La incertidumbre de los refugiados sirios traspasa la pantalla

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Sin haberlo vivido, puedo imaginar que la incertidumbre tal vez sea la peor sensación que generan las guerras, porque se instala en las personas con un plazo imprescriptible una vez superado el miedo inicial para quienes logran sobrevivir al conflicto. Hayati (Mi vida), es una película que logra trasladarte la inquietud que sufren los refugiados sirios. Esa amarga desazón no te abandona durante todo el metraje, preguntándote en todo momento qué va a ocurrir con sus personajes. 

La historia de este documental comienza cuando sus directoras - Liliana Torres, que debutó en 2013 con Familly Tour, y Sofi Escudé - se hicieron eco del incidente ocurrido en la frontera de Hungría acerca de la zancadilla que la periodista Petra Laszlo propinó a Ossamah Al Mohsen, que portaba a su hijo en brazos cuando trataba de huir desesperado de una Siria en guerra. No pudieron evitar verse reflejadas en este penoso suceso que escandalizó a la opinión pública mundial y decidieron investigar quién era ese hombre. Descubrieron que Ossamah era un célebre entrenador de los primeros equipos de fútbol en Siria, con una vida acomodada junto a su mujer y sus tres hijos. La guerra los separó, pero mientras su mujer y dos de sus hijos se quedaron estancados en el limbo de Turquía, paradójicamente para Ossamah, las imágenes de la agresión de la reportera húngara se convirtieron en su visado para recalar en España y poder retomar su profesión como entrenador. Fue entonces cuando las directoras decidieron ponerse tras la cámara para narrar la historia de esta familia, de Muhannad (hijo de Ossamah), Moatassam y Youssef, prometedores futbolistas sirios a los que la guerra les arrebató los mejores años de sus vidas. 

Liliana Torres y Sofi escudé ponen la voz del drama de los refugiados sirios en los protagonistas de su película con acierto en el tratamiento, pues cada personaje interpreta su propia historia tras el objetivo de la cámara delimitando su propia narración particular, que describe una vivencia diferente a las otras, pero reducida a la misma inquietud: "qué va a ser de nosotros". La técnica de jugar con los elementos de la ficción que está tan de moda en las nuevas formas del documental, obtiene un resultado más que convincente, ya que consigues empatizar con cada miembro de la familia de Ossamah y su padecimiento, así como con el resto de historias, que aunque secundarias, están entrelazadas y desembocan al mismo punto, que no es sino una patada en tu estómago que te subleva hasta exclamar la única sentencia posible: ¡Maldita guerra! Aunque por lo general se trate de una obra más bien circular (la película prácticamente termina donde empieza), pues el drama general persiste y la mayoría de las situaciones personales quedan por resolver, la película nos abre un túnel de luz en forma de reflexión positiva: un tiempo mejor es posible para los refugiados de la guerra.

Me gana del todo el uso de las bellísimas ilustraciones animadas para introducir y diferenciar cada capítulo franqueando el límite de la importancia de cada episodio humano y ejerciendo a su vez como brújula narrativa de la historia global. Resulta el complemento perfecto para que la penetración emocional sea total y conseguir identificarte del todo con sus personajes. Aquí radica el éxito del filme.

Poco después de la realización de la película descubrimos el final de la historia de Ossamah fuera de la pantalla. Tuvo que volver a Turquía porque lo despidieron del Cenafe (Centro de Formación de Entrenadores) alegando que no aprendió español en todo el tiempo que estuvo como entrenador. Pero Ossamah declaró ante la prensa que le mintieron afirmando que se comprometieron a renovarle el contrato y finalmente no fue así. Gracias a esto esto, perdió dos buenas ofertas de trabajo para entrenar en Francia y Alemania.

Este incidente final de Ossamah, que acabó con su carrera en España y posible ascenso en el circuito europeo, es un reflejo de cómo la llamada Unión Europea ha ignorado por completo la carta de derechos humanos ante la situación de los refugiados, pues a día de hoy, sigue sin implicarse lo suficiente para buscar las soluciones justas y efectivas que este problemón social requiere.

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