Los lastres sociales judeocristianos: el doble filo del silencio

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"Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo… hay tiempo para callar y tiempo para hablar" (Ecl 3, 1.7).

Estamos de acuerdo en que esta recomendación del libro de los Eclesiastés tiene un profundo sentido común, muy útil a la hora de relacionarnos. Hay otras muchas recomendaciones cristianas que podríamos enmarcar o por lo menos poner en un posit al lado del ordenador: "Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan". Efesios 4:29. "La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu". Proverbios 15:4. "Es muy grato dar la respuesta adecuada, y más grato aún cuando es oportuna". Proverbios 15:23. "Panal de miel son las palabras amables: endulzan la vida y dan salud al cuerpo". proverbios 16:24. 

Es para fiarse ciegamente. Nadie ni nada que promulgue semejante sabiduría podría ir en nuestra contra, ¿verdad? Efectivamente, es lo que llamo método sándwich, presente en la mayoría de las religiones: hago mía la sabiduría popular y la aprovecho para meter entre medias el adoctrinamiento que persigo. Así que, entre pan y pan de puro sentido común que nos ayuda a convivir mejor, tenemos esto otro: "Guarda silencio ante Jehová, y espera en Él: No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por causa del hombre que hace maldades". Salmo 37:7. "La lengua es un mundo de iniquidad" (St. 3, 6). "Habla mucho con Dios y poco con los hombres" San Efrén. "Bueno es esperar en silencio la salvación del SEÑOR". Lamentaciones 6:16. "Las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar, antes bien, que se sujeten como dice también la ley". Corintios 14:34. "La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción". Timoteo 2:11 —No quisiera entretenerme mucho con la mujer y el silencio en la moral judeocristiana, porque da para ocho artículos como este—. "Y a los tales denunciamos y rogamos en el Señor nuestro, Jesús el Cristo, que, trabajando con silencio, coman su pan". Tesalonicense 3:12.

¿Ves en estos ejemplos la doctrina de la sumisión entre pan y pan? Hay genialidades del cristianismo, como Santa Teresa de Calcuta, capaces de aplicar el método sándwich en una sola frase. Aquí van algunas: "Resulta muy difícil predicar cuando no se sabe cómo hacerlo, pero debemos animarnos a predicar. Para ello, el primer medio que debemos emplear es el silencio". "La cosa más importante no es lo que decimos nosotros, sino lo que Dios nos dice a nosotros. Jesús está siempre allí, esperándonos. En el silencio nosotros escuchamos su voz". "El silencio de la lengua nos ayuda a hablarle a Dios. El de los ojos, a ver a Dios. Y el silencio del corazón, como el de la Virgen, a conservar todo en nuestro corazón". Estas dos no hacen referencia directa al silencio, pero podemos leer entrelíneas: "Aprendemos a través de la humildad, a aceptar humillaciones alegremente". "La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces al día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes hacerlo por la paz".

A través de valores innegables del silencio, como la reflexión, la paz interior, la escucha y el respeto a quien está hablando, la moral judeocristiana consigue adoctrinarnos en el sentimiento de vergüenza hacia la palabra y en la sumisión como práctica diaria del silencio. Este doble filo del silencio, además, gana fortaleza con las conocidas prácticas habituales de tortura hacia quien usa la palabra para contradecir la fe religiosa. Te enseño a estar en silencio para dignificar tu existencia, a hablar si es para aportar y ayudar o defender a los desfavorecidos, pero te castigo severamente si lo que dices no me gusta. Es maltrato de manual, además, multidireccional, desde la manera en la que una persona dialoga consigo misma y se siente culpable por haber hablado, hasta sus relaciones en sociedad, pasando, por supuesto, por el mismo esquema tóxico dentro de las relaciones parentales y de pareja. 

El silencio se convierte en la marca social de esclavos y esclavas, pobres, mujeres y menores de edad. Si bien ha quedado atrás el valor de la mujer sumisa y callada, esta marca sobre los y las menores sigue bien vigente: "No te metas en las conversaciones de mayores", "No hables si no te lo digo", "Estos no son temas para niños", "Calla y respeta" y un largo etcétera que alimenta un adultocentrismo muy religioso (cristiano, hindú, musulmán), padre de todas las opresiones. El silencio se impone en forma de pirámide: los niños y las niñas están en la base, luego se sitúan sus madres, luego esclavos y esclavas, pobres, personas con pensamiento divergente… en la cima tenemos al status quo compuesto por quienes gobiernan y los curas, imanes, sacerdotes que cuidan, a través de cada religión, que nada cambie y que el poder continúe en las mismas manos, generación tras generación.

Este círculo vicioso no podría mantenerse sin la paralela manipulación de la experiencia de sufrimiento y de placer. Todo en las religiones que nos controlan está perfectamente armado, nada se da por azar.

Para acabar este artículo me gustaría reflexionar sobre lo que ganaríamos si en lugar de "ser dueñas de nuestros silencios", nos empoderáramos a través de la palabra. Y es que, al contrario de lo que nos han hecho creer, nos dañan a través de lo que ocultamos. Quien no tiene nada que ocultar, no tiene nada que pueda ser usado en su contra. Y sí, la verdad siempre sale a la luz, pero con la palabra hacemos que el trayecto sea más corto. El silencio es amigo de quienes engañan, critican a las espaldas, trampean… La palabra, sin embargo, es un camino recto entre el pensamiento y la acción. Espero en silencio a ser salvada por Dios: a que la persona que me gusta me preste atención, a que mi responsable me ascienda, a que alguien vea mis valores, a que alguien encuentre interesante mi proyecto… El silencio, disfrazado de humildad, nos devuelve una vida gris y callada, porque destacar es de soberbias y hablar es ruido. 

Ante la duda, antes de guardar silencio, pensemos a quién estamos beneficiando. 

En el próximo artículo, al que acabamos de dar pie, hablaremos de la normalización del adultocentrismo. 

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