La familia, el verdadero sostén de la clase trabajadora

Cuando preguntaban en el colegio ‘¿Qué quieres ser de mayor?’ siempre decía que quería ser periodista deportivo. Desde que tengo uso de razón siempre he querido ser lo mismo. La verdad que no sé de dónde me viene esa vocación por el deporte siendo tan rematadamente torpe con las manos pequeñas y los pies cavos, pero a decir verdad lo poco que sé en esta vida me lo enseñó el deporte. En mi primer equipo de fútbol celebramos como un campeonato el único gol que marcamos en toda la temporada, y ahí entendí que es preferible compartir la derrota con los amigos que el triunfo con desconocidos. Recuerdo que en los partidillos del colegio los compañeros del equipo contrario venían a preguntarme en las jugadas polémicas porque siempre acababa diciendo la verdad anteponiendo ese ideal de justicia a la conveniencia de mi equipo. También mi madre me preguntaba la tabla de multiplicar y Conocimiento del Medio jugando con el balón para que prestara más atención y mi abuela paraba los partidos en la calle si hacía falta para alimentarme y darme el bocadillo.

Si la patria es nuestra infancia, mi patria es la plazoleta del barrio jugando al fútbol a todas horas con mis amigos y con mi hermano en el pasillo de casa.

No soy un triunfador. No he sabido adaptarme al panorama mediático de poder en los medios de comunicación. No me hice periodista deportivo para seguir el rebaño y pasar por el aro del poder, de la compra-venta de voluntades, del machismo y del circo, sino para tratar de dignificarlo como buenamente puedo junto a otras personas con apoyo mutuo. El mes pasado presenté mi tesis doctoral sobre periodismo deportivo. Pienso que la única forma de combatir contra la mediocridad imperante es con una nueva generación de periodistas deportivos con una visión antifascista, anticapitalista y feminista del deporte desde las aulas de la universidad pública; y por ello pensé que la mejor forma era seguir estudiando un doctorado.

Esta historia no es de individualismo y de superación personal sino de solidaridad colectiva y ética de los cuidados. Debajo del individualismo liberal se esconde el egoísmo más reaccionario. Basta ya de mensajes vacíos de “lucha por tus sueños, vence tus miedos y confía en ti mismo” de teóricos emprendedores que no son más que cantamañanas privilegiados que quieren que nos veamos como perdedores y no como pobres y precarios provenientes de una clase social determinada que no posee los medios de producción ni los enchufes de los privilegiados.

La precariedad está haciendo mella en la vida de los jóvenes de familia trabajadora que intentan independizarse: vivir en ratoneras compartidas, no llegar a fin de mes, no disponer de tiempo de ocio, no poder establecer vínculos de apoyo en trabajos ocasionales y de semiesclavitud y no tener un proyecto de futuro. Ante esta tesitura de penurias terminar un doctorado sin ayuda familiar y crianza colaborativa se hace imposible. Las madres, padres y abuelos de familias trabajadoras están siendo el sostén para que muchos jóvenes logren acabar sus estudios. Esa es la verdadera emprendeduría existente entre los nietos e hijos de la clase trabajadora: el cariño y los cuidados de las personas que te rodean y que te ayudan implicándose en cuerpo y alma desde la distancia. Gracias al apoyo de mi familia he podido doctorarme con sobresaliente. Sólo imprimir las copias de la tesis cuesta unos 500 euros, casi la mitad de mi sueldo de mileurista trabajando 40 horas semanales y festivos.

Vivimos en la complejidad de sociedades líquidas y atomizadas, y en la actualidad nos quieren vender sueños, autorrealización y demás patrañas cuando nada de lo que logramos lo habríamos logrado solos. Los que hemos estudiado en las universidades públicas no podemos olvidar que la pagan los trabajadores y las familias obreras con su esfuerzo y solidaridad. Como explica el pedagogo Paulo Freire nadie se salva solo, nadie salva a nadie, todos nos salvamos en comunidad.
 

(Agradecimientos de mi tesis doctoral en la UAB)

“Gracias a los familiares que ya no están por llevar en su ADN la humildad de la clase obrera antifascista. Amas de casa como mis abuelas y su cultura de los cuidados, albañiles como mi tío y picapedreros, barberos o taberneros como mis abuelos. Gracias a mis padres por educarme a partir de los valores socialistas y republicanos que habitan la vida y la biblioteca en Macondo Luz: dignidad, bondad, libertad, justicia y solidaridad. Gracias a mi hermano Gabo por seguir los pasos vocacionales del deporte. Juntos nos haremos más fuertes, convertiremos nuestra locura en sentido común y el tiempo nos dará la razón como a Marcelo Bielsa. Gracias a toda mi familia por quererme como soy. Gracias a mis amigos por ser auténticos en tiempos de impostores. Gracias a las universidades públicas. La obligación del que estudia en ellas es no olvidar que la pagan los trabajadores. Gracias a todos los periodistas que luchan por el oficio, que no desisten en su empeño homérico y que nunca sucumbirán ante la mediocridad y el miedo que ejercen los imperios mediáticos del capitalismo”.

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