La guerra física y psicológica contra las mujeres

Marielle Franco fue asesinada el 14 de marzo de 2018 en Río de Janeiro (Brasil) con cuatro tiros en la cabeza. Marielle era mujer, negra, lesbiana, roja y feminista. Demasiado peligrosa para el poder. Ni el capital ni el patriarcado podían permitirlo. En agosto de 2018, Raul Jungmann, Ministro de Seguridad Pública, reconoció la existencia de agentes del Estado implicados en su asesinato.

Marielle no ha sido la única feminista asesinada a lo largo de la historia, ni será la última si seguimos indefensas como hasta ahora. Ante las agresiones físicas, palizas de advertencia, torturas, violaciones y asesinatos, y ante un Estado burgués y patriarcal que nos deja desprotegidas o nos ejecuta, a las mujeres no nos queda otra que organizar redes de Autodefensa Feminista.

Sin embargo, el poder patriarcal no puede asesinar a todas las feministas. Recurre a otros métodos que alcancen al conjunto de las mujeres. Hablaré de cómo funciona una operación de guerra física y psicológica a gran escala diseñada para anular el feminismo como fuerza revolucionaria, y por extensión, a la mujer como sujeto político activo.

El auge del movimiento feminista a lo largo del último año ha hecho que el patriarcado, los misóginos que odian a las mujeres y al feminismo, refuercen las viejas técnicas del antifeminismo, desarrolladas principalmente durante el fascismo, a lo largo del siglo XX.

En esta nueva reacción patriarcal, sus ejecutores añaden algunas novedades, propias de los tiempos que corren; tácticas antifeministas especializadas en tratar de desprestigiarnos, callarnos y aterrorizarnos a las mujeres en las redes sociales, un espacio donde los misóginos han encontrado refugio y complicidad.

Twitter, por ejemplo, permite publicar impunemente porno extremo; sadismo, humillaciones, vejaciones verbales y físicas, violaciones y asesinatos de mujeres, pero cierra cuentas feministas por denunciarlo. De este modo, las redes sociales se convierten en escuelas de violación, al igual que las numerosas webs porno, sin protesta eficaz posible en el ciberespacio, y ante el silencio cómplice de todas las instituciones que presumen de feministas y de velar por el bienestar de las mujeres. Al parecer, los impuestos que nosotras pagamos no alcanzan para frenar y detener estas aulas de violencia sexual, a pesar de que ya están afectando negativamente a las relaciones sexuales de nuestra juventud.

Existe una operación de guerra física y psicológica a gran escala diseñada para anular el feminismo como fuerza revolucionaria

A este tipo de contenido acceden varones, menores y mayores de edad, cuya principal “educación sexual” es aprender a humillar, vejar y forzar, mientras que las mujeres se sienten aterrorizadas ante la imagen carnal de lo que algún día podría pasarles a ellas también. Detener esta ignominia nunca entra en la agenda política. ¿Para qué? ¿Qué importan nuestras adolescentes y jóvenes? ¿A quién importa su presente y su futuro? Una prueba más de la urgente necesidad de un movimiento feminista organizado y activo, que pueda presionar al poder con una estrategia propia y eficaz.

Por supuesto, las violaciones diarias persisten. Según el último informe de la ONU, realizado con datos de 65 países, se producen 250.000 violaciones cada año. (“The Eleventh United Nations Survey of Crime Trends and Operations of Criminal Justice Systems”). Nada extraño teniendo en cuenta que los varones, jóvenes y adultos, han normalizado violar; a través del porno, masturbándose mientras una mujer es agredida -por muy “simulado” que sea-; o en la rutinaria visita a un prostíbulo, donde acuden como una alternativa a ir al cine o a celebrar un cumpleaños.

“Un mundo sin violadores sería un mundo en el que las mujeres se moverían libremente, sin temor a los hombres. El hecho de que algunos hombres violen, significa una amenaza suficiente como para mantener a las mujeres en un permanente estado de intimidación”, asegura Susan Brownmiller en su libro Contra nuestra voluntad.

