Pepe Rei o el precio de la verdad

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Quien acuda a esta página en busca de un obituario lacrimoso no tendrá suerte. Quien busque una celebración de la persona habrá de llamar a otra puerta. Son muchos quienes celebraron su amistad y trabajaron a su lado en las circunstancias más excepcionales. Ellos pueden dar fe de sus valores humanos, de su sagacidad y de su búsqueda tenaz de la verdad por muy perturbadora que pudiera resultarnos. Esta página, en definitiva, no se despeñará hacia el sentimentalismo ni será uno de esos anecdotarios póstumos que escribimos cuando perdemos a un ser querido. Esto no es más que una breve cronología. Pero sobre todo, esto es una carta de amor a un oficio. Al periodismo incómodo. A la noble artesanía de molestar al poder.

Pepe Rei. Gallego de nacimiento. Vasco de adopción. Periodista de profesión en el diario Egin a la cabeza de uno de los equipos de investigación más emblemáticos que ha conocido nuestra historia reciente. No hay debate posible sobre la libertad de expresión en estos días sin regresar al precedente de Pepe Rei, una voz inquieta en un tiempo de mordazas. Todas las querellas argumentales sobre el derecho de opinión y la censura ya tuvieron lugar durante la persecución política, judicial y policial contra Egin primero y contra Ardi Beltza después. Sumergirse en la cloaca es una tarea desagradecida.

No hay debate posible sobre la libertad de expresión en estos días sin regresar al precedente de Pepe Rei, una voz inquieta en un tiempo de mordazas

Entre todos los libros que firmó Pepe Rei hay algunos títulos casi mitológicos, consagrados por el tiempo y por cierta pátina de malditismo. Ahí está 'La red Galindo' (1993), la novela que suscitó una condena del Tribunal Supremo por haber ocasionado “graves daños morales” al general. Cinco millones de indemnización para Enrique Rodríguez Galindo, que acababa de ingresar en prisión por el asesinato de Lasa y Zabala. En 'Garzón, la otra cara' (1999), Rei ajusta cuentas con el magistrado que más se ensañó en su contra. En 'Intxaurrondo, la trama verde' (1996), destripa los pormenores de todo un poder paralelo que chapotea a la sombra de la democracia.

Pero entre toda la bibliografía, merece la pena detenerse en un libro de apariencia menor firmado al alimón con Edurne San Martín. 'Egin investigación, otra forma de periodismo' (1998) constituye un testimonio imperecedero de una praxis informativa que ha desaparecido. Ahora que llamamos “periodistas de investigación” a los correveideles de la comisaría de guardia, conviene echar un ojo al currículum de aquella redacción ya desierta, saqueada en 1998 por la Guardia Civil y abandonada durante veinte años como un buque hundido. En 2018, el Archivo Histórico de Euskadi recuperó los restos del naufragio. Más de la mitad de la documentación desapareció en el pillaje o quedó inutilizada.

Cuentan Pepe Rei y Edurne San Martín que andaban organizando un suculento reportaje sobre las entrañas de la extrema derecha cuando Garzón mandó precintar el periódico. Los reporteros de Egin estaban a punto de infiltrarse en un cónclave falangista en Donostia como representantes de una ficticia delegación de Toledo. En su último trabajo, Egin había desnudado las escuchas ilegales del Cesid en la sede de HB en Gasteiz. Por supuesto, uno de los empeños más laboriosos del equipo tiene que ver con el Informe Navajas y ese hilo invisible que unía a varios cargos policiales con el narcotráfico. En la memoria queda un viejo titular de El País: “Desaparecen 150 kilos de cocaína aprehendidos por la policía de Irún y nadie lo investiga”. Negu Gorriak cometió la temeridad de dedicarle una canción al caso y se enzarzó en ocho años de litigio tras una denuncia de Galindo.

Los primeros años noventa quedaron marcados por la enemistad entre el PNV y la izquierda abertzale. En mayo de 1993, en Iruñea, la Policía Nacional dispara una pelota de goma a cuatro metros de distancia contra el joven Txuma Olaberri y le deja secuelas cerebrales de por vida. A modo de protesta, Jarrai difunde unos carteles en los que llama “asesinos” a los cuerpos policiales y a los presentadores de informativos de ETB. La Ertzaintza intenta irrumpir en las instalaciones de Egin para inculpar al diario por los carteles pero la Fiscalía de la Audiencia Provincial deniega el registro. Todo da un vuelco en noviembre de 1993, cuando ETA asesina a Joseba Goikoetxea, sargento mayor de la Ertzaintza. Los autores del atentado lo acusan de haber integrado en 1991 el operativo contra Juan Mari Ormazabal, militante de ETA que murió con un tiro en la sien efectuado a apenas treinta centímetros. En el mismo intercambio de disparos cayó abatido el ertzaina Alfonso Mentxaka con una bala en el pulmón.

