Ya está, hemos llegado. Y lo siento

Kamchatka es un espacio colectivo para una forma de hacer periodismo: feminista, de clase, contestatario e independiente. No tenemos grandes inversores que interfieran en nuestra ética profesional y para que esto pueda seguir así necesitamos más que nunca vuestra colaboración. Ayúdanos a seguir siendo libres. Ayúdanos a resistir.

Si se me concediese la oportunidad de hacer interiorizar dos lecciones morales a las personas de mi entorno, no tendría dudas: "No posicionarse es un privilegio" y "la equidistancia es complicidad" serían las elegidas. Después de darle muchas vueltas, no he sido capaz de idear un arranque mejor para este texto, seguramente porque el momento de áspera desesperanza que atravieso -y atravesamos- estos días solo me permite fantasear con realidades alternativas en las que quepan soluciones mágicas, como ese don de la enseñanza instantánea. Sea como fuere, lo verdaderamente importante es la realidad a la que aluden ambas frases, cuya combinación podría explicar cómo hemos llegado a una situación tan desoladora.

El pasado lunes, mientras escuchaba algunos de los discursos pronunciados durante la concentración, en mi Guadalajara natal, por el asesinato homófobo de Samuel, me asaltaba continuamente un sentimiento de extrañeza, de alteridad frente a lo que se estaba diciendo y, sobre todo, a lo que se estaba respirando: miedo. Pero no era el miedo al que yo estoy acostumbrado, ese que aparece ante una potencial amenaza -a la enfermedad, al fracaso, a la pérdida, a un perro amenazante, a las alturas…- no, era un miedo inherente a la propia identidad personal, inseparable de la experiencia vital misma, un miedo que, de tan presente, termina por modular el carácter para hacerse con un hueco perpetuo en él.

En un momento dado, la persona que me acompañaba -como yo, un privilegiado extraño en eso de vivir con el miedo pegado a las entrañas- se quejó de que no hubiese ni una cámara de televisión presenciando el acto de protesta, y ambos comenzamos a reflexionar en voz alta sobre si la concentración tenía un significado en sí misma, más allá de la influencia mediática que pudiese llegar a alcanzar, en este caso nula. La conclusión fue que lo que allí estaba ocurriendo tenía un alto componente de reivindicación hacia dentro del propio colectivo. Porque el miedo, en comunidad, se lleva mejor. Quienes cogían el micrófono transformaban el temor omnipresente en fuerza, demostrando que incluso el mero acto de expresar su identidad sin ambages, en un lugar seguro, es una necesidad imperiosa que pocas veces puede verse satisfecha. 

El mero acto de expresar su identidad sin ambages, en un lugar seguro, es una necesidad imperiosa que pocas veces puede verse satisfecha

"No posicionarse es un privilegio", decíamos, puesto que quienes no hemos tenido que reprimir nunca lo que somos vivimos libres de ese miedo atenazante y, por ende, no cargamos con el peso insoportable que tantas personas alivian solo en momentos traumáticos como este. Es imprescindible empezar a ser conscientes de que nuestra toma de posición amplía esos espacios seguros en los que el miedo se convierte en fortaleza.

Sin embargo, no hay que realizar una investigación sociológica exhaustiva para identificar un profundo déficit de iniciativa a la hora de pronunciarse a favor o en contra de ciertos comportamientos o discursos, por mucho que se trate de consignas en apariencia irrebatibles, en cuanto que atañen a lo más básico de los derechos humanos, véase el acto de matar a golpes a una persona por el mero hecho de vivir una vida conforme a su orientación sexual. Estoy tristemente seguro de que todos y todas hemos sentido esa ausencia de alusiones al asesinato de Samuel -así como al resto de crímenes y agresiones machistas, racistas y homófobas que se han dado en estas últimas semanas- en nuestro círculo más cercano, un silencio atronador que no solo se construye rehuyendo el tema, sino también reprobando con un claro desdén a quienes intentamos ponerlo encima de la mesa. Y es aquí donde entra en juego la segunda lección que le pediría a mi genio de la lámpara imaginario: "la equidistancia es complicidad".

La excusa utilizada por la gran mayoría de personas para justificar su mutismo siempre se dirige hacia el mismo espantajo, convenientemente agitado por los sectores más ultraconservadores: la polarización. No quieren mojarse porque el ambiente está muy crispado y cualquier cosa que se diga va a generar una reacción agresiva, suelen argüir. Y yo me pregunto: ¿les da miedo blanquear en voz alta el fascismo o lo que temen es enfadar a quienes aplauden a los asesinos? Ambas opciones dan pavor.

Basta de escudarse en la "polarización política" para eludir la responsabilidad de posicionarnos a favor o en contra de la violencia machista, racista, homófoba o en cualquiera de sus formas

Basta de escudarse en la "polarización política" para eludir la responsabilidad de posicionarnos a favor o en contra de la violencia machista, racista, homófoba o en cualquiera de sus formas. No es posible establecer un debate no-polarizado cuando el panorama sociopolítico se maneja en términos de palizas mortales al grito de "maricón de mierda" o "los inmigrantes nos quitáis la comida". No hay un contraargumento sosegado válido a las patadas en la cabeza ni a las puñaladas que acompañan a esas consignas. De hecho, solo cabe una oposición firme, activa y hostil. Sí, hostil. Quizá en un país en el que "Transición" no signifique "continuismo", valdría con las dos primeras cualidades. En el Estado español, sin embargo, no nos queda otra carta que la de la hostilidad feroz, merced a la brutalidad reaccionaria con la que responden las togas y las porras a nuestra firmeza y activismo.

En definitiva: combatir con toda la rabia del universo los discursos fascistas no es crispar el debate, es una responsabilidad democrática.

Mientras escribo esto, Twitter se moviliza para intentar pedir explicaciones a la policía por los abusos de tres de sus agentes en Madrid, e incluso Ana Pastor, una de las herramientas más útiles del Régimen junto a su marido, se escandaliza por las imágenes que llegan de jóvenes apaleados mientras pedían justicia para Samuel. Mientras escribo esto, no se me ocurre ni una sola solución que no pase por desgarrarme la garganta delante de esos seres uniformados, de llenar esos cascos sin rostro con la saliva de miles de gritos.

Ya está, hemos llegado. Esa es la sensación que, junto a un amargor casi físico que se ha agarrado a mi garganta, me han provocado estas últimas semanas de violencia y crímenes de odio constantes. Siento que, tras muchos meses de intentar advertir del terrible peligro que se cernía sobre nosotras, hemos fracasado con estrépito. Lo dicho, hemos llegado: os están matando. Desde la atalaya de privilegios que me otorga esa segunda persona del plural, también conocida como "hombre blanco cisheterosexual", me veo en la obligación de pedir disculpas por no haber sido capaz de bajar al suelo, al vuestro, para empezar a construir desde ahí. En igualdad de condiciones. Prometo seguir intentándolo, espero que no sea demasiado tarde.

Suscríbete a nuestra newsletter