Llámalo mercenariazgo

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Hemos llegado a un punto en el que el sistema hegemónico de orden social, producción y consumo (capitalismo neoliberal) es radicalmente opuesto a los intereses más básicos del ser humano. Mantener un estilo de vida como el actual nos conduce, irremediablemente, hacia el colapso climático y civilizatorio, un fenómeno mucho más cercano de lo que estamos dispuestos a aceptar que desencadenará el fin de la vida -al menos la nuestra- en la Tierra. Y no solo eso. La resistencia de la estructura neoliberal ante cambios destinados a mejorar las condiciones de vida de colectivos históricamente pisoteados, como las mujeres o la población racializada, entre otros muchos, evidencia un supremacismo violento, velado e indivisible del resto del pack. 

Los principales interesados en perpetuar este sistema son, por lo tanto, un escollo a superar no solo para progresar como especie, sino para actuar de acuerdo con uno de los instintos primarios que mejor define a la humanidad: la supervivencia.

El drama surge en el momento en que esos mismos baluartes del régimen suicida en el que estamos inmersos cuentan con una influencia inmensa en la toma de decisiones de los organismos que rigen la dirección del planeta, ya sean Estados u organizaciones supranacionales. Y es que la quintaesencia del sistema capitalista es precisamente esa: permeabilizar la esfera política ante el ascenso meteórico de unos pocos trileros que han aprovechado la catarsis desregulatoria para hacerse dueños de la plusvalía de millones de trabajadores y trabajadoras. En una suerte de proceso de selección negativa, el sector más despiadado del empresariado es el que consigue medrar, y su filosofía de acumulación patológica, cueste lo que cueste, trasciende hasta convertirse en la mano que mece la cuna de la sociedad humana.

La política contemporánea es, así, la antipolítica, pues abandona la ideología y entrega la gestión del territorio -y sus gentes- al criterio empresarial, al "electoralismo". Combinado con la introducción de las élites económicas, este hecho termina de construir una clase política que ha pasado de representar las necesidades de la mayoría social a situarse en una posición de rotundo antagonismo frente a la sociedad civil. 

En un contexto como el actual, en el que constantemente salen a la luz escándalos y catástrofes que dejan a la vista las putrefactas costuras del sistema, invisibilizar la relación directa que tienen todas estas funestas consecuencias humanas y ecológicas con el engranaje capitalista es condición de necesidad para su supervivencia. Es aquí donde entra en juego un elemento que podría frenar la vorágine autodestructiva: los medios de comunicación.

El antiperiodismo de masas

La estrategia escogida para evitar que el maltrato sistémico derive en revueltas ciudadanas es de una sencillez pasmosa; su éxito, uno de los mayores batacazos de la racionalidad crítica en la historia de la humanidad. Se trata de definir el capitalismo como la única alternativa aceptable. Así de simple, sin necesidad de explicar los motivos que conducen a dicha conclusión. Francis Fukuyama lo llamó "el fin de la Historia".

El periodismo, en cuanto que generador de opinión, es una de las conquistas prioritarias para la tiranía neoliberal. También su principal amenaza, puesto que podría revelar el carácter opresor, esclavizante y autodestructivo que aguarda tras las promesas de bonanza económica. Como no podía ser de otra forma, el proceso de amordazamiento consistió en la adquisición, por parte de ese engendro que conjuga lo más inhumano del ámbito financiero y lo más deshonesto de la política, de los grandes medios de comunicación.

Durante muchos años, conceptos como el "periodismo partidista" disfrazaron de simpatía ideológica la servidumbre ante los guardianes del régimen

Durante muchos años, conceptos como el "periodismo partidista" disfrazaron de simpatía ideológica la servidumbre ante los guardianes del régimen. Si bien es reprochable guiar la labor informativa en función de la coincidencia o no con criterios morales propios, existe un inevitable sesgo subjetivo que, aunque deba reducirse al máximo, facilita la tolerancia para con estos incumplimientos de la deontología profesional. El resultado es la convicción de que existen dos formas de hacer periodismo, de izquierdas o de derechas, entre las que hay que encontrar un equilibrio. Es lo que ocurre con La Sexta y Telecinco, la Cadena SER y la COPE o El País y el ABC.

Al igual que los beneficios de los grandes conglomerados empresariales y la fusión de lo político con lo económico, la aparición de grietas a través de las que se vislumbra el colapso civilizatorio crece de forma exponencial. Desde fenómenos de gran escala, como la pandemia de covid-19, hasta dramas más personales, como la desaparición paulatina del empleo de calidad o el derecho a la vivienda, la realidad ha ido resquebrajando ese cartel cegador que reza consignas vacías como "libertad de mercado" o "propiedad privada". La crudeza de lo cotidiano está empezando a desvelar que, detrás de las bombillas de colores, se esconde una oscuridad insondable. 

Poco a poco, esa dualidad que dividía la labor periodística en función de la ideología de la audiencia ha ido también perdiendo la pátina luminosa que la bañaba. Cuanto más tangible se muestra la oposición frontal entre el rumbo invariable del sistema neoliberal y los intereses de la enorme mayoría de la población, más sencillo es dilucidar la falacia de las diferentes formas de hacer periodismo. Si denominamos antipolítica a la fagocitación de los criterios políticos por parte de la tiranía del beneficio económico; ese mismo proceso, extrapolado al terreno mediático, ha dado lugar al antiperiodismo.