Tras el atentado contra Goikoetxea, el Gobierno vasco carga contra Egin y considera al periódico “un todo” junto a ETA. El consejero de Interior, Juan María Atutxa, llama “carroñeros” a los periodistas del diario y alisa el camino para el asalto de la redacción, que se producirá nueve días más tarde, esta vez con el beneplácito de la Audiencia Nacional. De madrugada, la Ertzaintza penetra en las oficinas de Hernani y Bilbao y se lleva diez cajas llenas de documentos, la mayoría extraídos del despacho de Pepe Rei. Atutxa vuelve al ataque y apunta en una rueda de prensa que “no se trata del acoso a un medio de comunicación, sino de la persecución de presuntos delincuentes que, bajo el paraguas de una digna profesión, están traicionando a la sociedad a la que se deben”.

El consejero de Interior promovió una feroz campaña de desprestigio contra el diario y alentó el boicot de los anunciantes. Sectores del PNV acuñaron el eslogan incriminatorio que terminaría asumiendo el grueso de la magistratura española: “Egin apunta y ETA dispara”. Sin saberlo todavía, los jeltzales habían abierto las compuertas a la doctrina del “todo es ETA” que iba a implementar Baltasar Garzón. ¿De dónde venía esa animadversión obsesiva hacia Pepe Rei y su equipo? Entre otros rencores acumulados, cabe destacar un motivo. Y es que las páginas de Egin habían desenterrado el caso de las tragaperras, una supuesta red de financiación ilegal del PNV mediante licencias de máquinas de juego. En 1991 llegaron a registrarse 2.500 tragaperras ilegales en Euskadi. En 1994, el PNV consiguió que el PSOE se opusiera a investigar la trama en el Congreso. El caso decayó en 2001, cuando los delitos ya habían prescrito.

Egin no era una presencia cómoda. El ministro de Interior, José Luis Corcuera, reclamó en noviembre de 1993 el cierre del periódico. Unos días después, el lehendakari José Antonio Ardanza declaró que cerrar Egin sería “un ejercicio de higiene democrática”. “Yo acuso”, escribió Alfonso Sastre después de la redada. Los ataques contra Egin, advertía el dramaturgo madrileño, son una “afrenta a la libertad de expresión”. Mientras tanto, solo se escucha el silencio de escritores, periodistas, artistas e intelectuales. Un silencio muy parecido al que habría de escucharse cinco años después, cuando Baltasar Garzón concedió el deseo a Corcuera y a Ardanza y desmanteló el periódico. El Tribunal Supremo iba a decretar en 2009 la ilicitud de la operación, pero ya era tarde.

La intromisión en el despacho de Pepe Rei tenía el objetivo de atribuirle a toda costa una colaboración con ETA que nadie podía probar. El 24 de agosto de 1994, la Audiencia Nacional ordenó encerrar al periodista sin opción de fianza. El juez Carlos Bueren quiso endosarle un delito de colaboración con banda armada. Atutxa se apresuró a desmentir que la detención de Pepe Rei comportara un ataque contra la libertad de expresión. Se alegraba de entregar a la justicia, decía, a un “un presunto delincuente” cuyos delitos eran “de los más repugnantes”. La AVT llegó a pedir más de 30 años de cárcel. El fiscal reclamó ocho años. Pero Pepe Rei fue absuelto en 1997 después de que las pruebas en su contra se demostraran insuficientes. En el juicio, el periodista de Egin reveló haber recibido una bala dentro de un sobre sellado con un membrete de la Guardia Civil. “Tú serás el próximo”, decía la misiva.

La intromisión en el despacho de Pepe Rei tenía el objetivo de atribuirle a toda costa una colaboración con ETA que nadie podía probar

Garzón quedó descontento con la absolución y en 1998 ordenó clausurar Egin y arrestó a 26 personas. La Guardia Civil arrambló con el fruto de 21 años de investigaciones. Informes sobre el Cesid. Casos de corrupción de PP, PSOE y PNV. ¿Qué encuentra Garzón entre tantos papeles? Un documento que testimonia una reunión donde el juez Joaquín Navarro y el ex abogado de Mario Conde, Jesús Santaella, revelan a Pepe Rei que Juan Carlos I siempre estuvo al tanto de la guerra sucia. Según esta información, Juan Carlos I había presidido en 1983 una reunión de la Junta de Defensa Nacional donde se le anunció la inminente puesta en marcha de los GAL. El rey, decían los informantes, había reclamado a Baltasar Garzón que abandonara la investigación sobre los grupos parapoliciales. Garzón valoró iniciar un proceso por “calumnia al jefe del Estado” pero lamentó que fuera imposible por no haber existido difusión.

