Refugiados hacinados y viviendo entre ratas; la vergüenza de Europa

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El pasado 9 de septiembre, un devastador incendio reducía a cenizas el campo de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos (Grecia), donde 14.000 personas residían en condiciones de extrema precariedad desde el año 2015. Las autoridades europeas prometieron entonces una solución que cumpliera con las condiciones necesarias de habitabilidad y salubridad, pero Bruselas esquiva nuevamente su responsabilidad en la crisis humanitaria y ya ha levantado un nuevo campo en Lesbos, mientras ultima los detalles de otra instalación similar en la isla de Samos.

Es en esta última localización donde Médicos Sin Fronteras (MSF) alerta de la situación límite que se vive en el campo de Vathy, con capacidad para 650 personas, pero que alberga en la actualidad a más de 4.500. "Las personas están hacinadas como animales, más de mil son niños y niñas que viven entre la suciedad y la basura, entre ratas y escorpiones. Esto sucede en medio de una pandemia mundial, y sin embargo, todavía no hay información clara sobre un plan de respuesta de las autoridades", denuncia Jonathan Vigneron, coordinador de MSF en Samos.

En el campo de Vathy se han contabilizado un total de 60 casos positivos de COVID-19

En la actualidad, en el campo de Vathy se han contabilizado un total de 60 casos positivos de COVID-19, una situación que puede empeorar en cualquier momento debido al alto número de residentes con patologías previas que están obligadas a sobrevivir en tiendas de campaña, donde es imposible mantener las recomendaciones sanitarias para la contención del virus.  

Es el caso de Golnegar y su esposo, que huyeron de Afganistán tras haber sido atacados por grupos armados. Golnegar tiene problemas en el riñón y cefaleas, pero no había conseguido recibir asistencia médica hasta la llegada de las organizaciones humanitarias. "Solo queremos un lugar seguro para nuestros hijos, queremos vivir en paz y llevar a nuestros hijos al colegio".

Darwish, de 74 años, y Aysha de 68, son de la ciudad siria de Deir ez Zor. Malviven en el campo de Vathy, donde han pasado un mes a la intemperie después de que su refugio fuera pasto de las llamas.  Darwish tiene problemas cardíacos y de riñón y no puede caminar. Aysha padece hipertensión y un malestar general que le imposibilita hacer las tareas básicas. “Nuestros hijos nos lo tienen que hacer todo, tienen que llevarnos al baño, ir a traer comida y salir del campo, cuando pueden, a comprar medicamentos. Las condiciones de vida en Vathy son insoportables".
Esta pareja de ancianos tiene 4 hijos, uno de ellos con discapacidad auditiva causada por los fragmentos de una bomba, y un nieto de 10 años que padece asma. "Los médicos del campo nos dicen que en Samos es imposible encontrar tratamiento especializado para mis problemas de salud y los de mi hijo. Nos dicen que solo en el continente podremos encontrar un médico”, se lamenta.

A pesar de reunir todos los factores de vulnerabilidad al coronavirus, hasta el día de hoy ninguna de estas personas ha recibido un alojamiento seguro en la Europa continental.  "Si estas personas permanecen en los campos, las consecuencias podrían ser terribles. Hemos visto lo que sucede cuando se ignora esta horrible receta ante el desastre: la bomba de relojería finalmente explota. En Vathy vemos exactamente las mismas condiciones; estamos advirtiendo a las autoridades ante la tormenta que se atisba en el horizonte. Hay que actuar y hay que hacerlo ya, antes de que sea demasiado tarde. Por ello, urgimos a que estas personas sean trasladadas a un alojamiento seguro en el continente o en otros estados de la Unión Europea", concluye el responsable de MSF en Samos.

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