La pequeña historia de las cosas

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Hace algunos meses, en una conversación con un amigo escritor, nos preguntábamos por los pequeños gestos y matices que dan color a nuestra vida cotidiana. Acudimos al supermercado y adquirimos unos dulces de una marca que tal vez pronto desaparezca y que nuestros hijos o nuestros nietos no llegarán a conocer. A todas horas suena en la radio una canción que hoy parece trascendental pero que no tardará en caer en el olvido. Los diarios impresos, que una vez constituyeron un distintivo de prestigio, van cediendo el paso a la prensa digital. Todo lo que hoy creemos sólido e imborrable es tan perecedero como nuestras propias vidas.

Mi amigo, que está escribiendo una novela, imagina una escena entre varios militantes clandestinos del último franquismo y se pregunta qué demonios comen mientras los busca la policía. Qué libros leen, qué películas ven, qué discos escuchan. Dónde duermen, qué papel decora las paredes de sus casas, en qué clase de mueble guardan el revolver que quizá terminen disparando. Por debajo de los grandes sucesos de la humanidad, más allá de reyes y tiranos, de guerras y batallas, de siglos y fechas, hay una vida subterránea de la que no nos hablan los libros de historia. Es la vida cotidiana de las gentes humildes. Las intimidades más intrascendentes de nuestro día a día.

Por debajo de los grandes sucesos de la humanidad, más allá de reyes y tiranos, de guerras y batallas, de siglos y fechas, hay una vida subterránea de la que no nos hablan los libros de historia

Miguel de Unamuno habla de la intrahistoria para referirse a aquellos aspectos menores de la historia que no tienen cabida en las crónicas oficiales. En su ensayo 'En torno al casticismo' de 1895, el filósofo bilbaíno considera el devenir histórico como una corriente superficial, aquella que se imprime en los periódicos y que sobresale igual que un islote en medio del océano. Pero por debajo de las olas, en la profundidad marina, la intrahistoria se desenvuelve como una "oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna". Es una especie de sustrato de tradición. La vida inconsciente de los pueblos.

Hace ya muchos años, mientras revolvía las estanterías de las bibliotecas, descubrí por casualidad la obra del químico e historiador catalán Rafael Abella. Hubo dos obras que me llamaron la atención. Primero tropecé con 'La vida cotidiana durante la guerra civil: la España nacional'. Después, como ordena lógica, apareció el volumen gemelo: 'La España republicana'. De Abella nuca he sabido gran cosa. Sé que a finales de los noventa se distinguió como uno de los impulsores del Foro Babel contra las políticas de inmersión lingüística de la Generalitat de Catalunya. Sé también que murió en Barcelona en 2008. Y que dejó una modesta bibliografía.

Sea como fuere, el primer libro de Abella que cayó en mis manos me transportó a la vida subterránea de mis antepasados. A las pequeñas penurias y satisfacciones que decoraron los tiempos de la guerra. Estamos en 1936 y suena Estrellita Castro en la misma emisora radiofónica que va a anunciar una sublevación militar en Melilla. De la noche a la mañana, la radio va a convertirse en una prodigiosa arma de guerra del bando rebelde. Parece que el general Queipo de Llano le ha cogido el gusto al micrófono y se hace notar como un locutor sádico y omnipresente. "Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros", dice el 23 de julio en una de sus arengas.

Pero el bando alzado no solo necesita una moral alta. También exige la pasta gansa de los pequeños y los grandes propietarios. Así nace la campaña "Oro a la Patria", que llama a los propietarios a entregar al nuevo Gobierno todas sus alhajas. Quien rehúse contribuir a la causa con sus joyas será considerado "un desagradecido indigno de convivir en la España fuerte que empieza a renacer". En 'La Voz de Galicia' aparece una nota aún más explícita. Quien no entregue su oro al Gobierno "es un judío". Entre todos los benefactores, es el contrabandista y financiero mallorquín Juan March quien brinda la ayuda más decisiva.

En el inventario de curiosidades rutinarias de la guerra encuentro una referencia esporádica a las fake news. El 15 de agosto de 1936, el diario El Norte de Castilla publica un mapa falseado en el que la zona sublevada se ha adueñado de casi toda la península. Un mes más tarde, el mismo periódico emite una nota del Gabinete de Censura y Prensa del Gobierno civil en el que reclama a los ciudadanos de Valladolid que se abstengan de asistir al "espectáculo de los fusilamientos". Se lamentan la autoridades de que en estos actos públicos puede observarse "una inusitada concurrencia de personas", entre ellas "niños de corta edad, muchachas jóvenes y hasta algunas señoras".

