Los lastres sociales judeocristianos: la permanencia del dolor y del sufrimiento

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En el primer artículo de esta serie sobre lastres sociales que llevamos cargando durante más de 20 siglos nos detuvimos a analizar la culpa como evasiva de la responsabilidad y como concepto paralizante. 

Para continuar con este análisis, tocaremos la manera en la que la cultura judeocristiana convierte el dolor y el sufrimiento en enfoques desde los que entender el mundo. Este revolucionario cambio de paradigma en cuanto a su contraste con la propia naturaleza humana constituye una base fundamental en la perpetuación de las creencias y tradiciones judeocristianas y, al mismo tiempo, es un lastre social con consecuencias muy profundas.

Vamos a partir de una premisa que doy como cierta, y es la siguiente: Las religiones no inventan estados ni necesidades humanas. El carácter revolucionario de las religiones está precisamente en darle la vuelta a la naturaleza humana, cambiando el enfoque de necesidades y estados preexistentes.

Si partimos de esta premisa, entendemos que el dolor y el sufrimiento forman parte de la vida y, especialmente, de los seres vivos, como avisos para evitar circunstancias y experiencias. ¿He de recordar el dolor y el sufrimiento? ¡Claro! De ello depende mi supervivencia. Entonces, ¿la naturaleza de nuestro cerebro está predispuesta para que el dolor nos genere impronta? Por supuesto. El dolor nos genera impronta para que no repitamos las acciones que nos llevaron a él y, gracias al circuito mesocorticolímbico, buscamos repetir acciones beneficiosas para nuestra supervivencia porque estas acciones nos generan placer.

Para que nos entendamos: nuestro cerebro tiende a recordar de por vida que las bayas son venenosas y busca repetir diariamente la ingesta de plátanos. El dolor nos marca para que no reincidamos en aquello que lo causó. El placer, por el contrario, activa un complejo circuito de acciones y recompensas que busca la repetición.

Entonces, ¿el dolor tiene de manera natural un sitio permanente en nuestro cerebro? Sí. ¿Puedo usar esta característica para darle la vuelta a la naturaleza humana y manipular masas orientándolas a la patologización del placer y a la conceptualización del dolor como base del desarrollo individual y colectivo? ¡La mayoría de las religiones lo han conseguido!

Llegadas a este punto, es posible que pienses: "Esto es demasiado retorcido. Las religiones son mucho más azarosas". Ya… tan azarosas que la mayoría han prohibido el conocimiento, la lectura, la escritura y los libros durante siglos. No sabemos qué sabía la humanidad hace 2000 o 4000 años. Realmente no lo sabemos. Sí sabemos y se ha comprobado históricamente que el conocimiento se puede perder en pocas generaciones, más aún si aceleramos el proceso con quemas de documentación e imposición de silencio.

¡Pero volvamos a lo que nos ocupa! ¿Cómo pasan el dolor y el sufrimiento de ser vivencias que debemos evitar a convertirse en conceptos inherentes al desarrollo de nuestra civilización? Esta pregunta es muy compleja y su respuesta no cabe en un artículo ni en diez, así que necesito simplificar mucho. Regresemos al ejemplo de la baya. Mi cerebro está equipado para que el dolor fluya y posteriormente se quede, con el objetivo de que aflore cada vez que veo la baya. Esto es: si no veo la baya, yo sigo mi vida buscando el placer. Cuando veo la baya, experimento emociones negativas para que no la coma. Teniendo en cuenta entonces que asociamos el dolor a la baya, ¿qué pasaría si cogiéramos bayas o figuras de bayas, las colocáramos por nuestras casas y las lleváramos siempre encima? En primer lugar, no dejaríamos al dolor fluir y luego ubicarse donde necesitamos para que funcione como alerta. En segundo lugar y fruto del regodeo en la maldita baya, el hecho de recordar continuamente lo que hemos hecho mal, nos convertiría en personas ansiosas y enfermas. Sin personas ansiosas y enfermas, el acumulo masivo de excedentes no tendría sentido y tampoco tendría sentido el consumo como hoy en día lo entendemos, ni el capitalismo, claro, pero esos son otros temas. 

Sigamos con la baya. Ahora imagina que esa expresión del dolor fuera una imagen mucho más compleja que una baya, y activara conceptualmente el recuerdo de todo lo que hemos hecho mal, por ejemplo, la imagen de una cruz como evocación de tortura o, directamente, un señor crucificado —aquí observa que la cruz ya existía como símbolo de poder y de conexión con la naturaleza, muy presente en el imaginario colectivo—.

