Feminismo en tiempos de medios revueltos

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En la pugna entre Vox, PP y Ciudadanos por ver quién suelta la machistada más gorda, hace unos días Albert Rivera dijo durante un desayuno con la prensa en el Foro Nueva Economía "¿Hay algo más feminista que una mujer ayudando a otra a ser madre?" justificando así ese negocio siniestro que representan los vientres de alquiler o, como al partido naranja le gusta llamarlos en clave eufemística y mucho más cool; la gestación subrogada. Al margen de que (otra vez) todo un señoro de traje, corbata e Ibex 35 vuelva a creerse portavoz del feminismo, no puedo dejar de pensar en que Rivera y su partido han sido siempre el ojito derecho de los medios de comunicación españoles. Su entrada en escena fue aplaudida, sus políticas, ovacionadas, y sus miembros, masajeados por la inmensa mayoría de periodistas y presentadores. Había nacido una estrella. Pero para nosotras, las feministas, más bien había nacido un meteorito, dispuesto a arrasar con nuestro movimiento mientras encima presumía de abanderarlo.

Probablemente, y más con declaraciones como la anterior, hoy hay más gente que tiene calado al partido naranja, pero no seamos ilusas, porque la historia se repite, y se repite, y se repite. La historia trata de vendernos que el feminismo es de celofán. Lo hace a través de esos mismos periodistas y presentadores, pero también a través de creaciones de ficción: unas por omisión, pues solo hablan de hombres y de sus problemas; otras por confusión, porque presentan como feministas actitudes que en realidad no lo son; y otras que, aun yendo más encaminadas, se quedan a medio gas, al presentarnos a mujeres en roles diferentes pero a las que les sigue faltando un componente importante. Sol Sánchez, de Izquierda Unida, dijo en una antigua entrevista: "Romper el techo de cristal está muy bien, pero hay que ocuparse de lo que ocurre en el suelo."

Romper el techo de cristal está muy bien, pero hay que ocuparse de lo que ocurre en el suelo

El Embarcadero es la última serie de los creadores de La Casa de Papel. Trata, en palabras de uno de sus personajes, Blanca, al que interpreta Cecilia Roth, de Alejandra (Verónica Sánchez) "una mujer joven, profesional y fuerte que ve destrozada su vida en segundos cuando ve tumbado en una camilla a su marido, muerto." Otra de las protagonistas, Verónica, a quien da (mucha) vida Irene Arcos, siente y actúa de manera bien feminista. Defiende su espacio, responde desde la valentía y la autodefensa a los machistas, comprende y conecta con sus semejantes. Estos papeles nos llegan y son convincentes pero, nuevamente, las dos primeras, escritora de éxito y arquitecta que vende un rascacielos de 336 millones de euros, son representantes de ese techo de cristal, lujoso y con la vida resuelta. Al estar tan alejadas de la común de las mortales, es un poco difícil que nos identifiquemos con ellas. La tercera, una arrocera de un pueblo valenciano, sí que podría acercarnos a lo que ocurre en el suelo, pero en ningún momento nos da más pistas que sus vivencias espirituales. Algo que, por otra parte, también está muy bien y venía siendo necesario en la ficción, tanto española como mundial.

Es de celebrar que una serie potente de Movistar + se centre en los corazones de las mujeres. Lo que ya no lo es tanto es que otras cadenas busquen ese mismo nicho para envolver su supuesto feminismo, como decíamos, en celofán, y ofrecernos una imagen de él que no se corresponde con la realidad. La industria de la comunicación ha visto en el feminismo una moda floreciente de la que sacar partido. En el pasado 8 de Marzo ya vimos cómo señoras que en un principio renegaban de la huelga feminista se apuntaron finalmente al carro. Nuestra sororidad nos mueve a darles la bienvenida porque, aunque sea tarde y mal, están reconociendo la lucha. Pero es lógico que sospechemos de su cambiante actitud, de lo que entienden ellas por lucha y, sobre todo, del juego de tronos de audiencias que tiene lugar detrás de estos tratamientos de un movimiento que, de hecho, lo que busca es despojarse de su mercantilización. No somos objetos de consumo, no nos cansaremos de repetirlo.

La industria de la comunicación ha visto en el feminismo una moda floreciente de la que sacar partido

El problema es que en los medios de masas sí lo somos. Y no solo las mujeres, pero especialmente las mujeres. Famoso es cada 31 de diciembre por el show que ofrece Antena 3 (des)vistiendo a la presentadora Cristina Pedroche desatando siempre la polémica. Los espectadores sintonizan la cadena con la palabra morbo escrita en la frente. Y, una vez más, una mujer es blanco de las dianas de todo un país, no por sus palabras ni por su trabajo ni por sus experiencias, sino por un trozo de tela cada vez más minúsculo que deja a la vista cada vez más trozos de su carne. Ella, además, justifica su participación en el circo agitando la bandera de la libertad, pero al otro lado de la pantalla a las feministas no nos engaña: la libertad no se agita ni para ser explotada ni para ser expuesta como un maniquí. Cada mujer puede vestir como quiera, creemos que no hace falta aclarar esto, pero utilizar el vestuario y el cuerpo de las mujeres para conseguir audiencia no es solo nada feminista, sino que también es colaboración estrecha, consciente o no, con un sistema que gusta de comprarnos, de vendernos y de ganar dinero a nuestra costa. Exactamente como hacen los vientres de alquiler que defiende Ciudadanos con la falsa excusa del altruismo. "¿Hay algo más feminista que una mujer ayudando a otra a ser madre?" Ni a una película de sábado por la tarde en la ya citada cadena se le habría ocurrido mejor argumento lacrimógeno.

