¿Qué se esconde tras el desprecio generalizado hacia el reggaetón?

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¿Es riguroso servirse de las inclinaciones con respecto al entretenimiento cultural para determinar posiciones personales? O, dicho de otro modo: ¿por qué utilizamos los gustos de terceros para forjarnos una supuesta superioridad, ya no sólo en cuestión de "criterio" (tan subjetivo), sino en el ámbito intelectual e incluso en cuanto a calidad humana? Está demostrado que los gustos, además de responder a estímulos involuntarios (lo que nos resulta agradable y lo que no, también condicionados por influencias de todo tipo), pueden "seleccionarse" en función del contexto que nos rodea y la aceptación que tienen determinadas cualidades o expresiones artísticas en nuestro entorno. Ahí es donde entra en juego el esnobismo que da veracidad a conceptos tan difusos como el "buen gusto" o "mal gusto". De momento, el reggaetón, además de soportar el chorro de rechazo virulento con tintes racistas y clasistas (por su origen latino y marginal y un ritmo y temática de difícil asimilación occidental debido a la distancia cultural entre los territorios europeos/blancos y latinoamericanos), también será instrumentalizado por ellos: los esnobs, los culturetas.

«Violencia, machismo, intolerancia, homofobia, todas esas leyes del más fuerte intrínsecas al rock (...) les hacía creer que eran diferentes y superiores por el simple hecho de acceder a los misterios que el rock y nadie más que el rock les revelaba a ellas y sólo a ellas (...). Formar una élite que se distinga claramente de lo que algunos llaman "chusma popular". ¿No ha sido siempre el elitismo un componente inalienable del rock? Esa cultura rock es como esas organizaciones que dicen disponer de la llave de la sabiduría, vedada al resto de mortales. Una élite superior con sus dogmas, consignas, símbolos y ceremonias, cuyo principal cometido es elevar al individuo por encima de las masas, de la chusma popular». "Mercancía del horror", Jaime Gonzalo.

Mi madre, fan de Judas Priest y poco sospechosa de escuchar a J Balvin o a Don Omar, resumía, sin saberlo, el conflicto de la aspiración cultural identitaria de una manera mordaz: "me he tenido que salir de varios grupos sobre rock en Facebook porque sólo hablaban de lo mucho que odian el reggaetón".

Que algo a lo que se da tanto bombo y de un éxito indiscutible a nivel global sufra una discriminación focalizada no resulta extraño, sino todo lo contrario. Podría decirse, de hecho, que que se trate del género más escuchado es uno de los pilares causantes de esas reticencias, la brecha definitiva entre lo masificado y la crítica vaga, el entender la cultura como catalizador del pensamiento crítico y la realización del ser en toda su plenitud: que todo el mundo quiera diferenciarse y sentirse exclusivo -aunque perteneciendo a la vez a un círculo relativamente selecto- da paso a la fetichización de la música y su eterna búsqueda de la distinción. Rara es la vez en la que las entrevistas a bandas de indie/rock no incluyen alguna pulla despectiva hacia el reggaetón y su público. El alcance del género, ahora ultracapitalizado (tanto como las obras de Warhol o el logo de los Stones), ante los prejuicios y su percepción en sociedad como elemento cultural no-válido o disfuncional.

El pasado mes de julio las redes permitieron aflorar las decenas de comentarios de odio visceral cuando la estrella internacional del momento, Bad Bunny, fue hospitalizada de urgencia por apendicitis: "ojalá se muera", "aún tengo fe en este 2020", "la mala noticia es que sobrevivió" marcaron, entre otras lindezas, la línea en las reacciones. Ni siquiera con el estallido del grunge en los noventa, con heavies y bakalas pidiendo las cabezas de Kurt Cobain y Eddie Vedder, se logró democratizar entre la población tal intransigencia sobre un estilo musical. (A día de hoy ambos son considerados de forma casi unánime hitos de la música).

