Ser hipster no es una moda

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Al pasear por Malasaña se siente una extraña sensación de irrealidad. Sus estrechas calles, llenas de negocios a la última moda, se nutren de un trasiego inagotable de turistas y autóctonos que buscan lo trendy en un barrio que, tras la degradación, se ha convertido en una especie de parque temático con un intenso olor a orín. 

"Berlín en cinco años va a ser como Londres", me decía una amiga mientras comíamos un croissant de 3 euros en una panadería cool de nuestro barrio de la capital germana. Habíamos estado en el mercado semanal, donde anteriormente decenas de puestos turcos de comida y venta de frutas o verduras convivían con otros de venta de ropa estándar, la típica de los mercadillos dominicales. Comer allí había subido un euro en pocos meses, y algunos puestos habían sido sustituídos por otros en los que se vendían souvenirs, ropa de segunda mano o bolsos carísimos. 

Llegué al barrio de Neukölln casi a la par de mi llegada a Berlín, por casualidad. De hecho había oído opiniones encontradas sobre la zona, un lugar al que me fui a vivir básicamente porque es donde encontré un piso que me pudiese permitir (también los dos anteriores, que fueron más temporales). "No es una zona muy recomendable, hay muchos extranjeros, es el barrio turco y no es muy seguro", se leía en algunos foros de internet. 

En casi cuatro años viviendo allí, vi el barrio cambiar sobremanera. Solo en mi calle, había una rehabilitación de un edificio diferente cada semana. Nos preguntábamos cuando nos tocaría a nosotros, con su consabida subida del alquiler. Ya no vivo en la ciudad, pero mi conexión con Berlín es tan fuerte que vuelvo regularmente y, a pesar de que no suelen pasar más de tres meses entre un viaje y otro, sigo viendo cambios espectaculares en Neukölln de una visita a otra. 

Resulta especialmente doloroso no poder tomarte una cerveza en tu barrio a un precio asequible, aunque lo realmente trágico es que la farmacia de la esquina de tu calle ahora sea una tienda de ropa vintage y hayan dejado incluso el cartel anterior de farmacia. Tener decenas de cafés bonitos cerca de tu vivienda puede ser útil en momentos puntuales o cuando te visita gente, pero ¿para qué le sirven a quienes viven allí todo el año, más que para tomarse algo y subirlo a Instagram de vez en cuando? 

En mi calle había un centro social autogestionado. Allí se hacían festivales de tartas en las que cada uno llevaba la suya y todos comían de las que querían, había mercadillo gratis (cogías lo que te interesaba y dejabas algo si querías o no dejabas nada), se hacían charlas sobre cómo protegerse de la subida de alquileres, se tejían redes vecinales. Fue muy fácil sentirse de Neukölln y crear comunidad. Pasé muchas noches felices cenando allí en compañía la comida que se preparaba en la propia casa, conocí tantas personas geniales. Ahora ese local es una moderna joyería. Parece una ironía del destino. O quizá no tanto. 

Ser hipster no es una moda, es un estatus económico. A 200 metros de mi casa ya han levantado un edificio de pisos de lujo. Han puesto un supermercado, una típica cadena alemana. Para diferenciarlo del mismo supermercado en barrio pobre, le han puesto un nombre francés. Se llama Edeka 'Lorenz'. El 'Edeka' del barrio de Britz se llama 'Edeka Britzerdamm', como la propia calle. Ni que decir tiene que al entrar a 'Lorenz' no ves más que familias jóvenes con hijos y ropa cara y en las cajas una voz automática te dirige a una u otra, al contrario que en la mayoría de supermercados de la misma cadena. A través de una estética bonita nos han convencido de que el mismo café que te tomas en el bar de Paco ahora te tiene que costar el doble porque el local está renovado. 

Una cosa que me sorprendía del barrio norteño de Prenzlauer Berg era que se había gentrificado tanto que en muchos locales ya te hablaban sólo en inglés porque no sabían alemán. Ese barrio pertenecía a la antigua RDA y con la caída del muro se convirtió en uno de los exponentes del movimiento okupa de Berlín. Ahora apenas quedan centros sociales y autogestionados, tampoco bares de toda la vida. Han sido sustituídos por carnicerías para perros y gatos, restaurantes veganos o tiendas bio. Es justo la antesala de lo que está pasando en mi barrio. 

