Los lastres sociales judeocristianos: perpetuación del adultocentrismo

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"Los hijos son una herencia del Señor; los frutos del vientre son una recompensa" Salmo 127:10.

Nos ha costado llegar a un análisis social que permita detectar y desaprender la normalización de la esclavitud como sistema social y la normalización del patriarcado. Ahora nos resultan inimaginables frases como "Controla a ese negro, que se te va a subir a la chepa" o "Controla a esa mujer, que se te va a subir a la chepa". Hace menos de 100 años eran frases habituales, igual que era habitual prohibir actividades a las mujeres o eran habituales aquellos carteles que negaban la entrada a personas racializadas en determinados establecimientos de hostelería. 

Las niñas y los niños, por desgracia, no han corrido la misma suerte y siguen escuchando "Controla a ese niño que se te va a subir a la chepa" o siguen leyendo en hoteles y restaurantes "no se admiten niños". 

Este fenómeno que lastra y mutila a la sociedad desde que empiezan a desarrollarse los individuos que la conforman se llama adultocentrismo

Aún nos parece normal pegar a un niño o a una niña, forzarla a comer algo que no le guste, tratarla como si fuera inútil o mandarla a callar al rezo de "No te metas en las conversaciones de mayores". Este fenómeno que lastra y mutila a la sociedad desde que empiezan a desarrollarse los individuos que la conforman se llama adultocentrismo. 

La sociedad no nos da 18 años para que maduremos y tomemos decisiones acertadas. La sociedad se da a sí misma 18 años para adoctrinarnos y que todas nuestras acciones estén bajo la tutela de una "persona mayor" hasta que dejemos de ser un peligro para los poderes facticos. 

¿Te suenan estas preguntas? "Mamá, ¿por qué hay ricos y hay pobres?", "¿Por qué cuidamos a los perritos y nos comemos a las vacas?", "¿Por qué cazamos leones si se están extinguiendo?", "¿Por qué hay gente que roba?", "¿Por qué hay gente que mata?", "¿Por qué hay gente que duerme en la calle?". ¿Cuándo dejaste de hacer estas preguntas? ¿Cuántas veces te respondieron con un "Lo entenderás cuando seas mayor"?

Desde que comenzamos a usar la razón, deseamos ser mayores para poder decidir, para ser dueñas de nuestras propias vidas, para tener derechos, para que se nos tome en cuenta. Entre tanto, y según el continente o el país en el que nos haya tocado nacer: nos ponen a coser zapatillas de sol a sol o nos tratan como inútiles porque "No sabes", "Te puedes quemar", "Quita que ya lo hago yo", "Te vas a caer", "Te vas a cortar", "Vas a estar dos horas y al final me tocará hacerlo a mí", "Si lo haces tú, me tocará hacerlo a mí dos veces", "Lo único que tienes que hacer en casa es estudiar".

Ninguna sociedad parece entender realmente que los niños y niñas no son proyectos de adultos, ni propiedad de sus progenitores, ni cargas, ni "personitas"; son personas completas con una edad que las condiciona, pero no las inhabilita. Nuestra misión, como adultas, es ayudarlas a tener tareas, responsabilidades y tomar decisiones tan pronto como puedan hacerlo, que no es a los 18 años sino muchísimo antes. ¿Nos da pánico la posibilidad de que una niña o un niño de diez años esté preparada para tomar sus propias decisiones, verdad? Es el mismo miedo que experimentaba alguien del SXVIII al imaginar siquiera que las mujeres pudieramos estudiar, vivir de manera independiente, tener una cuenta en el banco, etc… Exactamente el mismo miedo. Por eso, hoy, igual que hace décadas se idiotizaba a las mujeres y a las personas racializadas, seguimos idiotizando a las niñas y a los niños. Ya llegadas a la adolescencia y a la juventud, además, las responsabilizaremos de todos los males de la sociedad.

El adultocentrismo, como limitación primigenia y opresión base para que el resto del sistema funcione, está arraigado en todos los aspectos de la sociedad y aparece muy presente en todas las religiones. De hecho, podríamos decir que es uno de los pilares de la cultura judeocristiana: somos hijas e hijos de Dios. Dios nos tutela, nos cuida, nos rescata, nos reprende y nos perdona la vida indefinidamente desde que nacemos hasta nuestra muerte. Zafarnos de la tutela de Dios es caer en brazos del diablo. 

