El Gobierno de Sánchez y la fórmula del Dimoxinil

En ‘Simpson y Dalila’, el segundo episodio de la segunda temporada de la archiconocida serie animada, Homer descubre el último y prometedor remedio para su problema de calvicie: Dimoxinil. Se trata de un crecepelo vendido como milagroso y que, efectivamente, parece funcionar. El patriarca de los Simpson lo comprueba cuando, cargando fraudulentamente un precio de mil dólares al seguro médico de su trabajo, estrena una atractiva y frondosa melena que le reporta admiración y éxito personal y profesional. Tanto, que su jefe le asciende a ejecutivo.

¿Cómo puede irle bien como ejecutivo al incompetente patán que es Homer Simpson? Pues gracias a que contrata a Karl, un asesor que nos recuerda la importante figura política del spin doctor. Su definición queda muy clara en palabras de Christian Salmon, autor de ‘Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes’: “agentes de influencia que ofrecían argumentos, imágenes y puestas en escena a fin de producir cierto efecto de opinión deseado”. Para entender la labor de estos agentes y trasladarla al escenario político actual español, es imprescindible analizar a un creador (y usuario) de crecepelo similar al Dimoxinil, el consultor político Iván Redondo.

Este ex consejero del PP, que trabajó con personajes como José Antonio Monago en Extremadura y Xavier García Albiol en Cataluña, trasciende ahora como fichaje del gabinete de Pedro Sánchez. A golpe de las técnicas narrativas conocidas como storytelling, o el arte de contar historias, Redondo está detrás de la venta de estrategia, posicionamiento y mensaje del hombre que se ha convertido de la noche a la mañana en flamante presidente del Gobierno de España. Y no ha sido un camino fácil, sino más bien un viaje lleno de giros de guion que tuvo su clímax en su victoria, contra todo pronóstico, en aquellas primarias del PSOE que recordaréis de capítulos anteriores.

De nuevo el storytelling, el relato casi cinematográfico, porque la odisea de Pedro Sánchez está cargada de épica, lo que nos trae a la memoria el esquema del Viaje del Héroe, acuñado por Joseph Campbell en ‘El héroe de las mil caras’. El líder de los socialistas ha representado sus tres etapas a la perfección: un inicio o partida, en el que el protagonista se ve forzado a dimitir como secretario general del partido y comenzar su aventura; un desarrollo o iniciación en forma de destierro, encontrando enemigos y aliados a su paso; y un desenlace o regreso que nos muestra un Sánchez evolucionado, a lo Ave Fénix renacido, que se enfrenta a su Prueba Suprema (las primarias) y sale vencedor cuando nadie lo espera. Finalmente, el héroe resucita y asciende al monte Olimpo tendiendo la mano izquierda a una moción de censura y la derecha a un ingeniero de la asesoría política.

A este ‘ingeniero’, Redondo, le gusta compararse con el equipo de un piloto de Fórmula 1, o incluso con los peones de un tablero de ajedrez. Considera que los asesores son el alma de la política y que sin ellos no habría nadie que protegiera al ‘rey’. También señala que, una vez que un peón llega a la casilla número 8, puede convertirse en la pieza que quiera. Aquí es donde el spin doctor se asemeja más a un escultor con “arcilla entre sus manos”, como el señor Burns denomina a Homer en lo que será su proyecto de nuevo ejecutivo. Construye entonces Iván Redondo personajes y mensajes con los que aspira a conectar con la gente, y su última creación es este ‘rey’ Sánchez y su corte de ministras y ministros, cada cual escogido con una intención, tratando, eso sí, de que detrás siempre haya historias emotivas que humanicen a estos técnicos. El factor emocional juega un papel crucial en las ficciones, pero también en nuestra realidad: estas son las personas que van a gestionar nuestras vidas.

Así, la ejecutiva de Sánchez está formada por más mujeres que hombres, lo que ya nos da la primera pista, avisándonos de esa búsqueda del voto femenino, que no feminista. En ella también nos cuela en Exteriores a Josep Borrell, abanderado de la causa anti-independentista; en Hacienda a María Jesús Montero, que viene de la susanista Junta de Andalucía; o en Interior al conservador juez Fernando Grande-Marlaska. Todo ‘atado y bien atado’ hasta que, en solo una semana, se descubre que el nuevo ministro de Cultura, Màxim Huerta, fue condenado en 2006 a una multa tras utilizar ilegalmente una sociedad para tributar menos al fisco y tras intentar deducirse su casa de Alicante por trabajos realizados en Madrid. En total, un fraude de más de 200.000 euros que, aunque ya regularizado, le ha costado la dimisión al ex colaborador de Ana Rosa Quintana.

“Por favor, Dios, dale un respiro a un calvo”, ruega Homer Simpson la noche en que se aplica Dimoxinil. El hombre calvo desea con todas sus fuerzas un cabello fuerte que le abra todas las puertas del reconocimiento social. El candidato sin personalidad desea con todas sus fuerzas un relato heroico que le alce a hombros del electorado. ¿Tiene un asesor político la fórmula del milagro rejuvenecedor o es tan solo un charlatán interesado en llegar a la octava casilla por medio de discursos gloriosos leídos por los actores y actrices que interpretan los papeles con los que el pueblo queremos identificarnos? Esos héroes y heroínas son creaciones narrativas que pueden esfumarse tan pronto como cerremos el libro o terminemos de ver la serie de final decepcionante. Es lo que le ocurre a Homer cuando Bart derrama por accidente el frasco de Dimoxinil, haciendo que su padre caiga al suelo en total desesperación. “Papá se lo está tomando de una forma poco heroica”, apunta la siempre certera Lisa.

Es entonces cuando el protagonista trata de mentalizarse de que no necesita trucos, que solo él (con la ayuda inestimable de su spin doctor) puede lograr el triunfo. Esto no sucede y, a ojos de los demás, el héroe vuelve a ser un simple ‘calvorota’, un farsante a quien no comprar nada, un peón que soñó con conquistar el tablero. Pero este tablero es de las y los verdaderos peones, quienes se juegan a diario que las piezas con cartera se los coman. Un día asaltaremos el juego y daremos jaque mate. Eso sí, sin crecepelos.

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