Rosas blancas contra el nazismo

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Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo quedó perturbado por las atrocidades del nazismo. La contienda había terminado y los camarógrafos documentaban para la historia los horrores de los campos de exterminio. Alemania quedó señalada como el monstruo que había perpetrado una barbarie que superó las perversiones de la mente más retorcida, y aunque muchos de sus ciudadanos se afanaban en exonerarse de cualquier responsabilidad -"No todos somos nazis", decían- el alegato de los que se autoproclamaban desconocedores de la realidad se transformó en una prueba de cargo contra los colaboradores por omisión.

Pero siempre hay un justo en Sodoma, y fue entonces cuando surgió la figura de Sophie Scholl para recordarnos, que incluso en las brasas más candentes de infierno, hay alguien que se negó a permanecer impasible ante la tiranía. 

Sophie era una apasionada del nacionalsocialismo. Como todos los jóvenes de su época creció imbuida en un ambiente propagandístico que le hizo creerse con la suerte de pertenecer a un pueblo superior, elegido por los mismísimo dioses. Con el entusiasmo de las niñas lobotomizadas por el fascismo ingresó en la Liga de Muchachas Alemanas, una suerte de organización donde adoctrinaban a las jóvenes para ejercer el rol de la pura, casta y aria mujer del Tercer Reich. "Estaba obsesionada y era una fanática", comentó una de sus compañeras.

En paralelo, su hermano Hans destacaba en las Juventudes Hitlerianas al mando de una cuadrilla de 160 adolescentes dispuestos a dejarse los cuatro pelos de la barba en la defensa de los valores que perfumaban el ambiente de aquella pestilente nación. 


Por suerte, la juventud es un pecado que se cura con el tiempo, y cuando a Hans le tocó cambiar los juegos de las colonias de verano por el campo de batalla en el frente oriental, pudo comprobar con sus propios ojos el trasfondo criminal que escondían los discursos patrioteros de los grandes prohombres del nazismo.

La sangre que teñía de color rojizo los surcos del terreno fangoso sacudió la conciencia de un hombre, que tras limpiarse el dolor del traje militar, decidió revolverse contra aquellos que le habían despojado de cualquier rastro de humanidad.

Sophie también había dejado atrás los días de una infancia maleada cuando se enroló durante 6 meses en el servicio auxiliar de guerra como profesora de un jardín de infancia. Allí, mientras cuidaba de la nueva hornada que debía garantizar el Reich de los 1000 años, empezó a replantearse los que hasta entonces parecían pilares robustos a prueba de cualquier tentación.

Al llegar a la universidad de Múnich para estudiar biología y filosofía, su hermano, que cursaba la carrera de medicina, ya había transitado los peldaños de la redención, y junto con un grupo de compañeros de facultad fundó el grupo de resistencia pasiva La Rosa Blanca. Hans, Christoph Probst, Will Graf y Alexander Schmorell pergeñaron una organización clandestina que pronto se extendería por todo el territorio alemán. Aunque la estrategia de una revolución pacífica pudiera parecer de ingenua cobardía, aquellos jóvenes habían tragado la pólvora de los soviéticos como el más aguerrido de los soldados, sin mostrar síntomas de flaqueza en la empuñadura del arma, pero si de hastío e inmundicia moral.

En los círculos intelectuales críticos con la dictadura, Sophie entabló contacto con escritores y filósofos que le ayudaron a despojarse de los últimos residuos de fervor nazi. "Más vale un dolor intolerable que vegetar insensiblemente. Más bien una sed terrible, más bien el dolor, el dolor y otra vez el dolor que sentir un vacío, un vacío, y sentir sin ninguna sensación verdadera. Es, en contra de eso, que quisiera rebelarme", escribió en su diario.

Comenzó a interesarse por esos idealistas que se atrevían a desafiar el orden establecido, y no fue hasta varias semanas después cuando supo que uno de ellos era su propio hermano.


