Vacunas electoralistas, urnas en discotecas

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Aquí estamos de nuevo, salvando el verano. Después de más de un año pareciera que "salvar" algo requiere alzarlo hasta lo más alto de la dichosa curva de contagios, elevarlo de la mano de la Incidencia Acumulada para que allá arriba obtenga su redención. La Navidad, la economía, el verano o el verano bis. Siempre el mismo resultado: olas. Si bien las primeras nos pillaron a todas en una vorágine de confusión y miedo, llegados a la quinta ya no sirve la carta de "nos encontramos en una situación inédita para la que nadie estaba preparado". Fue una realidad durante mucho tiempo, aunque desde la oposición quisieran obviarlo, pero quedó superada con el paso de los meses: ahora sí estamos preparados.

Antes de continuar, me veo obligado a explicitar una de las premisas sobre las que se va a sustentar el presente texto: cuando un equipo de gobierno gana unas elecciones, sus miembros se convierten automáticamente en responsables de tomar las decisiones que sean necesarias en pos del bien común, incluso cuando la opción óptima en términos de beneficio para las grandes mayorías sea la más impopular a ojos de la opinión pública. Es más: particularmente en esos momentos.

Esta tarea se vuelve mucho más importante en un contexto como el actual, en el que el régimen de explotación neoliberal ha desembocado en una desmovilización política que convierte la opinión pública -al menos, en términos generales- en un enjambre de cortoplacismo carente de capacidad para la reflexión crítica o el pensamiento racional más allá de las soflamas propagandísticas lanzadas desde unos grandes medios de comunicación de masas infectos.

Y así llegamos a las puertas del verano de 2021, ese objetivo que todos y todas nos marcamos hace ya muchos meses: "no va a ser una vuelta a la normalidad, va a ser mejor por las ganas que tenemos". Confieso haber contribuido a extender ese mensaje, mea culpa, aunque ahora entiendo que, desde la oscuridad en la que nos ha sumido durante tanto tiempo el coronavirus, cualquier pequeño destello de esperanza tornaba en luz cegadora. Por aquello del contraste. Si, además, el éxito de la campaña de vacunación añadía claridad al alegre fogonazo, ¿cómo vamos a culparnos por haber permitido a nuestras maltrechas mentes ignorar la razón pura y dejarse llevar por el optimismo?

Es ahí donde entra en juego -donde debería haber entrado en juego, mejor dicho- la responsabilidad de un Gobierno, máxime en una situación de excepcionalidad como la vivida desde marzo de 2020. Con un acceso prácticamente ilimitado a opiniones expertas, estudios, investigaciones y previsiones de todo tipo, el equipo de Pedro Sánchez no puede mantener un discurso similar al que se dio en la primera reunión de mi familia, donde hablamos sobre todos los planes que íbamos a poder volver a hacer ahora que la pesadilla estaba terminando, una y otra vez, en un bucle tan satisfactorio como irreal. Su tarea es precisamente la contraria: dar un pequeño chasco a mis padres, bajar de la nube a mis tías y contarnos a mis primas y a mí que, sí, vamos por muy buen camino, pero las vacunas no son un interruptor de 'On/Off' de la pandemia y todavía existen riesgos de caer en otro repunte de contagios, hospitalizaciones y muertes.

Los números no enferman ni pierden familiares, solo votan o no votan, así que la única preocupación es lograr que lo hagan. Todo lo demás es ajeno

En su lugar, han decidido poner lo electoral por encima de la salud pública. Si la ciudadanía quiere tener un verano de fiesta que les haga olvidarse de que seguimos atravesando una de las emergencias sanitarias más graves de la historia reciente, ¿quiénes somos nosotros para frenar sus expectativas, por mucho que sepamos el impacto negativo que tendrán?, parecen haber pensado. Es lo que tiene vivir en unas elecciones constantes y ver a la población no como personas, sino como números con capacidad de depositar una papeleta de tu color en un recipiente de metacrilato. Los números no enferman ni pierden familiares, solo votan o no votan, así que la única preocupación es lograr que lo hagan. Todo lo demás es ajeno.

Ni siquiera la evidencia científica indiscutible con respecto a la primacía de los contagios en espacios interiores mal ventilados ha movido al Gobierno a hacer su trabajo: si la juventud pide discotecas, discotecas tendrán. A Pedro Sánchez solo le ha faltado colocar urnas dentro de los locales de moda en Gandía, Ibiza, Benidorm o Conil para que algunos fuesen adelantando su voto en agradecimiento por atender a las peticiones de quienes estamos deseando pegarnos una buena fiesta. 

Algo parecido ocurre con la vacunación. El discurso oficial ha evitado a toda costa informar con rigor acerca de la no-omnipotencia de las vacunas, presentadas como una solución milagrosa e instrumentalizadas como un éxito del Gobierno. Siendo así, reconocer ciertas debilidades, como la posibilidad de infectarse y contagiar a pesar de haber recibido las dos dosis, podría disminuir la heroicidad y su rentabilidad electoral. Vade retro.

El resultado lo estamos viviendo en nuestras propias carnes: una Incidencia Acumulada de 659 casos por cada 100.000 habitantes en el momento en que se escriben estas líneas (a partir de 250 se considera riesgo extremo) y un panorama preocupantemente confuso en lo referente a la necesidad de mantener ciertas precauciones aun habiendo recibido la pauta completa de vacunación. Ante las numerosísimas voces expertas que advirtieron, tanto de la peligrosidad que entrañaba reabrir el ocio nocturno con un porcentaje ínfimo de jóvenes vacunados, como de que la vacunación no erradica automáticamente el virus, el Gobierno prefirió mirar hacia otro lado. Concretamente, hacia el lugar en el que se encuentran las (ultra)derechas, ejerciendo una oposición vomitiva en la que la ausencia de escrúpulos permite manosear decenas de miles de cadáveres -solo hay que observar cómo mantienen con vida a ETA para poder instrumentalizar el reguero de sangre que dejó su actividad terrorista- con fines meramente electoralistas. Una vez se ha entrado en ese barro ponzoñoso la Salud Pública no importa nada, pues se está jugando bajo las reglas que marcan quienes recurren incluso a los discursos fascistas más inhumanos con tal de rascar unos minutitos de prime time.

Retrasar la relajación de restricciones supondría, en este marco antipolítico, un aluvión de acusaciones que, merced a la mutilación del pensamiento crítico antes mentada, conllevaría un gran desgaste para el equipo de gobierno que debe dar la cara por su decisión. A su vez, se estarían salvando vidas y, a la larga, reforzando la manida recuperación económica. Es justo ahí donde la coalición "más progresista de la historia", que incluye al partido que vino a cambiar la democracia española, ha tomado el camino del electoralismo deshumanizador.

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