A partir de esta realidad, ya de por sí espantosa, iremos viendo más tácticas antifeministas y cómo combatirlas. Tácticas psicológicas que son más fáciles de desarmar, pero igual de nocivas que las físicas, porque tratan de impedir que las mujeres que son conscientes de su opresión se formen en el feminismo, se unan, se organicen, luchen y se levanten juntas por la liberación colectiva de todas las cadenas de la dominación patriarcal, de clase y de raza.

Una de las tácticas más conocidas es el uso de la palabra “feminazi, arrojado contra las feministas como si marcaran reses para llevar al matadero. Un término que se ha normalizado en una sociedad patriarcal para insultar a cualquier feminista que se manifieste contra la opresión de las mujeres. Así, los argumentos de una mujer, de una militante feminista o de una intelectual, normalmente complejos y profundos, pretenden ser rebatidos con una sola palabra.

El término feminazi, que para muchas personas es sinónimo de feminista, a nivel consciente o inconsciente, no es inocente. Nada es inocente en el sistema de dominación de las mujeres por los varones que llamamos patriarcado. Cuando dicen feminazi, ¿qué es lo que nos viene a la mente? En palabras de un varón: “Uno se imagina mujeres con mucho poder que torturan y matan a hombres de formas horribles”.

Es intolerable, inaceptable, que se haya normalizado con tanta naturalidad comparar a las feministas con criminales de guerra y asesinos de masas. Es intolerable que se haya normalizado que varones que nos violentan de un modo u otro se permitan llamarnos feminazis sin que nadie levante su voz, ni siquiera muchas feministas que parecen haberse resignado a ser etiquetadas como genocidas.

Es una vergüenza para una sociedad, y las mujeres no lo podemos permitir, que se haya normalizado que tantos varones nos llamen impunemente feminazis a las mujeres que básicamente pedimos algo tan vital para nosotras como que los hombres paren de acosarnos, de abusarnos, de humillarnos, de encarcelarnos, de torturarnos, de violarnos, de mutilarnos, de prostituirnos, de secuestrarnos, de esclavizarnos, de vendernos, de comprarnos y de asesinarnos.

Naturalmente, hay una subtexto en el significado de la palabra feminazi. En 1992, cuando Rush Limbaugh crea esa palabra de odio hacia las feministas, afirma que tuvo que inventarla para describir a "una feminista para quien lo más importante en la vida es garantizar que se produzcan tantos abortos como sea posible".

Desde su origen, feminazi es una palabra criminalizante y deshumanizadora para las mujeres, que refuerza el arquetipo patriarcal de la mujer que lucha por nuestro derecho a ser libres: violenta, loca, fea, mala, odiosa ¿Cómo puede aceptarse en 2018 una palabra creada por un Limbaugh capaz de declarar: “El feminismo se creó para permitir que las mujeres poco atractivas accedan a la corriente principal de la sociedad?”.

Feminazi es una palabra criminalizante y deshumanizadora que refuerza el arquetipo patriarcal de la mujer

Más recientemente, feminazi actúa como un término en torno al cual los machistas organizados se movilizan, normalmente en redes sociales o medios de comunicación online, en cuanto deciden que una feminista ha ido demasiado lejos. Actúan como un troll, y salvo algún kamikaze aislado, siempre atacan en manada.

¿Qué significa para un misógino que una feminista “ha ido demasiado lejos”? La respuesta es muy sencilla: una feminista que ha dicho o hecho algo no asumible por el poder, que denuncia y no se resigna ante la misoginia normalizada por la sociedad patriarcal, una mujer molesta para el patriarcado y el capital. Porque las víctimas de la persecución no son solo feministas, cualquier mujer puede ser el objetivo.

Una vez que una mujer es considerada socialmente “loca”o “peligrosa”, no hay ningún límite para la cantidad de insultos, acoso y amenazas que recibirá. Todos las líneas rojas, incluso legales, pueden ser traspasadas si la víctima es una feminista o una mujer que defiende nuestros derechos como seres humanos. Y la víctima no es solo ella, sino que todo su entorno será afectado: incluso sus hijas, si las tiene, serán amenazadas sin ningún escrúpulo, usadas como un arma disuasoria contra su madre. También todo esto se ha normalizado en nuestra sociedad.

