Lolita Lebrón: 25 años de prisión por asaltar el Capitolio de los Estados Unidos

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"Yo no vine a matar a nadie, vine a morir por Puerto Rico", gritó Dolores Lebrón, conocida como Lolita, cuando fue arrestada tras asaltar el Capitolio de los Estados Unidos.

Nacida el 19 de noviembre de 1920, en el seno de una familia humilde, la vida de Lolita Lebrón estuvo marcada por el compromiso político desde su juventud. Se inició en el activismo con apenas 18 años, tras la conocida como ‘Masacre de Ponce’, el asesinato de 19 personas a manos de la policía colonial estadounidense, en 1937, durante las protestas por el encarcelamiento de Pedro Albizu, líder independentista puertorriqueño.

Cuatro años después emigró a los Estados Unidos, donde trabajó de operaria de costura en una gran manufacturera y sufrió la precariedad, el abuso y el racismo al que estaban sometidas las mujeres migrantes latinoamericanas al norte del río Bravo. Al mismo tiempo ejercía labores como delegada del Partido Nacionalista de Puerto Rico en Nueva York, cargo que aprovechó para denunciar, entre la comunidad de expatriados, el régimen colonialista que se escondía tras la constitución del país boricua como Estado Libre Asociado a la bandera de las barras y estrellas. Realizó viajes a lo largo y ancho de los Estados Unidos, visitando los barrios con fuerte presencia latinoamericana, donde afilaba su discurso para sumar adeptos a la causa de la liberación de los pueblos, que según decía, todavía eran prisioneros del "yugo militarista del imperio". 

Aunque en un principio fue defensora de la vía pacífica como herramienta para la consecución de los objetivos políticos, las constantes injerencias del ejército estadounidense en América Latina hicieron virar sus posiciones hacia la estrategia de la confrontación armada. "Los libertadores no somos unos matones, pero no existía otra manera de reclamar", aseguró en una entrevista concedida al diario El Mundo en 1998.

"Los libertadores no somos unos matones, pero no existía otra manera de reclamar"

Lolita Lebrón abandonó cualquier intento de solución dialogada y en 1954, con la directriz de Pedro Albizu, inició un plan de ataque en el corazón mismo de las instituciones más representativas de la política estadounidense. El plan era tan ambicioso como el calado de los objetivos: el Pentágono, la Casa Blanca, por entonces en manos de la administración Truman, la Corte Federal y el Capitolio, pero los recursos eran escasos y la planificación precipitada, por lo que finalmente se decantaron en concentrar esfuerzos en la última de las localizaciones, el edificio que albergaba la Cámara de los Representantes, porque "allí nacieron todas las leyes que nos someten".

La fecha escogida fue el 1 de marzo, el aniversario de los hechos acaecidos en 1917, cuando los Estados Unidos, inmersos en la Primera Guerra Mundial, implantaron la nacionalidad estadounidense en Puerto Rico con el único objetivo de reclutar soldados para sus tropas.

El ataque fue ejecutado junto a los también líderes independentistas Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero, quienes a primera hora de la mañana, accedieron al recinto por una de las puertas laterales hasta llegar a la galería de las visitas. Lolita ondeó la bandera de Puerto Rico, clamó por la libertad de su país y a continuación inició una ráfaga de disparos con armas automáticas que provocaron heridas de diferente gravedad a Alvin Bentley, representante del estado de Míchigan y a otras 29 personas. Todavía hoy, en la bancada del Partido Republicano, se puede apreciar el agujero provocado por el impacto de una de las balas. Las fuerzas de seguridad consiguieron sofocar el atentado en apenas unas horas y el grupo fue detenido y encarcelado.

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Detención de Lolita Lebrón y sus compañeros

Durante el juicio, el fiscal Leo A. Rover solicitó la pena de muerte para los acusados, y aunque la petición fue aplaudida por los medios de comunicación más conservadores, el juez Alexander Holtzoff optó por una condena de privación de libertad que osciló entre los 50 y los 75 años. Lolita cumplió sentencia en la institución correccional para mujeres de Anderson, en Virginia Occidental, donde tuvo que sobreponerse a la muerte de dos de sus hijos y al trato vejatorio que recibía frecuentemente: agresiones, aislamiento y denegación de la atención sanitaria.

A medida que pasaban los años, las campañas de presión que exigían la liberación de los presos comenzaron a ganar peso en el escenario internacional, pero el gobierno de Estados Unidos exigía a cambio una declaración jurada en la que reconocieran la renuncia a sus ideales independentistas y la solicitud de la libertad condicional bajo palabra, lo que de facto significaba la aceptación de los delitos. Lolita y sus compañeros se negaron a participar en cualquier acto de rectificación e incluso repudiaron públicamente la campaña por la excarcelación liderada en 1973 por Rafael Hernández Colón, gobernador estadounidense de Puerto Rico: "No reconozco al Gobierno colonial de Puerto Rico, ni a sus ejecutorias legislativas y judiciales, porque mi patria es, desgraciadamente, un país cautivo", aseguró Lolita.

Tras más de dos décadas entre rejas, las peticiones de clemencia se habían convertido en un clamor: líderes políticos y sociales, organizaciones en defensa de los derechos humanos, la iglesia católica y hasta Kenneth Roberts, uno de los congresistas que resultó herido durante el asalto al Capitolio, sumaron esfuerzos para tratar de variar la postura inmovilista de los organismos estadounidenses, hasta que en 1979, habiendo cumplido 25 años de presidio, el presidente Jimmy Carter concedió la amnistía sin contrapartidas a Lolita Lebrón, Irving Flores y Rafael Cancel Miranda. Andrés Figuero Cordero, el otro implicado, fue liberado meses atrás por motivos de salud y poco después murió, víctima de un cáncer, en su Puerto Rico natal.

Tras 25 años en prisión, el presidente Jimmy Carter concedió la amnistía a los independentistas puertorriqueños

Tras su regreso a la isla, recibida como una heroína por los sectores independentistas, Lolita continuó con su activismo, llegando incluso a ser de nuevo encarcelada durante 60 días, tras participar, en julio de 2001, en el asalto pacífico a la isla de Vieques, un territorio bajo el dominio de la marina estadounidense.

Años atrás, en 1997, ya había advertido de que el largo tiempo de reclusión no lograría quebrar sus convicciones, cuando ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos aseguró que el ataque al Capitolio fue "un grito de libertad de un pueblo amenazado con la extinción". Y añadió: "Tuve el honor de dirigir el acto contra el Congreso de los Estados Unidos el 1 de marzo de 1954, cuando demandamos la libertad para Puerto Rico y le manifestamos al mundo que somos una nación invadida, ocupada y abusada por los Estados Unidos. Me siento orgullosa de haber contestado a la llamada de mi patria".

Lolita Lebrón murió el 10 de agosto de 2010 en San Juan, la capital de Puerto Rico, y hasta el día de ayer, ella y sus compañeros, eran las únicas personas que habían logrado asaltar el Capitolio de Washington. Ahora, tras la intentona golpista perpetrada por los seguidores de Donald Trump, cabe preguntarse si la justicia estadounidense será tan severa con los perpetradores como lo fue contra el canto de libertad de Lolita y sus compañeros. 

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