La clase baja -de origen- como cualidad inamovible en casos particularmente concretos, o cómo puede tratarse con condescendencia, paternalismo y desprecio clasista (sí) a personalidades multimillonarias por no encajar en el proceder y las maneras de la alta sociedad idealizada: lujo discreto, modales refinados etc. en oposición a la ostentación y exhibición excesiva de bienes materiales y capital social. Desde casi cualquier artista de "música urbana" de alto standing (no de alta cuna) a la propia Belén Esteban, por poner ejemplos dispares pero con un factor común: la clase de procedencia. A pesar de sus rentas, sólo se les reconoce el estatus que ocupan para exculparnos de haber lanzado ataques más que cuestionables: "¿cómo voy a ser clasista con ellos si son ricos?", incluso cuando se les tacha de paletos, chonis, o haciendo uso de expresiones tan transparentes como "barriobajeros", concepto del que muchos artistas del género se apropian con orgullo, pues sus orígenes se encuentran en los guetos y suburbios de la isla de Puerto Rico.

Que se ponga el foco en la opulencia (evidente) de los reggaetoneros, cuando el panorama pop yanki son abrigos de pieles y yates (en 2016 The Economist publicó que entre las estrellas del pop hay, en proporción, el doble de personas con educación privada que entre el resto de la población) debería llevarnos a reconocer que nuestro imaginario entraña racismo y determina a quiénes sí les corresponde hacer alarde de abundancia y a quiénes no: señalar exclusivamente que los reggaetoneros se compran cochazos, joyas y demás parafernalia hortera como si se tratara de un rasgo exclusivo de ellos deja entrever un "jodidos sudacas que tienen dinero", porque, en el ideal de carácter reaccionario, la comunidad latina debe quedar relegada a ser pobre, arreglarnos el tejado en B y a limpiar nuestros cuartos de baño.

Que su principalidad consista en tratar la sexualidad de manera explícita -e incluso obscena- no significa que su esencia sea la "cosificación" de las mujeres, sino, probablemente, el plantear una sexualidad que trascienda a la esfera privada y pensamiento ultracatólico

¿Es el machismo connatural al reggaetón? ¿Se trata de un género fundado sobre la misoginia? Que su principalidad consista en tratar la sexualidad de manera explícita -e incluso obscena- no significa que su esencia sea la "cosificación" de las mujeres, sino, probablemente, el plantear una sexualidad que trascienda a la esfera privada y pensamiento ultracatólico, lo que, sin duda, choca frontalmente con nuestro costumbrismo. Pero para comprender el desencadenante de la conducta debemos prestar atención a la erótica cultural que se produce en cada territorio, pues la sensualidad no se socializa de igual modo en países nórdicos europeos que en los caribeños, por ejemplo. Si atendemos a las canciones, con independencia de si nos interesan realmente o no, observaremos cómo se da un patrón en el cual se trata el consentimiento e incluso la complacencia hacia la parte receptora. Frases como "soy servicial con sus deseos" o "yo te doy lo que quieras" y otras variantes se repiten de manera recurrente, todo lo contrario a la agresividad que se les presupone mediante su beat robusto.

Desde luego, la culpa de la falta de educación sexual en las aulas no la tiene la música. ¿Hay canciones machistas en este género en particular? Es innegable. Cabría preguntarse en cuál -de los que contienen lenguaje verbalizado- no. E incluso en los demás: el director de la Filarmónica de Oslo, Vasili Petrenko, en 2014, vio oportuno declarar que las orquestas responden mejor ante directores hombres, pues, a su parecer, "tienen menos energía sexual y pueden concentrarse más en la música, mientras que una chica guapa en el atril puede hacer que uno se ponga a pensar en otra cosa". Así como cuando mencionamos la "música prosistema", en un sentido histórico y estricto, no podemos obviar la clásica: de palacio y siempre complaciente con la clase dominante, hecha por blancos ricos para blancos ricos.