A partir de aquí —pasando por alto los sacrificios infantiles, infanticidios o conatos de asesinatos de niñas y niños que plagan los textos sagrados—, nos encontramos con una sociedad en la que se suceden las tutelas y se disfrazan las opresiones de supuesta dependencia natural e incuestionable. Dios tutela al hombre, porque el hombre sin Dios es una oveja descarriada; el hombre blanco tutela al racializado, que es primitivo y no sabría vivir en sociedad sin el hombre blanco; el hombre blanco y el hombre racializado tutelan a sus respectivas mujeres, que sin hombres no son nada; y todos los anteriores tutelan a las niñas y niños, considerados frutos, bendiciones, herencias o cargas que, por supuesto, no pueden vivir sin adultos.
 
Quiero abrir un inciso, por si algún antiabortista pudiera apoyarse en algo de lo aquí escrito para argumentar la obligación de parir: estoy hablando de niñas y de niños, no estoy hablando de fetos. Un feto puede ser una carga; una niña o un niño es una persona físicamente formada e independiente.

¡Seguimos!

Como ocurre con el silencio, del que hablamos en el artículo anterior, para promulgar el adultocentrismo, los textos sagrados también hacen uso del método sándwich, esto es: opresión entre pan y pan de sabiduría y de sentido común. Así que tenemos citas como esta: "Jesús reconoció el valor de los niños y los puso como ejemplo de cómo debemos recibir el reino de Dios. ¿Has visto a un niño recibir un regalo? Lo admira y muestra su agrado dando saltos y riendo. Así es como debemos recibir el reino de Dios en nuestros corazones, con mucho gozo, valorándolo como el tesoro más preciado que jamás podremos recibir". (Mateo 13:44). Junto a esta otra: "En ese momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Entonces dijo: Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos". (Mateo 18:1-4). Aquí van otras que son para enmarcar: "Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará". (Proverbios 22:6). "Queridos hijos, apártense de los ídolos". (Juan 5:21. "Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten". (Colosenses 3:21). "Atiende, hijo mío, las correcciones de tu padre, y no menosprecies las enseñanzas de tu madre". (Proverbios 1:8). Abren boca para que entren mejor estas otras: "Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor". (Colosenses 3:20). "Cada uno temerá a su madre y a su padre". (Levítico 19:3). "El que escatima la vara odia a su hijo, mas el que lo ama lo disciplina con diligencia" (Proverbios 13:24). "Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza" (Proverbios 19:18). "La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él". (Proverbios 22:15). Esta me interesa especialmente porque da pie a todo un refranero que usa la palabra "niño" como insulto: "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño". Corintios 13:11. ¿Recuerdas cuando oías a "los mayores" decir "Te comportas como un niño" y sentirte de pena al pensar en el significado de la frase? ¿O bien aprendiste temprano a normalizar que por ser niño eras inferior? 

Si los insultos fueran pasteles, las niñas, por nuestra parte, nos empachamos desde bien pequeñas: "Pegas como una niña", "Lloras como una niña", "Corres como una niña", "Pataleas como una niña" y un largo etcétera debidamente reforzado por las culturas religiosas y sus respectivos textos sagrados. 

Veamos algunas citas bíblicas que normalizan la opresión sistemática hacia las niñas y mujeres: "y velad; y he aquí, si las hijas de Silo salen a tomar parte en las danzas, entonces saldréis de las viñas y tomaréis cada uno una mujer de las hijas de Silo, y volved a la tierra de Benjamín. Y sucederá que cuando sus padres o sus hermanos vengan a quejarse a nosotros, les diremos: dádnoslas voluntariamente, porque no pudimos tomar en batalla una mujer para cada hombre" (Jueces 21:21-25). "Aquí está mi hija virgen y la concubina de él. Permitidme que las saque para que abuséis de ellas y hagáis con ellas lo que queráis, pero no cometáis semejante infamia contra este hombre". (Jueces 19:24). "Y salió Dina, la hija de Lea, a quien ésta había dado a luz a Jacob, a visitar a las hijas de la tierra. Y cuando la vio Siquem, hijo de Hamor heveo, príncipe de la tierra, se la llevó y se acostó con ella y la violó. Y él se prendó de Dina, hija de Jacob, y amó a la joven y le habló tiernamente. Entonces Siquem habló a su padre Hamor, diciendo: Consígueme a esta muchacha por mujer". (Génesis 34:1-4). 

Desaprender y deconstruir la cultura adultocentrista, tan arraigada en nosotras desde hace miles de años, es confiar en el propio ser humano. Hay corrientes filosóficas que nos instan a matar a Dios desde el punto de vista de la construcción individual y social, otras corrientes filosóficas hablan de la muerte del macho para referirse a la deconstrucción del patriarcado. Tal vez, demos un paso mucho más interesante el día que nos planteemos matar al adulto. En el siguiente y último artículo de la saga hablaremos de la perpetuación de un modelo familiar limitante. 

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