¿Por qué hemos de aceptar que una mujer, por el simple hecho de declararse feminista, sea inmediatamente objeto de un ataque despiadado, usando las tácticas más sucias de la propaganda negra, que reciba las amenazas más salvajes y que su vida pase a ser un infierno?

La feminista Andrea Dworkin, en su libro 'Nuestra sangre', dice: “Se nos castiga hasta que no nos atrevemos a respetar nuestros impulsos creativos, hasta que no nos atrevemos a ejercitar nuestra facultad de pensamiento crítico, hasta que ya no nos atrevemos a cultivar nuestra imaginación o a respetar nuestra propia agudeza mental ni moral”.

Helen Lewis, editora adjunta de New Statesman, afirma que la palabra feminazi "fue diseñada para infundir miedo, para desalentar a otras mujeres a declararse feministas, denunciar abusos y agresiones sexuales, o para impedir que opinen libremente". Feminazi es una palabra hiriente llena de odio, y en una sociedad que no fuera patriarcal, se volvería como un boomerang contra quien la usa. "Obviamente", prosigue Lewis, "la idea de comparar un movimiento de liberación con el nazismo muestra una profunda ignorancia. Sería autodestructivo para quien la utiliza, porque una persona mínimamente educada comprenderá que es demasiado exagerada, y quien la usa un ignorante".

Laura Bates está de acuerdo con Lewis: "Es un intento desesperado por demonizarnos, y es frustrante, porque si no fuera una palabra tan ofensiva podrías comenzar a abrazarla y reconocerla". Habría que recordar a Bates que el insulto no es una agresión solo a las feministas, sino también a las víctimas del fascismo pasado y presente. Feminazi no es una palabra sobre la que el feminismo pueda decidir apropiarse, darle la vuelta y decir: soy feminazi, bueno y qué.

Una científica, que no desea ser identificada, declaró que el uso de la palabra feminazi contra una mujer “es bastante disuasorio. No he dicho una palabra sobre los profesores machistas desde que denuncié a uno de ellos. No vale la pena. La vida es demasiado corta. Solía ​​ser bastante conocida por hablar sobre las mujeres en la ciencia. No quiero hacerlo ahora, no puedo. No tengo la fortaleza moral para manejar ese tipo de agresividad. Ya tengo un trabajo estresante", y añade: "No puedes defender que quieres ser y actuar como una mujer libre sin obtener este nivel de mierda. Otros grupos oprimidos están protegidos de alguna manera. Es sorprendente la perversa dinámica que llega a hacer del feminismo algo tan amenazante".

Desde el 8 de marzo de 2018 cada vez más mujeres dicen: “Sí, soy feminista”. Y el patriarcado y todos sus medios se ponen a funcionar con mayor intensidad. Varones con poder se sienten amenazados y ordenan la necesidad de actuar a sus lacayos y lacayas “antes de que esto vaya a más y sea demasiado tarde”. Por todos los medios, se recrudecen los intentos de callar de nuevo a las mujeres, y deslegitimar lo que estamos diciendo y haciendo sin permiso del patriarcado.

Hay muchos varones que, como los perros de Pávlov, han sido condicionados para que al escuchar la palabra feminista, su estridente voz inmediatamente diga: feminazi 

Un término cuyo uso tendría que recibir el repudio social es utilizado con un odio continuado o como una gracia inofensiva. La RAE respondió recientemente con toda normalidad a un tuitero que consultó por el significado de feminazi, algo que fue celebrado por los misóginos como una victoria. Cada vez se asimila más esta palabra odiosa como un término definitorio más. Hay muchos varones que, como los perros de Pávlov, han sido condicionados para que al escuchar la palabra feminista, su estridente voz inmediatamente diga: feminazi.

Con la palabra feminazi el poder patriarcal ha logrado que los varones no escuchen lo que decimos las feministas.

"Las feministas queremos que las mujeres dejemos de ser violadas y asesinadas todos los días".

"Feminazi".

