Fútbol contra el fascismo

"Que raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra". Jorge Luis Borges hizo durante toda su vida alarde de la animadversión que sentía por el balompié, un entretenimiento que el literato argentino consideraba más propio de masas aborregadas que de hombres cultivados en quehaceres más sofisticados. Quizá tuviera razón cuando decía que "el fútbol es popular porque la estupidez también lo es" o quizá nunca logró entender esa pasión irracional de ver un balón romper una frontera de tres palos que conquistó por igual tanto a Galeano como a sus nadie.

Sea como fuere, el imaginario colectivo de millones de personas en todo el mundo está salpicado de recuerdos de tipos en pantalón corto detrás de una pelota: la mano de Dios de Maradona, la culebrita machateada del Mágico, la cintura indomable de Garrincha o los besos a la red de un enano de Rosario. Y es precisamente ahí, entre las galopadas de "la pulga" y los requiebros de "el pelusa" por donde se cuelan las virtudes y los vicios de las masas.

El fútbol también es el resguardo de esa parte de la sociedad infestada por la miseria moral, que aprovecha los domingos para vomitar la bilis de sus corazones negros. A propósito del deporte, la extrema derecha ha encontrado cobijo para desatar las ideas más reaccionarias de sus cabezas rapadas, manchando la liturgia de los estadios con su discurso propagandista del odio al diferente. Pero si bien es cierto que el fútbol es motivo habitual para la bronca y la barbarie, también hay rincones que resisten inquebrantables, como lo hacían en la aldea de Goscinny y Uderzo a los ataques de los romanos.

  • Piratas contra fascistas

Hamburgo presume de historia marinera. Territorio habitual de los piratas del mar del norte, las leyendas de esta ciudad alemana no se entenderían sin su puerto, uno de los más importantes de toda Europa. Estibadores, trabajadores portuarios y marineros mercantes comenzaron a formar parte del paisaje de una ciudad que pronto se convertiría en un reflejo de su modo de vida, gracias a un pequeño barrio que fue lugar de trasiego habitual para estos hombres errantes que buscaban entre sus calles el descanso de una vida de ida y vuelta.

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Puerto de Hamburgo / Vanesite (Flickr)

Mientras en las zonas más acaudaladas florecía una prominente clase adinerada por los enormes beneficios del comercio marítimo, el barrio de Sankt Pauli también lo hacía a su manera, con bares de alcohol barato, prostíbulos, salas de juego y locales de estraperlo. La vida pirata se hizo dueña de cada rincón y aunque algunos hubieran preferido un mejor porvenir para sus calles, Hamburgo no sería la misma sin los latidos de su corazón rojo. Tal era el apego de sus transeúntes por la vida disipada que este fue el único lugar donde el régimen nazi no logró acabar con la prostitución, prohibida en todo el país.

Fue allí, entre putas y borrachos, donde en 1910, los obreros del puerto fundaron un pequeño equipo de fútbol al que vistieron de marrón en homenaje al color de sus monos de trabajo. La historia del FC Sankt Pauli (más conocido cono St. Pauli) está alejada de los logros deportivos. En el césped son una medianía cuyo mayor éxito fue ganarle un partido al todopoderoso Bayern de Munich, allá por 2002, que la afición todavía recuerda como si de un título se tratase. Quizá sea porque en las gradas del Millerntor-Stadion el fútbol solo es una excusa.

La leyenda comienza a forjarse en los años 80, cuando una desmemoriada Alemania revive el resurgimiento de una extrema derecha que encuentra en los estadios espacio para el aquelarre colectivo. El antisemitismo que las autoridades ya creían superado florece de nuevo bajo el auspicio de los grandes clubes, que veían en el odio de aquellas masas embrutecidas una fuente inagotable de ingresos a la que no estaban dispuestos a renunciar.

