potente, común y que sobre todo dé soluciones. Sé que es muy difícil, que estamos en un país en el que está todo muy polarizado y no hay un discurso reflexionado, sin grito. Es verdad que está difícil que tu mensaje llegue, pero más allá de lo que se dice hay que unir fuerzas. No puede ser que cada vez que llegan elecciones haya diez mil izquierdas cambiando de nombre. Lo que ha pasado en Andalucía es para decir: Haced el favor. Ya está bien, dejaos de tonterías y poneos a resolver los problemas de la gente, aunque yo confío en que lo van a hacer. La verdad es que nunca había hablado con tanta dureza pero... (risas) “Que viene la ultraderecha” ¡Claro! Por eso hay que ofrecer soluciones, y sobre todo una imagen de unidad y solidez. No tiene sentido estar a tortas mientras la ultraderecha avanza.

Ultraderecha que es, además, contraria a los derechos de las mujeres. Quieren derogar la ley de violencia de género y prohibir el aborto.

La ultraderecha es la caverna, es dar cuarenta pasos para atrás. Es muy peligroso. Entonces, de cara a las elecciones generales, hay tiempo para hacer un discurso común, potente, fuerte, sólido, convincente, y para dejarse de peleas.

Y respecto a la industria del cine, ¿qué caminos crees que deberíamos seguir? ¿Quizá se deben cambiar los formatos, o lo fuertemente jerarquizada que está?

El trabajo del cine es muy jerarquizado, no es democrático. Cada uno tiene su responsabilidad, pero es un proceso colaborativo, no hay por qué 'dar órdenes'. Yo no siento que mi trabajo sea ese, sino que mi trabajo consiste en aunar el trabajo creativo de muchas personas en una dirección. Esa es mi responsabilidad, porque si otro director coge este mismo guion, hace otra película. Con los mismos elementos, pero diferente. Yo tengo la última palabra y digo por dónde vamos, pero voy con todos porque la gente trabaja mucho mejor cuando siente la película suya y cuando puede aportar. Pero sí, es una pirámide, con una persona que toma la última palabra. Todo esto se puede hacer con respeto, escuchando, colaborando... De hecho es que no se puede hacer si no es colaborando. 

Has hecho una película muy realista, que rompe con el mainstream que nos quiere imponer este sistema neoliberal que cada vez es más low cost y que afecta también al mundo del cine, con unas condiciones laborales sobre las que nos gustaría conocer tu opinión. 

Ha habido mucha presión desde todos los ámbitos para que las condiciones no sean malas. Pienso que es en otras áreas audiovisuales donde el trabajo es más precario y más jodido, el cine está más sindicado. Pero cuando caen los presupuestos es duro porque parece un 'lo tomas o lo dejas'. La precarización es un horror. En el periodismo y otros sectores de la comunicación el trabajo está mucho peor y se hace mucho por muy poco. En España el trabajo está alucinante, y o meten mano de una vez o...

¿Habría que hablar más de esto en las películas y menos de "problemitas del primer mundo"?

Claro. Hay algunas películas que lo tocan pero es muy flipante cómo está el mercado laboral, es muy flipante lo que se encuentran los jóvenes, gente de 30 años o de 25. Yo estoy viviendo ahora en el Reino Unido, donde tienen un 7% de paro y se quejan. Cuando les digo las condiciones de la gente en España no dan crédito. Lo de que la gente salga de la Universidad, o sin salir de ella, y se encuentren con estos contratos de 300 ó 400 euros enganchando uno detrás de otro, echándolos cuando llevan seis meses... es demencial. No me extraña que la gente se vaya, porque no se puede organizar una vida, alquilar una casa, es muy fuerte. Son unas condiciones terroríficas.

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