Nadie parece advertir que las mujeres son silenciadas a diario de este modo tan sencillo, y aparentemente inocente, aunque su uso es dañino, sobre todo para las jóvenes sin experiencia que se adentran en el feminismo. El patriarcado y sus medios han ido descubriendo que la mejor manera de neutralizar el feminismo como movimiento de liberación de la mujer no es tanto atacar su núcleo duro, mejor defendido o menos vulnerable, sino más bien hacer que el coste por apoyarlo, o incluso por interesarse por él, sea demasiado alto para cualquier mujer que se salga de la norma patriarcal: “Una mujer no debe ir nunca demasiado lejos”.

Existe una especie de ejército errante de hombres solitarios y cobardes, formado para imponer el silencio a las mujeres más críticas, las mujeres que recuerden la existencia de la dominación patriarcal en nuestra sociedad. La idea dominante que quieren imponer es que hoy apenas queda discriminación hacia la mujer, que hombres y mujeres ya somos iguales, y que los casos que aún quedan de violencia machista (que no tienen más remedio que aceptar que existen) son casos aislados propios de personas enfermas, no de varones educados en el machismo y la legitimidad de la violencia contra la mujer.

Los misóginos organizados pretenden que para las chicas jóvenes, sin la piel curtida por años de lucha feminista, sea demasiado el esfuerzo emocional que conlleva sumarse a las filas del feminismo o simplemente formarse. Estos ataques de manadas de agresivos trolls machistas no centran solo su mirada de “cazadores de feminazis” en una feminista bien conocida, con un perfil reconocido y el apoyo de numerosas compañeras que la arropan, sino más bien irán a por una mujer profesional, trabajadoras, desempleadas, estudiantes o pensionistas que se atrevieron a verbalizar sus ideas feministas en público o tuvieron la osadía de expresarse libremente en una red social o en un portal como Youtube.

Sin embargo, para las mujeres que son figuras centrales del feminismo, sus mejores teóricas y luchadoras, algo tan burdo como llamarlas feminazis no es suficiente. No puedes tumbar la obra de autoras de la talla de Simone de Beauvoir, Andrea Dworkin, Kate Millett o Lidia Falcón, simplemente diciendo que son unas feminazis. Necesitas algo más.


Las tácticas antifeministas

Aquí es cuando entran en juego toda una serie de técnicas que el patriarcado y todos sus tentáculos han ido elaborando y desarrollando a lo largo de décadas, para tratar de anular la influencia sobre las mujeres de obras que tienen una importancia capital para el feminismo como movimiento de liberación. Tratan de demonizar a estas autoras y de anularlas socialmente, limitando de esta manera el poder subversivo de trabajo.

He reunido una decena de tácticas antifeministas, empleadas frecuentemente para desacreditar y degradar a las autoras, periodistas, tuiteras, youtubers y militantes feministas, especialmente a las que proceden de la clase trabajadora y tienen conciencia de clase.

A buen seguro te resultarán familiares, tanto es así que la mayoría, sobre todo una mayoría de varones, ni siquiera advierte que son inadmisibles y ultrajantes.

  • 1. Cosificar físicamente o centrarse indebidamente en el cuerpo de la feminista.

Examinar, generalmente de una manera despectiva y desdeñosa, la apariencia física de la feminista. Se hace para desviar la atención de su trabajo, especialmente de su talento y su capacidad intelectual. Al tratarse de una feminista todo vale: una descripción física negativa, una fotografía maliciosa, centrarse en su vestimenta, su peinado o su peso; un video detenido en el momento más desfavorable para la mujer objetivo. Da igual, es una mujer y feminista, contra ella toda vale.

Como prueba de si es machismo o no, pregúntate si el cuerpo o la cara de un hombre conocido de un modo similar es escudriñado de la misma manera cuando realiza su trabajo intelectual, artístico o político.

  • 2. Psicologizar y aislar a la víctima o a la feminista.

La psicologización se produce cuando rechazamos un argumento o una idea porque explicamos el contenido de un mensaje en función de las características de quien lo emite.Por ejemplo, centrándose en el estado emocional, el mundo interior que se da por hecho que conoce quien acusa, o la historia personal de la víctima de violencia machista o la feminista. Se trata de lograr que la mujer encausada en un juicio no sea socialmente comprensible, o la feminista no sea políticamente útil para la causa de la mujer.

