Haga el favor de morirse

No es ningún secreto que para el capitalismo, el aumento de la esperanza de vida es el principal enemigo para la sostenibilidad económica. Los seres humanos tenemos la mala costumbre de querer vivir cada vez más y para un sistema que todo lo mide con la regla de una cuenta de gastos, envejecer es un mal negocio.  

Esta semana, el banco de inversiones Goldman Sachs, el mismo que estuvo durante años falseando las cuentas públicas de Grecia, ha enviado una carta a sus clientes para advertir de las eventualidades de invertir en terapias de sanación genética. El autor del informe es el analista Salveen Richter, que en un alarde de nuevalengua orwelliana califica de "remedios únicos" a lo que el resto de la mundana muchedumbre llamamos curación. "El potencial de ofrecer remedios únicos es uno de los aspectos más atractivos de la terapia génica, la terapia celular genéticamente modificada y la edición de genes. Sin embargo, estos tratamientos ofrecen una perspectiva muy diferente con respecto a los ingresos recurrentes frente a las terapias crónicas".

Richter pone como ejemplo el caso de Gilead Sciencie, una compañía de biotecnología estadounidense que durante años se ha llenado los bolsillos con la fabricación de medicamentos para frenar el VIH y la hepatitis. A principios de este curso se inició en la comercialización de un fármaco para sanar a los enfermos de hepatitis C, con un esperanzador porcentaje de efectividad del 90% pero poco rentable para su cuenta de dividendos. La empresa ha pasado de obtener unos ingresos de 12.500 millones de dólares en 2015 a unos famélicos 4.000, con los que según sus propios cálculos cerrará 2.018. La conclusión a la que ha llegado Goldman Sachs es que las enfermedades crónicas dejan de ser rentables cuando ya no lo son, no solo porque pierden a los pacientes actuales sino también a los millones que son susceptibles de serlo en el futuro.

Aunque el informe ha levantado una gran polvareda en la opinión pública no es la primera vez que los grandes gerifaltes de las finanzas alertan sobre los peligros de adaptar la economía a las necesidades de la gente. Para que la rueda siga girando el mercado requiere que seamos nosotros los que nos adecuemos a sus exigencias, porque eso de que el cliente siempre tiene la razón es una falacia en los negocios de la macroeconomía.

Hace tan solo unos días, el BBVA hizo público un informe donde asegura que España tendrá 20 millones de personas trabajando en 2019, siempre y cuando los salarios no suban más de un 2%. Rafael Domenech, responsable de análisis macroeconómicos del banco, enfatiza en que la prioridad ahora mismo es crear empleo -a cualquier precio, se sobreentiende- porque, y ahí van un par de palabros más de nuevalengua, "la subida de salarios improductiva lleva a más paro". Lo que el BBVA intenta camuflar con una terminología barroca es que los trabajadores debemos corregir la fea costumbre de comer tres veces al día, porque el parqué no está para asumir nuestros lujos innecesarios. De nuevo cae sobre la responsabilidad de los de abajo amoldarse a las necesidades de los de arriba.

¿Recuerdan cuando ir a la universidad era casi una obligación? España jugaba en "la Champions League de la economía" y unos políticos borrachos de burbuja inmobiliaria alentaban a los jóvenes a embellecer su linaje de clase trabajadora con una licenciatura en lo que fuera. La cultura del esfuerzo hará que tengas éxito, decían, mientras compraban másteres universitarios con su cultura del enchufe.

En aquellos años dorados, cuando las grúas formaban parte del paisaje y los Porsche Cayenne recorrían las autopistas, la Formación Profesional era para fracasados, migajas para los parias que no eran capaces de aprovechar la oportunidad que se les estaba brindando. Pero entonces, las luces se encendieron y la fiesta se vino abajo, y la economía de un país que estaba a punto de superar a las de Francia e Italia se despertó con la resaca más larga de su historia.

Millones de jóvenes con dos carreras, un posgrado y dominio del inglés descubren de repente que son mano de obra "sobrecualificada", y que hubiera sido mejor seguir con la tradición familiar de estudios medios que fantasear con lucir traje y corbata en un edificio acristalado del centro financiero de Madrid. Los políticos que no hace mucho presumían de palmito en las ceremonias de graduación de las universidades se gastan ahora el dinero público en una publicidad institucional que cacarea las bondades de la formación profesional, y los gurús de la economía que no vieron la crisis financiera ni cinco minutos antes de la quiebra de Lehman Brothers se pasean por las tertulias de televisión haciendo proselitismo sobre los jugosos beneficios de la fontanería.

Nada de todo esto es nuevo. Si le sorprende escuchar a un banco de inversión especulando con la salud como si fuera un producto de supermercado es debido a la fragilidad de su memoria.

En 2012, Christine Lagarde, directora del FMI, pidió bajar las pensiones porque "el riesgo de que la gente viva más de lo esperado" pone en apuros la viabilidad de gobiernos y aseguradoras. "Riesgo", esa fue la palabra que utilizó y no es casualidad. Asúmanlo y muéranse de una vez porque el coste de su buena salud pone en riesgo la salud de los mercados. 

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