¿Podemos, entonces, afirmar que Maluma es más machista que Joaquín Sabina? ¿O lo determinante es el lenguaje? ¿Es el estilo explícito de decir "puta" contrapuesto al poético de decir "damas de noche" lo que no toleramos? ¿Hacemos un juicio de contenido o de lenguaje? ¿Quizá de talento? ¿Es más permisible romantizar el drama de la prostitución en "Una canción para la Magdalena" que hablar de "estar enamorado de cuatro babys"? ¿Qué pretendía expresar Fito, a través de una narrativa dulce, con que la más guapa era también la menos buena y que, además, tenía "un negocio entre las piernas"? Hablemos a las claras: el reggaetón muchas veces es machista, el rock muchas veces es machista, tu vecino del tercero muchas veces es machista, y tú, por supuesto, también. No se trata de fomentar una evasiva en pos de la censura a la crítica legítima y necesaria, sino de entender que hacer concreciones tan específicas sobre lo que es sistemático y general podría deberse a sesgos problemáticos que conviene identificar. No va de "como todo es machista, lo dejamos pasar", sino de ser conscientes de hacia quiénes y por qué razones dirigimos esa hostilidad diferenciadora.

Hablemos a las claras: el reggaetón muchas veces es machista, el rock muchas veces es machista, tu vecino del tercero muchas veces es machista, y tú, por supuesto, también

«Ningún género actúa exclusivamente como arma de distracción masiva y ningún género está por defecto y siempre del lado del progreso. Todos los tipos de música pueden estar al servicio de un sistema de opresión, pero todos pueden también formar parte de nuestra liberación. Su significado social no está fijado. De hecho, la misma pieza de música o evento musical puede tener varios sentidos a la vez». Dave Randall en "SOUND SYSTEM. El poder político de la música".

Las letras de reggaetón son, en su mayoría, simples, sí. La música, entendida como una serie de composiciones rítmicas, se remonta al arte prehistórico, creada para acompañar rituales y fortalecer el sentimiento de comunidad: danzas, celebraciones o ceremonias. Sin embargo, la música para ser escuchada de manera contemplativa-individualista surge, más adelante, con el enfoque elitista de la cultura durante la época medieval. ¿Qué hay de malo, entonces, en que existan músicas cuyo cometido sea instarnos a mover el culo y romper la pista? Asimismo, la música urbana (o música popular) nace en la calle, en los barrios, sin recursos, sin una formación determinada y sin medios (ni financiación). Es música que no requiere más que la voluntad de hacerla. Por supuesto al sibarita le inquieta que cualquiera pueda crearla sin invertir el dinero que nos falta y el tiempo que no tenemos en un conservatorio. Que no sea una orquesta sinfónica no la convierte en menos música (ni en peor) y pensar que la música debe ceñirse a la complejidad es hacer una lectura extremadamente reduccionista y ahistórica.

Lo que nos queda claro es que jamás se ha vivido un rechazo tan generalizado a un estilo musical (la demonización del rock en los años cincuenta quedó acotada al plano conservador y allí murió), ni siquiera en consecuencia de la política o de los deslices en lo referente a "modelos conductuales" entre destacadas figuras: David Bowie y los shows con simbología nazi, Sid Vicious luciendo esvásticas, Lou Reed con la cruz de hierro rapada en la cabeza, los Foo Fighters, que extrajeron su nombre de los supuestos vehículos aeronáuticos del Tercer Reich o Eric Clapton mostrando su apoyo al diputado de extrema derecha Enoch Powell. Lo políticamente incorrecto, transgresor y provocateur en su vertiente más éticamente dudosa, táctica que hoy replican a su manera El niño de Elche y Los Planetas formando el grupo conjunto Fuerza Nueva, vestidos con capirote y proyectando imágenes de Franco como parte de su espectáculo.

Sobra decir que no existen músicas excluyentes de otras y que Tego Calderón, Ennio Morricone, Estopa y AC/DC son perfectamente compatibles en la misma playlist.


«Si lo que canto está mal
clausura la música en general.
¿Qué escuchaban los autores del 9/11?
¿Qué escuchaba Timothy McVeigh en aquel entonces?
¿Qué escuchaba el asesino del famoso Beatle?».
Daddy Yankee en "Palabras con sentido".

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