El Grupo PRISA aglutina el diario generalista más leído, el segundo diario deportivo más leído, la emisora de radio generalista más escuchada y las dos emisoras musicales más escuchadas en toda España. Entre sus principales accionistas hay fondos de inversión dedicados a la especulación y multimillonarios envueltos en algunas de las corruptelas más importantes del país; es decir, la actividad de sus medios de comunicación está financiada por personas o entidades cuya existencia se sustenta, directa e inequívocamente, sobre los pilares del capitalismo más voraz: mercantilización de los hogares, evasión fiscal, puertas giratorias y un larguísimo etcétera. Así las cosas, el diario El País o la Cadena SER deben trabajar por la perpetuación de estos mecanismos si no quieren ver desaparecer su sustento económico. El hecho de que esto ocurra con la totalidad de los medios de comunicación de masas tradicionales conforma el mencionado antiperiodismo.

Detrás de la falsa dualidad entre medios de izquierdas y medios de derechas hay un panorama mucho más incómodo, sobre todo por la chirriante contradicción que pone ante los ojos de todas aquellas personas convencidas de la pulcritud de nuestra democracia: el periodismo, ese cuarto poder tan importante para el buen funcionamiento democrático, hace mucho que abandonó su camino para enrolarse en las filas del capital, ejerciendo de salvaguarda de los intereses más oscuros del mismo. Pero no todo son malas noticias. Como reacción a esta escandalosa deriva, nacieron -y siguen haciéndolo- numerosos medios de comunicación comprometidos, desde su más temprana concepción, con la independencia como valor supremo.

La fotografía resultante no muestra dos formas de llevar a cabo una misma labor, sino dos labores antagónicas. Por un lado, y ante el incontenible derrumbe de la mentira neoliberal, los grandes generadores de opinión tradicionales actúan como puros dispositivos de desinformación, con el objetivo de posponer al máximo la llegada del cambio de régimen y alargar, así, la duración de una tiranía que enriquece inmensamente a sus dueños. Aquí es donde se dan la mano, con la solidez de quien tiene la certeza de que su compañero moriría por él, La Sexta, COPE, El País, Telecinco, ABC y la Cadena SER. Por el otro, un periodismo que vela por los intereses de la sociedad humana -ergo, choca con los de las élites- como si de un servicio público se tratase. Ambas tipologías cuentan con infinitos matices en su seno, y la primera trata con esmero de ocultar su cometido con movimientos de auténtico ilusionista, pero no es difícil desentrañar la pertenencia a una u otra categoría.

La transición ecológica es uno de los filtros que ofrece, con solo una mirada rápida a través de él, las pruebas necesarias para diferenciar desinformación de periodismo. No aceptar las evidencias científicas que alertan sobre la carrera suicida hacia el colapso climático en la que estamos inmersos no es una opinión válida, y mucho menos un enfoque legítimo para afrontar cualquier tipo de información. Por lo tanto, todas y cada una de las piezas con apariencia periodística que, versando sobre cuestiones de esta índole, no hablen del cambio en los patrones de producción y consumo como un trance inevitable, podrán ser etiquetadas, sin pudor, como pertenecientes a una labor de mercenariazgo para con el capital.

Con la gestión de la vacunación y de la covid-19 en general ocurre algo muy similar. Podrán adoptarse miles de perspectivas a la hora de explicar qué está ocurriendo, por ejemplo, con los problemas de stock, pero todas deben mencionar que el origen de cualquier disfuncionalidad está en las decisiones de los países ricos de colocar los intereses económicos por encima de los criterios de salud pública. Decisiones que, de nuevo, reportan amplísimos beneficios a ese insignificante grupúsculo de enfermos del dinero. Describir la realidad obviando esta arista de la misma es, también, ser mercenario de la desinformación interesada.

Parcialidad, sí: con los intereses de las grandes mayorías

Destapar las tramas ocultas a través de las cuales el capitalismo neoliberal intenta vaciar de sentido la democracia suele conllevar acusaciones de parcialidad, que buscan deslegitimar la capacidad profesional del periodista. Estos ataques proceden del propio conglomerado desinformador que conforman los diarios, televisiones y emisoras pertenecientes al aparato neoliberal, y se apoyan en argumentos que denuncian una relación interesada entre el medio en cuestión y la izquierda política. Es decir, proyectan de forma despectiva en sus "rivales" un reflejo idéntico de su propio funcionamiento.

Destapar las tramas ocultas a través de las cuales el capitalismo neoliberal intenta vaciar de sentido la democracia suele conllevar acusaciones de parcialidad

Hagamos una aclaración antes de terminar: negar la existencia de panfletos partidistas en todos los sectores ideológicos -izquierda incluida, claro- sería mentir, y es importante desenmascararlos para que su apariencia informativa no lleve a equívoco; pero aquí no se está hablando de la adscripción a un programa electoral u otro, sino de la tarea de perpetuar, mediante la ocultación metódica de sus catastróficas consecuencias, un régimen socioeconómico que está por encima de las urnas.

Resuelta esta posible confusión, se puede dar carpetazo a la cuestión de la parcialidad: claro que existe, pero no tiene nada que ver con partidos políticos; se trata de un posicionamiento a favor -o en contra- de los intereses generales de la sociedad. Si defender la necesidad imperiosa de evitar que existan personas que, aun contando con empleos a jornada completa, no puedan disfrutar de una vivienda digna supone estar en contra de cierta ideología, parece evidente que el problema no está en la profesionalidad de quien informa.

De igual manera, no sería riguroso afirmar que la infamia desinformadora -y legitimadora del fascismo- de Ana Rosa Quintana, Vicente Vallés, Susanna Griso, Antonio García Ferreras o Joaquín Prats -entre otros muchísimos nombres- se debe a que son acérrimos votantes de Vox. Si mañana surgiese un partido que ofrece una mayor utilidad a las grandes fortunas que encabezan el oligopolio mediático, estos y otros mercenarios no tardarían ni un segundo en alinearse con sus consignas, pues no defienden otra ideología que los intereses de los más privilegiados.

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