Pausa; separaos para uniros

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El mundo se ha pausado. De pronto, se hace palpable que la gran mayoría de personas compartimos los mismos problemas, pero estábamos tan centradas en competir que no éramos capaces de ver que, colaborando, todo sería muchísimo más sencillo. El virus nos lo ha enseñado a la fuerza, y ha abierto la puerta a que esta pausa sea, en realidad, un fundido a negro que dé paso a los créditos finales.

A los principales guionistas de la historia que nos ha traído hasta aquí solo les interesa reanudar los acontecimientos justo en el punto en el que quedaron suspendidos, modificando lo que haga falta con un único objetivo en mente: que nada cambie. Son muchos los ejemplos que ponen de relieve este esfuerzo por mantener intacto el orden socioeconómico capitalista; desde la sutileza con la que Nadia Calviño disfraza de socialismo los preceptos neoliberales más inhumanos hasta el oportunismo del neofascismo español, atribuyéndose el mérito de haber pedido el cierre de fronteras con mucha antelación -sin aclarar que, en realidad, su motivación siempre ha sido ideológica y no sanitaria-. La lucha está siendo encarnizada, tanto a nivel estatal -Calviño y Montero vs. UP y un sector del PSOE encabezado por Ábalos- como a nivel europeo. Mientras que el ministro de finanzas de Países Bajos apela a la manida retórica de manual de dictadura del déficit para abandonar a su suerte a una de las poblaciones más duramente golpeadas por el coronavirus -hola, aquí estás tú-, el primer ministro portugués tacha de “absoluta inconsciencia” esa actitud y habla de “oportunidad histórica” para que la UE cambie su rumbo.

Los autodenominados patriotas se dedican a acusar de comunista a quien cita la Constitución y a inmortalizar escenas que proponen un país repleto de banderas, mapas y pimentón

Resulta bochornoso comprobar que, frente a la pasión con la que António Costa defiende a su país vecino al recordar que “España no creó el virus ni lo importó”, los autodenominados patriotas se dedican a acusar de comunista a quien cita la Constitución y a inmortalizar escenas que proponen un país repleto de banderas, mapas y pimentón, sin ningún tipo de contenido racional sobre el que sustentar una estructura democrática sólida. De este choque frontal ideológico saldremos siendo un poquito más húngaros -produce pánico pensar en lo que estaríamos viviendo con las riendas del país en otras manos- o pareciéndonos más a nuestro compañero de península. Sé que resulta arduo informarse sobre política internacional así que, al menos, hacedlo por las playas.

  • La contienda de las terrazas

La batalla también se libra al nivel de las aceras. Más bien, al de los balcones. En ellos se alternan los solidarios aplausos con los gritos de la Gestapo en batín. La cooperación con la competitividad más insana. La construcción con la destrucción. Lo nuevo con lo de siempre.

El virus tiene dos características vitales que han originado este enfrentamiento: por un lado, su poder igualatorio nos hace descubrir nuestra debilidad como especie humana y replica, con más evidencia, las discriminaciones capitalistas, fomentando así la empatía; por otro lado, su condición de altamente contagioso puede acrecentar ese odio por el otro, esa ansia de cerrarlo todo, de no ofrecer nada, de acumular, de pisotear.

¿Por qué es tan necesario observar con especial atención las desigualdades que saltan a la vista durante este tiempo de excepción? Intentaré explicarlo con un ejemplo cotidiano. Si has sufrido un pinchazo con la bicicleta o has sido testigo de una situación tal sabrás que, a simple vista, es imposible detectar dónde se ha producido la perforación para poder arreglarla. Uno de los métodos más sencillos y efectivos consiste en sumergir la cámara del neumático en agua y esperar a que aparezcan burbujas en algún punto de la superficie. Dependiendo de la dimensión del pinchazo, esto ocurrirá con mayor o menor intensidad, pero siempre termina haciendo visible el problema. En este caso, la sociedad es la cámara del neumático, la crisis del Covid-19 cumple el papel del agua y los pinchazos son todas aquellas fallas de un régimen que discrimina cruel y sistemáticamente. En condiciones normales, esas vergonzosas disfuncionalidades pasan desapercibidas, quizá por la gran capacidad de autojustificación del sistema neoliberal, pero al sumergirnos en la claridad del coronavirus, las burbujas aparecen a borbotones; una -el desmantelamiento del sistema sanitario-, otra -la crisis de cuidados-, otra más -la precariedad laboral-… ¿estábamos avanzando sobre un neumático hecho de agujeros?

