Muere Ana Alba, la periodista que alzó la voz de las mujeres palestinas

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La periodista Ana Alba ha fallecido tras 3 largos años de lucha contra el cáncer. Corresponsal en Jerusalén durante 9 años para El Periódico y el diario Avui, Ana utilizó la tribuna de su oficio para alzar la voz de las mujeres palestinas. Comprometida y luchadora, así la definen los que han sido sus compañeros, se negó a abandonar Oriente Próximo incluso cuando la enfermedad comenzaba a hacer estragos en su salud.

Desde muy joven tuvo claro que su vocación estaba en el reporterismo en zonas de conflicto, allí donde las voces de los más vulnerables apenas resuellan entre los murmullos.de las esquinas. En 1997, 2 años después de licenciarse en periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona, viajó a Bosnia-Herzegovina sin un medio que la respaldara. Solo ella y su voluntad de contar las heridas abiertas que el conflicto bélico había dejado entre la población. Residió 3 años en Sarajevo donde conoció a "personas que nos abren sus casas, sus corazones, comparten con nosotros momentos íntimos a menudo en situaciones de gran sufrimiento y horror. Personas por las que debemos sentir gran respeto y empatía", recuerda su compañera Marta López en el obituario de El Periódico.

Tras los horrores de la posguerra bosnia dedicó los siguientes 10 años de su vida a cubrir las revueltas políticas en Irán y Serbia, siempre con el periodismo como herramienta de denuncia social ,de abajo hacia arriba, implacable con los poderosos y cómplice con el débil.

Decía Kapuściński que el reportero tiene que ir allí donde una historia necesita ser contada, pero al final del camino, siempre hay un lugar que "te agarra por los tobillos". Para Ana, ese lugar donde quiso echar raíces fue Jerusalén, "la frontera invisible", como solía decir. "Vivir cerca de la frontera invisible que separa la Jerusalén occidental de la oriental es un privilegio.La melodía de los muecines que llaman a la oración desde las mezquitas llega a tu azotea, como lo hace el canto de las campanas de las iglesias cristianas. Los viernes, cuando cae el sol, el sonido impetuoso de una sirena te recuerda el inicio del sabbat, día de descanso judío".

Pero Jerusalén también es una vecindad complicada, un territorio que sobrevive en riña permanente, donde la palabra de los dioses es un verbo afilado de arma arrojadiza. Hay pocos lugares en el mundo que necesiten tanto del trabajo de los periodistas honestos, y Ana no quiso abandonar nunca ese compromiso. Los viajes a Barcelona para tratarse la enfermedad siempre eran de ida y vuelta. De vuelta a la frontera invisible.

De sus compañeros siempre tuvo el reconocimiento del cariño y la admiración. "Toda la comunidad de reporteros españoles en Jerusalén la apoyó hasta el final", se puede leer en la nota que ha hecho pública la Asociación de la Prensa Extranjera. Del otro, el oficial, el que viene en un papel con la pomposidad de los asuntos oficiales, le llegó con el Premio Julio Anguita Parrado, por su empeño en poner en el centro del discurso a los que están obligados a sobrevivir en los márgenes del relato. Las eternas olvidadas, en femenino, porque son las mujeres y las niñas, especialmente en zonas de conflicto, las primeras en caer en los huecos del silencio. Hasta allí llegó el periodismo de Ana, como una cerilla en medio de la noche oscura, y a pesar de su fallecimiento, deja un legado para que otras y otros sigan recorriendo el camino que lleva hasta las olvidadas.

La última baldosa es un documental titulado "Condenas en Gaza", realizado junto a la también periodista Beatriz Lecumberri, sobre las mujeres palestinas que padecen cáncer, pero que debido al bloqueo impuesto por Israel no pueden recibir tratamiento. Ana no podrá ver el estreno de su último trabajo, que ya está prácticamente terminado, pero a buen seguro que de la semilla que ahora nos ha dejado germinarán decenas de nuevas flores. 

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