Mucho más que un globo

Sus críticos recurren a las medianías de los lugares comunes: “Francamente, me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio”, escribe Javier Marías. El lenguaraz novelista descargó las tintas aprovechando su artículo de cabecera en el diario El País, donde es habitual leerle ajustando cuentas con una sociedad que avanza más rápido de lo que sus parietales están dispuestos a tolerar.

Dice el refranero popular que nadie es profeta en su tierra y Gloria Fuertes nunca consiguió evangelizar a un país que hasta no hace mucho había relegado su talento al ostracismo de la segunda clase.

Sin embargo, más allá de los Pirineos, Fuertes es mucho más que “Un globo, dos globos, tres globos”. En el extranjero es considerada como una de las poetas más importantes de la posguerra española. En EE.UU. hay hasta 12 estudios especializados sobre su figura, e incluso la aerolínea Norwegian ha adornado la cola de sus aviones con una imagen de la literata madrileña. Ella y y la chilena Gabriela Mistral son las dos únicas mujeres incluidas en la antología Norton, una recopilación de los 100 poetas más importantes en lengua castellana. Además, autores de la talla de  Gabriel Celaya o José Agustín Goytisolo han alabado su capacidad para “la invención de imágenes, de giros y sonoridades llenos de calidad y de sorpresa”.

Quizá fuera por su condición de feminista, quizá porque era lesbiana o quizá por su espíritu contestatario siempre de frente contra los poderosos; la sociedad de los años grises en la que le tocó vivir nunca la aceptó como una autora digna de su consideración.

Fue en la mirada limpia de los niños donde encontró a sus seguidores más fieles y fue a ellos a los que legó su fortuna. La Ciudad de los Muchachos, un centro educativo para niños en riesgo de exclusión social, recibió los cien millones de pesetas que tenía ahorrados cuando murió, víctima de un cáncer de pulmón provocado por uno de los grandes amores de su vida; el tabaco.

El otro, el de verdad, fue Phyllis Turnbull, una hispanista estadounidense con la que mantuvo una relación de 15 años que nunca ocultó a su círculo más cercano. “Me nombraron patrona de los amores prohibidos”, escribió. En 1970, la muerte de Turnbull la sumió en un pozo de dolor del que intentaba inhibirse con el güisqui, otro de sus romances peligrosos, y cuyas heridas dejó plasmadas en su autobiografía: “Todos los míos han muerto hace años, menos uno. Estoy más sola que yo misma”.

Gloria Fuertes se topó con la muerte demasiado pronto. Su hermano pequeño murió atropellado cuando ella tenía 9 años y a los 17 tuvo que afrontar el fallecimiento de su madre, una modista de remiendos con la que mantenía una relación tirante. Fue ella la que quiso que siguiera sus pasos y con tal fin la matriculó en la escuela profesional de la mujer, pero en aquella joven ya habían florecido otras inquietudes y decidió cursar gramática y literatura, a pesar de la oposición de su familia: “Soy como esa isla que ignorada late acunada por árboles jugosos -en el centro de un mar que no me entiende, rodeada de nada, sola sólo-”.

La actitud rebelde que comenzó a desarrollar a muy temprana edad, y que se convirtió en compromiso político y personal en la madurez, fue uno de los motivos que la alejó del reconocimiento de los círculos literarios de la época. Para Sharon Keefe Ugalde, investigadora de la Universidad de Texas, ser mujer, lesbiana y pobre fueron elementos que jugaron en su contra, mientras que Reyes-Belda, de la Universidad de Indiana, apunta a que su labor para empoderar a las voces silenciadas (mujeres, trabajadores y pobres) resultó un bache en el camino que no logró sortear.

Gloria Fuertes era feminista cuando el papel de las mujeres estaba limitado al ámbito del hogar y los cuidados. “Ser escritora suponía ir contra corriente y requería gran empeño y buscar caminos alternativos frente a puertas cerradas. Numerosos poemas suyos dejan constancia de la desigualdad de género en su época y constituyen una forma de luchar contra los límites impuestos”, asegura Keefe Ugalde.

Han sido precisamente las mujeres, esas a las que consagró gran parte de su activismo social, las que se están afanando en situarla en el lugar que se merece. Ahora que el movimiento feminista surfea su cuarta ola, son muchos los proyectos que están trabajando para reflotar las figuras silenciadas por su condición de género.

El pasado año, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, instituciones públicas y civiles organizaron diversas muestras y exposiciones con los que pretenden sacar a Gloria Fuertes del encasillamiento de la literatura infantil a la que fue sometida, para devolverla a la parcela de la poesía adulta. En el barrio de Lavapiés, su barrio, se llevó a cabo una jornada con rap, versos y cuenta cuentos, y las vecinas reclaman que su nombre ocupe un lugar importante en el callejero. El proyecto “Mujeres que se atreven”, puesto en marcha por los responsables del madrileño Teatro del Barrio, ha llevado este año a las tablas una visión diferente de la vida de la poeta. “De uno en uno todavía los aguanto, pero en grupo son insoportables. Estoy harta de ellos”, dice sobre los niños una Gloria Fuertes interpretada por la actriz Ana Rayo. La obra, escrita por Noelia Adánez y Valeria Alonso, quiere descolgar el sambenito de persona sumisa y angelical para recordar que fue una mujer combativa y rebelde que se atrevió a vivir su vida como quiso, a pesar de la estrecha moralidad de la época, y que contribuyó a desterrar muchos tópicos perniciosos que aquella España en blanco y negro había asumido como parte del paisaje.

No se trata de arrancar a Gloria Fuertes de la memoria colectiva de muchas generaciones de infantes que se acercaron a la lectura por primera vez gracias a sus versos. Se trata, como dice Noelia Adánez, de “ajustar cuentas” con el oficialismo de la historia, que excluyó a Gloria Fuertes más allá de los márgenes de la literatura de primera clase, por el compromiso decidido que tuvo con su género, con su clase y con su vida. 

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