La comunidad y la conciencia solidaria bombardean la línea de flotación del capitalismo neoliberal

Descubrimos esta pasmosa realidad a la vez que aflora la importancia de los cuidados y la fragilidad extrema de unas vidas que hacen equilibrios en un alambre demasiado débil. Vidas que, con una frecuencia terrorífica, se dejaban caer al abismo. Eran caídas silenciosas -silenciadas, quiero decir- y admisibles en tanto que caídas de otros en un mundo en el que solo importo yo. Hoy, en tu caída, en la mía, aparecen otras muchas caras igualmente asustadas por la profundidad; ojos que tratan de no mirar abajo y manos que baten palmas por quienes frenan caídas más vertiginosas, más urgentes. El aplauso a otras personas crea comunidad. Ver tu cara, la mía, reflejada en la del vecindario construye conciencia solidaria. La comunidad y la conciencia solidaria bombardean la línea de flotación del capitalismo neoliberal.

En cuanto a las SS de salón, uniformadas con su mejor-peor pijama -esa camiseta de la Caja Rural que obliga al contorsionismo en cada videollamada inesperada, no vayan a descubrir que no siempre vistes de Louis Vuitton-, encarnan lo de antes. No: lo de ahora, seamos realistas. Representan el papel del odio individualista. “Su trastorno de ansiedad no es cosa mía, ¡vuelva a casa y sufra como estoy sufriendo yo! Si sufre más, haga el favor de hacérmelo saber, yo me encargaré de celebrarlo con gozo”. ¿Acaso difiere esta actitud de la que mantienen Alemania, Países Bajos y Austria en la cumbre europea? ¿Acaso no están expresando el mismo desprecio al culpar al Estado español de su fragilidad en el momento de la irrupción del coronavirus?

El autoritarismo de la extrema derecha, cada vez más peligrosamente presente en las fuerzas y cuerpos de seguridad, actúa en esa misma línea, intimidando y perpetrando abusos a diario mientras, desde las instituciones, mandan mensajes xenófobos -“virus chino”- sin ningún pudor.
 

  • El laissez-faire de Schrödinger vs. un enfoque humano de la sociedad

La globalización capitalista, con todo lo que conlleva, ha resultado en un acercamiento extremo de todas las personas que habitamos el planeta: hacinamiento urbano, conexión con cualquier parte del mundo vía Internet, redes sociales, etc. La extravagancia del ser humano es tal que, simultáneamente, nos hemos dejado someter a un proceso brutal de atomización que ha desactivado con fiereza toda capacidad de colaboración. Cuando la cercanía ha llegado a su punto álgido, nos han separado con símbolos vacíos de significado, propaganda del miedo, odio, prejuicios y una vida tan precaria como precipitada en la que es muy difícil pararse a mirar, a pensar. Hasta que un virus ha conseguido algo por lo que tantos y tantos movimientos sociales han peleado: pausar el ritmo. Es paradójico que, de forma colateral, el dichoso microorganismo haya impuesto el aislamiento físico de los cuerpos como medida ineludible en nuestro esfuerzo por superar el trance pandémico; y lo es porque da la sensación de que, en el mismo momento en el que perdimos el contacto, empezamos a advertir que la colaboración es el único camino transitable para salir de un barro en el que -¡sorpresa!- nos acompañan aquellos a los que veíamos como rivales.

Un virus ha conseguido algo por lo que tantos y tantos movimientos sociales han peleado: pausar el ritmo

La crisis sanitaria que nos azota no es ninguna guerra, sino la consecuencia directa del desmantelamiento del Estado como proveedor de servicios básicos y el corporativismo más descarado. La batalla real en la que estamos inmersos es cultural y menos visible. Se libra entre la ideología del libre mercado de Schrödinger, que puede existir o no según lo bien que vayan las cosas, y la tentativa de construir un nuevo paradigma, en el que lo humano se sitúe siempre por delante de lo económico. Quizá se imponga el criterio neerlandés de la esclavización de la deuda, quizá Calviño aplaste la oposición interna con todo el peso de una doctrina neoliberal hegemónica en el mundo; quizá, tras la pausa, aceleremos nuestra marcha contra el muro. 

De no ser así, Isabel Díaz Ayuso, en un alarde de capacidad para representar el papel de parodia estridente del perfil neoliberal más cruel, ha dejado en su cuenta de Twitter una lista de nombres muy útil. Se trata de aquellas empresas que, tras expoliar el país y a su pueblo -¿es que hay alguna distinción?-, dejan su limosna con pompa y regodeo. Si realmente estamos ante un cambio de época, esa enumeración propagandística puede servir como escena final, como los créditos de esta horrible película. Si los tenemos en cuenta en la construcción del siguiente guion, al menos sabremos a quién no darle los papeles protagonistas.

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