Las oraciones de Delphine

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"Nadie impedirá que cuente mi historia. Nadie mientras yo pilote este avión. El avión vuela, pasa por encima de todos los países, no se cae. Y si le cae un rayo le saldrán brazos, manos, pies, alas... Me dijeron que no lo conseguiría y lo conseguiré".

Sola ante la cámara, Delphine teledirige estas palabras en un grito desconsolado, tras el cual, sobreviene una mirada pausada entre la amargura y la esperanza. Se trata de un extracto de su testimonio, el de una joven camerunesa que expone el cruel y lacerante relato de su vida, vaciándose por completo bajo el presto objetivo de su amiga y cineasta Rosine Mbakam. Tal como la directora comenta en su epílogo en off, "en Camerún éramos dos chicas separadas por una cultura que nos asignó un lugar a cada una. Allí no nos habríamos conocido. Occidente forzó nuestro encuentro por el color de nuestra piel. Hoy, cuando te veo, te miro, aquí nos atrevemos a estar juntas. Tu audacia pone en evidencia lo que Occidente calla, una dominación que sigue bajo otras formas. Tu fuerza hace revivir a todas las que ignoramos las que marcharon con su dolor. Tu valentía nos obliga a ver a las que vagan aquí o allá, que claman para que oigamos sus lamentos"

A los 13 años fue violada por un hombre mayor, que la condenó al cadalso en perpetuidad, una muerte en vida de la que sigue huyendo hacia delante. Se vio obligada a entregar el manantial de su inocencia a fin de conseguir el dinero para pagar un tratamiento a su pequeña sobrina, que había contraído malaria. Sacrificó su integridad para intentar salvarla y, aún así, fue repudiada por la familia. Su hermana la degradó y la responsabilizó de fallar en el cuidado de su sobrina. Su padre la culpabilizó de haber provocado a aquel hombre tachándola de indigna. Tal como cuenta Delphine, no creyó en ella, le escupió que "le daba asco" y acabó renegando de su propia hija. A pesar de esto, para muchas mujeres del Sur Global, el padre de familia ostenta el papel más importante de la familia y es adorado por aquellas. Por esta cuestión cultural, la protagonista absoluta del filme le implora que la crea y la perdone. Pero no lo hizo, y por este motivo tuvo que poner tierra de por medio cargando ira y odio a partes iguales hacia su padre.

Así comienza Delphine's prayers (Las oraciones de Delphine), un impactante documental rodado en primer plano desde diferentes perspectivas, con la intención de radiografiar el interior de Delphine y extraer sus reflexiones, miedos y anhelos. Tras el reconocimiento obtenido en sus dos primeras películas Chez Jolie Coiffure (Peinado Chez Jolie) y The two faces of a bamiléké woman (Las dos caras de una mujer bamileke), Mbakam vuelve a demostrar que se puede realizar una pequeña producción filmada entre cuatro paredes cuando hay talento para contar una historia de forma que inunde la escena por completo: la vida de una mujer que representa el juguete roto manipulado a conciencia por el sistema patriarcal en su versión más cruda y opresiva, pues hablamos de Camerún, un país donde las mujeres pobres se ven abocadas a la prostitución y en el que la Trata y el colonialismo sexual navegan a sus anchas.

En Camerún, la prostitución comienza a ejercerse en locales clandestinos, en centros de belleza o masajes en los que hay salas especificas para poder estar con prostitutas si el cliente lo solicita. La mayoría de prostitución en África, que se puede concentrar de una forma u otra en las grandes capitales, tiene un importante carácter elitista y su objetivo son los clientes occidentales localizados en hoteles y resorts de lujo donde hay personas capaces de proveerlos de todo aquello que pidan. En las ciudades el grueso de la prostitución está en los suburbios. Por otro lado, las mafias de la trata operan a gran escala en el país, pero es imposible encontrar datos oficiales de mujeres usadas para trata o que ejercen la prostitución; y esto se extrapola al continente africano en general, porque tampoco hay leyes claras al respecto, sobre su legalidad o ilegalidad. Ni siquiera hay estudios suficientes pormenorizados por países de las Naciones Unidas, que permitan sentar cifras rigurosas con las que trabajar.