El otro día me contaba un amigo que está buscando compañero de piso y que se encuentra con mucha gente que viene a la ciudad para trabajar 6 meses y luego se van. Berlín es cuna de las start-up, pero ese ritmo tan cambiante es imposible que pueda ser absorbido por la ciudad. En seis meses no te da tiempo a aprender el idioma, ni tampoco a crear muchos lazos afectivos. Siendo Berlín una ciudad que es vanguardia europea, es una ciudad muy ficticia. 

Una vez vinieron mis padres a verme y oí como mi padre le decía a su amigo: "Mira, mira ese". Le pregunté qué ocurría y me contestó: "Es que llevamos aquí tres días y es el primer señor mayor que vemos en la ciudad". Todo caduca tan rápido en Berlín que con más de 40 años ya parece que no sea tu lugar. No conocer a tus vecinos porque cambian cada pocos meses o son inquilinos de Airbnb supone que no haya convivencia vecinal como tal. Que pedirles sal o aceite sea pedírselo a un extraño. 

No hay derecho a la elitización de la ciudad. A que lo que antes era un barrio desfavorecido en el que se tuvieron que confinar personas procedentes de Turquía que vinieron a Alemania a trabajar, ahora se haya convertido en un atractivo turístico precisamente por eso. "¿En qué barrio vivías de Berlín?" Siempre que alguien que sólo ha visitado la ciudad te pregunta eso y contestas que Kreuzberg o Neukölln (mi zona era entre ambos barrios), te dicen: "Ah, el barrio turco. Estuvimos visitándolo". Lo que hace menos de diez años era una 'no-go area' (zona considerada altamente peligrosa por su criminalidad), ahora es un lugar en el que por su canal del río pasan cada cinco minutos barcos llenos de turistas y cada vez hay menos cisnes. 

Los turcos trajeron el kebab a Berlín hace décadas y, desde entonces, es considerada la capital de Europa para degustar esta comida. Hay muchísimos locales del barrio donde poder comer los mejores kebabs, casualmente los mejores suelen ser los de los locales menos atractivos visualmente. Sin embargo, las guías turísticas han hecho que 'Mustafa Kebab', en Kreuzberg, sea el que más fama tenga de toda la ciudad. Tanto es así, que hay colas de más de una hora para comprar un Döner que está muy bueno, pero que ni de lejos es el mejor de la ciudad. 

Hace un par de meses coincidí en Berlín con un grupo de amigos. Queríamos tomar algo y les llevé a un bar de mi barrio, un bar punk que lleva décadas allí y hace trabajo político. Es curioso porque, al oírnos hablar en castellano, un tipo se nos acercó y nos empezó a gritar: "Fuera de aquí, turistas gentrificadores". Le contesté en alemán, pero ya estaba fuera de sí y el dueño del bar tuvo que mediar y llevárselo a otra zona del garito (no queríamos que le echasen, evidentemente). Entendí perfectamente la rabia que provoca ver que tu bar de toda la vida puede desaparecer o encarecerse si es descubierto por turistas. Es la misma sensación que sentí cuando cerraron la gasolinera de al lado de mi casa, en la que al verme el trabajador ya sabía lo que quería, y que ahora será sustituida por un nuevo hotel. 

Al final te das cuenta de que te obligan a entrar en esa vorágine. Me compraba la ropa en el mercadillo mensual del barrio, donde los hipster vendían muy barata su ropa casi nueva porque ya no era suficientemente vintage. Y el típico chándal de táctel de muchos colores de los 90, ahora vale 70 euros en la antigua farmacia de tu calle. ¿Cómo no cansarse de esas inestabilidades? El otro día vi que alguien compartió en Instagram una pintada callejera que decía: "Tu street art me sube el alquiler". De eso se trata. De que con la excusa de una ficticia modernización que sólo sirve a quienes visitan la ciudad temporalmente, cierren las librerías, cierren las farmacias, no haya vida colectiva, sólo selfies, sólo stories, todo se pasa y algo nuevo, en 24 horas caduca. Y tú también. 

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