Esto es lo que les sucede a las mujeres violadas en los tribunales. Donde son violadas por segunda, tercera, cuarta vez, una vez más, y otra vez, y otra más, hasta que se rompen, hasta que sean destruidas mientras los violadores, con demasiada frecuencia, no son penados como se merecen, si es que son condenados.

Esta táctica se utiliza para hacernos pensar más sobre lo que está sucediendo o sucedió a una mujer como individuo, que para examinar lo que les sucede a las mujeres como casta colectiva oprimida.

El patriarcado sabe que las mujeres unidas somos fuertes, siempre lo ha sabido, por eso siempre ha tratado de aislar a las mujeres conscientes de la opresión, a las “manzanas podridas” que pueden “estropear” al resto. Siempre nos dijeron que para que eso no suceda, “lo mejor es sacar la manzana podrida del montón antes de que infecte a las buenas manzanas”.

  • 3. Representar a la feminista como "una especie extraña de mujer" vista a través de la lente deformadora del patriarcado.

Convertir a una persona compleja como la feminista en un ser despreciable y vil, ya sea una mujer violenta, una mala madre, una puta, una masoquista, una marimacho, una iluminada, fea, y por supuesto, loca. Muy loca. Si las feministas hubiéramos recibido 1 € cada vez que un varón nos ha llamado locas, todas seríamos millonarias. Incluso hay una variedad del término feminazi: femiloca. Así, una mujer que lucha por los derechos y la libertad de las mujeres es convertida en el mal absoluto.

Lo hacen aquellos a los que la injusticia patriarcal ha hecho creer que tienen el derecho “natural” de evaluar, etiquetar o incluir a cualquier mujer dentro de estas categorías misóginas.

Una mujer que es presentada permanentemente de modo despectivo, es más fácilmente desprestigiada o deshumanizada, y por tanto, al ser subhumana, es presentada ante la sociedad donde vive y trabaja, como desechable y destruible. La violencia contra ella está justificada porque la mujer feminista no es humana, es un monstruo, un animal irracional, una feminazi, una femiloca.

  • 4. Socavar el trabajo o la reputación de las feministas.

Hay muchas maneras de hacerlo. Emplean técnicas como atribuir una cita falsa o manipulada a una feminista para luego montar un escándalo, presentar erróneamente y de forma malintencionada la obra de una autora, o en el mejor de los casos, dedicarle insultos disfrazados de halagos, si su reputación social es intachable.

Gracias a las redes sociales se ha extendido la difusión de estas falsas citas de feministas. Un modo de detectarlas es que nunca añaden de qué libro, artículo o entrevista proceden: basta la frase con el nombre de una feminista debajo. X dijo Y. Cuando veas una de estas citas controvertidas, prueba a buscarla. Verás que esas falsificaciones proceden de webs machistas, no de webs feministas, o de webs de la autora "citada", o de sus libros.

Hay páginas en internet de varias autoras feministas, como por ejemplo Andrea Dworkin, sobre las que hay tantas citas falsas que tienen una sección llamada "detector de mentiras", donde puedes comprobar si esa autora realmente afirmó tal o cual cosa.

La "cita" de la feminista puede ser completamente inventada, puede estar sacada fuera de su contexto (por ejemplo la frase la dice un personaje de una obra de ficción y se atribuye deshonestamente a su autora), puede ser la cita de otro autor/a atribuida a la autora feminista, o puede ser una cita con palabras mezcladas o añadidas. El fin de esos inventos es reforzar aún más la idea de que las feministas son nazis que planean en secreto un holocausto que no deje un varón vivo sobre la Tierra. Recuerda, es una feminista, todo vale.

  • 5. Difundir mentiras y distorsiones de la verdad.

Reciclar periódicamente declaraciones falsas que han llegado a ser de dominio público. Frases que todo el mundo asume que la feminista X o Y dijo, o acciones que se da por sabido que hizo, aunque al parecer nadie se preocupó en comprobarlo. La repetición de estas falsedades ayuda a mantenerlas vivas como "verdad", manteniendo una comprensión inexacta o delirante de la feminista bajo escrutinio.

  • 6. Despreciar el compromiso y conceptos políticos de la feminista.