Las gradas del Hamburgo S.V, el gran club de la ciudad, y del Hansa Rostock, cuya sede se encuentra a unos 150 kilómetros, empezaron a llenarse de nostálgicos del nacionalsocialismo, provocando a su vez la espantada de esa otra parte de la afición que condenaba sin paliativos los demonios del pasado. Se produjo entonces un trasvase de seguidores que provocó que el St. Pauli pasara de ser un equipo con unos cientos de seguidores al lugar donde convergen miles de antifascistas procedentes de todos los lugares de la región. La afición creció de los 1.600 adeptos en 1980 a los alrededor de 30.000 que tiene en la actualidad, con 11 millones de simpatizantes en todo el mundo y más de 500 peñas, algunas de ellas radicadas en España, como el FC. ST Pauli Fanclub de Cataluña o la peña El Grano de Valladolid.

Comunistas, socialistas, anarquistas o simplemente punks antisistema han transformado al equipo en un referente para la izquierda internacional. Ya en la década de los 80 comenzó a dar ejemplo de su compromiso político cuando viajó a Nicaragua a jugar un partido amistoso en apoyo a la revolución sandinista.

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"El amor es lo único que importa" / Clarín

También fueron pioneros en la lucha contra cualquier forma de discriminación al declararse oficialmente antirracista, antifascista, feminista y defensor de los derechos del colectivo LGTB. Prueba de ello es un mural pintado en uno de los accesos al estadio donde dos hombres se besan bajo el lema: "El amor es lo único que importa", o el cambio de nombre del recinto, que se produjo en 1998 cuando pasó de llamarse Wilhelm Koch (presidente de la entidad desde 1931 a 1969) a Millerntor-Stadion, tras salir a la luz que Koch había colaborado con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Otro hecho significativo ocurrió en 2002, cuando los aficionados presionaron a la directiva para retirar del estadio la publicidad de la revista masculina Maxim, debido a la imagen sexista que la publicación transmite de las mujeres.

El St. Pauli fue la primera entidad deportiva en Alemania que firmó un compromiso de principios fundamentales sobre la administración de la entidad y su relación con los fans. En el mismo se incluyen aspectos como el respeto por los derechos humanos, el reconocimiento de las diferentes secciones deportivas, las relaciones con la comunidad local o un código de patrocinio.

  • Un policía y un okupa

La terna de jugadores que a lo largo de los años han formado parte de su plantilla también es reflejo de su doctrina política. Por el vestuario han pasado personajes como el togolés Guy Acolatse, primer negro en jugar en la liga alemana, Volker Ippig, antiguo okupa del barrio que viajó varias veces a Nicaragua para unirse a las brigadas sandinistas, o Deniz Naki, que se convirtió en ídolo de la afición cuando en 2009 celebró un gol en el campo de Hansa Rostock, acercándose a la grada de los hooligans de extrema derecha mientras hacía el gesto de cortarles el cuello. "Vamos a construir un tren de Sankt Pauli a Auschwitz", le coreó la hinchada rival.

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Guy Acolatse

Otra de las figuras que ha quedado para la posteridad es la de Fabian Boll, que se retiró en 2014 y del que se decía que era policía. Todavía hoy se pueden ver pancartas en el estadio que dicen: "All cops are bastards Außer Boll" ("Todos los policías son unos bastardos excepto Boll"). Benjamin Adrion, creador de la iniciativa "Viva con Agua", con la que consiguió suministrar grandes cantidades de agua potable a países en vías de desarrollo, o el westfaliano Marius Ebbers, quien avisó al árbitro de que había marcado un gol con la mano, son otras de las estrellas que dejaron poso en las graderías.

  • ¿Pan o ideología?

Fueron las putas, los okupas, los yonkis y los refugiados. Fueron los parias y los apartados los que le dieron al equipo esa pátina idealista que perdura hasta nuestros días. Son habituales las acciones de solidaridad que lideran los seguidores con el apoyo de la infraestructura del club.

En junio de 2006 Alemania estaba sumergida en la fiebre del mundial de fútbol. El país entero se involucró en el acontecimiento deportivo más importante del año, en especial las administraciones públicas, que invirtieron una cantidad ingente de dinero para  garantizar el perfecto -y pomposo- desarrollo de la competición. Mientras tanto, en la Galia de Sankt Pauli los hinchas instaron a la directiva a que organizara un torneo alternativo bautizado como FIFI Wild Cup y donde participaron selecciones no reconocidas por la FIFA. El club tomó partida con el nombre de República de Santk Pauli y allí estuvieron Gibraltar, Zanzíbar, Groenlandia, Tíbet o la República Turca del Norte de Chipre. El fútbol era lo de menos; los aficionados querían demostrar que se podía realizar un campeonato al margen de la FIFA y el mercantilismo en el deporte.

