'Joy', la explotación sexual de las mujeres en Europa

La sala está en una permanente calma tensa, como si todos supiéramos que algo terrible está a punto de suceder. Puede que en el próximo plano y los asistentes contienen la respiración, pero Joy es un película lineal, que no aburrida, capaz de mantener durante todo el metraje una atmósfera de angustia que nunca llega a su punto de ebullición. No hay violencia explícita aunque lo que se intuye es incluso peor que una sanguinolenta patada en la boca: “He querido contar una historia difícil pero que no fuera evidente. Quiero ponérselo complicado al espectador”.

Sudabeh Mortezai es una de las grandes promesas del cine austriaco. Con solo cuatro películas presume de un gran número de reconocimientos propios de una cineasta más experimentada, una vitrina de galardones que con su última cinta puede aumentar a lo largo y ancho del viejo continente. El Festival de Cine Europeo de Sevilla ha sido el lugar elegido para su presentación en España, un certamen que este año cumple su decimoquinta edición con un programa de más de 200 películas con el que pretende dar un salto de madurez que le acerque a sus grandes competidores internacionales.

Joy es un relato áspero y pegajoso sobre el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual, que gira en torno a su protagonista, una mujer nigeriana llegada a Austria para ejercer la prostitución en un país donde la legalización de la compraventa de sexo ha servido para fortalecer el negocio de las mafias de la trata, y por tanto, para condenar a sus víctimas al ostracismo administrativo sin un marco jurídico que les asista.

En medio del debate sobre la regularización de la prostitución que se ha instalado en varios países europeos -entre ellos España- Mortezai asegura que “ninguna de las mujeres que he conocido quería dedicarse a la prostitución y aceptarían cualquier otro trabajo para salir de ella”, aunque su discurso oscila en la equidistancia de los que no tienen una posición definida entre la regulación y el abolicionismo, como si quisiera pasar sobre un tema espinoso sin sufrir ni una pequeña rozadura.

sudabeth
Sudabeh Mortezai / Kamchatka

La cineasta viajó a Nigeria para conocer la realidad de un lugar donde el sexo se ha convertido en la única forma que tienen las mujeres para escapar de una vida de pobreza y violencia sistematizada. Un escenario que les conduce irremediablemente a un viaje donde pasarán a ser el engranaje más débil de un negocio que mueve miles de millones de euros, para satisfacción de los clientes que no tienen reparo en contribuir a estrechar aun más las cadenas de las mujeres prostituidas. Es precisamente aquí, en la figura del comprador, donde la película pasa de puntillas. El cliente es un personaje sin presencia, una figura sin rostro, como si Mortezai quisiera eximir de responsabilidad a la parte contratante del negocio, aunque durante la rueda prensa matiza su postura: “El cliente debería saber si la mujer con la que va a tener sexo está siendo víctima de la trata, no debería eludir esa responsabilidad”. Parece difícil de creer que un hombre que está dispuesto a pagar por sexo vaya a supeditar su decisión a si la mujer a la que pretende comprar consiente la transacción de forma voluntaria, pero la directora aboga más por la concienciación que por el modelo prohibicionista que, con sus sombras, se ha demostrado eficaz, por ejemplo, en Suecia.

Joy es una historia de sensaciones, un relato más poderoso por la imagen que por la palabra, valiente por lo que dice pero a su vez cómplice por lo que calla; sólido como producto cinematográfico, porque consigue que el espectador establezca lazos de afectividad con el sufrimiento de sus protagonistas, pero que obvia el papel fundamental que desempeñan los hombres. Es una película de mujeres y eso implica que son ellas las que ocupan toda la escala de colores, desde la inocencia de una joven que soporta a duras penas el aliento jadeante de los clientes, a la opulencia de una madame que aumenta sus beneficios a medida que disminuye su capacidad de bondad.

En tiempos donde la cuarta ola feminista combate decididamente el relato idealizado de la prostitución, se echa en falta que una buena propuesta, como sin duda lo es Joy, hubiera tenido un compromiso social a la altura de su valor artístico. Más aún cuando en Austria, país de nacimiento de esta cineasta de origen iraní, el ascenso de la extrema derecha puede volver a ahogar a las mujeres en los tiempos oscuros de la primera mitad del siglo XX.

Suscríbete a nuestra newsletter