Entonces, ¿a quiénes corresponde denunciar estas cosas? ¿A las 'mujeres que triunfan en un entorno de hombres'? Suena a cliché fácil, como 'madre coraje' o 'sufrida ama de casa'. Quizá el problema esté en la palabra 'triunfar', que también suena a verborrea de charlatán, como 'emprendimiento' o 'coaching'. No, esos no pueden ser nuestros lugares de unión. Debemos crear nuestros propios lugares y, desde ellos, presionar para que la industria deje de tratarnos como a la serie de moda o el trending topic de turno. Para hacerlo correctamente tenemos que empezar por, como decía Sol Sánchez, el suelo. Porque es sencillo y agradable ser joven, profesional y fuerte cuando eres una arquitecta de prestigio, como Alejandra en El embarcadero. Pero ¿qué pasa cuando eres una de las 'kellys', una inmigrante ilegal, o una prostituta a la que ciertos sectores políticos y sociales piden obsequiar con un escaparate a lo Barrio Rojo de Amsterdam en lugar de tirar de los hilos de su opresión hasta llegar a la raíz y abolirla? El feminismo es un movimiento que permea en todas las capas de la sociedad, y así debe ser, pero sucede que los medios de comunicación y la industria de la ficción nos están ofreciendo solo su parte 'glamourosa', nunca la parte pobre, solitaria, castigada, marginal. Esto es lo que tenemos que cambiar.

Debemos crear nuestros propios lugares y, desde ellos, presionar para que la industria deje de tratarnos como a la serie de moda

Feminismo no es Pedroche con zapatos de tacón de aguja y un bikini. Tampoco Katy Perry apoyando a Hillary Clinton, una líder que se permite el lujo de bromear sobre la invasión estadounidense en Libia, de la que fue responsable en 2011. Provocar miles de muertos y muertas en una guerra no es precisamente hacer política feminista. Del mismo modo, de nada sirve que Susanna Griso escriba un artículo titulado 'Sí, soy feminista' si en el programa que conduce se miente sistemáticamente o se invita a tertulianas machistas como Cristina Seguí, una de las fundadoras de Vox. Por supuesto, es un todo por la audiencia y por la pasta. En algún momento tenemos que hartarnos de esto y denunciar cómo se nos está manipulando. Cómo Antena 3 nos da carnaza en Nochevieja y al mismo tiempo emite El cuento de la criada, con la periodista Ana Pastor escandalizándose porque en dicha serie se maltrata y abusa del género femenino, muy particularmente del género femenino que menos tiene, que es más precario, que no pertenece a la élite de traje de alta costura cuya revolución consiste en romper el dichoso techo de cristal.

¿Qué hacemos nosotras como espectadoras, como incipientes comunicadoras o creadoras? ¿Qué hacemos nosotras, siendo ese suelo del que hablaba Sol? Sol también es el nombre de otro de los personajes femeninos de El embarcadero: una niña de 6 años. Las nuevas generaciones, que son menos inocentes porque se han criado con Internet y huelen a distancia las manipulaciones, pueden darnos algunas claves. Para empezar, que no aguantemos más que se diga de nosotras que somos 'fuertes' solo cuando superamos las adversidades que nos causa nuestra pareja. Supeditar las mujeres a los hombres no nos hace avanzar; adentrarnos en pensamientos, sentimientos y acciones feministas, sí. Para seguir, que no nos traguemos más las mentiras empapeladas en celofán, las medias verdades, las casas limpias con pelusas ocultas bajo las alfombras. Nuestro suelo sigue sucio, y es así porque en pocas ocasiones hay alguien que se digne a mirar bajo las alfombras. Hay muchas personas que lo podrían hacer, pero pocas con tanto poder de atracción, convocatoria e influencia como quienes operan en los medios de comunicación. No aceptemos que esos medios den espacio o credibilidad a los machistas y a los poderes del capitalismo que, para empobrecernos a todos, siempre empiezan por las mujeres, y siempre lo hacen dañando nuestra imagen y utilizando palabras y titulares como armas. Las mujeres no "aparecemos muertas", no: nos matan. Juana Rivas no era ni una pérfida ni una secuestradora, no: sufrió un calvario de maltrato y protegió a sus hijos como pudo. A los verdugos, ni una sola concesión.

Es más necesario que nunca que nos apoyemos entre nosotras. Que apoyemos a los medios que nos demuestren que trabajan con una perspectiva feminista

"Digan lo que digan, las mujeres estamos en guerra", cantaban Mafalda. Y las victorias y derrotas de las guerras se miden por el número de apoyos. Es más necesario que nunca que nos apoyemos entre nosotras. Que apoyemos a los medios que nos demuestren que trabajan con una perspectiva feminista, y que demos la espalda y señalemos a los que no lo hagan. Apoyemos, pues, ficción y no ficción feminista, periodismo feminista, política (mediática o no) feminista. Apoyemos a quienes, en las redes sociales, crean contenido feminista. Y, mejor aún, hagámoslo nosotras, y hagámoslo desde el suelo, para demostrar que no aceptamos ni señoros ni falso feminismo de papel de celofán que por dentro está vacío de contenido real y de base. Hacer feminismo en estos tiempos, con la tropa trifachita o los Bolsonaro y Trump ejerciendo su poder va a ser difícil, pero no imposible, si comenzamos por contrarrestar sus bulos con nuestras verdades en el terreno de batalla que más daño les puede hacer: los medios de comunicación, que han de pasar de estar revueltos a alinearse con nosotras en un Frente Popular feminista.

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