El hombre que se cansó de vivir

"Ha muerto en paz". Con estas palabras, la fundación Eternal Spirit ha informado acerca del fallecimiento del científico australiano David Goodall. Se ha marchado con música de la novena sinfonía de Beethoven (un canto a la libertad que es desde 1972 el himno de la Unión Europea), rodeado de sus familiares más cercanos tras someterse a un suicidio asistido en la ciudad suiza de Basilea.

El caso ha reabierto el debate sobre el derecho a morir, porque Goodall no padecía ninguna enfermedad terminal. Simplemente se cansó de vivir: "No soy feliz. Quiero morirme y para mí no es especialmente triste", declaró en una entrevista a la cadena australiana ABC el pasado mes de abril, coincidiendo con el día de su 104 cumpleaños. "Lo que me parece triste es que me lo prohíban. Creo que una persona tan anciana como yo debería tener los plenos derechos de un ciudadano, entre ellos el de la muerte voluntaria asistida".

El caso de David Goodall saltó a la primera plana informativa al tratarse de un reputado científico, profesor titular de la Universidad Edith Cowan de Perth, autor de decenas de estudios y colaborador habitual en varias revistas especializadas en ecología.

En 2016 fue el protagonista involuntario de una agria polémica, cuando el centro le pidió que dejara su puesto alegando que era mejor para su seguridad quedarse en casa y evitar así los desplazamientos por carretera. Tras un recurso y la presión de la opinión pública, Goodall logró recuperar su cargo. Desde entonces, el científico ha dedicado los últimos meses de su vida a hacer campaña por la legalización de la eutanasia en todo el país, hasta que el pasado mes de abril anunció su decisión de viajar a Suiza para someterse al suicidio asistido.

En Australia, el derecho a la muerte voluntaria solo es legal en el Estado de Victoria, que decidió aprobarlo en 2017, aunque la legislación no entrará en vigor hasta dentro de tres años y estará restringido a pacientes con enfermedades terminales y una esperanza de vida menor a seis meses.

El viaje de David Goodall comenzó el pasado miércoles, cuando tomó un avión con destino a Burdeos para despedirse de unos familiares. Desde la ciudad francesa se desplazó a la clínica de Basilea, en la que ha puesto fin a su vida a las 12:30 de esta mañana tras recibir una inyección letal de Nembutal, un barbitúrico con efecto sedante que en cuestión de unos pocos minutos paraliza el corazón. Goodall ha pedido que su cuerpo sea donado a la ciencia y en caso de no ser posible que sus cenizas sean esparcidas sin ninguna ceremonia ni funeral. En la rueda de prensa que concedió durante la víspera de su muerte, declaró que espera que su "partida" sirva para apoyar la implementación de la eutanasia en Australia, para que las personas que así lo deseen puedan decidir libremente el momento para acabar con su vida.

A fecha de hoy la eutanasia solo es legal en Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Colombia. En España, el médico anestesista Luis Montes, fallecido hace escasamente unas semanas, fue uno de los activistas más reconocidos en favor de la muerte digna. Su labor le granjeó enemigos muy poderosos, hasta el punto de que en 2005, la Comunidad de Madrid, presidida por Esperanza Aguirre, fabricó un montaje para acusarle del asesinato de 400 enfermos terminales. Tras una larga batalla judicial, en septiembre de 2009, la Audiencia Provincial de Madrid archivó la causa y ordenó restablecer el buen nombre del doctor. El 25 de abril de este año, el Ayuntamiento de Madrid aprobó concederle una calle, gracias al apoyo de Ahora Madrid y PSOE, y a pesar de la abstención de Ciudadanos y el voto en contra del PP.

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