Sophie pronto ganó ascendencia dentro del grupo. La fragilidad de su aspecto contrastaba con el coraje que mostraba al caminar impertérrita junto a los oficiales de la Gestapo, que no podían imaginar que aquella joven de constitución menuda escondía bajo su ropa miles de octavillas que clamaban por un levantamiento popular.

La Rosa Blanca difundía sus folletos a través del correo y en los mostradores de las cabinas telefónicas. En ocasiones se exponían a ser fácilmente descubiertos cuando lo hacían en los parabrisas de los coches aparcados en la calles. Contaron con la ayuda del profesor Kurt Heber, un talentoso musicólogo que se negó a componer canciones para el Tercer Reich y que también resultó condenado a muerte.

Las malas lenguas decían que las reivindicaciones de La Rosa Blanca clamaban únicamente por las vidas de los soldados alemanes que caían baleados en el frente, pero solo era un rumor maledicente extendido por los servicios de propaganda del régimen. En sus escritos también aludían a los judíos, a los gitanos y a los presos políticos: "¡Alemanes¡ ¿Queréis para vosotros o vuestros hijos el mismo trato que están recibiendo los judíos?".

El 18 de febrero de 1943, Sophie y su hermano Hans repartieron folletos por los lugares más concurridos de la universidad: En ellos se podía leer: "Cada palabra que sale de la boca de Adolf Hitler es mentira". Al terminar, Sophie subió las escaleras del atrio y lanzó los últimos volantes al viento, como si esperase que aquellas hojas de papel fueran el mazo que despertase las conciencias de los estudiantes. No advirtió, sin embargo, que en los espacios abiertos también pululan los chivatos que cuentan entre las sombras las 30 monedas de plata. Allí, con las hechuras de una rata que huele un buen trozo de queso, un bedel que era miembro del partido nazi lo había visto todo.

Hans y Sophie fueron detenidos y. poco después capturaron a Christoph. Los tres tuvieron que someterse a duras jornadas de interrogatorios, pero ninguno dijo nada que pudiera comprometer a sus compañeros. De sus palabras solo se tiene testimonio de una frase que pronunció Sophie mientras le molían los huesos a palos: "Ni siquiera ahora me gustaría tener nada que ver con el nazismo".


El juicio fue una pantomima. El magistrado, llamado Ronald Freiser, una bestia inmunda que aporreaba el estrado mientras escupía soflamas laudatorias sobre la divinidad del Führer, condenó a los tres jóvenes a morir guillotinados.

Por aquel entonces, Sophie solo tenía 21 años. A pesar de su juventud, los testigos aseguraron que permaneció tranquila durante todo el proceso, como si supiera que del charco de sangre que dejaría su cuerpo inerte germinarían otras mil rosas blancas, y de esas, otros mil más. El 22 de febrero de 1943, instantes antes de que la cuchilla segara el tallo de aquella flor, Sophie Scholl miró a sus verdugos y dijo: "También rodarán vuestras cabezas". Y tenía razón.

El legado de estos jóvenes ha perdurado hasta nuestros días. Bien es cierto que la tiranía tuvo que ser derrotada con el ruido de las bombas, pero como dice el escritor Rafael Narbona, aquella ingenuidad de la resistencia pasiva "fue un admirable testimonio sobre la dignidad del espíritu humano y un ejemplo que nos permite contemplar a nuestra especie y no repudiarla".

Una copia del que iba a ser el próximo panfleto de La Rosa Blanca llegó a manos de Helmuth von Moltke, un militar contrario a Hitler que decidió enviar el escrito a las tropas aliadas en Inglaterra. A finales de 1944, la aviación británica arrojó cientos de miles de octavillas como esa sobre Alemania: "Nuestro pueblo se alza contra la esclavización de Europa a manos del nacionalsocialismo en una nueva irrupción de libertad y honor".

Dicen que la vida es un círculo que se cierra con las luces del postrero atardecer. Paradójicamente, al igual que aquellas hojas que Sophie Scholl lanzó desde el atrio de la universidad, como si de un mazo para azuzar conciencias se tratara, el último mensaje de La Rosa Blanca también cayó sobre los cielos de una Alemania que expiraba el último aliento del nazismo.

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