Una oportunidad para la enseñanza integral

Una oportunidad para ellos | Enfants du Hasard (Thierry Michel, Pascal Colson) | Análisis 

En su última película, ‘Una oportunidad para ellos (Enfants du Hasard)’, el documentalista belga Thierry Michel nos ofrece un film humano y de consistencia artística. El realizador se zambulle en las complicadas aguas de la docencia y como un buceador primerizo al que la curiosidad le posee, se pone delante de la cámara para formular infinidad de preguntas en torno a la educación, un tema capital que requiere más atención que nunca por parte de las instituciones, pero sigue pareciendo prescindible. La inmersión del cineasta es compleja, pues se topa colateralmente con temas de la misma relevancia social y no desaprovecha la coyuntura de patrullarlos: inmigración, integración social, bullying, identidad personal, terrorismo, religión, trabajo. Es cierto que circula alrededor de ellos sin ejecutar ningún análisis y tampoco se encuentran respuestas en este film, pero los testimonios e imágenes de la película hacen un trabajo fino lanzando un mensaje que nos penetra.

En esta ocasión le acompaña Pascal Colson en una aventura de codirección. No se puede negar que Michel tiene buen ojo para elegir el contexto de las historias que quiere contar, pues de inicio nos despierta el interés. La narrativa se bifurca hacia dos focos que tienen su peso específico y alrededor de los cuales gravita toda la cinta, pues se complementan entre sí. Uno de ellos es Hasard de Cheratte, un pequeño municipio belga con un pasado industrial floreciente, que es donde se ubica la acción. Su mina de carbón atrajo durante décadas a dos o tres generaciones de turcos, que emigraron hasta esta localidad para labrarse un porvenir. De esa época tan solo quedan sus descendientes, unos estudiantes de primaria que significan el testimonio actual por el que se filtra una historia de sufrimiento y sacrificio.

El acierto de los realizadores es darnos a conocer a la Señora Pirlet, el segundo eje narrativo, quien prepara a los alumnos para superar un curso decisivo, pues se encuentran en la antesala de la escuela secundaria, a un paso de encarar quiénes serán en la vida. La maestra nos fagocita con su entrañable personalidad y nos sorprende con su excepcional labor, dentro y fuera de lo estrictamente académico. La integridad ética que demuestra en cada acción que realiza es más propia de la ficción que de la realidad. Dirigir un aula de escuela es, en estos tiempos, una labor titánica y engorrosa para la mayoría de maestros, pero asistes a esta clase, en su último curso de primaria, y si no sabes que es una profesora real fácilmente puedes creer que estás viendo La Casa de la Pradera. Todo lo que toca esta mujer es bendecido en su comunidad escolar, donde reina la armonía entre seres humanos y distintas civilizaciones. También se certifica a través de ella el entendimiento entre culturas antagónicas, un hecho invisibilizado por intereses políticos y económicos.

Siento que los realizadores me acomodan en ese aula y soy uno más. Han recreado la atmósfera de tal forma que sufro una regresión y me parece estar de nuevo en un pupitre con mi estuche y mis libros, recibiendo clases de la mejor de mis maestras o maestros, aunque realmente no recuerdo ninguna tan brillante como esta.

La mayoría de alumnos recibe religión islámica como asignatura, la cual practican ortodoxamente, pero la profe no sólo respeta las creencias religiosas de sus alumnos, sino que se integra en su cultura acudiendo a fiestas de cumpleaños de antiguos alumnos impregnadas por la tradición cultural turca y llevando a cabo convivencias con alumnos y padres para tratar de comprender mejor su contexto familiar. No obstante, el fundamentalismo religioso acapara buena parte de sus vidas y los lastra de forma que no les permite avanzar. La señora Pirlet, en su condición de profesora responsable, trata de contrarrestar este influjo inexorable infligiéndoles una de cal y otra de arena con gran sabiduría y mucha mano izquierda. En un alarde de exhibición pedagógica, esta maestra los expone una y otra vez en clase para que se enfrenten a sus propias vidas y debatan sobre temas peliagudos que les afectan directamente; algunos más amplios, tales como el el terrorismo islámico o el concepto de democracia, otros más concretos como el uso del velo en espacios públicos y privados, siempre haciendo uso de un humor irónico ante las contestaciones e ideas que menos le gustan de sus alumnos. Lo que más nos conmueve de su metodología es que los orienta para que aprendan a reflexionar y pensar por sí mismos, que se planteen por qué hacen las cosas. También ayuda la disposición permanente del aula situada en forma de herradura irregular, donde se aprecia la mano de la profesora, que ha elegido posicionarla estratégicamente para favorecer un ambiente cálido donde se interactúe de forma natural y sana, pero también controlar la situación con ciertos alumnos. Otro mérito a sumar para la docente.

Los autores de esta cinta han logrado transmitir la magnífica simbiosis que se forma entre la maestra y la mina de carbón. Se muestra una enseñanza en la que ella insiste durante todo el metraje, que no es otra que la del esfuerzo como valor, tratando de que sus alumnos la interioricen atendiendo a sus raíces, que se encuentran en aquella mina donde sus familias se dejaron literalmente los huesos para prosperar y construir una vida. Por eso no es de extrañar que los directores visibilicen las visitas guiadas que realizan a lo que hoy son unas ruinas, pues su maestra las convierte en un museo para ellos reverberando un sentido especial. Tampoco es casual que organice una excursión a tal sitio el día antes de los exámenes finales. Quiere que se tatúen ese lugar en su cabeza, de forma que valoren el sufrimiento del trabajo y todo lo que han sacrificaron quienes les han legado crecer en un país más desarrollado, donde podrán tener muchas más oportunidades que ellos.

Lo que tiene de excepcional esta maestra es lo que debería ser la norma en cada profesional. Lamentablemente, pocos profesores se suelen desmarcar del esquema didáctico rutinario y establecido, pero ella compagina a la perfección la formación humana de sus alumnos con el tiempo estrictamente académico, obteniendo unos resultados incontestables en sendos ámbitos. Es más, cuando se dan calificaciones insatisfactorias no se reprime en sermonear a los padres con una sutileza gourmet en el momento en que los invita a reflexionar sobre el ramadán antes de los exámenes: "El ramadán y pensar no se llevan bien". Un consejo servido en plato de una chef de la enseñanza. Ahí lo deja para que lo degusten y lo metabolicen. Aún con esto, los padres sólo muestran amabilidad, gratitud y un inmenso respeto hacia ella. 

No sé si era la intención del autor, pero el regusto final que me deja este documental es la convicción de que la revolución educativa es factible desde la base, si los actores principales del sistema, los maestros, quieren articularla. Solo por esto, vale la pena esta película.
 

 

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