La cacería no se detiene. El 7 de marzo de 1999, Garzón decreta la prisión preventiva contra Pepe Rei. Lo arrestan en una playa de Donostia y lo trasladan a dependencias policiales en Madrid. Nadie sabe si le imputan "colaboración" o "integración" en banda armada porque el magistrado ha impuesto el secreto sobre las diligencias. Más tarde se descubre que Garzón acusa a Rei de “satanizar y desacreditar” a personas que luego ETA acepta como objetivos. La misma doctrina temeraria que llevó a la Audiencia Nacional a condenar al periodista Xavier Vinader por investigar a la ultraderecha. En 2001 la Audiencia Nacional enmienda la plana a Garzón y formula lo que todo el mundo sabe. Que ETA no necesita los reportajes de Pepe Rei para organizar sus atentados.

Tras el fin de Egin, Pepe Rei ha rearmado su equipo alrededor de la revista Ardi Beltza. Pero el hostigamiento judicial no cesa. En enero de 2001, Garzón manda detener a Rei en la redacción de Ardi Beltza en Orereta. La revista había publicado un vídeo titulado Periodistas, el negocio de mentir en el que se denuncia la criminalización de Egin. Hace apenas dos meses, ETA ha cometido un atentado frustrado contra los periodistas Aurora Intxausti (El País) y Juan Palomo (Antena 3) y la Fiscalía de la Audiencia Nacional responsabiliza a Rei por mencionarlos en su documental. La hipótesis del “todo es ETA” funciona en todo su esplendor. La Asociación Profesional de la Magistratura sitúa a Rei en un “comando periodístico”. Pío Cabanillas reclama mano dura. José Bono pide que “lo lleven a la cárcel”. Y por supuesto, Garzón abre un proceso por pertenencia a banda armada y anuncia el cierre de Ardi Beltza.

La leyenda negra que corre alrededor del vídeo de Ardi Beltza hace que las imágenes vuelen en copias clandestinas. Y la controversia arrecia en Catalunya, donde se organizan proyecciones del documental y movilizaciones. Los ayuntamientos de Sabadell y Argentona frenan dos visionados. La Universitat de Lleida y la Pompeu Fabra prohíben la emisión. La Universitat de Barcelona impide un pase del vídeo pero la Plataforma per la Llibertat d'Expressió consigue celebrar una proyección mientras el decano de Historia trata de cortar la electricidad del edificio y por error deja sin luz el bar universitario. El documental se proyecta también en la Universitat de Girona y acarrea una denuncia de los Mossos. El fiscal José María Mena advierte a las universidades que la exhibición del vídeo constituye un delito de colaboración con banda armada. La Guardia Civil irrumpe en un casal independentista de Mollet del Vallès con la orden del “secuestro de la cinta del vídeo”.

En junio de 2001, la Audiencia Nacional ordena liberar a Pepe Rei por falta de indicios. Un año después, el periodista sufre un accidente de tráfico en Donostia y cae en coma. Su vida queda ya para siempre atada a una silla y su nombre va desapareciendo poco a poco de los estridentes titulares de la prensa española. Durante tantos años, la consigna había sido difamarlo y ponerlo bajo sospecha para que el ruido ahogara el mensaje. Para que el barullo eclipsara la corrupción de un sistema que hacía aguas. Todos los grandes casos que Pepe Rei denunció terminaron convirtiéndose en evidencias. La muerte por torturas de Mikel Zabalza en Intxaurrondo. La responsabilidad de Galindo en una trama criminal. Las corruptelas del rey emérito. De este último asunto podrá hablar largo y tendido la periodista Rebeca Quintáns, que en 2000 publicó 'Un rey golpe a golpe' bajo el seudónimo de Patricia Severlo tras una investigación casi clandestina junto a Ardi Beltza. Recuerda Ahoztar Zelaieta, colaborador de Pepe Rei, que un vehículo del Ministerio de Defensa embistió al trabajador que llevó el original a la imprenta.

Todos los grandes casos que Pepe Rei denunció terminaron convirtiéndose en evidencias

Pepe Rei murió el pasado 9 de marzo. Tenía 73 años. Esto no es un obituario ni el recuerdo cariñoso de un maestro de la profesión. Esto es una autopsia. No del fallecido ni de su obra sino de todo un sistema putrefacto que ha ido quedando al desnudo. A veces los hechos del pasado se alborotan en la memoria y se nos olvida que la libertad de expresión es un derecho desde siempre ultrajado. Que las personas más audaces jamás obtienen descanso. Y que el periodismo, cuando es valiente, paga un precio demasiado alto.

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