Así que tenemos una cruz de tortura o directamente un señor crucificado en el cabecero de la cama, en el salón y en cadenitas colgado del cuello de la gente. ¿Pero qué alcance y qué profundidad tienen el sufrimiento y el dolor en este símbolo omnipresente? No nos quedemos en el día de la crucifixión de Jesús. Ese es un punto cúlmine con imágenes recordables; hay mucho más. Ahondemos en esa pareja expulsada del Paraíso, que era todo placer, para sufrir por toda la eternidad. 

Detengámonos un poco en esa desdichada pareja que marca el inicio del dolor y del sufrimiento de la civilización que conocemos. "Parirás con dolor". Esta afirmación da tanta grima porque realmente ha marcado nuestro destino. 

No es casualidad que las posturas para dar a luz hayan sido históricamente cómodas para todos los presentes en el parto, excepto para quien pare, que hace esfuerzos inhumanos en contra de la gravedad. Leyendas e historias nos cuentan que los caprichos de monarcas y ginecólogos nos trajeron esta postura especialmente dolorosa y traumática para la madre y la criatura. Pregunto, ¿habría sido posible la imposición del sufrimiento en el parto sin ese "Parirás con dolor" como consigna?

La cruz y todo el imaginario simbólico que activan la creencia de que nuestro destino es sufrir se fortalecen con el simple y radical hecho de que nacemos sufriendo, con el sufrimiento de nuestras madres por bandera. A partir de ahí, todo es un suma y sigue.

"Si duele, cura", "Si el amor duele, es buena señal", "El dolor nos ayuda a crecer", "mientras más sabiduría, más problemas; mientras más se sabe, más se sufre" Eclesiastés 1:18, "Ahora bien —afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos" Joel 2:12,  "Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza" Romanos 5:3-4, "Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento" 2 Corintios 4:17.

Esta manipulación no sería posible sin la paralela demonización del placer y la generación de rechazo hacia nuestro propio y natural circuito mesocorticolímbico, pero la demonización del placer la tocaremos en el siguiente artículo. Ahora sigamos profundizando en los lastres que genera la conceptualización del dolor y el sufrimiento como bases de nuestro desarrollo. 

Volvamos a la baya. En una sociedad sana, las personas recuerdan la baya justo cuando la ven, para alejarse de ella. En cambio, evocan constantemente actividades placenteras que alimentan su circuito mesocorticolímbico. Las actividades placenteras son la base del desarrollo, luego, el pensamiento resultante y, por tanto, la comunicación, serían siempre afirmando y en positivo: aléjate de la baya, aléjate de los prados en los que hay bayas, come plátanos, come mandarinas, come kiwis. En contraste, una sociedad enferma, centrada en la maldita baya, basa el pensamiento y la comunicación en la evocación constante de la acción no deseada a través de la negación: no te acerques a la baya, no vayas a los prados con bayas, no comas bayas, no comas bayas, no comas bayas.

¿Te suena de algo la evocación constante de las acciones no deseadas a través de la negación? "No matarás", "No cometerás actos impuros", "No robarás", "No darás falso testimonio ni mentirás", "No corras que te vas a caer", "No me grites", "No me faltes al respeto", "No hagas" en lugar de "haz". 

Supongo que ya te habías preguntado por qué la mayor parte de nuestra comunicación va al revés. Hay muchas razones. Yo estoy convencida de que el sufrimiento o lo negativo como centro de nuestro pensamiento y nuestras acciones es la razón con mayor peso.

El problema, aquí, no está en lo eficiente que podría ser nuestra sociedad y nuestras relaciones si, en lugar de el "No me hagas daño" usáramos desde la infancia el "Trátame bien" o en lugar del "No lo rompas" usáramos el "Cuídalo". El problema aquí está principalmente en todo aquello que normalizan e incluso potencian el dolor y el sufrimiento como enfoques del desarrollo individual y social de las personas.

¿Qué sería de la histórica violencia de género sin el "amor que duele"? ¿Qué sería del maltrato intrafamiliar sin el "quien te quiere te hace sufrir"? ¿Aguantaríamos a autoridades abusivas si no tuviéramos tatuado a fuego que merecemos sufrir? ¿Qué sería de los movimientos de cambio social si a los líderes de las contratendencias no se les exigiera sufrir más que nadie? ¿Qué sería de la culpa sin el enardecimiento del dolor y del sufrimiento?

Aquí también cabe establecer diferencias entre la manera en la que las clases dominadas y las clases dominantes conceptualizan y vivencian la culpa, de la que hablamos en el anterior artículo, el sufrimiento y el dolor, pero ese análisis lo dejaremos para el final. En el próximo artículo hablaremos de la demonización del placer.

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