La homeopatía sí mata

En realidad no, la homeopatía, técnicamente, no mata. James Randi fue durante los años 50 “el increíble Randi”, un ilusionista y escapista profesional que hacía las delicias de los incautos en un programa de la televisión canadiense llamado 'Wonderama'.

Randi se ganó una cierta popularidad en el negociado de la magia hasta que un día decidió pasarse al otro bando para tratar de desenmascarar a Uri Geller, personaje icónico de los años 70 y autoproclamado mentalista que llegó a doblar cucharas delante de los bigotes del mismísimo José María Íñigo. Desde entonces, Randi ha dedicado su vida a batallar contra la parasicología -ofrece un millón de dólares a cualquiera que pueda demostrar tener un poder sobrenatural- la homeopatía y otras seudociencias.

En 2011, se mantuvo en pie durante las 3 horas que duró su intervención en una conferencia en Noruega, a pesar de que justo antes de comenzar ingirió delante del público allí congregado 100 pastillas de un somnífero homeopático.

La explicación es sencilla; la homeopatía es agua con azúcar, posiblemente el agua con azúcar más cara del mundo, y por tanto no tiene, per se, ningún efecto sobre nuestro organismo. Harina de otro costal es lo que asegura Beatriz Talegón.

La antigua miembro del Partido Socialista y recién nombrada consejera del Consell Assessor per al'Impuls del Fòrum Cívic i Social para el Debat Constituent replicó en Twitter una noticia publicada hace unos días por el diario El País: “Sanidad ordena la retirada inmediata de miles de productos homeopáticos. Todos los productos que no estén en la lista del BOE quedan automáticamente fuera de la ley y del mercado”, rezaba el titular del periódico del grupo PRISA. “¿Por qué persiguen cosas que se supone que son inocuas?”, respondía Talegón. No, la homeopatía no es inocua porque vender como un remedio médico algo que no cura te puede costar la vida.

En 2014, una mujer decidió tratarse un tumor mamario con homeopatía. Tres años después, el cáncer se había extendido a la piel, los huesos y la médula, causándole la muerte. En mayo de 2017, un niño italiano de 7 años falleció debido a una otitis que sus padres optaron por combatir con “fármacos naturales”. Cuando lo llevaron al hospital, tras dos semanas desde que comenzó la inflamación en el oído, la infección se había extendido hasta causarle la muerte cerebral. El pasado 20 de julio, una joven moría en Girona con el seno putrefacto. Su curandero le había dicho que era bueno que el tumor destrozara su pecho para que saliera de la piel “porque se estaba oxigenando”. Un caso similar le sucedió al doctor Vicente Guillem, presidente de la Fundación para la Excelencia y Calidad en Oncología, que recibió a una mujer “con un tumor de 15 centímetros y la mama ulcerada después de tres años de recibir tratamiento con medicinas alternativas”, relata en declaraciones a El Español.

Hay cientos de ejemplos, personas de todo tipo y de muy diferente nivel cultural, porque el miedo atávico a la muerte nos iguala a todos, que ante el precipicio de una enfermedad caen seducidas por los cantos de sirena de los remedios milagrosos, un negocio que mueve cientos de millones de euros cada año.

La homeopatía no cura, y si a ti te ha funcionado es porque tiene el mismo efecto placebo que el “sana sanita culito de rana” que se le dice a los niños cuando se pegan un golpe.

La afirmación de Beatriz Talegón, un personaje de gran proyección en las redes sociales que cuenta con casi 200.000 seguidores en las redes sociales, es especialmente irresponsable, y como era de esperar provocó todo tipo de reacciones.

Por un lado, principal y del todo rechazable, el linchamiento, que al tratarse de una mujer estuvo cargado con insultos que desprendían un pestilente hedor machista.

En la otra banda, el debate, respetuoso y con argumentos, como el que mantuvo con David Bravo, pero absolutamente estéril debido a lo enconado de las posturas. “La homeopatía sí hace mal. El mismo mal que vender en una farmacia como remedio la pócima de un chamán: que no tomas medicina real por creer que ya te estás tratando”, replicaba el abogado. Y por último, el llamado efecto Backfire, en castizo; el tiro por la culata.

En el año 2006, Brendan Nyham y Jason Reifler, dos investigadores de la Universidad de Dartmouth, llevaron a cabo un estudio con un grupo de alumnos universitarios. Les entregaron dos artículos relacionados con la guerra de Iraq. El primero decía que se habían encontrado armas de destrucción masiva y el segundo afirmaba todo lo contrario. Los investigadores descubrieron que los estudiantes de tendencia conservadora y partidarios de la guerra aceptaban el primer articulo y rechazaban el segundo, mientras que los alumnos liberales y contrarios a la invasión actuaban de forma opuesta; rechazaban el primero y aceptaban el segundo.

Se trata de un tema conductual; cuando adquirimos una creencia tendemos, de forma instintiva a defenderla, más aún si alguien se atreve a confrontarnos, y aunque disponga de argumentos irrefutables, difícilmente vamos a modificar nuestra posición.

A pesar de lo que hayan podido leer, la OMS no apoya la homeopatía. En un documento publicado en 2015, la organización anima a la integración de “tratamientos médicos complementarios” en los sistemas nacionales de salud, pero advierte, siempre y cuando se trate de remedios terapeúticos “de calidad, seguridad y eficacia comprobadas”, tres condiciones que no cumple la homeopatía.

A Beatriz Talegón no le importa que la mayor autoridad sanitaria del planeta contradiga sus teorías, porque su efecto Backfire no hizo más que azuzar su sesgo de confirmación.

A medida que aumentaba el tono de la polémica, Talegón se afanó en tuitear una serie de artículos, más o menos periodísticos, con los que intentaba rellenar de munición su trinchera. Tan ardua fue la tarea que al día siguiente publicó en Diario 16, periódico digital en el que ostenta el cargo de jefa de opinión, una entrevista con un oxímoron; un farmacéutico homeópata que aseguraba: “La homeopatía cura. Rotundamente sí. La homeopatía no mata. En absoluto”.

La polémica suscitada por Beatriz Talegón es un ejemplo de lo inútil que resulta convencer a alguien de que está equivocado, más aún en las redes sociales, y a diferencia de la homeopatía, de esto sí tenemos pruebas tangibles.

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