En Líbano, un grito contra el sistema de Kafala

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Rahel Zegeye mira con incredulidad el patio de butacas: la sala del cine se ha quedado pequeña y los organizadores han tenido que improvisar una segunda proyección para acomodar a quienes se han acercado a ver su película. Con semanas de retraso debido a numerosas trabas administrativas, se ha estrenado en Beirut 'Shouting without a Listener' ('Gritando sin que nadie escuche'), un relato coral que personifica en tres jóvenes etíopes la terrible vida de miles de trabajadoras domésticas migrantes en Líbano.

Unas 250.000 mujeres de nacionalidades como Etiopía, Sri Lanka, Filipinas o Bangladesh trabajan como internas en este pequeño país mediterráneo de apenas 6 millones de habitantes. El filme explora el entramado del sistema Kafala, un mecanismo laboral muy extendido en Oriente Medio por el cual el empleador avala a su empleado o empleada extranjeros mientras dure el contrato y a cambio obtiene plena potestad sobre ellos. Lo que en principio debería ser una garantía de protección para el trabajador, se convierte en su condena.

El filme explora el entramado del sistema Kafala, un mecanismo laboral muy extendido en Oriente Medio por el cual el empleador avala a su empleado o empleada extranjeros mientras dure el contrato y a cambio obtiene plena potestad sobre ellos

'Shouting without a listener' es la segunda producción escrita por esta etíope de 37 años, cineasta y activista, que lidera el colectivo de empleadas domésticas Mesawaat. De pequeña estatura y modales suaves, Zegeye parece frágil a primera vista, pero se transforma cuando habla de su particular batalla: "Llevo en Líbano desde los 19 años; desde hace 16, luchando por los derechos de las trabajadoras domésticas migrantes. Y aún nos siguen tratando como a sus perros", denuncia en una entrevista con Kamchatka pocas horas antes de la proyección. "Por mucho que gritemos, no nos toman en serio, nadie nos escucha... de ahí el nombre de la película".

Si con su primer filme, 'Beirut', solo pretendía mostrar la realidad de Líbano a otras mujeres para que supieran a lo que se exponen cuando deciden venir, "esta nueva película es también para la sociedad libanesa. Si después de verla vuelven a casa y tratan mejor a las personas que trabajan en ella, ya sería mucho... Hace falta una reflexión colectiva", considera.

Ideado inicialmente como una pieza teatral, el filme narra el infierno que viven estas mujeres: todo un rosario de abusos que van de la explotación laboral a la violencia física, las agresiones sexuales y o los abortos forzados en casa de sus empleadores; de la prostitución, a la deportación o el suicidio, cuando tratan de escapar. En la película, protagonizada por actrices amateur que son trabajadoras domésticas en la vida real (Zegeye entre ellas), también pueden verse los excesos de las agencias de colocación, que se aprovechan de su vulnerabilidad para estafarlas; la negligencia y corrupción de las embajadas de los países de origen, que se desentienden completamente de ellas, o el profundo racismo y la discriminación que sufren en el país de acogida.

¿Un relato exagerado? Al menos eso opina uno de los espectadores, un libanés en la sesentena que protesta en la ronda de preguntas posterior a la proyección ("No todos somos así, en Líbano la mayoría es gente buena", se queja en un tono similar al usado en otras variantes de #NotAll). Apuntando a la pantalla, Rahel Zegeye responde serena: "Caballero, eso que acaba de ver es la mitad de mi vida y la de las infinitas mujeres que he conocido desde que estoy aquí". La emoción en los rostros de las primeras filas de butacas, ocupadas por mujeres como las protagonistas del filme, hace intuir que no se aleja demasiado de la realidad.

Grupos proderechos humanos locales e internacionales llevan años denunciando las terribles condiciones de vida de las personas empleadas bajo el sistema de Kafala; en el informe 'Su casa es mi prisión' lanzado por Amnistía Internacional el pasado abril, una treintena de trabajadoras entrevistadas evidencian hasta qué punto son habituales abusos como la retirada automática del pasaporte nada más llegar al país para evitar que huyan, jornadas laborales de más de 10 horas diarias siete días a la semana por salarios de entre 100 y 400 dólares al mes, violencia física o psicológica... La desesperación las empuja a escapar como sea, muchas veces con resultados trágicos: según reveló en 2017 The New Humanitarian (antigua agencia Irin News) usando información facilitada por el propio gobierno libanés, dos trabajadoras domésticas mueren cada semana por causas no naturales. Los datos no están desagregados, pero generalmente se trata de suicidios o accidentes mortales al tratar de saltar desde terrazas o balcones.  

Dos trabajadoras domésticas mueren cada semana en Líbano por causas no naturales

  • Tejiendo redes, alzando la voz

Tras décadas sufriendo en silencio, las empleadas domésticas han dicho basta. Hartas de unas condiciones laborales abusivas y la indiferencia generalizada de la sociedad y las autoridades, han empezado a autoorganizarse en redes de solidaridad para prestarse ayuda entre sí y luchar por abolir este sistema.

En 2015, unas 300 trabajadoras trataron de formar el primer sindicato de empleadas domésticas de la región. La iniciativa quedó frustrada por la ley libanesa, que no contempla la sindicalización de sectores no incluidos en su código laboral, como el trabajo doméstico o la agricultura (precisamente aquellos que se nutren en mayor medida de población migrante). Este fracaso, sin embargo, dio pie a la creación de la Alianza de Trabajadoras Domésticas Migrantes de Líbano, una organización que aúna media decena de nacionalidades y lleva a cabo multitud de acciones de protesta y talleres informativos sobre derechos laborales o educación sexual.