El conflicto pan-ideología es motivo de discusión habitual entre hinchada y directiva. En 2003, el St. Pauli atravesó por uno de sus peores momentos económicos tras el descenso a la Segunda División. Fue entonces cuando se nombró presidente a Corny Littmann, un afamado empresario teatral del barrio y primer dirigente del fútbol alemán abiertamente gay.

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Millerntor-Stadion / St.Pauli

Con el apoyo de los aficionados, que reunieron una cantidad cercana a los 2 millones de euros, Littmann logró salvar al club de la quiebra a la que estaba abocado. El empresario entendió que para garantizar la viabilidad de la institución a largo plazo tenía que hacer una serie de concesiones que chocaban frontalmente con las convicciones ideológicas de la hinchada. Impulsó la construcción de un nuevo estadio con capacidad para 30.000 personas y una serie de palcos VIPS, un lujo que despertó las protestas de los estratos más anticapitalistas. A su vez fue el responsable de poner en marcha la gigantesca maquinaria de merchandising que ha elevado las cuentas de la entidad hasta un presupuesto que ronda los 30 millones de euros y un superávit de 500.000.

Desde la directiva se afanan en convencer a los aficionados que la mercantilización retribuirá positivamente en su compromiso social y permitirá la realización de un mayor número de iniciativas solidarias, como el FC Lampedusa, equipo formado íntegramente por refugiados y tutelado por la división femenina del St. Pauli.

Pese a todo, son muchos los simpatizantes que añoran los viejos tiempos donde con unos pocos de miles de marcos llegaban a final de temporada. Es el caso de Doc Mabuse, un ilustre devoto del equipo que dice sentirse decepcionado con los nuevos tiempos. Según se cuenta en los mentideros del barrio, Mabuse fue el primero que ondeó la bandera pirata en el campo del St Pauli. Él mismo lo contó en un reportaje para VICE Sports: "Después de un partido iba muy borracho y pasé por el lado de una iglesia. Había un tendero vendiendo banderas y vi la de la calavera y los huesos cruzados, costaba 10 marcos. No recuerdo si la clavé o la grapé en un palo de escoba pero la llevé al estadio y así fue como se estableció como bandera. Si hubiera sabido lo que iba a suponer, habría patentado la idea. Desde entonces me siento traicionado, han explotado esa idea, se convirtió en una cuestión de moda. El dinero ha arruinado el fútbol profesional".

Aunque el escudo del St. Pauli está formado por un castillo blanco de tres torres sobre un fondo rojo, no es el símbolo más famoso de los conocidos como "piratas del Elba". La bandera de la calavera y las tibias cruzadas es el producto estrella de su merchandising y aunque los aficionados lo han interiorizado como parte de la parafernalia, su comercialización masiva es uno de los puntos de fisura entre la grada y la planta noble.

La presidencia cambió de manos en 2010 con la llegada de Oke Göttlich, un gurú de la música que logró convencer a algunas de las bandas indie más importantes del país de las bondades de un "mercado controlado", y que pretende ahora hacer lo mismo en el particular ecosistema del St Pauli.

En la presente temporada el equipo camina en la mitad de la tabla, una buena noticia para sus fieles, habituados a balancearse en la cuerda floja del descenso. Sea en la Bundesliga, en Segunda División o en Tercera, seguirán reuniéndose en el ahora coqueto estadio para celebrar algo mucho más importante que 22 tipos corriendo detrás de una pelota.

Por primera vez desde 1960, la ultraderecha ha vuelto al parlamento alemán haciéndose con 92 de los 709 escaños del hemiciclo. Una parte significativa del electorado se ha dejado embaucar por el discurso tramposo de los mismos que hace 70 años hundieron al país en el lodazal más oscuro de su historia.

Mientras tanto, en el corazón rojo del Elba, la Galia antifascista sigue resistiendo, a buen seguro, más empoderada que nunca. Y es que ya lo dice el lema oficial del club: "El St. Pauli es la única opción".

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