Guus Hiddink, el hombre que dijo no

En la década de los 80 y los 90 la ultraderecha campaba a sus anchas por los estadios de toda Europa. El fascismo y el nazismo utilizaron el fútbol como un vehículo de transmisión para sus ideas totalitarias, en espacios de plena impunidad donde contaban con la connivencia de los propietarios de los equipos y de los medios de comunicación, que les hacían de altavoz como si se tratasen de un interlocutor válido.

“Los grupos de extrema derecha infiltraron su discurso en los estadios”, apunta el libro 'St. Pauli, otro fútbol es posible', una biografía de este equipo hamburgués de la segunda división alemana, declarado oficialmente antifascista y antirracista, y que en 1991 se convirtió en el primero del mundo en prohibir la discriminación en su estadio.

La situación en España no difería demasiado de lo que sucedía en el resto de Europa. Los Hammerskins, una organización neonazi surgida en los EE.UU., logró extender sus tentáculos por todo el viejo continente hasta el punto de hacerse con el control del discurso ideológico de los Ultrasur del Real Madrid o las Brigadas Blanquiazules del Espanyol, mientras que sus rivales de Blood & Honour, británicos e igual de violentos, hicieron lo propio con los Boixos Nois del Barcelona o el Frente Atlético del Atlético de Madrid. Estos últimos disfrutaron durante años de un trastero dentro del estadio Vicente Calderón donde guardaban todo tipo de parafernalia nacionalsocialista.

Los Supporters Sur del Betis, el Frente Bokerón del Málaga, los Ultra Boys del Sporting de Gijón, las Brigadas Blanquiazules del Córdoba, el Ligallo Fondo Norte de Zaragoza, el Frente Onuba del Recreativo de Huelva, los Ultras Violetas del Valladolid o los Comandos Azules del Getafe son algunos de los grupos más conocidos que han utilizado el fútbol como excusa para hacer proselitismo de sus doctrinas de extrema derecha.

En el año 1991, el Valencia presenta a Guus Hiddink como su nuevo entrenador. El técnico holandés llega procedente del fútbol turco y pronto impregna a su equipo de un fútbol preciosista que dejó tardes de gloria en la memoria colectiva del aficionado.

El 9 de febrero de 1992, el Valencia se enfrentaba al Albacete en la disputa de la jornada 21 del campeonato nacional de liga. Minutos antes del inicio del encuentro, mientras los jugadores estaban realizando ejercicios de calentamiento, Hiddink observa que en el sector 9 del estadio de Mestalla, por entonces llamado Luis Casanova, ondea una bandera con el símbolo de la esvástica.

El lugar está ocupado por los seguidores del equipo visitante y el técnico holandés, visiblemente enfadado, se dirigió al delegado de campo para que comunicara a quién correspondiese que no iba a permitir el inicio del partido hasta que la enseña fuera retirada. Se convirtió así en el primer personaje público del fútbol español en actuar contra la presencia de simbología fascista en los recintos deportivos, y lo hizo en un estadio donde los Yomus, el brazo armado de la ultraderecha valenciana, tenía derecho de tránsito. Además, su gesto sirvió para poner en evidencia los fallos de una Ley del Deporte que por entonces era demasiado laxa con este tipo de comportamientos.

Hiddink se negó a que comenzara el partido hasta que no se retirase de la grada una bandera con la esvástica

Arturo Tazón, en aquel tiempo presidente del club, trató de negar lo sucedido: “Es imposible, ¿cómo puede estar pendiente el preparador de lo que sucede en las gradas? Su trabajo está sobre el césped. Me parece una tontería”, pero fue el propio Hiddink quien confirmó los hechos al término del encuentro: “Puede que los chicos no sepan lo que representa para mucha gente un banderín con estos símbolos. Cuando veo estas cosas no me puedo callar y no pienso estarme quieto”.

No era la primera vez que el entrenador valencianista actuaba de esta forma. Unos meses atrás, cuando apenas habían transcurrido unos meses desde el inicio de la competición, exigió la eliminación de un vídeo que se emitía en los videomarcadores del estadio, donde, para azuzar a la gradería, se mostraban imágenes de Rambo y la guerra de Vietnam: “Es cierto que pedí que retiraran un video sobre Vietnam de los marcadores electrónicos. Eran imágenes de napalm, de lucha, de guerra...y solicité que no volvieran a salir”.

Pero, ¿por qué un entrenador de fútbol decidió revelarse en un asunto por el que resto de sus colegas pasaban de puntillas?

La explicación está enraizada en sus orígenes familiares, oriundos  en la localidad holandesa de Arnhem, donde nació en 1946, solos dos años después de ser liberada de la ocupación nazi. En 1944, esta ciudad fronteriza con Alemania fue el escenario de la Operación Market Garden, la mayor maniobra aerotransportada de las Fuerzas Aliadas. Unos 100.000 soldados se enfrentaron en campo abierto durante ocho días por el control de los puentes, con el resultado de un estrepitoso fracaso para las tropas aliadas y quinientos civiles asesinados.

Entre las víctimas se encontraban algunos de sus familiares más directos y es por ello que el holandés desarrolló un profundo sentimiento antifascita que sigue muy presente entre los grandes estratos de la sociedad de los Países Bajos. “No participé en la guerra, pero rechazo todo aquello. En mi familia hay una historia personal muy fuerte”, recuerda Hiddink, quien, ante el surgimiento que la extrema derecha estaba viviendo, añadió: “Cada hombre tiene que pensar en todo esto y adoptar una actitud. Es malo permanecer pasivos. Actualmente son pequeños grupos pero como persona quiero tomar partido y lo rechazo”.

A mediados de la temporada 93-94, el Valencia optó por destituirle tras caer derrotado por 0-3 ante el Real Madrid. Guus Hiddink continuó con su periplo como entrenador, para infausto recuerdo de los aficionados españoles, que tuvieron que sufrir una dolorosa derrota en el mundial del 2002 ante la selección de Corea del Sur, comandada por el holandés.

Aunque puede que sea este la reminiscencia más habitual hacia su figura, al menos entre los españoles, Guus Hiddink debería ser recordado como el hombre que se atrevió a levantar la voz en una época donde la ultraderecha esparcía su semilla ante el silencio cómplice de las mayorías.

En noviembre de 2002, la Fundación Ernest Lluch, creada en memoria del ex ministro de Sanidad asesinado por ETA, tuvo a bien otorgarle un reconocimiento por su defensa del civismo en el fútbol y por aquel acto que protagonizó 10 años atrás. “Mucha gente me dijo que solo me metiera con el rendimiento del equipo y que no me preocupase de los problemas de la sociedad. Nunca he seguido estos consejos porque tenemos la obligación de luchar por un mundo de paz. Nunca cerraré los ojos ante el fascismo”.

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Comentarios

Vicent (no verificado) , Vie, 09/11/2018
Grande Guía Hiddink. Buen entrenador, buena persona, un ejemplo como ciudadano.