Mesawat -que en amárico significa algo así como dar lo poco que se tiene a otra persona que lo necesita-, el colectivo creado por Rahel Zegeye, es por su parte uno de los más organizados y numerosos de todo Líbano: con presencia en ocho ciudades del país, en la actualidad se compone de unas 200 mujeres, que emplean su escaso tiempo libre para ofrecer consejo, asesoramiento y apoyo a trabajadoras domésticas -a las que ya están en el país y a las que aún no han llegado-, facilitar ayuda material, como ropa y tarjetas telefónicas, o visitar a las que están enfermas o detenidas en hospitales y prisiones. "Y por supuesto, ejercer presión política", destaca esta incansable activista.

El domingo 5 de mayo, las empleadas domésticas extranjeras volvieron a manifestarse en Beirut con motivo del Día Internacional del Trabajo para reivindicar sus derechos y reclamar una vez más la abolición del sistema Kafala. Medio millar de asistentes, entre trabajadoras, activistas y simpatizantes (un grupo nutrido para los estándares de afluencia en protestas en el país), recorrieron las calles de la capital libanesa, entre cánticos, eslóganes y saludos lanzados hacia los balcones a los que asomaban aquellas que ni siquiera tienen descanso dominical.

Las empleadas domésticas extranjeras volvieron a manifestarse en Beirut con motivo del Día Internacional del Trabajo, a pesar de exponerse a ser arrestadas o deportadas

Al participar en protestas se exponen a ser arrestadas o deportadas: la mayoría de las presentes ni siquiera tenían los papeles en regla, pero aquellas en situación regularizada también pueden ser expulsas del país sin contemplaciones, como ya ha ocurrido con numerosas activistas en los últimos años. Y pese a todo, "cada vez son más enfáticas y públicas respecto a sus demandas", afirma admirativa Rahaf Dandash, coordinadora del Centro de Migrantes de Beirut. Esta sección del Movimiento Anti-racista de Líbano (ARM, por sus siglas en ingles), fue abierta en 2015 con vocación de convertirse en un espacio seguro para los trabajadores extranjeros en Líbano y contribuir a crear "una sociedad civil migrante fuerte" en el país, explica Dandash. Cada semana acuden unas 500 personas al centro, donde se imparten talleres y se ofrece asesoramiento legal, pero también formación en activismo. La coordinadora ha sido testigo del nacimiento de varios colectivos promovidos y liderados por trabajadoras migrantes, como Mesawat o el también etíope Engna Legna.

"Las fundadoras de Egna Legna se conocieron en nuestro centro, al que la gente viene por motivos muy diversos: activismo, pero también en busca de ayuda legal, entretenimiento o nuevas amistades. Esas chicas no tenían formación previa ni recursos, algunas eran muy tímidas, y hoy se han convertido en líderes comunitarias. Son mujeres fuertes, hablando por sí misma", se enorgullece. La Alianza, Mesawat o Engna Legna afirman luchar desde el "eminismo interseccional" para combatir el racismo, la discriminación o el sexismo que sufren a diario, así como, en último término, acabar con el sistema de Kafala.

La Alianza, Mesawat o Engna Legna afirman luchar desde el "eminismo interseccional" para combatir el racismo, la discriminación o el sexismo que sufren a diario

A diferencia de otros grupos creados con un propósito puramente asistencial, los nuevos colectivos son fuertemente combativos y declaradamente políticos. En colaboración con ONGs locales como ARM, trabajan de forma activa en el empoderamiento de sus integrantes, organizando con frecuencia talleres de autocuidados, habla en público, comunicación con los medios, e incluso formación de formadores, con el objetivo de que las participantes puedan extender lo aprendido a sus respectivas comunidades.

  • ¿Luz al final del túnel?

Aunque la normativa legal sobre la que se sustenta el sistema de Kafala sigue a día de hoy intacta, por primera vez, el gobierno ha mostrado una intención real de cambiar la ley vigente. El nuevo ministro de Trabajo, Camille Abusleiman, ha calificado de "esclavitud moderna" el actual mecanismo de tutela y ha manifestado su intención de, si no acabar con él, al menos reformarlo para hacerlo más justo. Por el momento, ha creado un comité para estudiar la ley y se ha reunido con ONGs y grupos implicados, que se muestran cautos pero esperanzados.

En cuanto a la visibilidad pública del problema, los medios de comunicación han empezado a reportar las muertes de trabajadoras domésticas y parte de la prensa escrita se hacen eco con cierta asiduidad de este espinoso tema. Aún queda un largo camino para que la sociedad libanesa trate a las mujeres a quienes confían su hogar o el cuidado de sus hijos como a iguales, pero las afectadas son cada vez más conscientes de la injusticia que representa su situación y ya no están dispuestas a sufrir en silencio.

Iniciativas como la película de Rahel Zegeye son actos de resistencia cotidiana, y cada nueva acción suma. Puede que pocos las escuchen, pero "las chicas se encierran menos, cuentan sus problemas y buscan soluciones. La red de solidaridad está creciendo. Cada vez somos más en la calle protestando y exigiendo nuestros derechos", asegura la activista.

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