Irak continúa sangrando

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16 años después de que Estados Unidos pusiera en práctica su particular fórmula de exportar la democracia, Irak continúa sangrando por las heridas de aquella invasión con patrocinio petrolero. El país sigue partido en mil pedazos, con varias facciones enfrentadas entre sí, tensiones religiosas y un gobierno tutelado por Washington y reconvertido en una casa de atracos. Según Transparencia Internacional, Iraq es uno de los 20 países más corruptos del mundo, circunstancia que ha provocado el colapso de las administraciones públicas y con ello la constante depreciación de los servicios que deben prestar a los ciudadanos.

"No hay solución. Todo el mundo es corrupto, de lo más alto a lo más bajo de la sociedad. Todo el mundo, incluido yo", asegura Mishan Al Jabouri, presidente de una de las dos agencias anticorrupción, en declaraciones al periódico británico The Guardian. "Al menos soy sincero", prosigue. "Una persona me ofreció cinco millones de dólares para dejar de investigarla. Los cogí, y seguí procesándola igualmente".

La situación es alarmante, pero no es ninguna sorpresa. La reconstrucción del Irak de la posguerra se cimentó sobre el latrocinio de los 125.000 millones de dólares que fueran destinados a desempolvar un país que el gobierno de George W. Bush había reducido a cenizas. Nadie conoce exactamente cómo de agudizado fue el grado del desfalco, pero una investigación del periódico The Independent cifra el asalto cercano a los 50.0000 millones de dólares. El botín se repartió entre los funcionarios del nuevo estado y los contratistas norteamericanos, los conocidos como "perros de la guerra", especialistas en hacer negocio con la muerte y la destrucción.

Los órganos de gobierno adoptaron esta particular forma de hacer política, como si la corrupción fuera una característica intrínseca a la democracia occidental que había sido impuesta por la fuerza bruta. De aquellos lodos vienen estos polvos, y ahora, tras más de 15 años de saqueo, la situación está al borde del colapso. ç

El hartazgo de los ciudadanos ha llegado al extremo y las protestas sacuden las calles de un país que todavía supura las heridas de la guerra. Miles de personas llevan 10 días ininterrumpidos ocupando las calles para protestar contra el Gobierno de Adil Abdul-Mahdi. Las marchas comenzaron de forma espontánea en Bagdad, pero rápidamente se han extendido por otras ciudades, provocando la reacción airada de una administración que ve peligrar seriamente su continuidad en el ejecutivo.

Miles de personas llevan 10 días ininterrumpidos ocupando las calles para protestar contra el Gobierno de Adil Abdul-Mahdi

A pesar de la imposición del toque de queda y de los cortes de internet en algunas regiones del país, el gobierno se encuentra desbordado y emplea el uso de la fuerza desmedida como último recurso para la salvación. Miembros de la policía y las Fuerzas Armadas han asesinado a un centenar de personas, mientras los heridos se cuentan por miles y las detenciones arbitrarias se suceden cada día. Abdul-Mahdi no ha sabido interpretar la gravedad de la situación y en un intento desesperado por retomar la normalidad, acusa al fantasma de la injerencia extranjera como instigador de las movilizaciones.

Aunque en un país tan polarizado como Irak resulta casi imposible realizar un análisis fidedigno sobre las causas de las revueltas, la corrupción endémica y el futuro incierto para muchos jóvenes, especialmente universitarios, parece ser la mecha que ha prendido el estallido popular.

Dos años después del fin de la guerra contra el autodenominado Estado Islámico, circunstancia que ha servido al gobierno como parapeto para su mala praxis, los índices de bienestar continúan estando en los niveles más bajos de la región. Irak es un país joven, en parte porque los diferentes escenarios bélicos han mermado severamente a la población adulta y en parte por el constante flujo migratorio que empuja a muchas familias a cruzar la frontera. El 60 % de los 39,5 millones de iraquíes tienen menos de 25 años, según datos de la ONU, y el desempleo juvenil supera el 40 %.

A la falta de oportunidades en el mercado laboral se une un episodio particular que ha conseguido reunir en el mismo escenario de protesta a grupos muy antagónicos. La destitución del general chií Abdulwahab al Saadi, responsable de la unidad antiterrorista y figura central en el aplastamiento del Estado Islámico, ha soliviantado tanto a chiíes como a sunníes, que le consideran un personaje moderado y proclive a la centralidad. Para muchos, su cese es un ejemplo más del fracaso de un estado cuyos engranajes están tan podridos que ya ni siquiera son capaces de girar para encontrar solución a los grandes problemas que acaparan el debate público.

La corrupción endémica y el futuro incierto para muchos jóvenes, especialmente universitarios, parece ser la mecha que ha prendido el estallido popular

La extrema precarización de las condiciones de vida, con cortes de electricidad constantes en un territorio que en época estival supera los 50º, o las deficiencias en la potabilización del agua, también son factores que ayudan a entender el actual escenario de inmensa complejidad. Paradójicamente, Irak es uno de los principales productores mundiales de petróleo, y sin embargo, no es capaz de atender las necesidades más básicas de los ciudadanos.

Para los expertos, la pluralidad étnica y sus contantes enfrentamientos repercuten negativamente en las condiciones de vida. Los diferentes grupos políticos y los líderes religiosos se disputan las riquezas naturales para su propio beneficio, mientras la gran mayoría de la población contempla impotente como los dividendos del crudo no se reparten equitativamente entre los diferentes estratos de la sociedad.

La mayor autoridad espiritual del país, el ayatolá Ali al-Sistani, hizo un llamamiento a la clase política para emprender "serias reformas antes de que sea demasiado tarde". En un sermón leído en una mezquita de la ciudad de Karbala, al-Sistani instó al gobierno a "hacer lo posible para mejorar los servicios públicos, encontrar trabajo para los desempleados, acabar con el clientelismo, lidiar con la corrupción y enviar a prisión a los que estén implicados".

En el sustrato de esta situación que amenaza el quebrantamiento de la convivencia, subyace el fracaso de la invasión militar emprendida por los Estados Unidos en el año 2003, tras los atentados del 11 de septiembre. Para Daniel Gerlach, redactor de la revista alemana Zenith y especialista en Oriente Medio, no se puede implantar la democracia a cañonazos porque un sistema de libertades y de sufragio universal solo puede funcionar si emana directamente de la voluntad mayoritaria del pueblo. Además, el modelo occidental que se ha pretendido instalar en las instituciones se ha demostrado fracasado para un territorio donde no se puede forzar el molde para asemejarlo a la forma occidental de entender la política.

Décadas de guerra, administraciones fallidas e infraestructuras arrasadas han conducido al país a una posición límite que ha colmado la paciencia de los ciudadanos. 

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