Defenestrada por su familia, Delphine se vio obligada a prostituirse para sobrevivir, como muchas camerunesas y africanas pobres. Hizo de waka (andadora), así es como se le llama en Camerún a las mujeres prostituidas que circulan por las avenidas. Alrededor de su cabeza siempre planeó la ilusión de mejorar su vida, como la mayoría de mujeres africanas: "Cuando eres una niña siempre piensas cosas maravillosas para tu vida, vivir en otro lugar, etc, pero la desilusión pronto llama a tu puerta. Si abres la puerta, entra, y si entra, se queda. Nunca se va, no hay escapatoria. La desilusión es mala"

En un momento dado, dejó la calle y se dedicó a asar maíz. Según su relato, "en esa época, un francés joven y rico se enamoró de mí. Él iba a Europa muchas veces pero volvía para verme, me hacía regalos caros. Se quedaba mucho tiempo, pero volvía a su hogar. Quería casarse conmigo, incluso me trajo un anillo de pedida. Pero estuvo sin verme 4 años y cuando volvió yo ya estaba casada y embarazada. Si hubiese tenido paciencia ahora estaría enamorada y feliz, pero los africanos lo queremos todo rápido, nos empeñamos en tragar antes de masticar".

Se casó con un hombre de nacionalidad belga sin estar enamorada para intentar escapar de su infierno cotidiano y escalar a contracorriente. Para obtener el visado en el consulado de Bélgica en Camerún sufrió varias denegaciones y reiterados "vuelva usted mañana". Cuenta que la última vez se pasó allí toda la mañana sin que la atendieran, "después de haber viajado desde Duala hasta Yuandé y haber pagado una noche de hotel. Tuve que montar un escándalo y tirarme al suelo en medio de la sala consular para conseguirlo. Cuando llegué a Bélgica el hombre blanco alucinó al leer en el certificado de matrimonio ‘opción monógama’ y me llevó a su despacho a hacerme preguntas estúpidas del tipo ‘de qué color eran las sábanas’ ‘dónde hizo el amor con su marido por primera vez’". Delphine concluía la historia entre risas sarcásticas: "al final teníamos que ser un fraude de matrimonio por el simple hecho de ser yo negra y él blanco". 

Delphine sufrió desde muy pequeña, la violencia machista en su país, por parte de sus "hermanos" de raíz. Este descarnado relato evidencia en primera persona que la batalla del feminismo no sólo es una cuestión de lucha de clases sociales sino que es una lucha contra el patriarcado, un sistema despiadado que tiene múltiples caras y opera en todos los contextos sociales. Pero también sufrió el colonialismo sexual, venida de Europa, otra forma de violencia más sutil, pero de igual calado, pues cumple perfectamente su función dentro del engranaje que retroalimenta la cadena de la esclavitud sexual, que muy lejos de mermar en el siglo XXI, se perpetúa a velocidad de crucero. Por último, siendo residente en Bélgica, ya casada con un hombre belga y habiendo concebido hijos fruto de este matrimonio, cuando debería haber aflojado los grilletes de su condena, su marido europeo le aplica una descarga eléctrica permanente en forma de colonialismo doméstico, basado en que adopte su cultura y extirpe la suya, mezclada con unas dosis de paternalismo eurocentrista empeñado en ningunear sus problemas vitales y tratarlos como desvaríos infantiles: "Se cree que porque no he ido al colegio soy tonta. Pero entiendo las cosas. Tengo hijos, sin mí, él no los tendría. He vivido mucho, no soy estúpida, tengo cabeza y sentido común. En Bélgica cuesta encontrar trabajo, pero quiero demostrarle a mi marido que me valgo sola. Envío muchos currículum, pero al final uso lo que me dio Dios para ganar dinero. Sigo haciendo la calle. Si me lo hubiese imaginado, no habría venido al paraíso de los blancos. Vine para tener una vida mejor, pero cuando vienen descubren que no es así y buscan lo que sea para sobrevivir, no se rinden porque no quieren volver a África con las manos vacías y ser el hazmerreír de todos. Si tengo que regresar y se burlan de mí no me importa, puedo empezar de nuevo".

En el último pasaje del documental, la protagonista implora indulgencia a Dios en un llanto desgarrado, con un inmerecido sentimiento de culpa por todo lo que "ha hecho mal" en su vida, por haber vendido su cuerpo: "Mi vida solo ha sido sufrimiento y dolor: ni colegio, ni dinero, a todo la gente que pedí ayuda solo quería acostarse conmigo. Si tengo que ayunar seis días, ayunaré. No soy mala".

Este es el relato de una víctima del sistema patriarcal y neoliberal dentro de un denodado filme que desgrana en primeros planos y sin anestesia la pobreza y desventaja estructural de las mujeres en el África Subsahariana. 

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