Esta táctica existe de muchas formas. Representar a las feministas como ideológicamente rígidas o fisiológicamente frígidas; minimizar o ignorar las fuerzas patriarcales; negarse a aceptar o comprender el trabajo feminista en toda su profundidad y radicalidad, limitando su significado a una cosmovisión capitalista, liberal, burguesa; descafeinar una obra feminista hecha desde un punto de vista revolucionario al hacer interpretaciones conservadoras de su trabajo, incluso ocultando la parte “molesta” de su obra; atribuir su obra o sus afirmaciones a una insatisfacción sexual: si una mujer es feminista, no hay otra explicación para muchos varones; o es lesbiana, o no folla, o es una malfollada, insulto digno de un examen detallado por lo que revela de quien lo usa.

  • 7. Rebuscar en el pasado de la feminista para tratar de descubrir alguna "contradicción" y hacer dudar de su compromiso político actual con la causa feminista.

En realidad pocos advierten que esas “contradicciones” dan la razón a la feminista que, por dar un ejemplo, hoy denuncia la cosificación de la mujer... porque fue cosificada en ese pasado que es investigado como si fuera una necesidad y una urgencia social.

¿Qué tiene de extraño que una actriz usada como reclamo sexual decida un momento de su denunciar la cosificación de la mujer en el cine o la televisión? Solo una mente machista verá en ello una contradicción de una feminista hipócrita.

  • 8. Mantener un enfoque misógino  y culpabilizador sobre lo que una feminista ha hecho o haga en su vida. 

Como si su pasado no fuera una consecuencia de vivir en una sociedad machista, y su presente una lucha desigual contra el patriarcado y el capitalismo.

  • 9. Infiltrar el feminismo y tratar de destruirlo desde dentro.

Con esta táctica no se ataca a una feminista concreta, sino al mismo corazón teórico y práctico del feminismo. Esta labor de infiltración se realiza desde los años 90, introduciendo el liberalismo y el individualismo en el feminismo de base anticapitalista o marxista, promoviendo en el interior del movimiento feminista y movimientos aliados teorías burguesas vestidas de transgresoras.

Los ejemplos más conocidos son los del “feminismo pro-sex” y la teoría queer, que trata de borrar la mujer, especialmente la mujer lesbiana, de la historia y del presente, que trata de eliminar nuestra genealogía como mujeres, que trata de imponer que la mujer o la lesbiana no sean ni nombradas, o que si lo son su significado sea variable, que sea cualquier cosa.

Al significar todo, lesbiana o mujer, no significa nada. De este modo se llega a afirmar, desde fuera del feminismo, y como si fuera algo sujeto a debate, que las feministas “tenemos que arriesgar el sujeto del feminismo”, algo que jamás ha sido propuesto para el marxismo, el anarquismo, el nacionalismo, el ecologismo, o el movimiento gay.

  • 10. Una antifeminista, miembro o cómplice de organizaciones ultras y misóginas, se hace pasar por feminista para crear confesión.

Colabora en redes sociales con hombres machistas disfrazados con nombre/foto de mujer y bio feminista. Escribe libros antifeministas presentados y promocionados por los medios como la última ola del feminismo. Aparece en televisión, radio o prensa como feminista, usurpando el lugar de una feminista defensora de los principios básicos del feminismo.

Esta “feminista” que de una manera reveladora, defiende tesis que gustan mucho a los hombres más machistas, es presentada como la verdadera feminista, la feminista buena que se enfrenta a las malvadas feminazis,que han pervertido el “feminismo de antes”. Defiende el feminismo de la igualdad, frente al feminismo de la diferencia que sostiene, en palabras de Andrea Franulic, escritora feminista chilena que “las mujeres no queremos ser iguales a los hombres. Queremos ser otra cosa. Somos diferentes.”

Una mujer que participe en la lucha feminista, o que esté interesada por el movimiento de liberación de la mujer, no debería olvidar nunca que, como dijo Andrea Dworkin hace 40 años, “el feminismo es odiado porque las mujeres son odiadas. El antifeminismo es una expresión directa de la misoginia; es la defensa política del odio a las mujeres

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