Por lo demás, la nueva policía de la moral se prodiga en las calles y en la prensa. La censura cinematográfica poda cualquier asomo de libertinaje. Las bibliotecas son amputadas en nombre de la salud espiritual. Las autoridades ordenan el cierre de cafés y cabarets porque "no son los momentos que vive España de diversión ni mucho menos de vicio". Las mujeres deben adoptar vestimentas recatadas y ajustadas al decoro. Así lo reclama, por ejemplo, 'El Noticiero de Zaragoza'. "Harás Patria si haces costumbres sanas con tu vestir cristiano. Decídete, mujer".

Por si fuera poco, la geoestrategia dibuja en España un nuevo mapa de enemigos y aliados. Así, mientras Francia se convierte en una encarnación diabólica del cáncer de la democracia, países como Alemania o Italia conquistan los corazones nacionalcatólicos. Las calles que se llamaban "París" pasaron a llamarse "Roma". El cognac adquirió el nombre de aguardiente jerezano. La montaña rusa se desprendió de sus connotaciones soviéticas para empezar a llamarse montaña suiza. La ensaladilla rusa se convirtió en ensaladilla española y la tortilla francesa se quedó en simple y llana tortilla.

La intervención de combatientes extranjeros amenizó las paredes de los pueblos españoles con consignas políglotas. Los soldados italianos, por ejemplo, fueron conocidos por sus lemas grandilocuentes que ensalzaban al Duce y elogiaban el Imperio Romano. "Credere, obbedire e combattere" era uno de sus lemas predilectos. Creer, obedecer y combatir. Y qué decir de los soldados marroquíes que contribuyeron a la España una, grande y libre. Todavía hoy nos parecen pintorescos los vivas a Franco diseñados en grafía arábiga. En la publicación falangista 'Arriba España', un intrépido reportero se adentra en el Hospital Militar Alfonso Carlos de Pamplona, entrevista a los heridos y recoge un vistoso titular. "Moro estar contento".

¿Y cuánto cuesta la vida en la España del alzamiento? En una nota fechada en Sevilla el 15 de septiembre de 1936, se anuncian los precios del pescado. Hay calamares, acedias, boquerones, chocos y puntillas. El pulpo está a 0,75 pesetas el kilo. La pescadilla a 4,40. Entre 10 y 30 céntimos cuesta el kilo de tomates. Las patatas cuestan 0,40. En enero de 1937, el 'ABC de Sevilla' dice que el aceite está a 1,65 pesetas el litro. El kilo de pan cuesta 0,65. A 0,60 se paga la bajada de bandera de un taxímetro sevillano. Y por quince céntimos te puedes echar al gaznate un chato de vino. ¿Y qué hay de los sueldos? En Bujalance, el aceitunero gana un jornal de 5,75 pesetas.  El mulero 5,40 pesetas. 13,80 si es con yunta.

Dice Abella que el devenir de la guerra hace que vascos y catalanes sean percibidos como rojos a los ojos de los sublevados. Al fin y al cabo, son culturas que en una primera instancia han quedado fuera de la conquista

Dice Abella que el devenir de la guerra hace que vascos y catalanes sean percibidos como rojos a los ojos de los sublevados. Al fin y al cabo, son culturas que en una primera instancia han quedado fuera de la conquista. Por si fuera poco, Cataluña y el País Vasco son territorios de autonomismo frente a una rebelión militar que ha abusado de la palabra unidad. Escuchar catalán es motivo de disgusto entre los soldados franquistas y no resulta extraño que a los catalanoparlantes se les reclame que hablen en cristiano. En abril de 1937, el 'ABC' lanza una "exhortación cordial al uso de la lengua de la unidad de España". En las paredes también pueden encontrarse vestigios de imperialismo lingüístico. "Si eres español, habla español", reza una pintada anónima.

La microhistoria es una disciplina tan joven como prometedora. Entre todos los sucesos pomposos de la historia, siempre hay episodios íntimos que pertenecen al anecdotario, que no se tallan en mármol ni se publican en lujosas encuadernaciones pero que representan un testimonio inestimable para entender quiénes somos. Igual que un iceberg, los fragmentos más valiosos de la realidad permanecen sumergidos, ajenos a las letras mayúsculas de la historiografía oficial. Es imposible escribir una novela o rodar una película sin atender a los pormenores microscópicos de nuestras vidas. Los platos que degustamos. Las canciones que bailamos. El vídeo más insignificante, frívolo y estúpido que nos recomienda el algoritmo de Youtube. Todo eso explica nuestros tiempos con la precisión milimétrica de un bisturí. Es la pequeña historia de las cosas.

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